12. Soy la tormenta que nunca viste venir. #2
De repente, un estruendo ensordecedor recorrió la sala, como si el mismísimo Dios acabara de dar un puñetazo sobre la Tierra.
Khalani ahogó un grito y se puso en pie de golpe al mismo tiempo que lo hacían Serene, Derek y Adan.
Los demás permanecieron sentados y los miraron como si hubiesen perdido el juicio.
—¡¿Qué demonios ha sido eso?! —exclamó Khalani.
Un fuerte repiqueteo empezó a sonar contra el tejado, y se apresuró a alzar la mirada hacia el techo, preocupada por si se desmoronaba sobre sus cabezas.
—Es una tormenta. —Brock se recostó con despreocupación—. Ya he vivido varias en la Zona Muerta.
—¿Y… qué ha sido ese estruendo? —dijo Serene con un hilillo de voz, aferrándose a la mano de su hermano.
—Un trueno.
Era Takeshi el que había respondido.
Derek se volvió hacia él con aire extrañado.
—¿Cómo puedes saber tú cómo suena un trueno?
Takeshi guardó silencio, pero Khalani ya conocía la respuesta. Había vivido en Génesis. Y, aunque la cúpula que rodeaba la ciudad reflejaba un cielo sereno y protegía a sus habitantes de la supuesta radiación, no debía de ser inmune a las tormentas.
Khalani había estudiado los rayos y la lluvia en la escuela, pero, al haber pasado toda la vida bajo tierra, nunca los había experimentado en directo.
Volvió a sentarse poco a poco, aunque, cada vez que el estallido de un trueno sacudía el edificio, daba un respingo y tenía que reprimir las ganas de esconderse debajo de la mesa de madera.
Takeshi terminó rápidamente la comida y se puso en pie.
—¿De verdad te vas? ¿Con este tiempo? —preguntó Adan consternado.
Takeshi lo miró de reojo.
—Es solo lluvia.
Abandonó el comedor sin añadir palabra.
Al ver el lugar que acababa de dejar vacío, Khalani se mordió el labio para contener un impulso irrefrenable.
«Ignóralo».
Se pellizcó los labios, tratando de concentrarse de nuevo en el cuenco de comida que tenía ante ella. La lluvia seguía repiqueteando en las vigas de madera mientras el espacio vacío al otro lado de la mesa le devolvía la mirada.
«No pasa nada. Todo va bien», se dijo a sí misma.
Winnie estaba recuperándose. No había visto ni rastro de canibalismo. «Todo va… genial», se repitió, mirando de nuevo al lugar vacío.
Después de unos minutos, estampó la cuchara contra la mesa, incapaz de soportar la prolongada ausencia por más tiempo.
—¡¿Adónde vas?! —exclamó Brock al ver que se ponía en pie.
Khalani lo ignoró.
La tormenta rugió con más fuerza a medida que se acercaba a la salida. Abrió la puerta con manos temblorosas y se enfrentó a la furia de la naturaleza. El agua caía como si el mismo cielo se hubiera abierto. Ante la sobrecogedora escena, sintió el deseo de arrodillarse.
De niña, Khalani siempre imaginaba cómo sería que la lluvia le mojara la piel. Dejar que le empapara el pelo. Que se deslizara por sus dedos. Inclinar la cabeza hacia atrás y absorber la Tierra. Pero, al llegar al umbral, se quedó paralizada.
¿Y si dolía?
¿Y si, en ese espacio tan vasto y abierto, un trueno le destrozaba los tímpanos? Las nubes oscuras ante ella parecían monstruos al acecho, dispuestos a llevársela y devorarla.
Divisó una figura masculina vestida de negro que caminaba por el sendero con las manos en los bolsillos. Alzaba la cabeza, como si no le temiera a nada.
Debería darse la vuelta y regresar.
Sin demora.
No era recomendable enfrentarse a cosas tan letales.
Los dedos se le crisparon al ver que Takeshi se internaba más y más en la tormenta.
«Regresa al interior».
Tragó saliva. A punto de dar media vuelta.
Pero entonces, como si no controlara su propio cuerpo, cruzó el umbral.
El corazón se le desbocó cuando la primera gota de lluvia le rozó la piel. Se detuvo, esperando a que ocurriera algo espectacular o terrible, pero no pasó nada.
La lluvia era fría, casi reconfortante, y el miedo que había sentido dio paso a una extraña euforia. Avanzó otro paso, sintiendo la tierra húmeda bajo los pies.
Y, de repente, empezó a correr.
Un relámpago desgarró el cielo nocturno como si fuera un artista dando brochazos furiosos por encima de ella. Pese al aguacero, Khalani siguió corriendo.
—¡Takeshi! —exclamó.
Su grito casi se perdió en el aullido del viento.
Sin embargo, él se detuvo, clavó sus ojos oscuros en ella y frunció claramente el ceño.
—¿Qué haces aquí fuera, Kanes?
—Yo… yo…
No lograba articular palabra. Se detuvo ante él, balbuceando como una tonta mientras la lluvia le empapaba el pelo y le pegaba la ropa del color de la arena a la piel.
Takeshi apretó los labios al ver que Khalani era incapaz de explicar por qué lo había seguido bajo el aguacero como si hubiera perdido el juicio.
—Vuelve con tus amigos —dijo con voz fría y distante, inclinando la cabeza y dándole la espalda.
Khalani apretó los puños, pero la energía que se arremolinaba en el aire prendió una llama en su interior y se dejó llevar.
—¿Por qué te empeñas en ignorarme?
—Yo no te ignoro.
—No me mientas.
Takeshi se detuvo, apenas mirándola de reojo.
—Es lo mejor.
—¿Para quién? ¿Para mí?
—Para los dos —espetó, volviéndose por completo hacia ella.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué? —preguntó alzando las manos.
—No tengo por qué darte explicaciones.
La mirada de Takeshi se endureció y se parapetó detrás de los altos muros que había construido con tanto esmero.
Era su escudo contra el mundo. Lo que no permitía que nada entrara.
Y menos, ella.
—Sí, sí tienes que dármelas, joder —replicó Khalani, furiosa, y redujo la distancia entre ellos—. Ya me dijiste que no hay nada entre nosotros. ¿Qué más tienes que perder?
Takeshi negó con la cabeza y dio media vuelta, decidido a marcharse y dejarla ahí.
—Lo siento, Takeshi, pero esta vez no vas a huir.
—¡Basta, Kanes! —exclamó él, girando sobre sus talones con los ojos ardiendo de furia—. Tienes que aprender a rendirte.
—¡No! Si no recuerdo mal, una vez alguien me hizo creer que era lo bastante fuerte como para no rendirme nunca. ¿No lo recuerdas?