Us deadly few (Los oscuros 2) 11. Cuidado con los que callan, porque han aprendido a ocultar su rabia. #3
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11. Cuidado con los que callan, porque han aprendido a ocultar su rabia. #3

Takeshi apretó el puño izquierdo mientras con la otra mano le oprimía aún más la nuca al hombre y le clavaba las uñas en la piel. Garret gimió de dolor mientras se retorcía e intentaba zafarse, pero sus esfuerzos solo sirvieron para alimentar la determinación letal de Takeshi.

Mirándolo como si fuera el mismísimo diablo, Takeshi sacó el afilado cuchillo que llevaba escondido en la bota.

—¡Steele! —gritó Patreus. La multitud se abrió paso para dejar entrar al viejo, que avanzó hasta el centro del círculo—. ¿Qué se supone que estás haciendo?

—Dijiste que querías que enseñara. Y eso es precisamente lo que voy a hacer —respondió con una voz baja y áspera que casi tenía frecuencia propia.

Se inclinó hacia Garret, que parecía estar a punto de orinarse encima.

—Pídele disculpas.

—Lo… lo… si… siento —balbuceó Garret, con la cabeza gacha.

—No. —Takeshi le levantó la cabeza de un tirón, obligándolo a encarar a Khalani—. Mírala a los ojos.

Con los labios temblorosos y un hilillo de sangre goteándole de la nariz, Garret logró pronunciar un ahogado «Lo siento».

Khalani se cruzó de brazos y se cernió sobre el hombre como si él fuera el parásito.

—Será mejor que no vuelvas a ponerle la mano encima a ninguna chica.

Garret asintió con vehemencia y suspiró aliviado.

Pero, entonces, Takeshi lo agarró por el cuello de la camisa, lo arrastró al centro del círculo y lo lanzó al suelo como si fuera un trapo. Garret se puso en pie a trompicones, advirtiendo con ojos aterrorizados que Takeshi avanzaba hacia él.

—¿Qué haces? ¡Ya le he pedido perdón y lo ha aceptado!

—Ella sí. —Takeshi se pasó el dorso de la mano por los labios—. Pero yo no.

Garret abrió los ojos de par en par cuando Takeshi se lanzó sobre él como una bala.

Khalani apenas fue capaz de seguir sus movimientos mientras lo golpeaba en la cara, el pecho y las costillas.

Garret lanzaba manotazos tratando de defenderse, pero sus esfuerzos eran en vano porque Takeshi se movía como un fantasma.

Finalmente, el hombre se hizo un ovillo, se cubrió la cabeza y rompió a llorar. Pero la ira de Takeshi aún no se había apaciguado. En absoluto.

Se colocó detrás de Garret, le rodeó el pecho con un brazo y le torció la muñeca.

La misma del brazo que Garret había usado para darle la palmada a Khalani.

Con un gesto salvaje, Takeshi le retorció el brazo y se lo inmovilizó a la espalda, lo que le arrancó al hombre un grito de agonía pura.

—¡Basta, Steele! Ya lo has dejado bastante claro —gritó Patreus.

Sin embargo, Takeshi hizo oídos sordos y siguió doblándole el brazo como si fuera a arrancárselo de cuajo.

El clic de una pistola atravesó el ambiente, y todos se quedaron inmóviles al ver que Patreus apuntaba a Takeshi. Con la pistola de Khalani.

—¡Basta!

No había sido Patreus el que había pronunciado la orden, sino ella.

Tal vez fuera por el tono que había utilizado o tal vez por el arma que le apuntaba a la cabeza, pero Takeshi soltó a Garret, que cayó al suelo sujetándose el hombro.

A Takeshi le subía y le bajaba el pecho, y tenía la mirada clavada en la pistola, sin tan siquiera pestañear. Volvió hacia Khalani sus ojos negros, llenos de resentimiento y veneno.

—He terminado por hoy —siseó Takeshi—. Si queréis que siga con vida, mantenedlo alejado de mí —advirtió señalando a Garret, que aún se retorcía en el suelo.

Sin añadir más, pasó junto a Patreus, que se aferraba de tal manera al arma que Khalani pensó que iba a romperla.

Todos permanecieron inmóviles, sin atreverse a hacer el más mínimo gesto.

Patreus fue el primero en recobrar la compostura y fulminó a los aprendices con la mirada.

—¿Qué estáis mirando? ¡A trabajar! Formad parejas para los ejercicios de combate. Garret, deja de llorar como una nenaza. —Como nadie se movía, añadió—: ¡Ya!

Khalani aprovechó el momento para alejarse de allí. Ignoró las miradas que algunos le lanzaron de soslayo, recogió el montón de ropa del suelo y se apresuró a regresar a sus tareas de limpieza.

Serene enseguida intuyó que algo iba mal.

Después de que Marissa la interrogara y sermoneara por haber tardado tanto, Serene le preguntó varias veces entre susurros si estaba bien.

Khalani le dijo que sí. Mintió.

Esa misma noche, con el diario de Ana entre los brazos, buscó un rincón tranquilo de la casa. Necesitaba escribir sus pensamientos desordenados.

Sin embargo, no podía quitarse a Takeshi de la cabeza.

Antes de irse, no la había mirado como su caballero andante.

La había mirado como si ella fuera la malvada del cuento.

¿Me ves?

¿Me ves de verdad?

¿Esa parte de mí que nadie conoce?

¿Esa parte que las cicatrices ocultan?

¿Ese corazón que ni me cabe en el pecho?

Siempre me he escondido,

porque no quería ni verme.

Vestía una piel que no era mía,

y, aunque lloraba por dentro,

por fuera sonreía

mientras avanzaba sin destino.

Hubo un instante, uno breve,

en que tus ojos traspasaron la coraza

y agujerearon mis trabajados muros.

Como si fueran puntos en la noche y tú un explorador,

supiste ver la luz en mí

donde yo solo veía la oscuridad

con la que había sido forjada.

Ahora perdono a la persona que fui

y acepto la que soy.

Y el silencio antes del amanecer

me susurra una verdad que solo yo oigo:

que mis sombras echan de menos tu cercanía

y la dulzura letal de tu ser.