Us deadly few (Los oscuros 2) 13. La guerra empieza cuando se tiende una mano en busca de ayuda. Y la otra mano la golpea. #2
45%

13. La guerra empieza cuando se tiende una mano en busca de ayuda. Y la otra mano la golpea. #2

Aún se oían amargos gritos y ruido de escaramuzas, pero iban disminuyendo. Con cierta timidez, Khalani apoyó la cabeza en la base del cuello de Takeshi y aspiró. Le pareció que él la estrechaba aún más contra su pecho, pero tal vez solo se lo estuviera imaginando.

No habría sabido decir cuánto tiempo permanecieron allí, esperando. Minutos, quizá horas.

Antes de que todo se fundiera a negro, elevó una oración en silencio a los cielos, rogando que, si Dios estaba allí fuera y la oía, cuidara de su familia.

Líquido. Un líquido frío le bajaba por la garganta. Una mano le sostenía la cabeza. Otra le acariciaba la pierna.

Despertó de repente, tosiendo en el vaso de cristal que tenía apoyado en los labios.

Ari dio un respingo. Su palidez contrastaba con las manchas de sangre que le salpicaban el vestido azul. El pelo rubio, que por lo general llevaba pulcramente peinado, estaba enredado y unos mechones sueltos se escapaban de la coleta.

—Eh, estás bien —susurró otra voz—. Estamos aquí contigo.

Al girar la cabeza hacia la derecha, vio a Serene arrodillada junto a la cama. Winnie estaba sentada en una silla a su lado. Ambas se aferraban a sus manos con evidente alivio.

—Hola, mi niña —dijo Winnie estrujándole los dedos.

—Winnie… Serene. —Las miró a ambas con extrañeza—. ¿Qué… ha pasado? ¿Qué hacéis aquí? ¿Dónde está todo el mundo?

Trató de incorporarse, pero Ari se lo impidió y la obligó a recostarse de nuevo con un gesto amable.

—Tranquila. Hemos tenido que darte unos puntos en la parte posterior de la cabeza, así que nada de movimientos bruscos.

Khalani echó una ojeada a su alrededor y reconoció la habitación en la que había dormido las últimas noches. Miró hacia la puerta, y Serene enseguida comprendió lo que estaba pensando.

—Derek, Adan, Brock y Takeshi están en el pasillo.

Ari insistió en que fuéramos pocos en la habitación.

Después de la batalla, la jefa ordenó que todo el mundo permaneciera en casa por si aún quedaban Pecadores —explicó Serene endureciendo la mirada, como si estuviera reviviendo aquella maldita y larga noche.

—¿Qué os pasó a vosotros? —preguntó Khalani con el corazón desbocado—. ¿Cómo escapasteis?

—Cuando oímos la alarma, Brock nos llevó a la cocina y atrancó las puertas. Después se unió a la jefa y a sus guerreros durante el combate —respondió Serene, tratando de ocultar el respeto que sentía.

Khalani contuvo la respiración y miró a Winnie, que parecía desolada. Cansada. Aunque un rubor le teñía las mejillas, se apresuró a cerciorarse de que no la habían herido de nuevo.

—Winnie está bien, querida —la tranquilizó la anciana—. Ari le estaba mirando el vendaje cuando todo empezó. Nos encerró en el baño, donde estuvimos horas esperando a que la batalla terminara.

Khalani se volvió hacia Ari y, durante un instante, vaciló al ver lo abatida que estaba. En sus ojos se reflejaba la pérdida, el miedo y la rabia en sus versiones más intensas.

—Gracias por cuidarla —dijo Khalani con franqueza.

Ari asintió con la cabeza.

—Tengo que ir a ver a los otros pacientes. La jefa os está esperando. Cuando te sientas mejor, reuníos con ella en la cabaña de troncos.

Serene miró extrañada a Ari; al parecer, esa información también era nueva para ella.

Al poco rato de que la enfermera se hubiese ido, Khalani se puso en pie y advirtió que su ropa ensangrentada había desaparecido y que ahora llevaba un conjunto limpio de prendas de color beis.

Se preguntó si había sido Takeshi quien la había cambiado.

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

—Solo durante la noche y parte de la mañana —respondió Serene—. Probablemente ya sea mediodía. ¿Estás segura de que puedes caminar? ¿No quieres descansar un poco más?

—No, no quiero descansar.

Se negaba a quedarse postrada sin hacer nada, y menos cuando había gente inocente herida.

Khalani se movió con cuidado al notar la tirantez de los puntos en la cabeza recién suturada.

Nada más abrir la puerta, cuatro hombres se pusieron en pie de inmediato. Ahogó un grito cuando Derek y Adan se abalanzaron sobre ella y le dieron un fuerte abrazo.

—Casi nos matas del susto, Khalani. Creo que no soportaría perderte. ¿Quién se reiría de mis chistes malos? —admitió Adan.

—Tiene razón. —Derek le dio un apretón en el antebrazo, como si necesitara asegurarse de que era de carne y hueso—.Dios sabe que no soy capaz de aguantarlo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Y, sin ti, todo se desmorona.

Aún no había tenido tiempo para asimilar aquellas dulces palabras cuando la soltaron y Brock le dio una palmada en el hombro.

—¿Cómo te encuentras?

En su capa se apreciaban unas manchas de sangre seca. Se comportaba con actitud serena, pero parecía demacrado, como si la larga noche de batalla le estuviera pasando factura.

—Estoy bien —reconoció ella en voz baja.

Casi sin proponérselo, desvió la mirada hacia Takeshi.

