Us deadly few (Los oscuros 2) 19. Se obsesionaron tanto con ganar que olvidaron preocuparse por los vencidos.
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19. Se obsesionaron tanto con ganar que olvidaron preocuparse por los vencidos.

Se obsesionaron tanto con ganar que olvidaron preocuparse por los vencidos.

E n cuanto hubo cruzado el umbral de las magníficas puertas del casino, Khalani se encontró en una estancia dorada que la dejó sin aliento.

Centenares de máquinas extrañas cubrían el suelo enmoquetado en rojo, rodeadas por un mar de gente entusiasmada que tiraba de palancas y apretaba botones luminosos sin cesar.

Parecía como si toda la población de Hermes se hubiese reunido en el edificio. En la atmósfera resonaban gritos de alegría, y no pudo evitar toser cuando el aroma rancio del tabaco y el contraste de perfumes de todo tipo le invadió los pulmones.

El lugar destilaba opulencia y riqueza en todos sus aspectos, hasta en los detalles más pequeños.

Khalani alzó los ojos hacia el techo abovedado y quedó embelesada por el mural hecho de diamantes, rubíes y oro. Paseó la mirada por unos hermosos querubines que flotaban sobre nubes resplandecientes y echó la cabeza aún más atrás, entregándose a las vistas.

—Cierra la boca. Que no parezca que nunca has estado aquí —la regañó Raziel mirándola de reojo.

—No lo entiendo —balbuceó, contemplándolo todo con asombro—. ¿Qué hace toda esta gente aquí?

—Han venido al casino para apostar.

Confundida, frunció el ceño, y Raziel lanzó un suspiro.

—Vienen aquí para jugar y ganar dinero. Apuestan sus ahorros, confiando en conseguir más.

Por supuesto, el casino se asegura de salir siempre ganando, pero la gente regresa cada noche para tratar de recuperar lo que han perdido.

Algunos apuestan el dinero que se les da para la vivienda, el de la comida e incluso el de la educación de sus hijos. Es un círculo vicioso.

—Es horrible.

Raziel se encogió de hombros.

—Perder es bueno para el negocio. La gente desesperada hace cosas desesperadas.

Takeshi estaba inmóvil y observaba la escena con una intensidad serena y una postura tan rígida que resultaba inquietante.

Al adentrarse en el magnífico espacio, las máquinas con las palancas fueron sustituidas por mesas forradas de fieltro verde.

En algunas de ellas, de tamaño mediano, había personas sentadas, muy concentradas en unas cartas, mientras que en otras se arremolinaba una multitud de personas que animaban a alguien que lanzaba unos pequeños bloques blancos sobre el tapete.

Tanto los hombres como las mujeres gritaban y vitoreaban como si les hubieran concedido sus deseos más íntimos.

Khalani desvió la mirada hacia los intimidantes guardias apostados junto a las paredes. A diferencia de los invitados, llevaban chalecos de metal negro y auriculares en los oídos, y empuñaban armas.

Los crupieres.

Vigilaban la estancia como si fueran los tiburones sedientos de sangre que, según había dicho Winnie, acechaban en otros tiempos en el océano.

Khalani siguió a Raziel con la cabeza gacha hasta un rincón alejado donde solo había unas pocas personas que jugaban a las máquinas sin prestar atención a su alrededor.

Uno de los crupieres estaba apoyado de brazos cruzados contra la pared dorada. Era corpulento y llevaba el pelo rapado y un pulcro bigote. Miró a Khalani y Takeshi y, a continuación, entornó los ojos y los posó en Raziel.

—Llegas tarde —gruñó el crupier.

—Si no recuerdo mal, Sylas, los Ases siempre llegan a tiempo. Querías decir eso, ¿verdad?

Raziel ladeó la cabeza, dejando que la sutil amenaza flotara en el aire.

Sylas tragó saliva y, tras un momento, bajó la mirada con expresión contrita.

—Eso era lo que quería decir, sí —murmuró.

