18. Hasta los que están desnudos llevan disfraz.
Hasta los que están desnudos llevan disfraz.
L a iban a matar esa misma noche.
Khalani estaba convencida de ello.
Y no sería a manos de guardias robustos o criminales violentos, sino por esos tacones de quince centímetros que Spade le había dejado sobre la cama, junto a un vestido de color rojo sangre.
Spade había insistido en que tenía que causar buena impresión en el casino, y, en Hermes, eso significaba mostrar la máxima cantidad posible de piel sin ir completamente desnuda.
El vestido rojo tenía un atrevido escote en uve, se le ceñía a la cintura de forma desproporcionada, acentuándole las caderas, y le llegaba a apenas medio muslo por mucho que ella lo estirara hacia abajo.
Khalani se frotó las piernas, echando de menos el andrajoso uniforme de prisionera.
Alguien golpeó la puerta con suavidad.
—Adelante.
Khalani tragó saliva y reprimió el impulso de quitarse el vestido.
Serene asomó la cabeza y, al verla, puso los ojos como platos.
—Caramba. Me he quedado sin habla.
—¿Tan malo es?
Sin querer, Khalani se llevó las manos al pecho y las deslizó hacia abajo, alisando el ligero tejido que apenas llegaba a cubrirle los pezones.
—No. —Serene entró, aún con los ojos fijos en ella—. Tienes un aspecto increíble. De hecho, igual al capitán le da un infarto.
—No creo que lo impresione.
Muy pocas cosas llamaban la atención de Takeshi, excepto las que tenían como finalidad principal el asesinato.
Seguía sin comprender por qué se había presentado voluntario.
Quizá había percibido su confusión y desconfianza y no la veía capaz de escapar del campo de trabajo sin ayuda.
—¿Spade te ha dejado algo de maquillaje? —preguntó Serene, sacándola de sus pensamientos y comprobando los objetos que había en la mesita de noche: un cepillo y un fino objeto metálico.
—Sí. Pero no lo he usado nunca. No sé maquillarme —admitió, ruborizándose.
—Déjamelo a mí.
Serene tomó los productos de belleza y le indicó a Khalani que se sentara en la cama.
—Pero si ya estoy bien así… No lo necesito.
—Tienes razón, no lo necesitas. —Serene se encogió de hombros y la obligó a sentarse—. Pero, cuando todo a tu alrededor se desmorona, lo mínimo que puedes hacer es tener un aspecto radiante.
Khalani no dejó de mover la pierna con un tic nervioso mientras Serene le aplicaba el maquillaje en mejillas y ojos y le rizaba la larga melena castaña con el extraño objeto dorado. Finalmente, Serene retrocedió unos pasos y una sonrisa se dibujó poco a poco en su rostro.
—¿Y bien? —preguntó Khalani, mordiéndose las uñas.
—Ven a comprobarlo por ti misma.
Serene la tomó de la mano y la condujo hacia el diminuto baño, donde había un espejo ovalado sobre el lavamanos.
Cuando la empujó y la colocó ante él, Khalani se quedó boquiabierta.
Había realzado sus grandes ojos verdes con una sombra de efecto ahumado y unas pestañas extralargas.
En las mejillas, Serene le había aplicado un matiz rosado y sus labios eran de un rojo oscuro y brillante.
La melena castaña, antes rizada, ahora estaba lista, sin encrespamientos ni nudos, y le caía sobre los pechos.
Khalani apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada desde el espejo. Era como si se hubiese metido en la piel de otra persona.
Y, cuanto más se contemplaba, más se le aceleraba el pulso. En cuanto pusiera un pie en el casino, todo el mundo advertiría sin sombra de duda que era una impostora.
Era la persona equivocada para llevar a cabo la misión.
Iba a conseguir que los mataran a todos.
Serene le tomó la mano.
—No sé lo que estás pensando, pero déjalo ya. Tienes un aspecto increíble.
—¿Y si no puedo hacerlo?
—Escúchame. De no ser por ti, yo seguiría en esa prisión. No he conocido a nadie más fuerte que tú ni con una belleza tan provocadora como la tuya. Eso es lo que veo. Y ya es hora de que tú también lo veas.
Serene pronunció esas sinceras y emotivas palabras con convicción, como si lo gritara a los cuatro vientos.
Khalani sintió un calor en el pecho y un cosquilleo en la nariz.
—No, no. No llores o echarás a perder el maquillaje. —Empezó a abanicarla frenéticamente—. Vale, te he mentido. Tienes un aspecto horrible y vamos a morir todos.
Khalani estalló en una carcajada y se restregó la nariz con la mano.
