Us deadly few (Los oscuros 2) 14. El momento adecuado no existe. Solo existe el ahora.
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14. El momento adecuado no existe. Solo existe el ahora.

El momento adecuado no existe. Solo existe el ahora.

Si vas a dar el paso, que sea consciente.

Camina sobre los recuerdos

y que tus pies forjen un sendero

de perseverancia y sueños.

Puede que otros lo sigan,

pero recuerda: es tuyo el camino.

Y aunque te desvíes

el destino será el mismo.

No mires atrás cuando des el paso.

Si vas a vivir, que sea con sentido.

Deja escapar las historias que te habitan,

que vuelen en espiral hacia las estrellas.

Sé realista.

Atrévete.

Marca la diferencia.

Qué importan los otros senderos.

Otra historia son.

No busques ser grandioso

y vive dejando huella.

—¡Khalani!

Cerró de golpe el cuaderno, sobresaltada.

Brock estaba a unos pasos, observándola mientras los otros recogían sus pertenencias y se preparaban para proseguir la marcha por la carretera traicionera.

Khalani se había pasado las últimas noches sin pegar ojo y pensando en regresar corriendo a Oasis para rescatar a Derek.

Antes de partir, Derek se había despedido con un abrazo y le había susurrado al oído: «No tengas miedo. Ya has sobrevivido a una ciudad del subsuelo. Puedes hacerlo de nuevo».

Khalani se secó discretamente otra lágrima que le resbalaba por la mejilla y se puso en pie, lista para partir.

Cuanto antes llegaran a Hermes, antes volverían a por Derek.

Winnie revoloteaba enérgica por la gasolinera abandonada en la que habían dormido esa noche; verla así llenaba a Khalani de una inmensa alegría.

El grupo estaba ocupado recogiendo los sacos de dormir mientras la anciana se movía de uno a otro, insistiéndoles para que comieran lo que la jefa les había dado unos días atrás, cuando habían salido de Oasis.

—Serene, tu precioso pelo azul se ve apagado.

No olvides hidratarte. Adan, tus chistes van a peor.

Toma un poco de sopa. Brock, se te están atrofiando los músculos.

¿Te has comido el estofado de ternera hoy?

Takeshi, por favor, deja de mirar a la gente como si fueras a asesinarlos.

No es bueno para la piel. Y Khalani… —Winnie se volvió hacia ella—.

Deja de fruncir el ceño y come unas judías, por el amor de Dios.

Khalani asintió e introdujo a toda prisa el cuaderno en la mochila.

—¿Qué es eso que siempre estás escribiendo? —preguntó Adan mientras se pasaba la mano por el alborotado pelo cobrizo.

—No es nada.

Se encogió de hombros, quitándole importancia.

La poesía eran fragmentos de su alma plasmados en papel. Aún no estaba preparada para compartirlos con nadie.

—¿Es un diario o algo así? ¿Amores secretos y todo esto?

Adan le dio un codazo y alzó las cejas varias veces.

—Lo has clavado. Acabo de escribir «Khalani y Adan» y he puesto un montón de corazones a nuestro alrededor —se burló ella, poniendo los ojos en blanco.

Salieron del edificio hacia el sol abrasador.

A medida que avanzaban, el número de construcciones fue reduciéndose. La gasolinera en la que habían pasado la noche era la única estructura de esas dimensiones con la que se habían topado hasta el momento.

Lo curioso era que casi todos los coches en la autopista miraban en dirección contraria, como si huyeran del sitio al que ellos se dirigían.

Se secó el sudor, provocado por el calor sofocante. Para matar el rato, contó pasos.

«Uno… Dos… Tres…».

Se detuvo cuando alcanzó los cien mil.

Entonces se concentró en la colina rocosa de vivos tonos naranjas que tenían ante ellos y la convirtió en su destino. Pero, una vez que la hubieron pasado, vio ante ella otra extensión infinita de carretera, desierto y montañas irregulares.

—Bien… —dijo Serene, interrumpiendo el tenso silencio—. Tengo una pregunta muy importante que hacerte, Khalani.

—¿El qué?

—Si te casas con Adan, ¿seremos tus damas de honor?

Khalani soltó una carcajada.

—Sabes que solo estaba bromeando con lo de los nombres en el diario, ¿verdad?

—¿No puedo soñar con tener la mejor hermana del mundo? —se lamentó Serene haciendo pucheros.

A Khalani le dio un vuelco el corazón y carraspeó, sin saber qué hacer con la emoción que acababa de embargarla.

—Si algún día me caso, tú y Winnie seréis mis damas de honor.

Serene hizo un breve gesto de victoria con el puño y a Winnie se le iluminaron los ojos como si Khalani le hubiera hecho el mejor regalo del mundo.

—¿De verdad quieres que Winnie lo sea? —dijo la anciana, a punto de romper a llorar.

—Por supuesto. Y también te pediría que confeccionaras los vestidos. No quiero presentarme en el altar cubierta de mugre.

La anciana se llevó una mano al pecho e inclinó la cabeza.

—Sería un honor para Winnie.

—¿Quién le hará de padrino a Adan? —preguntó Serene con aire pensativo—. Podría ser Brock.

Khalani esbozó una sonrisa.

—A mí no me metáis en toda esa mierda de tortolitos —gruñó Brock.

—Ni hablar. Brock será el encargado de los anillos —intervino Adan—. Con lo generoso que es…

Brock les hizo una peineta y aceleró el paso, tratando de poner arena de por medio.

