13. La guerra empieza cuando se tiende una mano en busca de ayuda. Y la otra mano la golpea. #3
—Deberíamos atacarlos esta noche —exclamó alguien, golpeando la mesa con el puño.
—¿Y cómo se supone que haremos eso, Rayard? —lo reprendió Patreus—. Hemos perdido a la mitad de nuestras fuerzas, y los Pecadores cuentan con armas mucho más avanzadas.
—Tenemos que reagruparnos, reconstruirlo todo y concentrarnos de nuevo en nuestra misión —declaró otra mujer mirando con determinación a la jefa.
—Pero han encontrado la forma de franquear el muro. No podemos concentrarnos en nuestra misión a menos que lo hagamos más alto.
—¿Cuánto tardaríamos en hacerlo? ¿Meses? ¿Años? Estaremos muertos antes de lograrlo. Necesitamos una solución más rápida.
—¡Basta! —La voz de la jefa puso fin a la discusión—. Tenemos visita. Y puede que sean la respuesta a nuestro problema.
Su mirada se posó en Khalani y en los demás, que estaban en pie, rígidos, esperando a que el suelo se los tragara aún más.
Con un ademán, la jefa les pidió que se acercaran.
—Jefa… —dijo Patreus con tono inquieto—. No creo que esto sea buena idea. Ya sabes que no podemos…
—Silencio —lo interrumpió ella alzando la mano.
Paseó la mirada por cada uno de ellos y la detuvo en Brock.
—Mis guerreros y yo queremos agradecerte la ayuda que nos prestaste anoche. Se habrían producido muchas más bajas si no hubieras luchado a nuestro lado. Estamos en deuda contigo.
Brock no respondió; se limitó a asentir con brusquedad y se cruzó de brazos. A continuación, la jefa dirigió su atención hacia Khalani y Takeshi.
—Y ya sabemos que matasteis a dos Pecadores en la casa. Sus tatuajes indican que eran parte de las fuerzas de élite. De haber sobrevivido, habrían provocado aún más daño y destrucción. También gozáis de nuestro reconocimiento.
La jefa bajó la cabeza en señal de respeto.
Tanto Khalani como Takeshi asintieron, pese a que era Takeshi quien de verdad lo merecía.
Aunque reinaba un silencio tenso, la siguiente pregunta de la jefa hizo que el aire de la estancia se detuviera.
—¿Cuánto tardaríais en llegar a Hermes?
Todos los presentes, incluso sus guerreros, se volvieron de golpe hacia ella, como si no la hubieran oído bien.
—Unos pocos días —respondió Brock.
La jefa asintió despacio con la cabeza, sin apartar de ellos sus ojos de acero.
—Una vez me dijisteis que podíais traernos armas de Hermes. ¿Seguís dispuestos a hacerlo?
La jefa apoyó las manos sobre la mesa y miró a Khalani, cuyo pulso se aceleró al darse cuenta de lo que les estaba ofreciendo. Una vía de escape.
—Así es —respondió Khalani—. Si nos dejáis ir a Hermes, regresaremos con todo aquello que encontremos que pueda ayudaros a combatir a los Pecadores y a proteger a vuestro pueblo.
En cuanto pronunció esas palabras, un murmullo surgió entre los hombres y mujeres de Oasis.
—No podemos confiar en ellos, jefa. ¡Son habitantes del subsuelo! —exclamó una chica con tono desdeñoso.
—¿De verdad crees que volverán? —se mofó otro hombre.
—¡Deberíamos eliminarlos antes de que tengan la oportunidad de acabar con nosotros! —soltó una voz grave entre los presentes.
—¡Basta! —La jefa dio un puñetazo en la mesa y silenció el caos, captando la atención de todos—. ¿Habéis olvidado por qué estamos aquí? —Contempló a sus guerreros con la decepción grabada en el rostro—. ¿Cuál es nuestro propósito?
Algunos de los presentes bajaron la mirada, mientras que otros fulminaron a Khalani y al resto del grupo.
—Si se me permite preguntar, ¿cuál es? —interrumpió Adan con el ceño fruncido.
Khalani advirtió que Patreus palidecía, pero la jefa respondió con amabilidad.
—La paz. Ese ha sido siempre nuestro objetivo.
Pero hemos aprendido que, para lograrla, a veces se requiere cierta cantidad de violencia.
—Se volvió hacia Khalani—. Por eso necesitamos más armas, para poder enfrentarnos a los Pecadores.
Sin embargo, a mi gente no le falta razón. No hay manera de saber si regresaréis.
—Juro por mi vida que regresaremos. Tienes mi palabra de que lo haremos —declaró Khalani dando un paso al frente.
