14. El momento adecuado no existe. Solo existe el ahora. #2
Khalani no sabía quién era ese tal Spade, pero permanecieron expectantes, como si estuvieran esperando a que el mismo Dios les respondiera.
Justo cuando el pánico empezaba a hacer mella en todos ellos, una voz familiar habló por el aparato.
—¿Qué cobra vida en la sombra de la noche?
Khalani puso los ojos como platos. Era la misma voz que habían oído en la superficie de Génesis.
—Las estrellas y los pecados —respondió Brock con confianza.
—Brock, ¿eres tú?, ¿de verdad? —preguntó la voz familiar.
—Sí, Spade. Soy yo.
—Por el as de picas, pensé que habías muerto.
—Estoy en el Gran Arco con un grupo de Apolo —dijo Brock—. ¿Cuánto tardaréis en llegar?
Se hizo un tenso silencio.
—¿Cuántos sois?
—Siete. Estamos listos para entrar en Hermes por la entrada del tobogán.
Al otro lado de la línea, Spade soltó una maldición.
—Jamás habría pensado que ibais a ser tantos los que conseguiríais atravesar la Zona Muerta, aunque supongo que eres el único tarado capaz de lograrlo.
Pero tenemos un problema. Vigilan el tobogán.
Capturaron a uno de nuestros chicos en la última operación de contrabando.
Tendré que entraros en Hermes por otra vía.
Brock se puso rígido.
—¿Por cuál?
—Por las alcantarillas. No será un trayecto agradable, pero es la única manera de garantizar que llegaréis sanos y salvos. Nos encontraremos en el Gran Arco a medianoche. ¿Entendido?
Frustrado, Brock chasqueó la lengua.
—Entendido —respondió.
Spade cortó la comunicación de inmediato y, una vez que Brock hubo apagado el walkie , solo les quedó esperar.
Encontraron un poco de sombra al otro lado de la calle, en una tienda en ruinas completamente saqueada cuyas ventanas estaban destrozadas. Serene y Adan se sentaron en el suelo de sucias baldosas e interrogaron a Winnie sobre el Gran Colapso.
—¿Qué crees que ocurrió aquí? —preguntó Serene, palideciendo ante la devastación que los rodeaba.
—Bombardearon las principales ciudades y arrasaron el Medio Oeste, donde se encontraban la mayoría de los silos nucleares —explicó Winnie—. Según los Archivos, la gente que no pudo refugiarse en el subsuelo murió por las explosiones o de hambre.
—Pero ¿cómo decidían quién obtenía un lugar en el subsuelo y quién no? —preguntó Adan.
Winnie vaciló y torció el gesto.
—Según los documentos del Gobierno, los menores de treinta años y las parejas con hijos eran la prioridad. Abandonaron al resto. Sin embargo, muchas personas que cumplían con esos estrictos requisitos no lograron entrar porque los ricos sobornaron a funcionarios y soldados para conseguir sitio.
—Eso es horrible.
Winnie asintió, inclinándose hacia delante con un gesto deliberado. Cautivados por las lúgubres verdades del Gran Colapso, todos la escuchaban absortos.
—Por eso es importante que todos conozcamos la historia y la recordemos. Que memoricemos nuestras retorcidas cicatrices y errores para poder convertirnos en mejores versiones de la humanidad.
Khalani esbozó una sonrisa triste y decidió salir en busca de aire fresco. Una parte de ella, la que tenía esperanza (la que Winnie había hecho resurgir en prisión), creía que la humanidad era capaz de enmendar sus errores.
Su desolador pasado, lleno de muerte y crueldad, no tenía por qué definir su futuro.
Sin embargo, el oscuro agujero que sentía en el estómago siguió expandiéndose mientras contemplaba las ruinas de la ciudad desierta.
Le daba la impresión de que la misma ignorancia y destrucción que casi habían acabado con el mundo estaban cobrando vida de nuevo, como si algo traicionero hubiese despertado.
Al cruzar el umbral, le temblaban las manos. Los cristales rotos que había en el suelo crujieron bajo sus botas. Takeshi y Brock estaban apostados a ambos lados de la entrada de la tienda.
Brock miraba a lo lejos, mientras que Takeshi afilaba el cuchillo; el áspero chirrido de la hoja era la única banda sonora de aquel inquietante silencio.
—Hola —dijo torpemente.
El incursor le devolvió el saludo levantando dos dedos con un gesto despreocupado, sin molestarse en mirarla.
Takeshi volvió un poco la cabeza hacia ella, atrapándola en su mirada ardiente durante un segundo, lo que le provocó un estremecimiento.
Sin embargo, enseguida se concentró de nuevo en afilar el cuchillo, como si eso fuera lo único que lograba calmarlo.
Khalani se acercó a uno de los coches destrozados que estaban frente a la tienda. Parecía como si su dueño lo hubiera abandonado a toda prisa. Tenía la superficie amarilla descolorida y partes quemadas, y todas las ventanas habían estallado.
Se apoyó en él de espaldas, entrelazando los dedos detrás de la cabeza, y tomó aliento.
Khalani contó los segundos, rogando que la medianoche llegara cuanto antes, pero el sol seguía brillando en el cielo. Observándolos. Atento a su siguiente movimiento.
Miró a Brock de reojo y decidió matar el tiempo de otra manera.
—¿De qué conoces a ese tal Spade?