—Espléndido —exclamó Raziel en tono radiante—. ¿Recibiste los archivos que te envié?

El crupier se revolvió, incómodo, y sacó un dispositivo con pantalla del bolsillo.

—Sí. ¿Son los Davenhue?

Le mostró la pantalla, en la que se veían las caras de Khalani y Takeshi junto a sus biografías.

Clarence y Mars Davenhue

Edad: 21 y 25

Residentes del Distrito 2

Dueños de una panadería

Sin hijos

Simpatizantes de la rebelión

¿Cuándo les había sacado Raziel una foto? Takeshi hasta sonreía. ¡Sonreía!

—Los mismos.

Raziel los miró con aire afectuoso y les dio unas palmaditas en la espalda.

Con evidente nerviosismo, Sylas asintió y guardó el dispositivo en el bolsillo.

—La detención tendrá lugar a las dos de la madrugada en el salón Siete Diamantes. Esperan que los Davenhue lleguen pronto y borrachos. Los crupieres no deben notar nada raro. ¿Entendido?

—Lo entienden perfectamente —respondió Raziel por ellos.

Faltaban un par de horas para las dos de la madrugada. Un par de horas para que los arrestaran por voluntad propia y los llevaran a un campo de trabajo en una ubicación desconocida.

Khalani se rascó la piel alrededor de las uñas y miró hacia la salida.

Quizá los Ases conocían a otra chica que deseara estar entre barrotes. Si se iba ahora, aún tendría oportunidad de escapar…

Sin embargo, a su mente acudieron los rostros de Serene y Winnie. Olvidó el dolor y el miedo y aceptó la realidad.

La única manera de regresar era ir hacia delante.

—¿Y qué hay de mi deuda con los Ases? —preguntó Sylas con un hilillo de voz.

—Tu deuda con los Ases quedará saldada en cuanto se nos confirme que han llegado sanos y salvos al campo. —Raziel se cruzó de brazos—. Si el plan sufre cualquier alteración imprevista, yo mismo te la haré pagar.

Sylas palideció.

—De… acuerdo. —Echó un vistazo a su alrededor—. Tengo que irme. No lo olvidéis. A las dos.

Sin añadir más, se apresuró a marcharse y desapareció entre la multitud.

—Puta rata —dijo Raziel entre dientes, fulminándolo con la mirada.

—Y ahora ¿qué hacemos? —susurró Khalani, estirándose el dobladillo del vestido.

—Tenemos algo de tiempo. Tomemos una copa.

Raziel dio media vuelta y, con grandes zancadas, cruzó la sala camino de una fastuosa barra de mármol con unas columnas plateadas.

Khalani se quedó inmóvil. Al igual que Takeshi. Tenían los pies pegados al suelo y observaban a su misterioso acompañante mientras veían cómo sus últimos segundos de libertad se esfumaban.

—¿Por qué tengo la sensación de que estamos cometiendo un error enorme? —manifestó Khalani.

—Porque es probable que así sea.

—Y, sin embargo, seguimos adelante.

Takeshi la miró con sus ojos negros y arqueó una ceja.

—¿Lo estás reconsiderando?

Pues sí. Pero eso era lo de menos.

Desde el momento en que Winnie la había abrazado, ya no había vuelta atrás.

—No. Seguimos adelante, como siempre.

Khalani se enderezó para reafirmarse en las palabras que acababa de pronunciar. Reconoció el cosquilleo de ansiedad que le recorría el abdomen, el pecho y las puntas de los dedos.

Pero, por muy profundos que fueran sus miedos, se negaba a permitir que esos pensamientos destructivos la paralizaran. Si Khalani tenía que llevar grilletes otra vez, lo haría con la cabeza bien alta y los ojos puestos en la superficie.

Takeshi ladeó la cabeza.

—Has hablado como alguien que sigue luchando.

Ella le lanzó una mirada llena de intención.

—¿Y quién dice que no lo hago?