La jefa se dio golpecitos en la barbilla con el dedo y los escrutó con sus intensos ojos verdes, pero Khalani le sostuvo la mirada y permitió que juzgara su sinceridad.
El pueblo de Oasis los había alimentado, los había vestido y les había dado cobijo. Y, lo más importante, le había salvado la vida a Winnie. Lo único que podía hacer que Khalani no cumpliera su promesa era la muerte.
La jefa paseó la mirada por el grupo y la posó en una persona en particular.
—Permitiremos que partáis hacia Hermes con una condición. Él se quedará.
Conmocionada, Khalani se volvió y vio que se refería a Derek.
—¿Yo?
Derek se llevó la mano al pecho con ojos abiertos de par en par.
—Sí. Tú nos servirás de garantía en caso de que el resto de tus amigos dude en cumplir con su palabra.
—Pero ¿por qué yo?
—Eres científico, ¿verdad? —La jefa ladeó la cabeza—. Nos serás útil.
—Pero si yo nunca he dicho que fuera… —Derek hizo una pausa y se puso rígido—. ¡Nos habéis estado escuchando, habéis oído nuestras conversaciones en la casa!
—¿De verdad pensabas que no íbamos a tomar medidas adicionales para proteger a nuestro pueblo, habitante del subsuelo? —Uno de los hombres junto a la jefa soltó una carcajada—. Tenemos oídos por todas partes.
A Khalani le empezaron a temblar las manos y su determinación amenazó con hacerse añicos.
—No —negó con rotundidad—. No vais a quedaros con Derek ni con nadie. Si alguien se queda, esa soy yo.
—Ni hablar —objetó Serene—. No pensamos dejar a nadie atrás.
—Entonces ninguno de vosotros se irá. Solo lo queremos a él. Esas son nuestras condiciones.
Sin admitir discusión, la jefa se enderezó.
Khalani negó con la cabeza al tiempo que sentía que las paredes de madera de la cabaña se cernían sobre ella y la asfixiaban.
En prisión, cuando nadie se había fijado en ella ni le había prestado atención, Derek la había visto realmente, la había comprendido; había sido la persona en la que siempre había podido confiar.
Sin él, puede que nunca hubiera escapado del cautiverio.
Dejarlo atrás era impensable.
—Acepto las condiciones —anunció Derek.
Khalani desvió la mirada hacia él de golpe.
—¿Qué estás diciendo? No vamos a dejarte aquí.
—Claro que sí. —Tragó saliva—. De lo contrario, no nos dejarán marcharnos. Si es lo que tengo que hacer para ayudaros a llegar a Hermes, entonces lo haré encantado. Haría lo que fuera por vosotros.
Khalani negó con la cabeza despacio al ver que en sus ojos brillaba la fuerza del vínculo colectivo que habían forjado.
—Derek… —susurró Winnie con voz temblorosa—. No tienes por qué hacerlo. Winnie puede quedarse contigo.
Aunque todos se ofrecieron, Brock y Takeshi permanecieron callados y rígidos, como si la dura realidad que les había tocado vivir les hubiera enseñado la necesidad del sacrificio.
Sin embargo, a Khalani no se le pasaron por alto los puños apretados ni las miradas fulminantes que le dirigían a la jefa.
—No. Marchaos. Estaré bien. —Derek esbozó una sonrisa que no se reflejó en sus ojos—. Y no penséis que me quedo por la cama y las duchas —bromeó para atenuar la situación angustiosa.
—¿Y qué hay de los cultivos? Necesitamos que nos ayudes en Hermes —insistió Khalani, negándose a aceptar que no tenían alternativa.
—Lo sé. Así que no tardéis en regresar a por mí —respondió Derek.
El labio le tembló y, al verlo, Khalani soltó un gemido, se abalanzó sobre él y le echó los brazos al cuello.
Winnie, Serene y Adan pronto se unieron a ellos, y los cinco rompieron a llorar.
Sabía que era solo temporal, pero, pese a ello, Khalani sintió que el corazón se le hacía añicos.
Después de unos pocos minutos, la jefa carraspeó.
—Me temo que el tiempo es crucial. Si aceptáis las condiciones, el resto de vuestro grupo debe abandonar Oasis de inmediato. Patreus, asegúrate de que se les devuelvan las mochilas.
Khalani se secó las lágrimas, que no dejaban de resbalar por sus mejillas, y todos se separaron a regañadientes. Patreus asintió con aire sombrío y una expresión extraña en el rostro mientras se apresuraba a salir de la cabaña.
—Marchaos. —Con un ademán, la jefa señaló hacia la puerta—. Cuanto antes lleguéis a Hermes y volváis, antes saldremos todos vivos de esta.