Us deadly few (Los oscuros 2) 15. Cuando el mundo terminó, algo también murió en nuestro interior.
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15. Cuando el mundo terminó, algo también murió en nuestro interior.

Cuando el mundo terminó, algo también murió en nuestro interior.

K halani paseó la mirada por los edificios en ruinas con el corazón desbocado mientras permanecían en pie y sin protección ninguna bajo el Gran Arco.

La pálida luna proyectaba un resplandor frío y plateado sobre ellos que cortaba la oscuridad negra como el carbón. El inmenso vacío de la ciudad se cernía sobre ella, y su pulso era un tambor implacable desde su conversación con Takeshi.

El capitán se había apartado del grupo y escrutaba la ciudad destrozada con los brazos cruzados. Había adoptado una expresión distante y hermética, regresando a su yo retraído y taciturno. Sin embargo, las palabras de Takeshi no dejaban de repetirse en su cabeza.

¿Qué sentiría si fuera suya?

Estarían constantemente discutiendo. Fastidiándose a más no poder.

Y, pese a ello, la idea no le parecía del todo repugnante. Allí estaba, como si fuera una chispa a punto de prender.

—¿Dónde está ese tipo? —murmuró Serene junto a ella.

De repente, se oyó un crujido seco a un par de metros tras ellos. De inmediato, todos se volvieron y empuñaron las armas.

Vieron una enorme silueta que sostenía una linterna. Khalani y Serene retrocedieron arrastrando los pies al ver a aquella figura de dos piernas y sin rostro, completamente cubierta por una especie de escudo de plástico verde.

—Tranquilos. Es Spade.

Aunque Brock dio un paso al frente, Khalani advirtió que aferraba el cuchillo.

La extraña figura se detuvo y los apuntó con el haz de luz, escrutando sus rostros sorprendidos antes de detenerse en Brock.

—¿Dónde están vuestros trajes antirradiación? —dijo el hombre con una voz artificial.

—Ya no son necesarios —respondió Brock.

—¿De qué cojones estás hablando?

La figura dio un tembloroso paso atrás.

—Por eso me arrestaron, Spade —le contó Brock, pidiéndole calma con un ademán de la mano que tenía libre—. Durante mi última misión, me atacó una tribu de la superficie que no llevaba traje. Ya no hay radiación.

Spade guardó silencio durante un buen rato.

Despacio, se acercó y los rodeó, dirigiendo la linterna hacia sus rostros.

—¿No habéis tenido náuseas, fiebre, desorientación, diarrea o pérdida de pelo?

—No, Spade —afirmó Brock, exasperado—. Pero vamos a empezar a perderlo si nos quedamos aquí mucho más rato.

Sin embargo, Spade negó con la cabeza.

—No puede ser verdad —murmuraba sin cesar.

—El Gobierno nos ha ocultado muchas cosas —replicó Brock en tono frío—. Tenemos mucho de que hablar.

—De eso no hay duda. —Spade paseó la mirada por el grupo—. Antes de que os lleve a la ciudad, tenéis que saber que la discreción es fundamental para nuestro grupo. Los soldados y el Gobierno de Hermes nos alinearán ante un pelotón de fusilamiento ante la más mínima sospecha de rebelión.

La voz artificial se hizo más grave y adquirió un matiz letal.

—En Hermes, la confianza no se da a cambio de nada —continuó Spade—.

Tenemos ojos por todas partes. Personas que nunca conoceréis, veréis ni oiréis.

Traicionadnos, aunque sea una vez, y acabaréis con una bala en el cráneo más rápido de lo que podáis decir «póquer».

¿Ha quedado claro? —Esperó a que todos le respondieran con un sí y después añadió—: Bien, vamos.

Los condujo por un estrecho callejón. Se detuvo ante una rejilla oxidada en el suelo e hizo palanca para abrirla. Khalani se estremeció al ver el pozo negro y casi abandonó la misión cuando Spade les ordenó que saltaran al interior.

Adan reunió todo su coraje y se lanzó el primero. Desapareció en la oscuridad y, acto seguido, se oyó un golpe en la lejanía.

—¿Estás bien? —gritó Serene.

—¡Sí! —respondió él—. No es una caída muy larga. Aunque huele a mierda.

Brock y Spade ayudaron a bajar a los demás. Spade le hizo un gesto a Takeshi, pero él negó con la cabeza.

—Primero ella.

Spade se volvió hacia Khalani, que se sujetó la mochila a los hombros y dio un paso adelante, observando el agujero presa del pánico.

—No pasa nada. El primer salto siempre es el más difícil —la animó Spade.

Khalani lanzó un suspiro y asintió. Había peleado contra hombres que la doblaban en estatura, había escapado de una prisión inexpugnable y se había encontrado cara a cara con la muerte más veces de las que podía contar con los dedos de las manos.

Caer por un agujero de tres metros no debería suponerle ningún problema.

Se sentó e introdujo las piernas en el agujero mientras Brock y Spade la sujetaban por los brazos, bajándola.

—¿Lista? —exclamó Spade sosteniéndola en el vacío.