Esperaba que él la ignorara, pero Brock suspiró, se acercó y se subió de un salto al capó del vehículo en el que estaba apoyada.
Khalani arqueó una ceja, preocupada por si el coche destrozado se desmoronaba bajo su peso, pero a él no parecía inquietarle lo más mínimo.
—Spade me salvó la vida —comenzó Brock, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando las manos—.
Después del largo viaje por el desierto, la mayoría de los que cruzan la Zona Muerta se quedan en Hermes un mes como mínimo.
Pero Hermes no es como Apolo. Su negocio es el pecado y la depravación, como ese whisky malo que no puedes dejar de beber.
Mientras Brock hablaba, Khalani notó que Takeshi se acercaba despacio y el chirrido del cuchillo dejó de oírse.
—Una noche, estaba en el casino, ahogando las penas en alcohol en mi lugar habitual en la barra, cuando oí un alboroto.
Una mujer joven, desesperada por alimentar a su familia, había apostado hasta el último céntimo de sus ahorros.
Había perdido y estaba convencida de que el casino la había engañado, por supuesto.
Sus lágrimas y la indiferencia con la que los de seguridad la trataron no me gustaron.
Armé un escándalo. Golpeé a un par de crupieres cuando trataron de arrestarla.
Otro guardia apareció y sacó una pistola.
»Entonces intervino Spade y calmó al guardia.
No sabía cuánta influencia tenía en la ciudad, pero vi que deslizaba un fajo de billetes en el bolsillo de la mujer.
Más de lo que podría necesitar. Me marché a dormir la mona.
Sin embargo, al día siguiente, cuando regresé al bar, Spade me estaba esperando.
»Empezó a hablarme a diario, preguntándome tonterías.
Cuáles eran mis bebidas favoritas o qué me gustaba comer.
Qué pensaba de Hermes. De Apolo. Llegó a percibir mi total descontento con las ciudades del subsuelo y se convirtió en la única persona con la que me relacionaba en ese lugar de mala muerte.
Durante mi última semana allí, me confió que formaba parte de un grupo de resistencia en Hermes y que, en mi condición de respetado incursor, quizá podría ayudarlos a pasar provisiones de contrabando.
Fue una decisión fácil para mí. Son buena gente, probablemente la única que queda en el subsuelo.
Khalani guardó silencio mientras asimilaba la historia. Por lo visto, Hermes no tenía nada que ver con Apolo.
En Apolo no había casinos, fuera eso lo que fuese, y no se permitían las reuniones nocturnas.
La depravación estaba mal vista y cualquier encuentro a deshora tenía que hacerse en secreto.
El Consejo adoraba sembrar el miedo, recompensando a aquellos que delataban a sus vecinos en nombre de la patria, incluso si las acusaciones eran falsas.
Como consecuencia, a la mayoría de la gente la aterrorizaba conocer a los demás.
Sin embargo, la desesperación en la historia de Brock, la indiferencia hacia los demás, la manera de tratarlos como personas prescindibles…, quizá fuera un rasgo común en todas las ciudades del subsuelo.
O quizá la falta de empatía fuera un virus que se había propagado mucho antes del Gran Colapso.
—Entonces, ¿Spade es el jefe de la resistencia de Hermes? —preguntó Khalani.
Brock vaciló un instante.
—No exactamente. Nunca he conocido a su líder.
—Ah, ¿no? —se sorprendió, volviendo la cabeza hacia él de golpe.
—Lo que oyes. —Brock se cruzó de brazos—. El líder de la resistencia es un hombre muy prudente. Al parecer, no confiaban lo suficiente en mí como para presentármelo, y eso que llevo años colaborando con Spade. Creo que nunca llegaré a conocerlo.
Khalani se mordió el labio inferior mientras la incertidumbre pendía sobre sus cabezas como una cuchilla de afeitar.
Takeshi deslizó el arma en la bota y sacó otro cuchillo del chaleco. Con el sol poniéndose a sus espaldas, se puso a afilarlo, haciendo regresar el chirrido metálico.
A esas alturas, ¿no debería estar preocupada por la cantidad de armas que llevaba encima?
—¿No te da miedo clavarte todas esas… cosas? —le preguntó haciendo un ademán.
De haber observado con atención, podría haber visto el atisbo de una sonrisa en el rostro de Takeshi, aunque habría hecho falta un microscopio para cerciorarse.
—No —respondió con esa expresión fría y distante tan suya, sin dejar de mirar la hoja de obsidiana.
El silencio que siguió fue más que ensordecedor.
Esa ciudad desierta. Las horas que se estiraban sin fin. Su indiferencia silenciosa.
Todo la sacaba de quicio.
Puede que tanta destrucción la estuviese carcomiendo y le pasara factura, porque lo único que deseaba Khalani era que Takeshi reaccionara con algo más que un monosílabo.
—Oye, Brock, ¿qué tal te manejas con un cuchillo? —preguntó Khalani, llevando los brazos a la nuca y recostándose con fingida despreocupación.
Brock puso los ojos en blanco.
—Soy inigualable.
—Ah, ¿sí? —preguntó, fingiendo sorpresa—. Entonces debes de ser muy buen maestro, ¿no?
Takeshi afiló el cuchillo más despacio.
Brock ladeó la cabeza.
—Diría que sí. ¿Por qué lo preguntas?