20. Si nuestro destino fuera estar solos, no nos habrían dado dos manos.
Si nuestro destino fuera estar solos, no nos habrían dado dos manos.
G uiados por Raziel, dejaron atrás la fila de personas que esperaban para entrar y se abrieron camino hasta la puerta.
Algunos de los que estaban en la cola protestaron, pero, en cuanto vieron el pañuelo que cubría el rostro de Raziel, sus reproches se atenuaron y pronto buscaron otra cosa a la que prestar atención.
Las mujeres devoraron a Takeshi con la mirada cuando pasó con la cabeza erguida. Una de ellas, con unos tirabuzones rubio platino que le llegaban a la cintura y un vestido de encaje negro casi transparente, lo tomó del codo.
—Oye, guapo, ¿te apetece bailar conmigo ahí dentro? —murmuró en tono meloso.
Khalani sintió que algo caliente le ardía en el pecho.
Debía de ser a consecuencia de la copa.
Takeshi no respondió. Apenas la miró. Se limitó a zafarse del agarre con una mirada de repulsión y siguió adelante, dejando a la mujer boquiabierta.
Khalani no pudo reprimir una sonrisa, pese a estar arriesgando la vida.
Cuando llegaron a la cuerda de terciopelo roja, Raziel le susurró algo al oído a uno de los guardias. Pareció pasarle algo con gesto rápido, pero Khalani no pudo ver qué era. El guardia, palideciendo visiblemente, asintió y les franqueó el acceso.
Hecha un manojo de nervios, Khalani se adentró en un estrecho pasillo iluminado tan solo por una línea de antorchas que ardían a los lados.
El aire estaba cargado de humo, que se arremolinaba y latía con cada gruñido de los bajos, que reverberaban por las paredes negras y dentro de su pecho.
Khalani vaciló, preocupada por un posible incendio, pero Raziel seguía avanzando con confianza.
Lo siguieron por aquel corredor oscuro y angosto, y la música aumentó de volumen.
De repente, el humo se disipó y se encontraron con una sala vibrante y majestuosa ante ellos. Varias barras de cristal bordeaban el perímetro y los camareros atendían a las hordas de juerguistas. En el centro había una enorme pista de baile, abarrotada con cientos de personas.
El aire estaba cargado de humedad.
Del techo colgaban jaulas en cuyo interior varias mujeres con lencería de encaje se contoneaban y movían eróticamente, para deleite de hombres y mujeres, que las contemplaban con lujuria.
Al fondo del club colgaba una gran estatua de bronce. Representaba a un hombre con traje que extendía los brazos, como si estuviera incitando a toda la sala a levantarse y adorarlo.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—¿Quién es? —le preguntó a Raziel.
La música sofocó sus palabras.
Raziel siguió su mirada.
—Ese es Milo Hendrix. Estableció el primer casino en la ciudad hace un par de siglos convirtiéndola en lo que es hoy. Cuando murió, Hermes tomó el control del casino y sus negocios, pero su legado permanece. —Despachó la estatua con un leve gesto y se volvió hacia la barra—. Vamos a tomar un trago.
Vio que Raziel se movía, pero ella no podía apartar los ojos de la estatua.
Había algo en Milo Hendrix que le resultaba familiar.
Ese rostro inanimado, apuesto, sonriendo por encima de la multitud sudorosa que bailaba. Esos brazos extendidos. Le recordaba a alguien que había conocido. Alguien que…
—Kanes.
Takeshi le tiró del brazo, sacándola de su ensimismamiento. Señaló con la cabeza hacia la barra, donde Raziel ya estaba hablando con un camarero, que asentía con vehemencia y la frente perlada de sudor.
Cuando se acercaron, Raziel les entregó unos vasos diminutos y transparentes, llenos hasta el borde de un humeante líquido azul.
—¿¡Qué es esto!? —gritó ella.
—Es un chupito.
Abrió los ojos de par en par.
—¿Hay que chuparlo?
Takeshi fulminó a Raziel con la mirada, y este soltó un suspiro exasperado, como si estuviera ante dos niños estúpidos.
—Es solo un trago de nada para que ambos os relajéis un poco.
—Se inclinó y se pegó a ellos para que nadie más pudiera oír lo que iba a decir.
Khalani trató de apartarse, pero Raziel la agarró con fuerza—.
Por si lo habíais olvidado, se supone que sois una pareja joven, casada y enamorada.
Aunque, a decir verdad, más bien parecéis a punto de lanzaros mutuamente por el balcón y estáis tan tensos que ni mi cuchillo llegaría a cortar el ambiente entre vosotros.
Para convencer a los crupieres de que sois de verdad los Davenhue, tenéis que representar vuestro papel y beber lo que os doy. En especial tú.
—¿Yo? —Khalani echó el cuerpo hacia atrás—. ¿Por qué yo?
—Tienes muy mala cara y estás más pálida que un naipe, cariño. Así que bébete esto y finge que te lo estás pasando bien. Recuerda que podría ser tu último trago en una temporada.
Raziel alzó su vasito en un brindis burlón. Acto seguido, lo deslizó bajo el pañuelo y se lo bebió de un trago.
Khalani sostuvo el chupito con manos temblorosas, mirando de reojo a Takeshi, que se limitó a observarla y esperar.
—¿No vas a decirme que pare? —le preguntó poniéndolo a prueba.
