Us deadly few (Los oscuros 2) 13. La guerra empieza cuando se tiende una mano en busca de ayuda. Y la otra mano la golpea.
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13. La guerra empieza cuando se tiende una mano en busca de ayuda. Y la otra mano la golpea.

La guerra empieza cuando se tiende una mano en busca de ayuda. Y la otra mano la golpea.

T akeshi se lanzó sobre Khalani y la protegió con su cuerpo cuando cayeron al suelo los dos. Se sucedieron los silbidos bajos de más flechas que pasaban rozándolos. Los guardias del muro empezaron a gritar al tiempo que una aguda alarma cortó el aire.

—¡Takeshi, tu espalda! —chilló Khalani, ahogando un grito.

Takeshi se estremeció levemente y, con un gesto rápido, se llevó la mano a la flecha, tiró de ella y la arrojó al suelo con expresión furiosa. Una luz tenue e intermitente resplandeció y chisporroteó en la punta.

Boquiabierta, Khalani vio que Takeshi se sacaba de debajo de la camisa una gruesa funda de piel para el cuchillo. Tenía un agujero.

Se quedó inmóvil, conmocionada.

Si hubiesen apuntado unos pocos centímetros más a la derecha…

—¿Cómo es…?

—Estoy bien, Kanes —la interrumpió Takeshi mirándola a los ojos—. Tenemos que largarnos de aquí.

En la calle, la lluvia caía sobre sus cabezas y Khalani se estremeció cuando unos gritos perforaron el aguacero, aunque todo era muy confuso y apenas veía nada.

Giró la cabeza con brusquedad hacia la izquierda y se quedó helada al ver que dos pequeñas figuras caían del gran muro: sus alaridos se apagaron de repente al estrellarse con un golpe estremecedor contra el suelo.

Khalani oyó una voz espectral que le cantaba al oído una nana retorcida.

«Vas a morir. Vas a morir. Vas a…».

—¡Kanes, no me dejes! —Takeshi se agachó al lado de Khalani y la ayudó a levantarse.

Le tomó el rostro entre las manos, obligándola a concentrarse solo en él, y sus ojos llenos de furia la atraparon—.

¡Tenemos que llegar a la casa! —exclamó, desviando la mirada hacia la casa amarilla en la que se alojaban.

No estaba lejos, pero las flechas seguían cayendo caóticamente a su alrededor y era casi imposible recorrer ese trayecto.

—Takeshi… —Khalani negó con la cabeza—. No… puedo.

Su cuerpo se negaba a moverse.

—Claro que puedes —afirmó con fuerza y con una fe en ella que superaba la suya—. No me separaré de ti. ¿O es que no me crees capaz de protegerte?

Un trueno retumbó sobre sus cabezas y la lluvia pareció caer a cámara lenta. Con el corazón desbocado, se sumergió en esos ojos negros y seguros, la única ancla que tenía en medio de la tempestad.

Y, en una fracción de segundo, lo supo.

Supo que, en la superficie de la Tierra, no existía otra persona capaz de protegerla mejor que Takeshi Steele.

Khalani asintió y Takeshi adoptó una expresión decidida, como si su confianza significara mucho para él.

Empuñando el cuchillo, escudriñó la zona, transformándose de nuevo en el capitán implacable en el que lo habían convertido.

—Mantente con la cabeza gacha y corre. ¿Entendido?

Ella asintió, retrocediendo un paso al ver que una flecha aterrizaba a pocos centímetros.

—¡Ahora! —gritó Takeshi.

Khalani salió disparada, encogiéndose bajo las gotas de lluvia, que caían con más fuerza y se le clavaban en la piel como agujas heladas. El corazón le latía de forma irregular mientras corría sobre el cemento mojado más rápido de lo que había corrido jamás.

Una sinfonía de gritos, disparos y alaridos resonaba a través de la tormenta, pero Khalani siguió avanzando sin alzar la cabeza.

Takeshi no se apartó de su lado ni un segundo. Había posado una de sus enormes manos en la nuca de Khalani y la obligaba a avanzar.

—¡Socorro! ¡Socorro!

Una mujer de mediana edad vestida con una prenda beis corrió hacia Khalani y Takeshi con el terror grabado en el rostro.

Khalani se detuvo en seco y le tendió la mano.

Cuando las yemas de sus dedos estaban a punto de rozarse, una flecha se clavó de lleno en el pecho de la mujer.

Khalani se quedó paralizada. Cuando la mujer se desplomó, con los ojos abiertos de par en par en una expresión de incredulidad, Khalani sintió que todo a su alrededor empezaba a dar vueltas.

Aunque ocurrió en apenas un segundo, a ella le pareció una eternidad. Takeshi la agarró del brazo y la arrastró hacia la casa amarilla. Abrió la puerta de una embestida y la empujó al interior.

En comparación con el caos que reinaba fuera, el interior de la casa estaba sumido en una calma y una oscuridad inquietantes. Temblando, pulsó el interruptor, pero no ocurrió nada.

—¿Takeshi? —dijo con la respiración entrecortada.

—Alguien ha cortado la luz —respondió él, al tiempo que aferraba el cuchillo con más fuerza y miraba a través de las persianas.

—¿Quién nos está atacando?

—No lo sé. —Empezó a sacar varias armas que llevaba en el cuerpo y le tendió uno de los cuchillos—. Quizá sea esa otra tribu que siempre mencionan. Los Pecadores.

Se le cayó el alma al suelo al recordar la perturbadora advertencia de la jefa: los Pecadores eran caníbales.

De repente, se puso rígida. Los demás se encontraban en el comedor, completamente desprotegidos.

