11. Cuidado con los que callan, porque han aprendido a ocultar su rabia.
Cuidado con los que callan, porque han aprendido a ocultar su rabia.
E sa noche, Khalani apenas pegó ojo. Solía encontrar alivio cuando dormía, pero, a veces, los miedos franqueaban los límites sin su permiso.
Se colaban entre las barreras.
Se abrían paso en sus sueños. Implacables.
Incansables.
Al final, se levantó y se tumbó en el sofá del salón con los ojos fijos en el blanco irregular del techo. El silencio que reinaba en la casa era traicionero. Los crujidos de los tablones de madera y los murmullos distantes se magnificaban.
De repente, la puerta se abrió de golpe, haciendo añicos la frágil calma.
La jefa entró impetuosamente, con la larga melena pelirroja peinada en una trenza que le bajaba por la espalda. Iba vestida con unos pantalones beis y una camiseta marrón de tirantes que le acentuaba los tonificados brazos y le daba un aspecto fuerte y confiado.
—Avisa a todos —ordenó—. Hoy se os asignarán las estaciones.
—¿Estaciones? —Serene apareció en el rincón con el pelo azul mojado goteándole sobre la camisa.
—Sí. En Oasis, todos arrimamos el hombro. —La jefa se cruzó de brazos—. Si no trabajáis, no coméis. Os veo fuera dentro de unos minutos.
Decidida, giró sobre sus talones y cerró de un portazo.
Khalani se apresuró a despertar a los demás.
Los seis, ataviados con la ropa holgada de color arena y las botas negras, salieron a la luz implacable del día para reunirse con la jefa.
Ferren y Jared montaban guardia en el porche, claramente impacientes. Sin decir palabra, la jefa empezó a caminar hacia el centro del pueblo y no tuvieron otra alternativa que seguirla.
La única mejora con respecto al día anterior era que los pocos habitantes con los que se cruzaban ya no los evitaban. Ahora solo torcían el gesto con desagrado.
—Esta es la zona residencial. —La voz de la jefa flotó en el aire caliente al tiempo que señalaba varios edificios—. Allí está la cabaña médica, que ya habéis visitado, y, junto a ella, nuestro comedor.
Serene se mantuvo pegada a Khalani, prestando atención; Brock, Adan y Derek las seguían a unos pocos pasos.
Takeshi se había quedado rezagado, escrutando y estudiando el muro exterior.
—Bien, ya hemos llegado.
La jefa los condujo a un claro más allá de las casas, donde se veía un círculo de unas treinta personas, en su mayoría hombres de complexión más bien delgada vestidos con capas negras.
—¿Qué tal va, Patreus? —preguntó a voz en grito la jefa.
Un poco apartado del círculo, con los brazos en jarras, había un hombre bajito y fornido con una túnica negra. Tenía el pelo castaño cortado al ras y un ceño fruncido grabado en el rostro moreno. Al oír la voz de la jefa, se dirigió hacia ellos algo nervioso.
—Por favor, dime que Varo no murió a manos de una de las chicas —masculló.
—No fueron ellas. —La jefa ladeó la cabeza—. Pero ya sabes que no hay que juzgar por el tamaño, Patreus.
El hombre se cruzó de brazos.
—Sí, no dejas de recordármelo. Y bien, ¿quién fue?
La jefa clavó los ojos en Takeshi.
—¿Cómo te llamas?
—Steele —dijo Takeshi, endureciendo el rostro y lanzándole una mirada de acero al pronunciar el apellido.
—Pues que sepas, Steele, que les diste una buena paliza a nuestros hombres —replicó ella con cierta amargura y resentimiento—.
Aunque Oasis fue erigido para la paz, ahora mismo necesitamos la tenacidad que demostraste.
Tu tarea será ayudar a Patreus a entrenar a nuestros guerreros. ¿Crees que puedes hacerlo?
Takeshi frunció aún más el ceño y, durante un instante, miró de reojo a Khalani y a los demás.
—Y a ellos, ¿qué tareas se les asignarán? —preguntó.
La jefa soltó un suspiro.
—Lo he estado pensando. Las chicas ayudarán a lavar la ropa. Vosotros dos… —señaló a Adan y Derek— iréis a buscar agua al pozo. —Finalmente, se volvió hacia Brock y añadió—: Y, en cuanto a ti, ayudarás a preparar las comidas en la cocina comunitaria.
Brock entornó los ojos con ferocidad.
—Sería más útil si entrenara a tus guerreros que perdiendo el tiempo en la cocina. —Escupió esta última palabra como si fuera un insulto.
—Y el hecho de que creas que tus deseos me importan hace que este momento sea aún más gratificante. Que lo disfrutes.
La jefa dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás.
Patreus rezongó algo entre dientes. Acto seguido, señaló un edificio blanco un poco más adelante en el camino y les indicó a Khalani y Serene que preguntaran por una mujer llamada Marissa.
Ferren y Jared condujeron a Derek y Adan al pozo, y Brock se dirigió de mala gana hacia el comedor, mascullando improperios durante todo el trayecto.
Cuando ya había recorrido unos pasos, Khalani volvió la vista atrás y vio que Patreus estaba sermoneando a Takeshi con una mirada de desconfianza en sus ojos glaciales. Pese a que parecía prestar atención, Takeshi desvió la mirada hacia ella.
Khalani se quedó inmóvil.
