Us deadly few (Los oscuros 2) 16. Los humanos nunca se libran de su ferocidad. Simplemente, la disimulan mejor.
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16. Los humanos nunca se libran de su ferocidad. Simplemente, la disimulan mejor.

Los humanos nunca se libran de su ferocidad. Simplemente, la disimulan mejor.

K halani atravesó la abertura y echó un vistazo a su alrededor, con todos los sentidos alerta.

Estaban en un callejón abandonado, flanqueado por edificios de ladrillo.

Una superficie rocosa se cernía sobre ellos a casi un kilómetro y medio de altura.

En la lejanía, se oía un ritmo grave, y unas risotadas resonaban en el ambiente.

Se tensó al ver a varias figuras que pasaban corriendo al fondo de la callejuela.

Sin embargo, nadie parecía fijarse en el grupo de personas boquiabiertas.

Winnie se sobresaltó ante el estruendo que provocó la reja de hierro al cerrarse. Spade deslizó las llaves en su bolsillo.

—Escuchad atentamente —les pidió—. Os voy a llevar a uno de nuestros refugios clandestinos.

Allí pasaréis la noche. No está lejos, pero vuestro atuendo es bastante sospechoso y llamaréis la atención.

Por suerte, a esta hora, la mayoría de la gente o está en el casino o va tan borracha que ni siquiera se tiene en pie.

Así que agachad la cabeza y no os separéis de mí.

Con los nervios a flor de piel, Khalani tomó aliento y siguió a Spade.

Al llegar al final del callejón, doblaron a la derecha y salieron a una bulliciosa calle adoquinada. Cuando Khalani alzó la mirada, el pulso se le aceleró de golpe. Junto a ella, Serene también estaba boquiabierta.

—Caramba… —susurró Winnie.

Las luces de neón iluminaban una colorida calle llena de escaparates extravagantes que parecían tener vida propia. Las risotadas resonaban por doquier y una multitud deambulaba sin rumbo fijo con botellas de alcohol en las manos.

Los hombres llevaban unos impecables esmóquines blancos y negros, mientras que las mujeres se paseaban con unos ceñidos vestidos rojos y negros que se les subían por encima de los muslos y cuyo escote dejaba poco a la imaginación.

Khalani se cruzó de brazos, reparando al instante en lo fuera de lugar que estaban su holgada camisa y sus pantalones beis.

Pero la gente que se pavoneaba por la calle dando largos tragos a las bebidas y chocando unos con otros los ignoró.

Siguieron a Spade, y se fijó en los parpadeantes letreros de neón sobre las extrañas tiendas.

Las Dulces Delicias de Estela. Bar Reina de Corazones. Conjuntos y Prendas de Vestir Othelia. Pecado de Seducción. Licores Laken. Baila con el Diablo.

Las vistas, los olores…, todo la aturdía. Khalani dio un respingo cuando una pareja borracha pasó junto a ella.

El hombre llevaba un pulcro traje blanco y cargaba con una rubia que le rodeaba la cintura con sus largas piernas y ladeaba la cabeza encantada mientras él le chupaba el pecho sin ningún tipo de decoro en medio de la calle.

—Te veo un poco sola. Seguro que puedo hacer algo para arreglarlo.

Un joven con los ojos azul cielo, una melena castaña peinada en una coleta y la ropa que apestaba a alcohol se situó sigilosamente a su lado.

Khalani trató de apartarse, pero él posó un pesado brazo sobre sus hombros.

De repente, recibió un abrupto empujón que hizo que se estrellara contra el suelo de adoquines. Varios transeúntes empezaron a reírse de forma histérica ante la imagen del borracho, que eructaba y trataba de ponerse en pie.

Ni siquiera veía al capitán de casi dos metros de altura que se cernía sobre él.

—Vamos.

Takeshi no desperdició ni un segundo más y tomó a Khalani por el brazo. Tiró de ella, evitando a la pareja que empezaba a arrancarse la ropa en medio de la calle.

En cuanto alcanzaron la seguridad del grupo, Takeshi la soltó enseguida.

Spade volvió la cabeza para asegurarse de que aún lo seguían y continuó avanzando, inmune por completo a las escenas de exceso, sexo y desenfreno a su alrededor.

El contraste entre Apolo y Hermes era evidente en cada centímetro cuadrado de la ciudad, y especialmente en sus habitantes. Khalani y sus compañeros eran rígidos y fríos, un producto del duro ambiente, mientras que esa gente parecía más bien despreocupada y temeraria.

De repente, reparó en que la gente se alborotaba a su derecha.

Se sobresaltó al ver que un hombre de cierta edad vestido con un traje gris golpeaba a un tipo bajito con chistera y lo tiraba del taburete en el que estaba sentado.

Unas pocas mujeres se detuvieron a observar la escena con una sonrisa en los labios que no dejó de ensancharse mientras cuchicheaban. Los hombres se dedicaban a comentar abiertamente la pelea y lanzaban vítores y gritos de ánimo. Nadie intervenía.

—¡Hora feliz para las damas! —exclamó una mujer con un sujetador de encaje negro desde detrás de la barra, ignorando todo aquel caos—. ¡Tómate dos copas y la tercera es gratis!

—¡Ganen sus fichas con estilo, caballeros! ¡Vistan Esmóquines Deluxe y la suerte siempre estará de su lado! —gritó un hombre de pelo rubio platino desde la otra acera.