Winnie estaba sola.

—Tenemos que regresar. Tenemos que volver a por el resto del grupo.

Se dirigió a toda prisa hacia la puerta, pero Takeshi le cortó el paso, colocándose ante ella como si fuera una barricada.

—Ni hablar.

—¡Apártate, Takeshi! Voy a ir.

—Por encima de mi puto cadáver.

—Si no te apartas, te…

La mano de Takeshi le cubrió de repente la boca.

—Silencio.

Su primer instinto fue morderlo, pero algo en su rostro la detuvo.

No la miraba a ella.

Estaba mirando hacia el pasillo, a su espalda. Khalani contuvo la respiración y, entonces, lo oyó.

Un leve crujido del suelo de madera. Otro.

El ruido sordo de una puerta que se cerraba.

No estaban solos.

Se le heló la sangre. Takeshi le posó un dedo en los labios y Khalani asintió, sin atreverse a respirar.

Con los ojos entornados, Takeshi escrutó la estancia vacía. Avanzó sigilosamente unos pasos al tiempo que le indicaba con la palma de la mano que no se moviera.

Y dobló la esquina.

El silencio se extendió como si fuera un demonio de fauces abiertas que se acercaba despacio.

Khalani empuñó el cuchillo que le había dado Takeshi con todas sus fuerzas.

Siempre había pensado que la oscuridad le gustaba, que no la incomodaba, pero, en ese momento, las paredes sombrías que la rodeaban parecían haber cobrado vida. Como si la observaran. O la vigilaran.

Otro crujido. Khalani volvió la cabeza hacia el rincón más alejado de la estancia.

Nada.

Ni rastro de movimiento. La mano con la que sostenía el cuchillo le tembló.

Retrocedió un paso despacio, rozando con los hombros la puerta principal.

«¿Dónde estás? ¿Dónde?».

De repente, se oyó un estruendo.

Y, entonces, dos figuras cayeron rodando al suelo ante ella, sobresaltándola. Takeshi forcejeaba con un hombre enorme que llevaba una capa negra y una melena castaña hasta la cintura.

Takeshi no tardó en hacerse con el control de la situación. Se subió sobre el hombre y le colocó el cuchillo en garganta. Sin embargo, el tipo contratacó agarrándole las muñecas con manos temblorosas al ver el filo del cuchillo a escasos centímetros de su yugular.

Takeshi se resistió y siguió acercando el cuchillo a la garganta del hombre. El terror se reflejó en el rostro del desconocido, que gritó pidiendo auxilio.

Unos fuertes pasos retumbaron desde el pasillo opuesto.

Apareció una nueva figura. El recién llegado era más corpulento y llevaba la misma capa negra, una melena rubia más larga que la de Khalani y unos extraños tatuajes geométricos de color rojo por todo el rostro.

Blandía una especie de hoz y, en cuanto distinguió las dos figuras en el suelo, se abalanzó sobre ellas.

Directo hacia Takeshi.

Khalani ni siquiera lo pensó.

Arremetió contra el hombre: le saltó a la espalda y empezó a apuñalarlo con todas sus fuerzas. El recién llegado soltó un gruñido y se quitó de encima a Khalani, que salió despedida.

Un agudo dolor le perforó el cráneo cuando dio con la cabeza en la esquina de la mesa.

Se le nubló la vista y todo se oscureció. Al llevarse una mano a la nuca, sintió que un líquido tibio la empapaba. Con un gemido, trató de agarrarse a la mesa para ponerse en pie, pero le fallaron las piernas.

El hombre se sujetó las costillas ensangrentadas y se volvió hacia ella.

Soltó un gruñido, enseñando unos dientes amarillos e irregulares, y alzó la hoz sobre la cabeza de Khalani, dispuesto a rebanársela.

Ella levantó el antebrazo en un gesto inútil para bloquear el golpe y rezó para que fuera una muerte rápida e indolora.

Sin embargo, el hombre se quedó rígido y la sangre empezó a brotarle de las comisuras de los labios. Khalani retrocedió a trompicones cuando su pesado cuerpo se desplomó bocabajo con un estruendo sordo. Al ver que tenía un cuchillo clavado en la espalda, abrió los ojos de par en par.

Takeshi estaba detrás de él, con el brazo aún extendido después de lanzar el arma.

El otro desconocido estaba tumbado en el suelo, muerto, con un tajo en la garganta que iba de oreja a oreja.

Khalani trató de ponerse en pie, pero vaciló.

Takeshi se acercó a toda prisa, apartando al hombre de una patada.

Se acuclilló, le rodeó el rostro con las manos y la miró.

—¿Estás bien, Kanes?

Ella asintió y se puso en pie con aire inseguro. Dio un paso al frente y se tambaleó, como si estuviera debajo del agua.

De repente, unos fuertes brazos la auparon e, ignorando sus protestas, Takeshi se encaminó hacia la puerta.

—Estoy… bien… —balbuceó, llevándose la mano hacia el agudo dolor que sentía en la cabeza. Se sorprendió al retirarla y ver que aún estaba manchada de sangre.

Takeshi le lanzó una mirada penetrante.

Se volvió hacia los hombres, como si una parte de él quisiera depositarla en el suelo y retroceder para ensañarse con sus cadáveres y provocar una carnicería. En cambio, se dirigió hacia la puerta principal, aunque no la abrió.

Se dio la vuelta, se apoyó en ella y se deslizó hacia el suelo, abrazando a Khalani contra su pecho.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó ella en voz baja.

—Esperaremos hasta que esté despejado.

—Oh.