14. El momento adecuado no existe. Solo existe el ahora. #3
—Oh, por nada —respondió ella dando una patada—. Pero estaba pensando que, como tenemos tiempo de sobra, igual podrías enseñarme a usarlo.
Takeshi dejó de afilar de golpe y alzó la mirada. Tenía el ceño tan fruncido que le ensombrecía el rostro.
—Claro. —Brock se encogió de hombros y saltó del coche—. Total, no tenemos nada mejor que hacer.
—Yo te enseñaré —dijo Takeshi en voz baja, entornando los ojos negros hasta que se convirtieron en rendijas.
—No, tranquilo. —Khalani lo rechazó con un gesto y posó la mano ligeramente sobre el hombro de Brock—. Ya se encarga Brock.
El rostro de Takeshi pasó de la sorpresa a la traición, y después se transformó en algo mucho más inquietante.
Se quedó completamente inmóvil, empuñando el cuchillo con tanta fuerza que Khalani se extrañó de que no se formara un charco de sangre en el cemento.
—Eres más lista de lo que pareces —dijo Brock con una sonrisa maliciosa mientras se dirigían hacia la calle desierta.
—No sé a qué te refieres.
—Claro que no —respondió Brock, haciendo girar el cuchillo y atrapándolo por el mango sin tan siquiera mirar—. Pero… ¿quién sabe? A lo mejor hasta aprendes algo.
—Ya veremos.
Para su sorpresa, Brock resultó ser buen maestro, aunque algo impaciente. Se esmeró en enseñarle cómo sujetar el maldito cuchillo y le mostró varias técnicas para cortar y clavar, animándola a utilizar las piernas para impulsarse.
Nunca lo admitiría, pero, pese a que Brock era todo un experto, prefería a Takeshi.
El frío capitán sabía exactamente cuándo tenía que provocarla y cuándo era mejor ofrecerle apoyo, aunque esto último sucedía de forma más bien ocasional.
Pese a que le hacía perder los nervios, nadie antes la había hecho conectar con su propia fuerza. Como si no fuera ella la que debiera temer al mundo, sino al revés.
Durante todo el tiempo que ella y Brock estuvieron entrenando, Takeshi no intervino ni habló.
Se limitó a observar desde un rincón sombrío frente a la tienda, con los brazos cruzados y apoyado con aparente despreocupación contra la pared. Khalani no podía verle la cara, pero sentía que la observaba con una mirada fría y depredadora.
Perdió la noción del tiempo y, para cuando el sol ya se había puesto, se sentía agotada.
—Vaya. No esperaba que aguantaras tanto —manifestó Brock un poco sorprendido.
—Ya venía algo entrenada —respondió ella.
Miró por encima del hombro de Brock y frunció el ceño al ver que Takeshi ya no estaba allí.
Brock alzó una ceja, pero no preguntó quién era la persona misteriosa que la había puesto en forma.
—Si te apetece practicar un rato más, haz los ejercicios que te he enseñado. Voy a entrar a ver cómo están los demás —dijo.
Se encaminó hacia la tienda y la dejó sola.
Khalani se secó el sudor de la frente con la mano; la temperatura estaba bajando en picado y solo quedaba un atisbo de luz en el horizonte.
Tomó aliento, se puso en guardia y empezó a repasar los ejercicios lentamente: cortes, estocadas, golpes rápidos hacia delante. Fue subiendo el ritmo a medida que los repetía.
Se movía con cierta torpeza, pero estaba segura de que, si aparecía un enemigo, al menos lograría hacerle un corte, por pequeño que fuera.
De repente, sintió que el silencio se cargaba y se le erizó el vello de la nuca. Antes de que pudiera volverse, una mano grande le cubrió la boca.
Khalani llevó la mano derecha hacia atrás, pero el atacante le atrapó la muñeca, se la apretó y la obligó a soltar el cuchillo, que cayó al suelo con un ruido metálico.
—Se le ha olvidado decirte que te cubras las espaldas —le dijo Takeshi en el oído, chasqueando la lengua.
Khalani sintió un escalofrío. Tenía la espalda pegada al torso de Takeshi y respiraba entrecortadamente, enfadada, aunque la rabia apenas llegaba a eclipsar el calor que se acumulaba en sus entrañas.