Apostado ante una colorida tienda en cuyo escaparate se exhibían cientos de prendas relucientes, su traje plateado lanzaba destellos como si fuera la luna.

—No te pares —le recordó Takeshi dándole un leve empujón hacia delante.

Khalani obedeció sin más; estaba demasiado confundida.

Aunque la sucesión infinita de tiendas, bares y clientes borrachos parecía interminable, Spade dobló de repente hacia otra callejuela oscura.

Estaba casi desierta, pero las pocas personas que había en ella saludaron con la cabeza a Spade al pasar. Se dirigieron hacia un edificio de poca altura, de cuya entrada colgaba un sencillo letrero.

«El Corazón Negro».

Extrañada, Khalani vio que Spade se acercaba a la puerta de acero, la abría y les indicaba que entraran con un ademán.

El interior parecía uno de esos castillos viejos y acogedores de los que le había hablado Winnie, con muros de piedra y un espacio más grande de lo que parecía desde el exterior.

La enorme estancia apenas estaba iluminada y había una barra a la derecha.

En los taburetes, unos pocos hombres charlaban en voz baja, con las mangas blancas por encima de los codos.

A la izquierda, a unos pocos pasos, había dos mesas verdes bastante extrañas, con unas bolas de colores sobre ellas.

En torno a ellas se arremolinaban varios hombres que sostenían largos palos.

Un hombre apuntó el palo hacia una bola y la coló en un pequeño agujero en una de las esquinas de la mesa.

«Qué raro».

En cuanto entraron, en la estancia se hizo el silencio. Uno de los hombres de la mesa posó una mano sobre la claramente visible pistola que llevaba en el bolsillo. Khalani casi podía oír su propia respiración agitada y sintió que se ponía en guardia por si había pelea.

—Buenas noches, Spade —saludó el hombre calvo tras la barra, ladeando la cabeza.

Spade le devolvió el saludo con un asentimiento.

—¿Qué tal la caída?

—Los chicos han dicho que no ha habido complicaciones.

—Bien.

Spade fue hacia la barra y le dio una palmada en la espalda a uno de los hombres sentados en los taburetes.

—Finneas.

—Hola, Spade. ¡Vaya, por el as de picas! Pero ¡si es el incursor! ¡No esperaba verte tan pronto de vuelta por aquí!

El tal Finneas, que parecía más joven que los demás, esbozó una sonrisa a la que le faltaba un diente.

—Lo mismo digo —respondió Brock con expresión estoica, como si estuviera preparándose para la batalla.

Después de que unos pocos más intercambiaran saludos con Spade, que, al parecer, era bastante popular, este último los condujo hacia una puerta disimulada en la pared del fondo.

Si Spade no la hubiese empujado, Khalani ni siquiera se habría dado cuenta de que estaba allí.

Accedieron a una estancia pequeña y circular, con dos sofás rojos contra la pared y una barra al fondo. Detrás de ella, un hombre de piel clara, pelo moreno y encrespado, ataviado con un traje blanco, limpiaba unas botellas.

Alzó la mirada y los observó con clara desconfianza.

—Keno —dijo Spade a modo de saludo.

—Spade —respondió Keno—. Veo que vienes acompañado…

—Son los que te comenté. Ya conoces a Brock.

Keno los miró con indiferencia y cara de pocos amigos y se detuvo en Takeshi.

—¿Seguro que son los indicados para ayudarnos?

Khalani frunció el ceño.

—Ayudaros ¿en qué?

Spade ignoró su pregunta.

—Sin duda —se apresuró a responder.

Keno apretó los labios hasta formar una fina línea y un silencio pesado cayó sobre la estancia. Khalani casi esperaba que alguien desenvainara un arma, pero, tras unos instantes, Keno llevó la mano a la parte inferior de la superficie de trabajo y se oyó un ligero chasquido.

El frontal de la barra se movió hacia delante y desapareció, revelando una larga escalera que se adentraba en la oscuridad.

Boquiabierta, vio que Spade empezaba a descender por los empinados escalones y les hacía un gesto para que lo siguieran.

Antes de imitarlo, Khalani intercambió una mirada con Keno, que los observaba con expresión dura e indescifrable.

Se apresuró a bajar los peldaños, agradecida de que hubiera una barandilla. Cuando llegó al pie de la escalera, vio que estaba ante una pequeña habitación iluminada solo por unas velas. El aire era mucho más frío allí, y Khalani se frotó los brazos con las palmas de las manos.

—Este es uno de nuestros refugios —dijo Spade, volviéndose hacia ellos—. Aquí abajo tenemos varios dormitorios para ocultar a los miembros de la resistencia que lo necesiten. Os quedaréis aquí durante vuestra estancia. Bueno, casi todos.

Khalani lo miró extrañada, pero, antes de que pudiera preguntarle a qué se había referido con esas palabras, Spade les mostró el frío espacio.

Era evidente que el refugio no estaba hecho para impresionar a nadie. No había adornos ni decoración y las habitaciones solo tenían una cama, una mesita de noche y un pequeño armario.

—Os sugiero que durmáis. Mañana no tendréis tiempo.

—¿Qué ocurre mañana?

Por primera vez, Spade adoptó un aire inquieto.

—Vuestra primera misión. En el casino.