Us deadly few (Los oscuros 2) 10. Si trataras de medirme por mis miedos, necesitarías un listón más largo.
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10. Si trataras de medirme por mis miedos, necesitarías un listón más largo.

Si trataras de medirme por mis miedos,

necesitarías un listón más largo.

L os rayos de sol entraron por la ventana, pintando rayas doradas en el suelo del dormitorio. Con el rostro en la almohada y la frente perlada de sudor, Khalani soltó un gruñido. Se restregó los ojos y dio un gran bostezo.

—¿Cuánto tiempo llevamos durmiendo? —murmuró, volviéndose hacia Serene.

El otro lado de la cama estaba vacío.

Extrañada, Khalani se puso en pie sobre el suelo de moqueta gris. Abrió poco a poco la puerta, que emitió un chirrido y acabó golpeando la pared rosa claro del pasillo.

Asomó la cabeza esperando ver a los demás, pero en la casa reinaba el silencio. Una calma total.

—¿Hola?

La moqueta amortiguó sus pasos mientras se deslizaba entre unos muebles aún cubiertos con sábanas blancas.

—¿Serene? ¿Adan? ¿Derek? —llamó—. ¿Takeshi? ¿Brock?

Solo recibió más silencio como respuesta.

Un extraño sonido en el porche le aceleró el pulso. Por debajo de la puerta principal apareció la sombra de unos pies. Esperó oír a alguien hablando o que llamaran, pero la oscura sombra se limitó a quedarse allí.

Conteniendo el aliento, negó con la cabeza y trató de no entrar en pánico.

«Seguro que es Brock».

Con un rápido gesto, abrió la puerta de golpe.

Al hacerlo, se encontró con la enorme figura de Takeshi, que le daba la espalda con el rostro vuelto hacia la aldea y los brazos en jarras.

—Me has asustado —susurró, soltando una risita nerviosa—. ¿Dónde están los demás?

Takeshi se volvió poco a poco.

Sin embargo, no era Takeshi.

El rostro pertenecía a Alexander Huxley.

Khalani abrió los ojos de par en par y se tensó cuando esa mirada azul acero se clavó en ella, haciéndola palidecer.

«Grita».

Tenía que gritar.

Era la única manera de hacer desaparecer ese miedo persistente que la paralizaba. Pero no lograba abrir la boca. Era como si llevara un bozal de hierro.

—¿Estás segura de que estás formulando las preguntas correctas? —dijo el gobernador con una sonrisa burlona.

Esos ojos de un azul casi transparente la atraparon como si fueran un imán y la hundieron cada vez más en un abismo infinito.

Khalani se despertó de repente, completamente empapada en sudor y con el corazón desbocado.

Echó un vistazo frenético a su alrededor y vio que Serene dormía profundamente junto a ella. Se llevó una mano al pecho para calmar su respiración agitada. Después de un minuto, abandonó la cama con sigilo, aún hecha un manojo de nervios. Al abrir la puerta, el corazón le dio un vuelco.

Takeshi estaba sentado de cara a la puerta, apoyado en el sofá gris. La sábana que lo cubría estaba tirada de cualquier manera sobre el suelo. Con una pierna extendida y la otra doblada, jugueteaba con un cuchillo entre los dedos.

¿Cuántas armas tenía escondidas?

Khalani lo miró durante más tiempo del necesario. Takeshi aún no se había quitado el atuendo negro. La manera en que le marcaba los músculos, el pelo rebelde y la concentración letal que Khalani advirtió cuando alzó la cabeza la obligaron a contener el aliento.

—¿Qué estás haciendo en el suelo?

—Lleva ahí toda la noche. —Adan se asomó desde un rincón, vestido con un pantalón de chándal verde oscuro y una camiseta blanca—. Y me parece que Brock tampoco ha dormido.

Señaló con un gesto hacia el otro lado del sofá, donde Brock soltaba unos sonoros gruñidos mientras hacía flexiones.

—¿Por qué? —preguntó Khalani.

—Alguien tenía que montar guardia —refunfuñó Brock, poniéndose en pie de un salto—. No me fío de esta gente. He tratado de salir, pero esos dos perros guardianes de ahí me han hecho volver adentro. ¿Sigue durmiendo?

Khalani comprendió enseguida a quién se refería.

—Sí, Serene sigue en la cama. ¿Debería despertarla?

—No. —Su tono era firme—. Necesita descansar.

Brock tragó saliva y, sin añadir palabra, adoptó una expresión fría y se alejó por el pasillo.

Asombrada, Khalani miró a Takeshi, que no le había quitado ojo desde que había salido del dormitorio.

—¿Qué? —Movió los pies, incómoda—. ¿Estoy hecha un asco o algo así?

—Algo así.

Khalani habría preferido saber qué quería decir con eso, aunque seguro que, despeinada y con ojeras, tenía un aspecto horrible.

—¿Siguen ahí fuera? —preguntó señalando con la cabeza la puerta principal.

—Sí.

—Genial, otra prisión —resopló.

Khalani apoyó la espalda contra la pared blanca, frente a Takeshi, y se deslizó hacia el suelo. Estiró las piernas, que emitieron unos agradables crujidos.

Takeshi no respondió y siguió jugueteando metódicamente con el cuchillo. Era todo un misterio que no se cortara.

—¿De verdad llevas aquí toda la noche? ¿Sin pegar ojo? —preguntó Khalani.

—Alguien tenía que asegurarse de que nadie iba a entrar y atacarnos.

Fue incapaz de reprimir la pregunta.