No.

—¡Sí!

En cuanto lo pronunció, ambos hombres la soltaron. Khalani dejó escapar un grito y le dio un vuelco el estómago al tiempo que caía. Aterrizó con un golpe seco. Unas manos desconocidas la atraparon en la completa oscuridad y la ayudaron a ponerse en pie.

—Te tengo.

La voz de Serene surgió de las sombras, y su amiga empezó a frotarle la parte superior del brazo.

Al cabo de un instante, otro cuerpo cayó, rozándola al pasar como si no necesitara ayuda alguna. Su presencia familiar y autoritaria le provocó un cosquilleo en el cuerpo.

Spade y Brock fueron los siguientes, y el lúgubre entorno que los rodeaba se hizo visible gracias al tenue haz de luz que proyectaba la linterna de Spade.

Un arroyo poco profundo corría a sus pies y el hedor hizo que Khalani arrugara la nariz. Aquel olor le resultaba demasiado familiar: un cruel recordatorio de los meses que había pasado en prisión.

—Por aquí —indicó Spade, emprendiendo la marcha enseguida con Brock pegado a sus talones.

Winnie y Serene la flanquearon a ambos lados y Adan las siguió.

Takeshi, como siempre, ocupó la retaguardia.

No estaba segura de si era porque prefería verlos a todos o porque simplemente quería estar lo más lejos posible de ella. Quizá fuera una combinación de ambas cosas.

Winnie la tomó del brazo y arrugó la nariz.

—La primera cosa que haría Winnie en este sitio es pintar las paredes. Las cosas suelen oler mejor cuando tienen buen aspecto.

Khalani esbozó una ligera sonrisa. Spade las miró por encima del hombro; a diferencia de ellos, no estaba acostumbrado a las divagaciones de la anciana.

Caminaron por unos largos túneles durante lo que les parecieron horas y subieron por unas escalerillas destartaladas que gruñían de forma inquietante bajo su peso. Khalani estaba físicamente exhausta, pero su mente iba más rápido que un vehículo de transporte y no podía desprenderse de la ansiedad.

Abrió mucho lo ojos cuando se acercaron a una puerta blanca con un pestillo metálico. Una vez que Spade la abrió, entraron en el túnel y se sorprendió al ver, a su derecha, un enorme tubo de cristal con una alcachofa de ducha en el interior.

—¿Para qué es esto? —preguntó.

El sonido de plástico resonó en las paredes de la cloaca y, cuando se volvió, vio que Spade se estaba quitando el traje antirradiación, bajo el cual apareció un atractivo hombre de mediana edad con un pelo rubio claro y unos ojos grises que parecían albergar una serena inteligencia.

Debajo de la prenda de plástico llevaba un esmoquin negro que se ajustaba a su cuerpo a la perfección y una camisa blanca impecable que parecía fuera de lugar en las alcantarillas.

Arrojó el traje antirradiación hacia el tubo de cristal y encendió la ducha.

—Por si acaso —murmuró casi para sus adentros.

—¿Por qué vas tan elegante? —preguntó Serene con suspicacia mientras él se enderezaba.

Spade parpadeó extrañado, bajando la mirada hacia el esmoquin.

—¿No van vestidos así en Apolo?

—No.

—Hum… Qué raro —murmuró recogiendo la linterna.

—¿Y no te preocupa que se te ensucie la ropa aquí abajo?

—Tengo de sobra.

—¿Y estás seguro de que nadie nos verá entrar?

—Correcto. Los soldados evitan las cloacas, y nuestros chicos tienen preparada una distracción para alejar a cualquier crupier que se acerque a la rejilla.

—¿Qué tipo de distracción? —preguntó ella con cautela.

Spade se detuvo y en sus ojos brilló un destello de malicia.

—Algo más sangriento que las fichas de juego.

Khalani y Serene intercambiaron una mirada de preocupación, mientras que Brock se limitó a sonreír.

Continuaron el largo trayecto por los túneles, y Khalani se fue acostumbrando poco a poco al horrible hedor a cloaca. Algo de lo que no estaba especialmente orgullosa.

Justo cuando estaba a punto de preguntar cuánto faltaba, vio una tenue luz unos pasos más adelante. Al final del túnel se distinguía una gran abertura circular con una reja formada por barras metálicas entrelazadas. Había algo al otro lado.

—Hemos llegado —anunció Spade.

Winnie se agarró con fuerza al brazo de Khalani.

Con las botas chapoteando en el agua sucia, aceleraron el paso. Pero ese no era el único sonido. A medida que se acercaban a la abertura enrejada, una música de tonos graves hizo vibrar el aire, y se volvió más intensa a cada paso, hasta el punto de retumbar en el pecho de Khalani.

Sin inmutarse, Spade se acercó con sigilo a la reja y miró a ambos lados con atención. Tras tenderle la linterna a Brock, sacó un manojo de llaves del bolsillo trasero.

Abrió con rapidez la cadena que rodeaba las barras y tiró de la compuerta hacia el interior, revelando una ciudad oculta en el subsuelo.

—Bienvenidos a Hermes.