Sin esperar respuesta, Khalani se dirigió hacia la barra.

Tras dar unos pasos, miró disimuladamente por encima del hombro y vio a un inmóvil Takeshi que, pese a fruncir el ceño, la observaba alejarse con paso decidido y con un inconfundible destello de deseo en los ojos.

Como si fuera ella la que lo despertara.

La gente le lanzaba miradas de admiración a su paso y le recorrían el cuerpo con ojos lascivos.

Khalani siguió con la vista fija al frente y avanzando con seguridad.

Mentalmente, le dio las gracias a Serene por haber insistido en que no tuviera el aspecto de una cucaracha con los labios embadurnados de rojo.

Percibió la presencia de Takeshi, que la seguía en silencio.

Khalani se encontró contoneándose un poco más, tratando de mantener el equilibrio sobre los tacones.

Raziel estaba apoyado en la barra con aire despreocupado, como si fuera de su propiedad. El resto de los parroquianos guardaban las distancias y un nervioso camarero le sirvió una copa llena de un líquido ambarino.

—¿Qué quieres beber? —le preguntó a Khalani, que balbuceó, sin saber qué contestar.

—Ella no tomará nada —interrumpió Takeshi en un tono grave, acercándose a la barra—. A mí pídeme cualquier bebida fuerte.

—Un momento. —Khalani se volvió hacia él—. No tienes derecho a hablar por mí.

—Qué curioso. Acabo de hacerlo.

—Te crees muy gracioso, ¿verdad? Para partirse de risa. Deberían hacerte una estatua que describiera lo increíblemente ingenioso y encantador que eres.

—No estaría mal —respondió sin inmutarse.

—¿Sabes qué tipo de rostro tienes?

—Yo no…

—Del tipo que te entran ganas de darle un puñetazo —soltó, haciendo hincapié en la última palabra—. De ese tipo, y eso es precisamente lo que va a ocurrir ahora mismo si no te apartas…

—¿Vais a seguir ligando o pensáis pedir algo? —los interrumpió Raziel antes de beber un trago de su copa con desgana.

Khalani y Takeshi lo fulminaron con una mirada cargada de desprecio.

Si ligar consistía en querer arrancarle la cabeza al otro a todas horas, entonces estaban ligando. Y eran unos auténticos profesionales.

—Tomaré lo mismo que tú y ya está —le gruñó ella a Raziel.

—¿Estás segura? Es fuerte. La mayoría de las chicas prefieren algo dulce.

—Si tú puedes tomártelo, yo también.

Raziel sonrió con malicia.

—Igual podrías…

—Pídele la puta bebida —soltó Takeshi, apoyando los codos en la barra.

Khalani dio un pequeño sorbo de la copa plateada que le pusieron delante, esperando que el alcohol distendiera un poco el ambiente. Al ver que hacía una mueca y se estremecía, Raziel esbozó una sonrisa.

¿Qué le veía la gente al alcohol? No lo entendía. Era como llenarse la garganta de carbón y prenderle fuego.

Sin embargo, por alguna razón, dio otro sorbo. Porque ¿de qué servía la libertad si, al tenerla, no tomabas malas decisiones?

Takeshi, por su parte, terminó la copa de un solo trago, con una expresión completamente inescrutable.

Era imposible saber si la había disfrutado o no le había gustado en absoluto. Pero cuando desvió su mirada aún irritada hacia ella, Khalani detectó un leve destello, como si la desafiara.

¿Con que esas teníamos? Bien.

Echó la cabeza hacia atrás, contuvo el aliento y apuró la copa de un trago.

—Así me gusta —comentó Raziel con un gesto de aprobación.

—En realidad no sabe tan mal —mintió ella, casi sin aliento por el ardor.

Pese a que ambos hombres la miraron de reojo, como si supieran que estaba fingiendo, Khalani los ignoró y se encaminó hacia una de las extrañas máquinas que se alineaban contra la pared.

