12. Soy la tormenta que nunca viste venir.
Soy la tormenta que nunca viste venir.
T akeshi no se unió a ellos en el comedor esa noche. Khalani arremetía contra la comida con la frustración cociéndose a fuego lento y a punto de desbordarse. Pequeñas chispas de electricidad le recorrían los músculos, desesperadas por salir, y los hacían chisporrotear.
Tenía que descargar esa energía insoportable que la consumía. Y la sosa comida que le habían puesto delante no le bastaba.
Sus amigos la observaban con cautela, como si creyeran que en cualquier momento iba a estampar la cuchara de madera contra algo.
Finalmente, Khalani depositó bruscamente el cuenco sobre la mesa y los miró.
—¿Qué?
Serene, Adan y Derek fruncieron aún más el ceño. Brock lanzó un suspiro y le quitó el bol con aire despreocupado y resignado.
—¿Qué estás haciendo? —espetó Khalani.
—He tenido que servir a todo el mundo y, como tú no has tocado el plato, me lo comeré yo.
Brock se acercó el cuenco, pero Khalani se lo arrebató y a punto estuvo de derramarse el contenido sobre la camisa.
—Será mejor que no te metas entre mi comida y yo o no dudaré en asfixiarte con la almohada mientras duermes.
—¿Tienes la regla o qué? —preguntó Brock al tiempo que ladeaba la cabeza.
Khalani se aferró aún más al cuenco, dispuesta a lanzárselo al rostro, pero Derek le puso una mano sobre el hombro para calmarla.
—Venga, venga, relajémonos un poco.
—De eso nada. Cuenta conmigo para matarlo —intervino Serene.
—Nadie va a matar a nadie —aseguró Adan con aire enojado—. Tenemos que permanecer unidos o nunca llegaremos a Hermes sanos y salvos.
—¿Va todo bien?
Khalani casi se cayó de la silla al oír la voz de la jefa, que había aparecido de repente a su espalda.
—Sí —murmuraron todos al unísono.
La jefa se quedó mirándolos durante unos segundos, pero no insistió.
—Bien, si habéis terminado de comer, acompañadme a la enfermería. Ari me ha dicho que vuestra amiga se ha despertado.
Khalani se puso en pie de golpe y, con el corazón a punto de salírsele del pecho, siguió a la jefa hasta el edificio azul.
En cada paso que daba resonaban la esperanza y el miedo que crecían en su interior.
Subió las escaleras de dos en dos, rebasando a todos. El nudo que sentía en el estómago no se deshizo hasta que entró en el dormitorio y vio a Winnie incorporada en la cama, con los ojos castaños abiertos.
—Khalani, mi niña —dijo la anciana sonriendo.
A Khalani se le humedecieron los ojos, y no le importó que los demás lo notaran. Se apresuró a ir hacia la cama y se dejó caer de rodillas. Con el máximo cuidado, abrazó a Winnie, que tenía una venda blanca en el hombro y llevaba un cabestrillo en condiciones.
—Estás viva —susurró con un hilillo de voz.
—Pues claro, querida. El amor es más poderoso que la muerte, ¿lo recuerdas? Winnie no podía permitir que escribieras esta historia sola.
La anciana le sonrió con una calidez digna de una madre.
Khalani abrazó a Winnie como si no hubiese nadie más en la Tierra. Oyó que los demás entraban. Por turnos, todos se acercaron a ella y estrecharon a Winnie entre sus brazos; incluso Brock, que acostumbraba a guardar más las distancias.
Su propia familia disfuncional.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Ari, dando un paso al frente con un brillo de ternura en la mirada.
Winnie se enderezó y esbozó una sonrisa radiante.
—En plena forma. Winnie está lista para volver a la carretera.
A Khalani no se le había pasado por alto la ligera mueca de dolor de la anciana al incorporarse.
—No, no. Aún no. —Con un gesto suave, Ari la apremió a recostarse de nuevo—. Necesitas descansar un par de días más para recuperarte de la infección.
—Tonterías. Winnie podría correr un maratón ahora mismo —objetó.
—¿Qué es un maratón? —preguntó Derek.
—Por lo que he sacado de mis investigaciones del Gran Colapso, era la manera para referirse en clave al infierno.
—Muy de mi estilo —respondió Brock sonriendo.
—Sí, claro… —Serene lo fulminó con la mirada.
Mientras hablaban, Khalani contempló a Winnie como si fuera una obra de arte perdida y se le humedecieron los ojos. Respiraba mejor. No parecía tener la piel tan tirante.
—Te he echado tanto de menos… Me temí lo peor. No sabía qué hacer —balbuceó.
Con un gesto lleno de dulzura, la anciana rodeó el rostro de Khalani con sus dedos fríos.
—Winnie no ha dejado de pensar en ti, incluso en sueños. Has sido muy muy valiente y fuerte.
Khalani negó con la cabeza.
—No lo he sido. He pasado mucho miedo.
—Ahora ya está, mi niña. Los miedos no siempre son malos. Nos recuerdan el motivo para seguir adelante.
Khalani reprimió el llanto y, justo en ese momento, la jefa se acercó a ellas.
—Es tarde, y Ari tiene razón: debemos dejarte descansar. Y vosotros tenéis que regresar a la casa.
Winnie empezó a refunfuñar que estaba perfectamente y que se sentía fuerte hasta para cabalgar a lomos de un dragón, significara eso lo que significase, pero acabó por recostarse de nuevo.
—¿Puedo quedarme con ella? —preguntó Khalani.