—¿Sabes? Cualquiera se habría puesto a llorar con lo que acabas de decir.
—Lo sé. Pero tú no eres cualquiera. Tú eres mi mejor amiga. —Serene le guiñó el ojo con complicidad—. Bien, esto es lo que haremos. Saldrás por esa puerta con la cabeza bien alta porque eres una tipa dura, una auténtica criminal. ¿Entendido?
—¿Desde cuándo te has vuelto tan mandona?
—Desde que vi que, si no, nadie me hace caso.
Cuando Khalani subió las escaleras, todo el mundo estaba esperándola.
Adan la abrazó durante unos instantes, pidiéndole que fuera con cuidado y negándose a soltarla. Hasta sugirió vestirse de chica y reemplazarla.
—Todo irá bien —le aseguró ella, reprimiendo el deseo de salir corriendo.
Después de meses juntos, la mera idea de marcharse, aunque fuera por unos pocos días, le daba más miedo de lo que había supuesto en un principio. Pero Khalani mantuvo la compostura y disimuló el terror que sentía, fingiendo que no era real.
Brock se mantenía apartado y frunció aún más el ceño al verla.
—¿Algún consejo? —preguntó.
—No hagas el ridículo y acabes muriendo.
Qué inspirador, de verdad.
Khalani lo dejó atrás y se encaminó hacia la parte delantera, hacia el bar. Allí, Spade, Takeshi y Raziel hablaban en voz baja.
Tuvo que contener la respiración al ver a Takeshi.
Parecía que le habían hecho a medida el traje negro. La tela brillante se le ceñía a los músculos del torso y de la ancha espalda a la perfección; sobre la frente le caían unos cuantos mechones de pelo negro, que llevaba engominado y peinado a un lado.
Era un peligro de lo más irresistible.
Por primera vez, vio al hombre sofisticado que había crecido entre la clase adinerada de Génesis, la última ciudad de Apolo en la superficie. Sin embargo, al advertir su presencia, Takeshi se puso rígido y volvió a ser el letal capitán.
Un destello inundó sus ojos magnéticos cuando los clavó en el rostro de Khalani y los deslizó por sus brazos y su pecho, por la fina tela que le ceñía las costillas y los muslos.
Sintió la marca de su mirada oscura, como si fuera el filo de una espada que le recorría la piel.
Por un instante, Takeshi apretó la mandíbula, y Khalani captó en sus ojos un destello de algo indescifrable antes de que él lo ocultara de nuevo. Un calor repentino hizo que se ruborizara al sentir el peso de todas las miradas sobre ella.
«Eres una tipa dura, una auténtica criminal. ¿Entendido?». Las palabras de Serene resonaron en su mente como un himno y la ayudaron a enderezarse y a alzar la barbilla.
—Debo decir que estás imponente —dijo Spade, el primero en romper el silencio.
—Menudo gusto tienes para los vestidos —comentó ella con sequedad.
—Por lo general, prefiero quitarlos —confesó Spade, encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa maliciosa—. Pero, en tu caso, se demuestra que algunas cosas deben apreciarse primero.
A esas alturas, Khalani no tenía duda alguna de que estaba tan roja como su vestido.
—Es hora de irnos —anunció Takeshi con una voz más profunda que de costumbre, más animal que humana, mientras taladraba a Spade con unos ojos glaciales.
De repente, unos bracitos la rodearon. Winnie se había lanzado hacia ella y la estrechaba con tanto ímpetu que Khalani estuvo a punto de perder el equilibrio.
—Khalani, mi niña. Qué guapa estás, hasta demasiado para ir a un lugar tan peligroso. Deja que Winnie vaya. No soporta que la dejes aquí.
—Ya sabes que tengo que ir, Winnie. —La abrazó con todas las fuerzas que le quedaban—. Pero volveré.
—Crucemos los meñiques y prométeme que regresarás a casa —insistió Winnie con aire angustiado.
—¿Que crucemos los meñiques?
—Es un contrato vinculante —aclaró la anciana—. Cuando haces una promesa cruzando los meñiques, lo prometes por tu vida. Si rompes esa promesa, las abejas vendrán y te picarán en los ojos.
—¿Qué es una abeja? —le preguntó ella frunciendo el ceño.
—Khalani, levanta el meñique —ordenó la anciana con rotundidad.
Su tono no admitía discusión, así que Khalani obedeció y entrelazó el meñique con el dedo arrugado de Winnie. La anciana asintió, le rodeó el rostro con las manos y le plantó un beso en la frente.
—Hazles pasar un mal rato, mi niña. Y en cuanto a ti… —Se volvió hacia Takeshi y le clavó el índice en el pecho—. Ya puedes traerla de vuelta sana y salva. A Winnie le caes bien, pero, como regrese con el más mínimo arañazo, te desollará vivo y se hará una capa con tu piel.