Tenía una pantalla blanca con unas enormes letras rojas y brillantes donde parpadeaba una y otra vez la palabra « jackpot ».

—¿Cómo se juega? —preguntó.

Raziel se acercó despacio y sacó una tarjeta metálica del bolsillo. Tocó con ella la pantalla y, al instante, varios símbolos se iluminaron y comenzaron a danzar detrás del cristal.

—Ahora solo tienes que tirar de esta palanca —explicó, señalando la barra roja que había en el lateral de la máquina—. El objetivo es alinear tres símbolos iguales en una fila. Si lo haces, ganas.

Khalani se mordió el labio y tiró de la palanca. Los símbolos giraban tan rápido que era imposible seguirlos con la vista. Tiró de ella varias veces, pero en ninguna ocasión logró que coincidieran.

Aunque estaba jugándose el dinero de Raziel y sentía una punzada de culpa cada vez que perdía, él se limitó a asentir con la cabeza para animarla.

—Juega otra vez.

Takeshi se colocó a su lado, lo que solo intensificó el deseo de Khalani de ganar. Empezaba a comprender lo fácil que era caer en las redes del casino: tirar de la palanca una y otra vez, apostando y dejándose llevar.

De pronto, tras otro intento, la máquina se iluminó y el sonido de unas monedas tintineando resonó en el ambiente. La pantalla mostraba tres diamantes azules.

—¿He ganado? —Retrocedió, sorprendida.

—Has ganado.

—¡He ganado! —exclamó Khalani al tiempo que se volvía con una amplia sonrisa en el rostro y daba una palmada.

Takeshi le dedicó una intensa sonrisa, cargada de deseo. Khalani sintió la calidez del alcohol en las entrañas y admiró lo bien que le quedaba el traje, que resaltaba sus ojos oscuros y su cuerpo musculoso…

«No». Khalani se dio la vuelta de inmediato.

Se obligó a mirar la pantalla, donde brillaban los diamantes azules. El color le recordó algo. O a alguien. El azul cambió, y unos ojos glaciales le devolvieron la mirada.

Sobresaltada, dio un respingo.

—¿Qué ocurre?

Raziel miraba a Khalani como si estuviera poseída. Takeshi se acercó y clavó sus ojos en ella.

—Yo… yo… —balbuceó, incapaz de hablar.

Khalani se volvió hacia la máquina, pero la mirada fría del gobernador había desaparecido de la pantalla y ahora solo brillaban esos diamantes azules.

—Lo siento, me ha parecido como si… alguien nos observara.

Se pasó una mano temblorosa por el pelo.

Raziel frunció el ceño, pero echó un vistazo a su alrededor para asegurarse.

—No hay nadie.

—Claro, cómo no. Qué tonta —bromeó, aunque notó que empezaba a nublársele la vista—. Solo necesito tomar otra copa.

Raziel vaciló unos instantes, tal vez pensando que eso era lo último que necesitaba.

—Ya tomarás otra en el salón —respondió finalmente—. Es hora de irnos.

Khalani asintió y cogió aliento, dispuesta a seguirlo. Sin embargo, advirtió que Takeshi tensaba la mandíbula. Al comprender que quería llevarla aparte y exigirle respuestas, Khalani evitó su mirada inquisitiva.

Por su propia cordura, tenía que fingir que no pasaba nada.

Recorrieron otro pasillo lujoso, en el que se toparon con mujeres que lucían vestidos aún más escotados e indiscretos.

Al doblar la siguiente esquina, encontraron dos enormes puertas bloqueadas por una cuerda roja y tres colosales guardias que parecían alimentarse de humanos para desayunar, comer y cenar.

Sobre la puerta, en la pared negra, siete luces en forma de diamante brillaban y parpadeaban. Tras ella retumbaba un sonido de graves que salía de un altavoz. Raziel los miró con un destello de anticipación.

—Bienvenidos al salón Siete Diamantes, la joya de la corona de la vida nocturna de Hermes.