Estaba apoyado contra la pared, vestido con el uniforme negro. Se le marcaban las ojeras y tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado toda la noche peinándoselo con los dedos. La tensión en su rostro se intensificó al mirarla.

El aire se espesó y Khalani sintió que se le formaba un nudo en la garganta. El espacio que los separaba pareció expandirse, estirarse kilómetros y kilómetros.

Y se dio cuenta de que eso no le gustaba.

Se acercó a él.

Takeshi frunció el ceño, pero permaneció completamente inmóvil mientras la distancia entre ellos se reducía. Su expresión era glacial. Cautelosa.

Khalani siempre había evitado el contacto físico. Después de que sus padres murieran, había dejado de dar abrazos o incluso de estrechar la mano; prefería quedarse en un segundo plano y se preguntaba cómo otros podían tocar con tanta facilidad a desconocidos.

Se había acostumbrado poco a poco a los abrazos de Serene, Derek, Adan y Winnie, que la consolaban y le garantizaban que no estaba sola. Pero era extraño que fuera ella quien iniciara el contacto.

Los abrazos estaban en un terreno demasiado íntimo. Peligroso.

Entendía el sexo. Era un intercambio entre dos cuerpos que solo deseaban desconectar de la realidad durante unos instantes. Los rostros tenían poca importancia. La persona tenía poca importancia. De hecho, ninguna importancia, siempre y cuando esas transacciones no se hicieran desde el corazón.

Pero el de Khalani ya no estaba dormido.

Latía con un ritmo constante, como si fuera un tambor, y, cuando miró a Takeshi, quiso comunicar con el cuerpo lo que sus labios eran incapaces de pronunciar.

Sin pensarlo, lo abrazó.

Takeshi tensó todo el cuerpo y mantuvo los brazos a los costados, como si no supiera qué hacer. Como si, al igual que ella, temiera el abrazo.

Sin embargo, Khalani susurró:

—Gracias por protegerme.

El corazón de Takeshi retumbaba contra su oído. Y, entonces, con mucha cautela, él la abrazó.

No dijo nada. Pero podía oír sus palabras en todas partes.

En la forma en que la abrazaba. En las yemas de sus dedos.

Visto desde fuera, ese instante de contacto podría haber parecido insignificante. Al fin y al cabo, un abrazo es solo un abrazo.

Pero a ella le pareció una tregua, por efímera que fuera. Retrocedió un poco, y él la soltó.

Khalani se volvió hacia los demás, temerosa de lo que podía ocurrir si permitían que el instante se prolongara.

—Ari ha dicho que la jefa nos espera en la cabaña de troncos. —Hizo una mueca—. Deberíamos ir a ver qué quiere de nosotros.

Los otros asintieron.

Cuando cruzaron la puerta, se sorprendió al ver que Ferren y Jared no estaban ahí, montando guardia.

Echó un vistazo a su alrededor y le temblaron las piernas.

La que una vez había sido una calle pintoresca ahora era una escena de destrucción.

Varias casas habían ardido, había flechas tiradas en el suelo y basura esparcida por todas partes.

Se retorció las manos mientras avanzaban por el pueblo devastado.

La señal que indicaba que aquello era la avenida Feliz yacía convertida en un montón de escombros sobre el cemento, como si también hubieran destruido la alegría de Oasis. La mayoría de los habitantes permanecían en sus casas, si es que aún estaban vivos.

Otros se apostaban ante las puertas abiertas, entornando los ojos al ver pasar a Khalani y su grupo.

Antes los aldeanos los habían tratado con desdén y miedo.

Pero ahora les lanzaban miradas envenenadas, llenas de odio puro.

Dio un respingo y aceleró el paso, sin plantearse qué daño habían provocado para merecer tanta hostilidad.

El olor amargo del humo y de la muerte se intensificó a medida que avanzaban por la bruma.

Y pronto supo la razón.

En el claro donde habitualmente entrenaba Takeshi con Patreus, había una pira. Khalani no comprendió cuál era su propósito hasta que vio a dos guardias lanzando un cuerpo a las llamas.

Estaban quemando a los caídos.

Por lo que pudieron comprobar, había cincuenta cadáveres como mínimo.

Khalani se llevó una mano a la boca, y todos se detuvieron a contemplar la magnitud de la carnicería nocturna.

Familias enteras habían fallecido. Hombres. Mujeres. Niños.

Se le humedecieron los ojos al recordar la ejecución en masa de los prisioneros de Braderhelm.

Al recordar a sus padres…

—La jefa os está esperando —anunció Ferren ante la cabaña de troncos con la voz impregnada de dolor y con la melena castaña suelta en lugar de peinada con la habitual coleta.

—Ferren… —Khalani frunció el ceño—. ¿Dónde está Jared?

Al hombre se le escapó un sonido ahogado.

—Jared… ha… —Ferren fue incapaz de terminar y engulló sus palabras—. Por favor, entrad.

Todos intercambiaron miradas de preocupación cuando pasaron ante él y entraron en la cabaña. En el interior reinaba el caos.

Todas las mesas estaban bocabajo, excepto la principal, sobre la que se cernía la jefa, estudiando un mapa con aire concentrado.

Llevaba el pelo rojo peinado en dos elaboradas trenzas que le colgaban por detrás de las orejas. Su rostro angular y bronceado estaba salpicado de mugre, y tenía unas pronunciadas ojeras.

A su lado se encontraba Patreus, junto a otros guerreros. Varias voces se enfrentaban en una discusión acalorada.