Trató de morder la mano que le cubría la boca, pero Takeshi la bajó poco a poco y le rodeó con ella la garganta. Intentó entonces golpearlo con el codo, pero él le abrazó el torso y la inmovilizó.
—Y ya has perdido tu arma —dijo en voz baja, como si mantenerla completamente quieta fuera un juego de niños—. Solo por principios, debería destripar a tu maestro.
—¿Estás celoso? —escupió ella.
—¿Qué prefieres que te describa, las ciento noventa y siete formas en las que he pensado matarlo o las mil maneras en las que planeo castigarte a ti?
—Eso es tan específico que resulta preocupante.
—Sigue provocándome, Kanes. Verás lo que consigues con eso.
—¿No estarás admitiendo que te importa? —lo pinchó ella.
Él inclinó la cabeza, aferrándole aún el cuello con la palma de la mano.
—Confundes que me importe con que me moleste tener que entrenarte otra vez. Coges el cuchillo fatal. Tu juego de pies parece más bien un intento de bailar que de apuñalar a alguien. A este paso, es más probable que acabes clavándotelo a ti misma antes que a un enemigo.
—¿Seguro que ese es el único motivo?
Takeshi eligió guardar silencio. Sin embargo, no era el único embargado por una energía indomable.
Una parte de Khalani adoraba jugar con el peligro, y ese monstruo asomó su fea cabeza, ansioso por sentir algo que no fuera miedo.
—Puede que lo prefiera como entrenador.
La breve rigidez de la mandíbula de Takeshi fue la única señal de advertencia.
En un abrir y cerrar de ojos, se encontró tendida de espaldas en el suelo.
Takeshi se cernió sobre ella, haciendo girar entre los dedos el cuchillo que había recogido del suelo.
—Atrévete a mentirme de nuevo, Kanes.
—Estás completamente loco —gruñó ella entre dientes, fulminando ese rostro frío y atractivo.
—Por fin lo entiendes.
La mirada de Takeshi era tan dura como el suelo al que la tenía clavada. No hacía mucho, la había inmovilizado en una posición similar en la parte trasera de un camión, y lo que Khalani había sentido era…, era…
No.
No.
Tenía que retomar el control y dejar de perseguir a hombres que no la querían (y que lo habían dejado más que claro) en medio de la tormenta.
Mierda, Takeshi era la tormenta que entraba en tromba en su vida, que derribaba sus inhibiciones.
Tenía que concentrarse en lo que importaba: entrar en Hermes y averiguar cómo rescatar a los miles de ciudadanos inocentes de Apolo que pronto morirían por el fallo en los cultivos.
—Devuélveme el cuchillo —exigió.
Takeshi lo hizo girar de nuevo entre los dedos, clavando la mirada en sus ojos verdes. Como si quisiera sumergirse en su mente y sonsacarle todos sus secretos para que quedara completamente expuesta ante él.
Tras un prolongado duelo de miradas, le tendió el cuchillo.
Khalani se apresuró a recuperarlo y se puso en pie, esforzándose por recobrar la compostura.
Trató de apartarlo, pero Takeshi le cortó el paso.
—Si valoras la vida del incursor, no vuelvas a hacer eso.
—Puedo hablar y entrenar con quien me dé la gana, Takeshi. Es tu problema si no te gusta.
Una parte de ella sabía que provocarlo suponía una invitación a jugar con la muerte y todas sus legiones. Pero era demasiado orgullosa para dar su brazo a torcer.
Takeshi tensó la mandíbula y sus rasgos se endurecieron, pero se recobró con rapidez y ladeó la cabeza.
—Tienes razón.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Puedes entrenar y hablar con quien quieras, Kanes. No eres mía.
El pulso se le desbocó como si estuviera en el borde de un acantilado a punto de precipitarse al vacío.
—¿No lo soy?
—Lo dices como si fuera una pregunta.
Khalani apretó los labios hasta que formaron una línea delgada, decidida a no pronunciar ni una palabra más.
Takeshi fue el que rompió el silencio.
—No, no eres mía, Kanes. Si lo fueras, lo sabrías. —Inclinándose hacia ella, la fulminó con esos ojos negros que casi la abrasaron y añadió—: No me gusta compartir.