Aunque todo el mundo se quedó con la boca abierta, Takeshi ni siquiera se inmutó. Inclinó la cabeza como si la amenaza de la anciana y la responsabilidad que le había encomendado pesaran más que la gravedad.
—Tienes mi palabra —prometió con voz firme e inquebrantable—. El que le ponga la mano encima se enfrentará a una muerte segura.
Por un instante, Khalani olvidó respirar.
«Repite conmigo: que tu enemigo jurado amenace con mutilar a otros en tu nombre resulta psicótico y preocupante, no atractivo».
La anciana pareció quedar satisfecha con la promesa de Takeshi y asintió, como si fuera lo mínimo que pensaba aceptar.
—Un par de cosas más —interrumpió Raziel, aún con el pañuelo cubriéndole medio rostro. Sostenía un dispositivo extraño, metálico y delgado—. Tengo que pincharos el brazo. Es el rastreador. No hay manera de que lo detecten y, de este modo, podremos ubicaros y rescataros en una semana.
Raziel se acercó primero a Takeshi, que se quitó la chaqueta bruscamente y se arremangó, dejando a la vista las venas de su musculoso antebrazo.
Si le dolió el pinchazo, no lo demostró.
Cuando Raziel se volvió hacia Khalani, ella se puso rígida, pero el pinchazo no fue nada comparado con lo que había experimentado en Braderhelm. La banda metálica que le habían incrustado en la muñeca… Eso sí había dolido.
—Listos —anunció Raziel. Y, con un gesto de la cabeza, añadió—: Vamos.
Khalani, Takeshi y Raziel dejaron atrás numerosas tiendas y bares, cuyas luces vivas y parpadeantes captaban la atención de Khalani, que caminaba por la calle adoquinada esforzándose por no perder el equilibrio con esos tacones.
Los hombres la miraban con descaro, e incluso algunos se atrevían a acercarse, pero cambiaban de opinión al instante en cuanto veían las imponentes siluetas de Takeshi y Raziel.
Tampoco pasó por alto la manera en que las mujeres devoraban a Takeshi con la mirada, pero él se limitaba a ignorarlas y a mantener la vista al frente.
Raziel avanzaba envuelto en su capa negra con una confianza letal, y Khalani enseguida reparó en que tanto hombres como mujeres agachaban la cabeza a su paso o se apartaban a toda prisa.
—¿Cuánto tiempo llevas con los Ases? —le preguntó, entornando los ojos hacia él.
—Toda la vida.
—Y… ¿qué hacen exactamente los Ases?
Raziel se detuvo y alzó la mirada, como si considerase la mejor respuesta.
—Nos dedicamos a varios negocios. Comercio de bienes. Cobros de pagos. Ofrecer asistencia en la ciudad. Cosas así.
—Claro, por eso la gente te evita y parece que tenga miedo de quedarse sin sus extremidades, ¿verdad?
Raziel se sonrojó levemente.
—Lo de cortar extremidades no es mi estilo. Demasiado jaleo. Prefiero romper rótulas y tendones de Aquiles y hacerlos correr.
Genial. Otro lunático al que no había que perder de vista.
—Sería más fácil si les fracturaras la tibia —comentó Takeshi, aún con la vista al frente.
—¿Y qué gracia tendría eso?
—Tienes razón.
Perfecto. Ahora entablaban amistad comentando qué huesos preferían romper.
¿Acaso llevaba un cartel en la espalda que dijera: «Acepto acompañantes masculinos: solo aquellos que eviten ir a terapia»?
Tras doblar una esquina cerrada, Khalani abrió los ojos como platos.
A lo lejos, se alzaba el edificio más grande que había visto en la vida.
Era una majestuosa estructura de un blanco deslumbrante, sostenida por treinta enormes pilares dorados, a la que se accedía por unos escalones de mármol y unas puertas de bronce que estaban abiertas de par en par.
Por su imponente arquitectura, parecía más bien uno de esos grandiosos templos dedicados a las deidades de la Antigüedad.
Era incluso más grande que las Cámaras del Consejo de Apolo.
Cientos de hombres y mujeres ataviados de forma elegante subían los escalones dorados con la emoción contenida en el rostro.
—¿Eso es…?
—Sí. El casino. Manteneos alerta —respondió Raziel, acomodándose el traje y reemprendiendo la marcha.
Khalani se obligó a cerrar la boca y se alisó el vestido. Tras coger aliento, ignoró la voz en su interior que le gritaba que corriera y nunca volviera la vista atrás y lo siguió.