El ambiente era alegre, y Serene aprovechó para preguntar con tono malicioso:

—Bueno, ¿y qué hará Takeshi?

Khalani no pudo evitar mirarlo.

Aunque encabezaba el grupo y caminaba como si tuviera una misión, haciendo caso omiso a lo que decían los demás, de vez en cuando apretaba los puños.

—Bueno… —titubeó Adan—. Takeshi podría ser el… ejem… ¿cura?

Khalani habría soltado una carcajada de no ser porque la tensión se podía cortar en el ambiente.

Takeshi miró por encima del hombro.

—Como no te calles, lo único que seré es tu enterrador.

Adan se sonrojó y asintió varias veces con la cabeza.

Takeshi volvió a mirar al frente. La capa ondeaba tras él como si fuera una nube negra que se cernía sobre el mundo.

Todos prosiguieron la marcha.

Khalani ignoraba qué razones tenían los demás, qué les movía a superar sus limitaciones y sus miedos.

Sin embargo, ya fuera salvarse, rescatar una ciudad moribunda o ir más allá de lo que jamás soñaron, dejaban sus huellas en la arena.

Solo la Tierra era testigo de su determinación. Se estremeció al pensar que cada paso que daban los acercaba un poco más a Hermes. Khalani sintió que estaban a punto de cometer un terrible error y la embargó un salvaje impulso de dar media vuelta.

—Allí.

Brock señaló hacia el horizonte.

Habían alcanzado la cima de una cresta y a sus pies se extendía la ciudad más grande con la que se habían topado hasta el momento.

Cuando se acercaron, Khalani se quedó boquiabierta al contemplar la destrucción que había producido el Gran Colapso.

Unos majestuosos edificios dorados yacían derrumbados, como si un monstruo enorme los hubiera tumbado de un soplido. Las ventanas estaban hechas añicos y los coches se amontonaban unos sobre otros.

Un extraño olor a óxido la hizo arrugar la nariz. Siguieron avanzando y dejaron atrás una señal de color verde en la que se leía «Las Vegas Boulevard».

No llegaba a comprender cómo habían podido construir una ciudad de tales dimensiones en medio del desierto.

Todo en ella le parecía extraño: el edificio con forma de pirámide negra que se veía en la distancia, las fichas marrones y rojas que cubrían el asfalto agrietado como si fueran confeti, las columnas doradas caídas sobre las aceras.

Era un cementerio antiguo de lujo y opulencia.

Con cuidado, sorteó un semáforo arrancado y, con el rabillo del ojo, advirtió un trozo de papel bajo el metal oxidado. Intrigada, se acuclilló para recogerlo. Estaba arrugado y rasgado por la mitad, pero aún se leía parte del texto:

DAILY VEGAS TIMES

ÚLTIMA HORA

A las puertas de la guerra nuclear

La Casa Blanca aún no ha ofrecido una respuesta oficial, pero este pasado fin de semana muchos miembros del Congreso abandonaron la ciudad de Washington para reunirse con sus familias.

Aunque la mayoría se negaron a hacer declaraciones, el senador Gale Grovenheart afirmó, antes de embarcarse rápidamente en su jet privado con destino a Hawái, que «hemos dejado entrar el caballo de Troya, y los enemigos están saliendo de él».

A pesar de que rehusó dar más detalles, una fuente anónima del Gobierno ha revelado que no se trata de la posibilidad de que Rusia y China ataquen, sino de cuándo lo harán.

Ya hemos oído este tipo de declaraciones en el pasado, pero ninguna había llegado de forma tan contundente desde los atentados terroristas en Moscú, Pekín y Nueva York, que se cobraron las vidas de millones de personas.

Las fuerzas militares permanecen en máxima alerta, y lo que antes era una simple teoría conocida como «destrucción mutua asegurada» podría convertirse en realidad muy pronto.

Los rumores sobre la construcción de búnkeres siguen circulando, pero incluso nuestras fuentes de primera mano se han negado a confirmar su exis…

El resto de la página había desaparecido. Khalani apretó los labios y dejó caer el arcaico papel, que se llevó el viento como si fuera un recuerdo perdido.

Se estremeció y continuó la marcha. Takeshi, muy tenso, golpeaba un afilado cuchillo contra la palma de la mano.

Nadie hablaba.

Todos estaban alerta y miraban de reojo las calles silenciosas y los lujosos edificios que se habían convertido en escombros.

—Por aquí —indicó Brock en voz baja, apresurándose hacia una de las pocas estructuras que aún se mantenía en pie.

Dos enormes arcos se alzaban en medio de la calle. Las vigas oxidadas, que se entrecruzaban, estaban adornadas con elaborados patrones.

—Esto es el Gran Arco —anunció Brock señalando la estructura sobre sus cabezas.

—¡Lo hemos conseguido! —gritó Serene aliviada, casi desplomándose en el suelo.

—Pero ¿dónde está Hermes? —jadeó Adan, empapado de sudor.

—En algún lugar bajo nuestros pies.

—Pero no veo su cúpula. —Inquieta, Khalani echó un vistazo a su alrededor.

—Porque no tienen —respondió Brock—. Hermes no es como Apolo. Los casinos del subsuelo ya son suficiente entretenimiento para los ricos.

—¿Qué demonios es un casino?

Brock ignoró la pregunta de Serene y se volvió hacia Adan.

—¿Tienes el walkie ?

Adan hurgó en la mochila y se lo tendió con cuidado.

—Toma.

Brock cambió la frecuencia y habló hacia el altavoz.

—¿Me recibes, Spade? Spade, ¿me recibes?