—No creo que sea buena idea —dijo Ari con aire evasivo.
—Solo esta noche —suplicó—. Es como una madre para mí. Por favor… Deja que me quede con ella solo por esta noche.
Ari se volvió hacia la jefa con un brillo de ternura en los ojos, y esta última observó a Khalani durante unos segundos. Vio algo en su expresión que le hizo lanzar un suspiro.
—Está bien. Una noche —accedió.
Cuando Serene le dio un beso en la coronilla y los otros se despidieron de ella con un abrazo —excepto Brock, que se limitó a desearle las buenas noches alzando el mentón—, una ligera sonrisa adornaba los labios de Khalani.
Se acostó junto a Winnie sobre las mantas. Ari apagó la luz de la mesita y entornó la puerta dedicándoles una amable sonrisa.
En la tranquila oscuridad, Winnie buscó con su mano fría la de Khalani. Sin dudarlo, la joven entrelazó sus dedos con los de la anciana, casi como si fueran dos piezas de un rompecabezas que encajaban a la perfección.
Por primera vez, el peso que tenía en el pecho se disipó y sintió que su corazón flotaba, como si fuera la pálida luna que presidía el firmamento.
—¿Winnie? —susurró mirando hacia arriba.
—¿Sí, querida?
—¿Cómo se llaman esos puntitos blancos que salen de noche junto a la luna?
Khalani intuyó que Winnie esbozaba una sonrisa.
—¿Te refieres a las estrellas?
—Estrellas. —Khalani saboreó la palabra—. ¿Qué son?
—Son como nuestro Sol, pero brillan a millones de kilómetros de distancia en el espacio. Algunas de ellas también tienen planetas como el nuestro orbitando a su alrededor.
—¿Como el nuestro? —Se volvió hacia Winnie, extrañada—. ¿Y en ellos también vive gente?
—Cuando ocurrió el Gran Colapso aún no lo habían averiguado. No sabían si estábamos solos en el universo o si ahí fuera existían otras criaturas, puede que incluso haciendo lo mismo que nosotras en este preciso instante.
Winnie le apretó la mano.
—Pues, si es así, también lo estarán sintiendo.
—¿El qué?
—Lo que hace que valga la pena.
Esa fue la primera noche que Khalani pasó en la superficie sin una de sus horribles pesadillas. Durmió aferrada a la mano de la anciana, lo único que evitaba que se derrumbara.
Por la mañana, Ari apareció en la habitación y, con expresión pálida y contrariada, informó a Khalani de que debía retomar su cometido con la colada. Ella protestó. Quería quedarse más tiempo. Pero Winnie le apretó la mano.
—Ve, querida —insistió con voz cansada—. Winnie no se moverá de aquí.
Khalani se pasó los dos días siguientes lavando ropa con Serene y visitando a la anciana por la tarde. Ari parecía muy animada ante el progreso de Winnie, pero seguía insistiendo en que aún necesitaba un par de días para recibir el alta.
Takeshi se mantenía esquivo y apenas se dejaba ver. No los acompañaba a la hora de comer y entraba en la casa cuando la luna ya estaba en lo más alto; luego se duchaba y dormía en el suelo del salón sin protestar.
No le había dirigido ni una mirada a Khalani, y mucho menos le había hablado.
Había vuelto a ser frío y distante, tratándola como solía hacer en Braderhelm.
Una tarde, Khalani se acercó a la zona de entrenamiento.
Los alumnos la evitaron como si estuviera cubierta de pinchos venenosos.
Advirtió que todos estaban pendientes de Takeshi, como si temieran ganarse un viaje de ida al infierno por atreverse a mirarla.
Cuando pasó ante él, Takeshi le clavó unos ojos más punzantes que el cuchillo que llevaba en las botas. Sin embargo, enseguida retomó el entrenamiento de sus discípulos con Patreus y, en un tono cargado de severidad y amargura, empezó a dar órdenes que resonaron por todo el campo.
El primer cambio se produjo la noche siguiente, cuando se unió a ellos en el comedor, algo que no había hecho en días.
Tenía el pelo moreno revuelto y el sudor le perlaba el rostro. Bebió un vaso de agua, y Khalani advirtió las abultadas venas en los antebrazos y la nuez que se le marcaba en la garganta al tragar.
Era una verdadera injusticia que alguien como él pudiera resultar incluso más atractivo empapado como estaba en sudor y con ese aspecto desaliñado.
En cambio, ella, después de un intenso entrenamiento, acababa sin aire en los pulmones y con el pelo encrespado, como si le encantara abrazar vallas eléctricas durante su tiempo libre.
Sin embargo, pese a todo su encanto, Takeshi desprendía una energía caótica que hizo que todos se sintieran incómodos mientras él comía en silencio.
—Eh, tío, ¿qué tal? No te hemos visto mucho últimamente —dijo Adan, rompiendo el silencio ensordecedor.
—Estoy bien.
Takeshi apenas alzó la mirada y siguió comiendo del cuenco como si fuera su última cena. Como si deseara escapar en cuanto fuera posible.
—¿Qué tal va el entrenamiento? —preguntó Derek.
—Bien.
—¿Y sus guerreros?
—Bien.
—¿Qué tal te trata Patreus? —intervino Serene—. ¿Supongo que… bien?
—Sí.
Exasperada, Serene negó con la cabeza y Derek soltó una risita.
Khalani jugueteó con la cuchara, apartando las judías como si pudieran cobrar vida como por arte de magia.