Us deadly few (Los oscuros 2) 10. Si trataras de medirme por mis miedos, necesitarías un listón más largo. #2
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10. Si trataras de medirme por mis miedos, necesitarías un listón más largo. #2

Pese a ello, Khalani seguía sintiendo un nudo en el estómago.

Algo la obligó a mirar por encima del hombro y vio que la gente la observaba con extrañeza.

En el muro, los guardias vigilaban al grupo desde las alturas.

Khalani reprimió el impulso de dar media vuelta, salir corriendo y encerrarse en la casa.

—¿Cómo os llamáis?

La voz de Serene sacó a Khalani de su ensimismamiento.

—Yo soy Ferren —respondió el hombre de la coleta—. Y él es Jared —añadió, señalando a su compañero fortachón con la melena oscura, que respondió con un gruñido.

Ferren y Jared no dijeron nada más y se limitaron a conducirlos hacia una enorme cabaña hecha con troncos.

Ya en el interior, vieron que estaba abarrotada: había casi un centenar de personas sentadas en dos largas mesas de madera.

Hombres, mujeres y niños charlaban y reían con platos vacíos ante ellos.

Pero, en cuanto los vieron, el sonido de las conversaciones se extinguió hasta convertirse en un rumor de murmullos y miradas de soslayo.

Los padres reunieron a sus hijos en torno a ellos.

Unos pocos hombres que montaban guardia les apuntaron al pecho con las lanzas. Khalani trató de esbozar una sonrisa amistosa, pero apenas pudo mantenerla y le pareció fuera de lugar.

Por otro lado, nadie parecía observar sus extremidades con voracidad.

Ahí estaba la parte positiva.

La jefa presidía la mesa al fondo de la estancia.

—Son invitados de Oasis, así que tratadlos con respeto —anunció.

La autoridad que reflejaba su voz acalló los susurros—.

Sin embargo, si veis que intentan escapar, dad la voz de alarma de inmediato.

Uno de nuestros guerreros los ensartará en una lanza y los exhibiremos a las puertas en cuanto amanezca. Ahora, por favor, sentaos y comed.

Con esa maravillosa y en absoluto aterradora introducción, la jefa tomó asiento.

Varias figuras cargadas con cuencos de comida fueron saliendo una detrás de otra de un cuarto trasero.

Ferren les indicó una mesa de madera junto a ellos, pero, cuando se sentaron, una familia formada por los padres y su hija se apartaron y se situaron lo más lejos posible.

Khalani se revolvió en el asiento; le picaban las palmas de las manos y estaba rígida. La niña de coletas negras sentada a su lado parecía a punto de llorar.

—Hola —dijo, sonriéndole—. ¿Cómo te llamas?

La niña se ruborizó y se lanzó al regazo de su padre. La familia se levantó de golpe y se cambió a otra mesa al tiempo que les lanzaban miradas de desdén.

«¿A qué ha venido eso?».

Ferren colocó un cuenco humeante de caldo frente a ella. El aroma no era desagradable, pero Khalani frunció el ceño ante el turbio color.

—¿De dónde sacáis la comida? —preguntó Serene, observando la sopa con recelo.

—De los saqueos en las ruinas cercanas —respondió Ferren, colocando unos cuencos ante Takeshi y Brock—. Hay tanta comida almacenada en las ciudades antiguas que se podría alimentar a miles de personas. Comed.

Los extraños trozos de carne que flotaban en el caldo no tenían muy buena pinta, pero, tras meses comiendo el repugnante mejunje que les daban en prisión y las diminutas barritas que habían racionado en la superficie, estaba desesperada por saborear algo de verdad.

Prescindiendo de la cuchara oxidada, levantó el cuenco. Iba a llevárselo a los labios cuando una mano enorme se lo impidió y lo volvió a depositar sobre la mesa.

Khalani alzó la vista hacia el culpable, que estaba sentado justo frente a ella. En los ojos de Takeshi se abría un abismo oscuro e infinito, y ella le respondió frunciendo un ceño que anunciaba tormenta.

—Pero ¿qué demonios crees que…?

—Dime qué lleva —le ordenó Takeshi a Ferren, ignorándola.

—Como ya he dicho antes, es estofado de ternera en lata, procedente de los saqueos —respondió Ferren.

—Entonces, pruébalo —exigió Takeshi.

—Si quisiéramos mataros, no nos complicaríamos tanto la vida. —Jared se acercó con los brazos cruzados.

Takeshi los observó impasible, con expresión firme, casi cincelada en piedra. No se daban cuenta de que discutir con Takeshi era como pedirle a gritos al suelo que dejara de ser duro.

Después de unos instantes de silencio opresivo, Ferren metió una cuchara en el caldo de Khalani y se la llevó a los labios.

—¿Satisfecho? —preguntó después de tragar, haciendo subir la nuez.

Takeshi lo observó durante unos minutos y, a continuación, asintió.

—Menudo paranoico —rezongó Serene.

Acto seguido, empezó a devorar su plato.

Khalani la imitó y comenzó a engullir, comiendo a dos carrillos sin apenas respirar. Habría repetido aunque la comida estuviera envenenada.

—Seguimos vivos gracias a que dudamos de todo —respondió Brock, coincidiendo con Takeshi, por extraño que fuera.

Cuando terminaron de comer, la jefa se acercó, haciendo ondear la capa de color granate. Caminaba con tanta elegancia y porte que Khalani se enderezó en su asiento.

—Venid. Os llevaré a ver a vuestra amiga.

