Us deadly few (Los oscuros 2) 17. Las malas decisiones forjan el carácter. Todo un consuelo, ¿verdad?
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17. Las malas decisiones forjan el carácter. Todo un consuelo, ¿verdad?

Las malas decisiones forjan el carácter. Todo un consuelo, ¿verdad?

K halani apenas pegó ojo esa noche. En sus interminables pesadillas, el gobernador le rodeaba el cuello con las manos y se lo estrujaba con todas sus fuerzas mientras esbozaba una sonrisa sádica.

Pero, entonces, su rostro empezaba a transformarse hasta que era Takeshi el que la sujetaba. Los hermosos ojos negros de Takeshi lanzaban destellos de placer mientras le arrebataba poco a poco la vida.

—Tomaste la decisión equivocada —susurraba.

Khalani ahogó un grito y se despertó sobresaltada, temblando.

Se restregó los ojos y trató de calmar su respiración agitada.

Ataviada con un pantalón de chándal azul y una camiseta que había encontrado en el armario, salió con sigilo del dormitorio, descalza, y caminó de puntillas sobre las baldosas negras.

En la zona común se encontró con Winnie, que estaba sentada con las piernas cruzadas ante un escritorio, con el monóculo, un vestido de color granate que cubría el taburete de madera y el colgante de plata que nunca se quitaba sobre el pecho. Estaba escribiendo con frenesí en un diario.

—Hola, Winnie —la saludó Khalani en voz baja, sonriendo, pese a que no se sentía especialmente alegre.

Winnie dio un respingo y alzó el rostro.

—¡Khalani, querida! ¿Qué haces levantada tan temprano?

—¿Es temprano? —Khalani arqueó las cejas, señalando con un ademán la habitación sin ventanas—. Es difícil de saber.

—Ah, necesitas uno de estos.

Winnie movió la muñeca y le mostró un reloj circadiano.

Khalani solo había visto unos pocos en su vida.

Los relojes circadianos eran bastante excepcionales y costaban el salario de veinte años de trabajo en Apolo.

En lugar de números, los relojes mostraban unos símbolos para el sol, la luna y la comida, con lo que podías llevar la cuenta del tiempo en el subsuelo y saber cuáles eran las mejores horas para comer.

—Winnie lo ha encontrado en la mesita de noche. Ya te conseguirá uno para ti también —aseguró la anciana con orgullo. A continuación, dio unas palmadas en el asiento junto a ella—. Ven aquí, querida. Estás muy pálida.

Khalani obedeció y se sentó al tiempo que soltaba un suspiro, estiraba las piernas y se restregaba los ojos cansados.

—¿Qué sucede?

—Nada, Winnie. Solo son pesadillas.

—Nuestros miedos en el mundo real se manifiestan en nuestros sueños para ver si así pueden escapar. No dejes que eso suceda —le imploró con aire serio.

Khalani alzó la mirada hacia el techo gris. Había intercambiado una ciudad del subsuelo por otra, y su ansiedad persistía como si fuera un fantasma que no dejaba de atormentarla.

Se mordió el labio y se volvió hacia Winnie.

—¿Crees que hay más como él?

—¿Como quién, querida?

Khalani vaciló, reacia a dar voz a sus pensamientos, pero, por mucho que se empeñara, no podía librarse de él… o, mejor dicho, de eso.

—Como el gobernador. ¿Crees que hay más maquinas como él?

—Sin duda.

—Pero ¿de dónde han salido? —insistió Khalani.

—Winnie no lo sabe —dijo, aferrándose al lápiz que tenía en la mano—. No recuerda haber leído nada en los Archivos de que el gobernador no era humano. Pero alguien debió de crear esa máquina y colocarla al mando de toda una ciudad. Winnie sospecha que el creador aún anda suelto.

—¿Aquí? ¿En Hermes?

Khalani se tensó.

—Podría ser. Debemos abrir bien los ojos. La clave para encontrar a Prometeo y el Proyecto Hélix puede estar en esta misma ciudad.

«El camino comienza en Prometeo».

Esas eran las palabras que había escrito Timothy Talbot.

Para descubrir la verdad del Proyecto Hélix —una iniciativa lo bastante poderosa que podía salvar a toda la humanidad— necesitaban abandonar Apolo y encontrar a Prometeo. El problema era que estaban en el mismo punto que cuando habían salido de Apolo: seguían sin saber qué era Prometeo.

Quizá nunca descubrieran la verdad.

Sin embargo, Winnie seguía aferrándose a la esperanza. Y la esperanza era una bestia terca y caprichosa.

—¿Qué sabes de Hermes? —preguntó Khalani, inclinándose hacia delante—. ¿Por qué es tan diferente de Apolo?

La anciana alzó la mirada, considerando la respuesta.

—¿Acabó Winnie de leer ese libro? Déjame pensar…

¡Ah, sí! Sí lo acabó. —El rostro se le iluminó y dio una palmada—.

Hace mucho tiempo, un incursor trajo un libro sobre Hermes.

Lo había escrito uno de sus académicos. Al principio, cuando los ciudadanos poblaron esta ciudad del subsuelo, era muy parecida a Apolo.

Oscura, deprimente y gris. Sin embargo, el rico propietario de unas casas de juego antes del Gran Colapso vio la oportunidad de hacerse aún más rico y construyó el primer casino.

Ganó mucha popularidad, y el Consejo de Hermes enseguida decidió controlar la riqueza y el poder que generaba el establecimiento.

La diferencia en Hermes fue que a la gente no le importó que el Gobierno aumentara el control sobre ellos cada vez más.