—¿Y qué habrías hecho si eso hubiera ocurrido?

Se produjo un ligero cambio en el ambiente. Takeshi alzó lentamente la cabeza y la miró con sus ojos oscuros.

—Cualquier cosa que te imagines, pero peor.

Se retorció las manos. Takeshi no dejaba de mirar hacia la puerta, como si anhelara que le dieran la oportunidad de utilizar el cuchillo.

—¿Crees que nos traerán algo de comida? —los interrumpió Adan sentándose junto a ella—. Ya es tarde y me muero de hambre.

—¿Tarde? ¿Nos hemos pasado todo el día durmiendo?

—Estabas cansada.

—¿Y no nos han devuelto las mochilas?

—No —respondió Takeshi con aire sombrío y empuñando con fiereza el cuchillo.

—Pero mira la aldea. —Adan hizo un ademán con la mano—. Seguro que esta gente come. Incluso tenemos agua enlatada en la cocina, así que debe de haber un pozo por aquí cerca.

—Bueno, algo es algo —dijo Khalani, tratando de sonar optimista.

—O… —interrumpió Brock asomando por la esquina— nos engañan dándonos una sensación de falsa seguridad porque son caníbales y planean comernos.

Todos lo miraron de soslayo.

—Tío… —dijo Adan, haciendo una mueca—. ¿En serio?

—Creo que ya no tengo hambre —afirmó Khalani al tiempo que torcía el gesto y se acercaba las rodillas al pecho.

Si a alguien se le ocurría mirar alguna parte de su cuerpo más tiempo del necesario, encontraría la manera de saltar ese muro.

Brock se encogió de hombros. Fue a sentarse junto a ella, pero Takeshi movió las piernas y le cortó el paso.

—¿En serio eres tan territorial? —le preguntó Brock poniendo los ojos en blanco.

—No sé a qué te refieres. Solo estoy estirando las piernas.

Takeshi pronunció esas palabras con una serenidad inquietante y sin dejar de juguetear con el cuchillo.

En la estancia se hizo el silencio y Khalani casi dio un salto cuando la puerta de la casa se abrió de golpe con un crujido. El hombre que habían visto el día anterior, el que tenía una melena que le llegaba hasta la cintura, entró y los miró con gesto adusto.

—La jefa quiere que nos acompañéis durante la cena. Pero apestáis, y no pienso permitir que propaguéis ese hedor por nuestro salón. —Arrugó la nariz—. Duchaos y poneos la ropa que os he traído.

Señaló hacia un fardo de prendas de color beis sobre el sofá.

—¿Una ducha? —Khalani puso los ojos como platos.

No se había duchado desde Braderhelm.

Los días de trayecto habían sido implacables. El único consuelo era que se habían acostumbrado tanto al olor que apenas lo percibían.

—¿De dónde viene el agua? —preguntó Derek con clara expresión de curiosidad científica apareciendo de repente por el pasillo.

—El río alimenta los pozos. ¿Alguna otra pregunta?

—Sí, has mencionado una cena. ¿Qué tipo de comida se servirá? —inquirió Adan con recelo.

—Básicamente, judías, tomates, estofado de ternera… La comida enlatada que conseguimos en los asaltos e incursiones.

—¿Nada de humanos? —añadió. Khalani le propinó un codazo.

—No. —El odio en su mirada se intensificó—. Daos prisa. Tenéis una hora. De lo contrario, olvidaos de comer.

El irritado guardia dio tal portazo que hizo temblar los cuadros que colgaban en la pared.

—Tenías que hacerlo enfadar… —refunfuñó Derek.

—La culpa la tiene él, que me ha metido en la cabeza la idea de que son caníbales —respondió Adan señalando a Brock.

—No te confíes —respondió este último—. Por si acaso, yo no sacaría los pies de la cama esta noche.

Adan palideció.

—No le hagas caso —le susurró al oído Khalani antes de ponerse en pie.

Atravesó la estancia hasta el fardo de ropa en el sofá. La tela era ligera y del color de la arena. Incluso había ropa interior.

Esbozó una ligera sonrisa cuando la olfateó y percibió el aroma a limpio. Después de haber vivido meses en Braderhelm, poder vestir ropa recién lavada era un regalo poco común e inesperado.

Una hora después, todos se habían duchado y esperaban en pie en el salón, ataviados con las prendas que les habían dado; aunque sus captores parecían no haber acertado con la talla de Takeshi. La camisa que a todos les quedaba larga a él le llegaba apenas a la cintura.

Khalani detuvo la mirada, quizá durante demasiado tiempo, en la pequeña zona de piel dorada justo debajo de sus abdominales. Se apresuró a apartarla y se dedicó a admirar el techo.

El rudo guardia regresó y los observó con desdén mientras los apremiaba a moverse con un gesto.

Cuando Khalani salió al exterior, vio a varios grupos de personas con prendas marrones que salían de las casas. Caminaban con gesto orgulloso, paseando por la calle sonriendo de oreja a oreja, como si dispusieran de todo el tiempo del mundo.

Algunos niños jugaban con una pelota, y sus risas resonaban por todas partes. Sin embargo, los padres les pidieron que no se separaran de ellos en cuanto se dieron cuenta de que el grupo de Khalani se acercaba.

Con la luz de la tarde pudieron ver mejor la aldea de Oasis.

En los tejados de las coloridas casitas había unas extrañas cubiertas metálicas que reflejaban la luz solar. No se veían coches oxidados ni edificios en ruinas, solo hogares encantadores, jardines perfectamente cuidados y vecinos sonrientes.