Us deadly few (Los oscuros 2) 11. Cuidado con los que callan, porque han aprendido a ocultar su rabia. #2
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11. Cuidado con los que callan, porque han aprendido a ocultar su rabia. #2

Unos treinta hombres y mujeres estaban sentados formando un gran círculo en cuyo centro se encontraba Takeshi. Sin camisa.

El pelo azabache, despeinado y rebelde, le caía sobre la frente mientras les mostraba los movimientos de una maniobra de combate.

La imagen le recordó a la estatua de David que había visto una vez en Génesis.

Su cuerpo era una obra de arte, una maravilla que no había sido esculpida por manos amables ni por la gracia de la genética, sino forjada durante años de disciplina agotadora hasta conseguir convertirse en un arma.

En ese momento, Takeshi simulaba pelear con una joven de la edad de Khalani.

La chica llevaba el cabello rubio recogido en una coleta baja, y el top beis se le pegaba al pecho mientras Takeshi le corregía la postura una y otra vez, al igual que había hecho con Khalani en Braderhelm.

El contacto era leve, pero preciso.

Aunque no llegó a rozar a la joven ni medio segundo, Khalani sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

Negó con la cabeza y se recordó que no importaba lo que hiciera Takeshi. O con quién.

El capitán le había dejado claro que le resultaba igual de atractiva que una piedra en el zapato y que lo que había ocurrido entre ellos en Braderhelm había sido un error.

Cualquier encuentro que hubieran tenido en la superficie (incluida la noche en que había superado su vergüenza y se había sentado a horcajadas sobre él) no había sido más que un momento pasajero de locura provocado por el calor y la soledad.

De hecho, mejor si intimaba con otra chica dispuesta a dejar que le rompieran el corazón.

Khalani.

Estaba.

Perfectamente.

Gracias.

Se dirigió hacia Patreus, que, con la frente arrugada, le gritaba al grupo que prestara atención a las maniobras de Takeshi y la chica.

—Disculpe… —dijo.

Patreus la ignoró y siguió gritando.

—¡Venga, emparejaos! Y recordad que solo podremos lograr la paz si machacamos a los Pecadores.

—Señor, me han enviado para…

—¡Demeter! ¿Estás demasiado cansada para prestar atención?

Irritada, Khalani posó una mano en el brazo de Patreus, quien inmediatamente se lo agarró con brusquedad mientras llevaba la otra mano a su pistola.

Le apretó tan fuerte la muñeca que Khalani sintió que iba a rompérsela y ahogó un grito. Al darse cuenta de que era ella, Patreus la soltó igual de rápido que la había agarrado.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó.

—Me ha enviado Marissa —declaró, no sin cierto fastidio—. Me ha dicho que recogiera vuestra ropa sucia, pero, si no me necesitáis, me iré encantada.

Patreus la examinó entornando la mirada y, acto seguido, asintió.

—Pregunta por ahí a ver si alguien quiere lavar el uniforme. Pero date prisa.

Sin decir una palabra, Khalani se dio la vuelta, ansiosa por alejarse de ese viejo cascarrabias.

Avanzó hacia el círculo de espectadores, en el que se respiraba un ambiente cargado de nervios y anticipación.

Durante un breve instante, le pareció que Takeshi desviaba su intensa atención hacia ella y que advertía su presencia en silencio.

Un nudo le atenazó el estómago al ver que el capitán aceleraba el ritmo. La chica contra la que combatía empezó a jadear.

Khalani tenía que marcharse de allí. Y rápido.

Los guerreros sudorosos, tanto hombres como mujeres, arrojaron sin cuidado las prendas a su paso, como harían con una sirvienta. Khalani las recogió lanzándoles miradas de reproche.

Cuando, con los brazos llenos de camisetas empapadas de sudor y manchadas de vómito, llegó a la última persona, alguien le dio una palmada en el trasero.

—¡Eh, parásito, que te olvidas de mi ropa!

Un hombre corpulento, con el pelo castaño rizado y un rostro atractivo, se echó a reír junto a varios más. Estupefacta, Khalani se volvió con las mejillas ardiendo mientras aquellas asfixiantes carcajadas lo inundaban todo y sofocaban los sonidos a su alrededor.

Un brillo destelló en sus ojos y las manos le temblaron.

Khalani había pasado por demasiado, había sufrido a manos de demasiados hombres, como para permitir que alguien la tocara sin su consentimiento.

Soltó el fardo de camisetas, que cayeron al suelo, olvidadas.

Antes de que el tipo que se había reído tuviera la oportunidad de reaccionar, Khalani lo embistió y le estrelló el puño contra el rostro. El impacto le dio de lleno y la multitud ahogó un grito.

Un dolor punzante le recorrió los nudillos, pero Khalani lo ignoró. El hombre soltó un gemido y, con un destello de satisfacción, Khalani lo vio retroceder tambaleándose y sujetándose la nariz.

Sus amigos se agolparon en torno a él.

—¿Estás bien, Garret?

Este los apartó de un manotazo y se encaró con ella.

—Pero ¿a ti qué cojones te pasa? —gruñó.

—¿Sueles agredir a todas las chicas que pasan a tu lado? —replicó ella.

—Maldita zo…

Garret dio un paso adelante, pero algo tiró de él y le impidió avanzar.

Takeshi lo sujetaba por la nuca.

Con aire asustado, todos retrocedieron instintivamente.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el capitán entre dientes.

—Te diré lo que ha ocurrido —empezó a lamentarse el hombre—. Esta zorra me ha pegado y… ¡Ay, joder!

Sin soltarle el cuello, Takeshi le acababa de dar una patada en la parte posterior de las piernas que lo había postrado de rodillas. A continuación, se inclinó y estrujó la nuca de Garret.

—¿Sabes cuántos huesos hay en tu cuerpo? Doscientos seis. Llámala así otra vez, y te los romperé todos, uno por uno.

Como respuesta, el hombre soltó un gemido. Takeshi alzó la cabeza y miró a Khalani.

—¿Qué te ha hecho?

Cruzándose de brazos, le contó la verdad.

—Me ha dado una palmada en el trasero.