Y la autoridad que nace en la voluntad de las personas es la más difícil de destruir.

—¿Y el casino?

—El casino siguió creciendo, desencadenando codicia y todo tipo de delitos. Será mejor que no nos crucemos con una de las bandas criminales de la ciudad.

Khalani tragó saliva, y la anciana le posó una mano tranquilizadora en la rodilla.

—No te preocupes, querida Khalani. A Winnie le cae bien Spade. Cuidará de nosotros.

—¿Cómo puedes estar tan segura? Acabamos de conocerlo.

—¿Y? Winnie tiene buen ojo para las personas.

Se llevó el dedo índice a la mejilla y dio un par de tirones esbozando una mueca maliciosa, lo que hizo que en el rostro de Khalani se dibujara una ligera sonrisa.

—¿Qué estás escribiendo? —le preguntó, buscando cambiar de tema, mientras señalaba el cuaderno en el regazo de Winnie.

—Oh… —La anciana se sonrojó—. Winnie sabía que no podía traer la máquina de escribir, y necesita dejar constancia de nuestro viaje de algún modo. Así que ha estado utilizando este cuaderno.

Acarició las páginas y Khalani vio la última frase que había escrito.

—«Y mañana se adentrarán en las fauces de un casino, y Winnie reza para que regresen victoriosos» —leyó Khalani en voz alta.

—No es la versión definitiva. Winnie está trabajándolo para mejorarlo —añadió Winnie, presa de una repentina timidez.

—Pues yo creo que suena genial —aseguró Khalani, sonriendo.

De repente, se sobresaltó al oír unos pasos que bajaban por la escalera, pero enseguida se relajó al ver a Spade, ataviado con unos pantalones negros y una camisa blanca.

—Bien. Ya estáis despiertas —apuntó, mirándolas—. Necesito que vayáis a por el resto y subáis.

—¿Por qué? —preguntó Khalani frunciendo el ceño.

—Tenéis que conocer a alguien.

Sin añadir nada más, Spade desanduvo sus pasos y desapareció escaleras arriba.

Winnie y Khalani intercambiaron una mirada nerviosa y fueron a avisar a los demás. Les costó varios intentos lograr que Serene reaccionara, pero Takeshi ya estaba despierto. Khalani advirtió que tenía ojeras y se preguntó si había conseguido conciliar el sueño.

Sin embargo, el capitán subió los escalones de dos en dos con expresión indescifrable.

Mientras ascendía tras él, Khalani forjó un nuevo plan para lidiar con Takeshi y sus complicadas emociones.

Era brillante.

Se llamaba «Plan Guardar las Distancias».

Cuando llegaron al cuarto trasero, Keno les indicó con un ademán que se dirigieran hacia la parte delantera, hacia el bar. Los clientes de la noche anterior se habían esfumado. Spade señaló hacia una larga mesa que la noche anterior no estaba ahí.

En ella había cuatro hombres sentados, todos ataviados con trajes impecables.

Tres de ellos tenían una expresión sombría y poco acogedora, y, cuando Khalani y los demás tomaron asiento, parecían tensos.

El hombre sentado justo frente a ella parecía ser el más joven y llevaba un pañuelo negro que le cubría la mitad inferior del rostro.

La observó con sus ojos castaños y Khalani no pudo evitar estremecerse ante aquella mirada tan cautivadora y desconcertante.

Keno entró por la puerta arremangándose hasta los codos y se sentó en la punta de la mesa. Paseó una mirada de disgusto por los cuatro hombres, deteniéndose en el enmascarado que estaba frente a Khalani.

Spade se sentó en el extremo opuesto y entrelazó los dedos de las manos.

—Ahora que ya estamos todos, podemos comenzar.

«Comenzar ¿el qué?».

—Podemos empezar por preguntarte en qué demonios estabas pensando al traer a estos forasteros a nuestra ciudad, Spade. Y nada menos que al Corazón Negro —escupió uno de los hombres, que tenía unos brazos fornidos y una barriga tan prominente que tocaba la mesa de madera.

—Cuidado con lo que dices. Yo no soy ningún forastero —siseó Brock, inclinándose hacia delante como si se dispusiera a abrir al hombre en canal con lo primero que encontrara.

—Sí lo eres, incursor. Formabas parte de nuestro grupo, pero no se te ha visto ni hemos tenido noticias de ti en meses.

¿Cómo sabemos que no has divulgado nuestros secretos a Apolo y que no nos has vuelto vulnerables?

—gruñó el hombre mientras dos de los que lo acompañaban asentían en señal de acuerdo.

El hombre enmascarado guardaba silencio recostado en la silla, como si todo aquello le resultara un auténtico aburrimiento.

Brock se tensó e hizo ademán de ponerse en pie, pero Spade le posó una mano en el hombro para tranquilizarlo.

—Ya basta, Zenith —le soltó Spade al hombre—. Capturaron a Brock en Apolo, y sigue siéndonos leal. Tiene toda mi confianza. Si dices algo en su contra, me lo tomaré como un ataque personal. ¿Algún problema?

Zenith tragó saliva al comprender la amenaza velada. Pese a que los ojos le centelleaban de furia, dejó de protestar.

—Bien —continuó Spade—. Y, ahora, discutamos la cuestión por la que estamos aquí. En primer lugar, hay que saber qué está ocurriendo en Apolo. Mencionasteis un fallo en los cultivos y que el Gobierno de Apolo está matando a los ciudadanos. Contádnoslo todo.