Los condujo hasta un edificio de color azul cielo, una de las pocas viviendas de dos plantas que había en la aldea.

Por dentro, la casa se veía cuidada y limpia, con suelos de madera lustrados y sillones de piel de color crema.

Pasaron junto a una cocina blanca en cuya encimera había pilas de comida enlatada.

Siguieron a la jefa por unas escaleras con moqueta azul flanqueadas por las fotos de una familia feliz.

Cuando entraron en otra habitación, vieron a dos mujeres vestidas de blanco inclinadas sobre una pequeña cama. A Khalani le dio un vuelco el corazón al reconocer la diminuta figura bajo las sábanas.

—¡Winnie!

Se apresuró a arrodillarse junto a ella.

Allí estaba, inmóvil, tan pálida que casi se fundía con las sábanas. Llevaba una camisa blanca y unas vendas limpias le cubrían el hombro. Pero tenía los ojos cerrados y sus manos reposaban inertes sobre la cama.

Una de las mujeres, de mediana edad, piel oscura y cabello negro, estaba comprobando el vendaje.

La otra parecía un poco más joven y llevaba el pelo rubio recogido en una coleta baja.

A diferencia de la mayoría de las personas con las que se había cruzado en Oasis, tenía la piel tan clara como la de Khalani.

La más joven le tomaba la temperatura.

—¿Cómo está, Ari? —preguntó la jefa.

La chica rubia soltó un suspiro exasperado.

—Te encanta traérnoslas medio muertas, ¿verdad, Penn?

—Ari.

—De momento, está estable. Hemos logrado bajarle la fiebre y le estamos administrando antibióticos para la infección. Veremos si funcionan —dijo Ari, lavándose las manos en una palangana.

—¿Antibióticos? —Derek se irguió con clara sorpresa—. ¿De dónde los habéis sacado? Todos los del Gran Colapso ya deberían haber caducado.

Desconcertada, Ari miró a la jefa.

—Los conseguimos en nuestras incursiones —respondió esta última—. Parte de las medicinas del Gran Colapso siguen siendo efectivas. Bien, ya habéis visto que estamos cuidando a vuestra amiga y que está viva. Es hora de que volváis a casa.

Khalani retrocedió de inmediato.

—No. Yo me quedo con ella.

La idea de abandonar de nuevo a Winnie se le hacía insoportable.

—Su cuerpo necesita descansar —dijo Ari con firmeza, y, acto seguido, le posó una mano sobre el hombro y añadió—: La cuidaremos bien.

Con un nudo en la garganta, Khalani tragó saliva.

Serene le tomó la mano y se la apretó.

—Ven, Khalani. Ahora mismo no podemos hacer nada más.

Cabizbaja, posó la otra mano sobre la de Winnie. Se le humedecieron los ojos, pero reprimió el llanto. No estaba dispuesta a que sus captores la vieran llorar.

Tras unos tensos minutos, se puso en pie a regañadientes y le dio un beso a la anciana en la fría mejilla.

—No me alejaré, Winnie. Estaré aquí mismo cuando despiertes.

Khalani se sorbió la nariz. Sorprendida, vio cómo los demás, incluidos Brock y Takeshi, se acercaban a Winnie y le acariciaban la pierna o el brazo con la tristeza, el afecto y… ¿el amor? —sí, parecía amor— grabados en el rostro.

La jefa los observó con expresión curiosa y extrañada.

Cuando abandonaron en silencio el edificio, ya había oscurecido y unas antorchas iluminaban el camino.

—¿Por qué hay hombres patrullando por el muro durante todo el día? —preguntó Brock.

La jefa siguió mirando al frente.

—Mantenemos la vigilancia por los Pecadores.

—¿Por qué son tan peligrosos?

Tensó los hombros y adoptó un aire tan severo como los muros que los rodeaban.

—Los Pecadores no son solo una amenaza. Son depredadores y están empeñados en acabar con Oasis. Torturan a los más jóvenes y los arrojan al desierto. Si os hubieran encontrado ellos, se os habrían comido vivos.

—Eso lo dirás en sentido metafórico —apuntó Serene.

—No. Lo digo en sentido literal —zanjó la jefa con sequedad—. Montamos guardia y entrenamos a nuestros guerreros a diario porque Ansel está esperando el momento adecuado para atacar.

—¿Quién es Ansel? —preguntó Derek.

—El líder de los Pecadores —escupió la jefa apretando la mandíbula—. Un engendro del diablo que lleva años intentando superar nuestro muro.

—¿Y si lo logra? —musitó Khalani con aprensión.

—Venceremos. No tenemos alternativa.

—Pero, si nos dejas ir a Hermes, podemos traeros más armas…

—No —la interrumpió la jefa, deteniéndose en medio del camino—. La diosa de la luna nos protege. No permitirá que caigamos, independientemente de las armas que tengamos.

Alzó la cabeza, pero la pálida luna no ofreció ninguna garantía divina.

Cuando la jefa se alejó, Brock resopló.

—Van a morir, de eso no hay duda.

Khalani estaba de acuerdo.

En su corta y trágica existencia había podido comprobar que confiar en que alguna fuerza misteriosa la salvara era un esfuerzo inútil.

Era casi como esperar hasta que la Tierra reclamara sus tumbas.

En Oasis parecía haber más familias que guerreros y, si los atacaban, no estaba segura de que todos sobrevivieran.

Y el problema era que Khalani y los demás estaban atrapados junto a ellos tras aquel muro.