—Vamos, Khalani. Será mejor que no nos busquemos problemas —la apremió Serene.
Khalani asintió y siguió caminando. Sin embargo, no pudo evitar echar un vistazo por encima del hombro una vez más.
Pero Takeshi no volvió a mirar.
Khalani y Serene se pasaron los siguientes días frotando ropa en unos grandes toneles de agua.
Trabajaban hasta que el sol se ponía por el horizonte y el calor opresivo daba paso a un frescor agradable.
Por la tarde, se encontraban con los demás en la cabaña de troncos y cenaban algo rápido a base de sopa. A pesar de lo mucho que se esforzaban cada día, los habitantes de Oasis seguían mirándolos como si creyeran que aquellos forasteros se proponían asesinarlos mientras dormían.
Al anochecer, en la calma de la casa, se reunían los seis y trazaban planes de fuga. Adan y Brock revisaban cada rincón, grieta y recoveco de las estancias con el fin de asegurarse de que no hubiera cámaras ni dispositivos de escucha. Pese a que nunca encontraban nada, hablaban en susurros.
Brock y Takeshi confiaban en que podrían dejar fuera de combate a Ferren y Jared, que seguían apostados ante la puerta, pero el muro representaba todo un reto. Estaba muy custodiado, tanto a nivel del suelo como en la parte superior.
La mejor idea que habían tenido hasta el momento era que Adan construyera una escalera muy alta, así que no tenían nada.
Lo único que les daba un ápice de esperanza (y lo único que impedía que los nervios carcomieran a Khalani) era la progresiva mejoría de Winnie.
Khalani la visitaba cada noche. Su respiración se había vuelto regular y en sus mejillas ya se apreciaba un leve rubor.
Pero la anciana aún no se había despertado.
«Dale tiempo —le había dicho Ari la noche anterior, posando suavemente una mano en su hombro—. Con el descanso, el cuerpo activa sus procesos de curación».
Al día siguiente, Khalani frotó la ropa sucia con más empeño que nunca, hasta que el jabón le irritó la piel y el sol se perdió tras el horizonte. Cuanto antes terminara, antes podría ir a ver a Winnie.
—¿Por qué tengo la impresión de que hemos pasado de una prisión a otra? —gruñó Serene con fastidio, levantando las manos mojadas y arrugadas.
—Al menos, esta vez no estamos entre barrotes. Y tenemos ducha —respondió Khalani, pese a que aquella situación seguía provocándole cierto recelo.
No lograba identificar el problema, pero cada noche, al regresar a casa, una sensación inquietante le recorría la columna y la obligaba a acelerar el paso.
Como si un monstruo invisible estuviera observándola desde detrás de las cortinas.
—He cambiado los barrotes de hierro por una compañera de cuarto que ronca —le tomó el pelo Serene.
—¡Yo no ronco!
—Pues claro que sí. Apuesto a que hasta Takeshi te oye desde el otro lado de la puerta.
Serene imitó un sonido horroroso, parecido a los estertores de una criatura moribunda.
Khalani ahogó un grito y le lanzó un trapo sucio y empapado a la cara. Serene contraatacó lanzándole el cubo de agua, que, por suerte, acabó estrellándose contra el suelo.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!
Marissa apareció de repente en la puerta, con el cabello negro encrespado recogido en un tirante moño.
Era una mujer de mediana edad, delgadísima, con rostro pecoso y el ceño perpetuamente fruncido. Se encargaba de vigilarlas a diario durante las tareas de limpieza y parecía albergar un profundo desprecio por Khalani en particular.
Estaba convencida de que la odiaba, más que ella a las cucarachas.
Y eso era mucho decir.
—Nada, señora —respondió, enderezándose—. Se nos ha caído el cubo.
Advirtió que, junto a ella, Serene sacudía los hombros de forma involuntaria. Un día conseguiría que las mataran a las dos.
Aunque, si había que enterrar a alguien, Khalani no dudaría en honrarla y en ser la primera en coger una pala.
—Bien, pues, ya que te parece tan gracioso, ve olvidándote de cenar hasta que termines de lavar estos otros toneles de ropa —le espetó Marissa a Serene.
Acto seguido, clavó sus ojos severos en Khalani y añadió—: Y, en cuanto a ti, ve a recoger la ropa sucia del grupo de entrenamiento de Patreus.
Suelen acabar con los uniformes completamente sudados y hoy tendrás el privilegio de limpiarlos. ¡Venga, muévete!
Khalani se dispuso a acatar la orden apretando los puños y reprimiendo todos los improperios que se le agolpaban en la garganta.
«De momento, obedezcamos —había dicho Derek la noche anterior—. Tendremos más posibilidades de escapar si no sospechan nada».
Permanecer calmados. Concentrados. Y, después, escapar.
Cuando salió al exterior, el sol se estaba poniendo y convertía el cielo en un furioso lienzo de tonos rojos y naranjas.
Durante un instante, aprovechó para respirar y estirar los brazos por encima de la cabeza, agradecida por ese instante de tranquilidad después de haberse pasado todo el día sentada en un duro taburete.
El único consuelo era que el trabajo manual en el campamento suponía un paseo comparado con los horrores que había soportado en Braderhelm.
Y hablando de horrores de Braderhelm…
Una sinfonía de fuertes gruñidos le indicó que había llegado a la zona de entrenamiento.