12. Soy la tormenta que nunca viste venir. #3
Takeshi se estremeció, como si sus palabras lo hubieran transportado a sus agotadoras sesiones de entrenamiento en Braderhelm. Cuando él no era más que un guardia, y ella, su prisionera.
Nada en aquella fragmentada relación había sido sencillo.
A veces, Khalani lo había sorprendido observándola como si la encontrara perfectamente imperfecta. Como si no quisiera cambiar nada en ella. Nada en absoluto. Otros días, en cambio, la fulminaba con la mirada como si fuera su peor enemiga y lo que más lamentaba de su vida.
En el fondo, sabía que debía pasar página.
Pero Khalani necesitaba respuestas.
Necesitaba poner punto final.
Para poder rendirse también.
—Dime por qué me odias tanto y te dejaré en paz para siempre.
Apretó los puños; estaba a punto de perder el control y de romper a llorar.
—¿Es eso lo que crees, que te odio?
Takeshi pronunció esas palabras con un tono peligrosamente grave, al tiempo que clavaba los ojos en los de Khalani.
—Lo sé.
Un extraño destello de locura brilló en la mirada de Takeshi, que dio un paso hacia ella e invadió su espacio, como si le perteneciera.
—Tú no sabes nada, Kanes. ¿Quieres saber qué es lo que odio? Odio perder el control. Odio obsesionarme con algo que nunca tendré. ¿Y sabes qué más odio? Esta maldita conversación. Sabes que no te convengo y, pese a ello, sigues insistiendo porque te gustan las personas que te hacen daño.
—Eso… Eso no es verdad.
—Sí, sí lo es. Cuando nos conocimos, ya querías encontrarte con la muerte. Y ahora estamos aquí, en la superficie, y sigues queriendo lo peor de lo peor en la vida.
Un trueno retumbó de forma amenazante sobre sus cabezas.
Aunque apenas podía respirar y sus palabras le apuñalaban el alma, Khalani alzó la barbilla, negándose a dar su brazo a torcer.
—¿De verdad te tienes en tan poca estima que crees que eres lo peor que podría pasarme?
Takeshi tensó los músculos. Se lamió las gotas de lluvia de los labios y la observó como un hombre que hace lo posible para que no lo abran en canal.
—Sé que lo soy, Kanes. Ascendí al rango de capitán porque era despiadado, un soldado obediente y dispuesto a destrozar a quien se pusiera por delante.
Lo único que me importaba era encerrar prisioneros en Braderhelm.
Ese era mi deber. Nada más. Pero entonces llegaste tú y…
—Resopló y negó con la cabeza, como si ya todo diera igual—.
Traté de convencerme de que no era un monstruo.
De que solo hacía daño cuando era necesario, pero los dos sabemos que eso es mentira.
Podría haber evitado que el alcaide matara a los prisioneros, pero ni siquiera lo intenté.
Lo único que hice fue asegurarme de que no estuvieras entre ellos.
Por instinto, Khalani se puso tensa, esperando el golpe final, la verdad que sabía que, tarde o temprano, iba a llegar. Pero necesitaba oírla, por cruda o dolorosa que fuera. Prefería sufrir en voz alta que en silencio.
—Tenías razón sobre mí, Kanes. Soy un asesino y lo he aceptado.
Cuando el otro día ese cabrón te puso la mano encima, me quedé corto rompiéndole el brazo —escupió con rabia—.
Quería destrozarlo, quemarlo vivo y obligar a sus compañeros a comerse las cenizas.
Y, joder, me habría alegrado el día. Esa es la clase de persona que tienes delante.
Así que, por una vez en tu vida, escoge bien y aléjate de una puta vez.
Las gotas de lluvia le caían de las espesas pestañas como si la Tierra llorara por él.
Con el cielo desmoronándose sobre sus cabezas, sus respiraciones agitadas se acompasaron.
Khalani asimiló lo que acababa de decir y dejó que calara en ella.
Sin embargo, cuando alzó la mirada hacia esos ojos oscuros, no vio en ellos maldad ni crueldad.
Vio otra tormenta. Un hombre que abría su alma al mundo, que se preparaba para que todos lo abandonaran.
Porque eso era lo único que había conocido.
Quizá debería haberse marchado.
Quizá ver lo bueno en él solo le traería su perdición.
Pero Khalani se olvidó de la lluvia, que se había convertido en un simple murmullo sobre su piel, y dio un paso más.
—¿No tengo derecho a opinar sobre lo que más me conviene? —susurró.
—No si tomas la decisión equivocada.
—Ahí está tu mayor error.
Takeshi frunció el ceño.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál?
Khalani alzó la mirada, encarando la tormenta.
—Asumir que, después de haber estado encadenada, permitiría que otra persona dictara mi vida.
Takeshi la recorrió con su mirada negra, desde los mechones mojados que se le pegaban a las mejillas hasta la forma en que la blusa empapada se le adhería a la piel sin dejar nada a la imaginación.
A pesar de que hacía frío, el calor que ambos emanaban ardía más que el sol y, por una vez, Khalani deseó fundirse en él.
Se inclinó hacia delante, esperando que él retrocediera y se marchara. Sin embargo, Takeshi la miró con un deseo insondable en sus ojos oscuros y bajó la cabeza.
Entonces, de repente, un silbido atravesó el aire, y Takeshi dio un respingo.
Khalani abrió de par en par sus ojos verdes al reparar en la flecha que sobresalía de la espalda de Takeshi.