—¿Serviría de algo?
Buena observación.
Se llevó el vaso a los labios y se lo tragó de un sorbo. Un leve gruñido se le escapó de la parte posterior de la garganta. Sorprendentemente, la bebida tenía un regusto dulce después del ardor inicial. Se lamió los labios y sintió que se le relajaban los músculos.
Pues no estaba tan mal.
Se había pasado la vida reprimiendo sus deseos y sirviendo a la ciudad de Apolo con lealtad inquebrantable. Había silenciado sus emociones hasta convencerse de que no existían.
Sin embargo, esa noche podía ser su única oportunidad para recuperar las partes de sí misma que había perdido.
Y, ya que estaban a punto de convertirse en prisioneros, no le parecía tan mal dejarse llevar y disfrutar de unas pocas horas de libertad.
—¿Puedo tomar otro? —le preguntó a Raziel, quizá con demasiado entusiasmo.
Raziel enarcó una ceja, pero en sus ojos asomó un brillo divertido. Chasqueó los dedos y el camarero apareció de inmediato con otro vaso humeante. El sicario le ofreció uno a Takeshi, pero este levantó la mano, rechazándolo.
—¿No vas a beber más? —preguntó ella.
Takeshi se limitó a negar con la cabeza y se apoyó en la barra observando la sala con mirada letal, evaluando cada salida y cada posible amenaza.
—Menudo muermo —refunfuñó ella, pero Takeshi no respondió.
O decidió ignorarla.
Después de la cuarta ronda, se sentía, sin duda, mucho más relajada.
Un hormigueo le recorría los dedos y todo a su alrededor parecía brillar un poco más. Sin proponérselo, comenzó a balancearse al ritmo de la música y desvió la mirada hacia la pista de baile.
Hombres y mujeres se mecían unos contra otros como una ola. El movimiento era hechizante y jamás había escuchado una música parecida. Le retumbaba por todo el cuerpo.
De repente, una seductora voz femenina surgió de los altavoces. Algo en sus palabras hipnóticas y en aquel ritmo grave y palpitante hizo que Khalani quisiera unirse a los demás en la pista.
De hecho, eso era exactamente lo que pensaba hacer.
—Voy a bailar —declaró sin pedir permiso.
Takeshi volvió de inmediato la cabeza hacia ella. Raziel se limitó a soltar una carcajada y depositó la copa en la barra.
—Ve, ve. Yo tengo que hablar un momento con tu amigo. No te perderemos de vista.
Takeshi tensó la mandíbula, a punto de protestar, pero Khalani no pensaba quedarse allí esperando su inevitable objeción. Dio media vuelta y se dirigió hacia la pista.
Con la calidez del alcohol recorriéndole el cuerpo, se abrió paso entre la multitud, que seguía el ritmo absorta. Finalmente, encontró un hueco justo en el centro.
Estaba rodeada de hombres y mujeres eufóricos, que se empujaban y restregaban contra sus parejas como si buscaran convertirse en un único ser.
Hacía calor, y el ambiente era pesado y denso. Sintió que le iban a estallar los tímpanos a causa del volumen y se le había acelerado el pulso. Por un momento, consideró volver a la barra, pero hizo de tripas corazón y se concentró en el momento.
En la música. En respirar los aromas y absorber todo lo que la rodeaba.
Sintió que empezaba a balancearse. Poco a poco, descruzó los brazos y empezó a golpearse los muslos con los dedos al compás de la melodía.
«Sé que no me quieres, cariño. Pero eso a mí no me afecta», cantó la mujer por los altavoces.
La multitud empezó a imitarla. Conocían la letra de la canción al dedillo y echaban la cabeza hacia atrás como si la música fuera una extensión de sus almas.
«Ahora estoy mejor que antes, cielo. Lástima que tú no puedas decir lo mismo».
Khalani esbozó una amplia sonrisa mientras abrazaba la libertad que la rodeaba.
Balanceó aún más las caderas. Relajó los hombros.
Una chica bajita con un ajustado vestido azul le sonrió, animándola, mientras un hombre le besaba el cuello. Khalani levantó los brazos, cerró los ojos y se entregó por completo al ritmo erótico.
Por primera vez en su vida… se estaba divirtiendo. ¿Y qué pensamiento ensanchó aún más su sonrisa? Que Winnie estaría orgullosa.
Un desconocido se acercó por detrás y le colocó las manos en la cintura. Khalani se tensó de inmediato y se volvió.
Se encontró con un hombre rubio de cautivadora sonrisa, que deslizó las manos hasta sus caderas y la atrajo suavemente hacia él, animándola a bailar.
El primer impulso de Khalani fue apartarlo, pero se obligó a relajarse. Solo tenía esa noche para ser otra, una versión diferente de sí misma.
Se dejaría llevar por la música, al igual que hacían el resto de las chicas que bailaban junto a ella y que no tenían que sobrevivir a diario.
Presionó la espalda contra el desconocido y se permitió ser libre. No le gustó cómo le clavaba los dedos en la cintura ni el aliento caliente en su oído, pero cerró los ojos, fingiendo ser otra persona.
De pronto, alguien apartó al hombre de malos modos.
Un puñetazo contundente resonó por encima de la música y, antes de que pudiera reaccionar, una figura más fuerte y más alta se colocó tras ella.