Us deadly few (Los oscuros 2) 9. No tienes que preocuparte. Ya lo hago yo por los dos.
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9. No tienes que preocuparte. Ya lo hago yo por los dos.

No tienes que preocuparte. Ya lo hago yo por los dos.

–¿ Q u é pasó con los que no consiguieron un lugar en los búnkeres? —preguntó Khalani en la biblioteca de Braderhelm.

—Murieron. —Winnie miró al suelo, como si este pudiera absorber todo el dolor que sentía—. Los abandonaron en una tierra devastada y envenenada, en la que los esperaba una muerte lenta y agónica.

—Pero ¿por qué no les dieron un sitio? ¿Qué nos hizo merecerlo más a nosotros?

—Nada. Absolutamente nada. —Winnie juntó las manos—.

Recuerda una cosa, Khalani. Ninguna persona merece más cosas que otra.

Es imposible controlar dónde naciste o quiénes fueron tus padres.

Es imposible controlar la suerte. Lo único que puedes hacer es reconocer los privilegios de los que gozas y esforzarte por hacerlo mejor que los que te precedieron.

—Pues no sé si lo estoy haciendo bien —se lamentó Khalani con aire abatido.

Winnie le posó una mano en el hombro y le dedicó una sonrisa comprensiva.

—Estás aquí por una razón. Por eso sigues con vida. Sé que no ha sido fácil. Pero ¿te has planteado alguna vez que el camino que tú abras lo recorrerá volando el que venga después?

Khalani volvió al presente, donde las extrañas figuras los obligaban a avanzar. Sus lanzas y cuchillos emitían amenazadores destellos en la penumbra mientras subían los peldaños de madera, que no dejaban de crujir.

En lo alto de las escaleras, Khalani entró en una estancia que parecía detenida en el tiempo. Una luz tenue proyectaba un velo sombrío sobre el sofá de piel marrón cuarteada que la presidía. El suelo de madera, marcado por innumerables rasguños y golpes, cedió un poco bajo sus pies.

Desvió la mirada hacia las paredes blancas, de las cuales colgaban fotografías polvorientas con marcos de cristal. Una hermosa familia le sonreía, rodeada de plantas y árboles.

En una de las instantáneas había dos niños ante un árbol lleno de lucecitas con unos voluminosos regalos en el suelo.

Khalani entornó la mirada y se fijó en el sofá que se veía en la imagen, que era muy parecido al que tenía en ese momento ante ella.

Uno de los hombres le llamó la atención tirándole del codo y desvió la mirada. En uno de los rincones había un aparato extraño y antiguo, una especie de caja con una pantalla gris y dos patas esbeltas.

Frunció el ceño y trató de acercarse para observarla mejor.

—Por aquí. —La mujer pelirroja señaló una puerta blanca a su izquierda.

Miles de pensamientos acudieron a su mente al seguir a sus captores. Sin embargo, cuando cruzaron la puerta, vaciló.

No fue la pálida luna que colgaba majestuosamente sobre ellos lo que la dejó sin aliento, sino las hileras de casas de una sola planta, cada una pintada de un vivo color, que se alineaban a lo largo de una carretera sinuosa.

Una valla de listones cercaba cada casa, y a través de ellos se divisaban jardines bien cuidados.

El césped, de un intenso verde y cortado meticulosamente a una altura uniforme, brillaba a la luz de la luna.

Khalani ahogó un grito: desde que había visitado la cúpula de Génesis, no había vuelto a ver la hierba.

Era un mundo que no había sufrido las consecuencias del Gran Colapso.

Las encantadoras casitas incluso tenían unos buzones amarillos idénticos delante de las vallas. Sin embargo, fue algo mucho más grande lo que le llamó la atención.

Un imponente muro metálico, de unos seis metros de altura, rodeaba la ciudad. En la parte superior había un camino por el que patrullaban unas figuras ataviadas con capas blancas que sostenían unas lanzas. Khalani sintió que los vigilaban, como si clavaran los ojos en ella.

—Sigamos —ordenó la mujer, obligándola a desviar la mirada del muro.

Caminaron por la carretera de cemento negro que atravesaba el centro del pintoresco pueblo.

Un poste metálico que emergía del agrietado pavimento le llamó la atención. En él colgaba una señal verde: «Avenida Feliz».

Unas farolas altas y elegantes, adornadas con intrincados patrones en espiral, proyectaban un cálido resplandor en la calle.

No se veía un alma.

Dirigió la mirada hacia una casa de color rosa con un porche y un banco balancín. No se veían luces ni se percibían señales de vida, lo mismo que en las que ya habían dejado atrás.

Pero, justo cuando iba a apartar la mirada, algo parpadeó en la ventana y las cortinas se movieron ligeramente.

—¿Lo has visto? —le susurró Khalani a Serene.

—¿El qué? —dijo Serene frunciendo el ceño.

Khalani miró de nuevo hacia allí, pero la casa parecía en calma, como si detrás de los cristales solo habitaran fantasmas.

Extrañada, se subió el cuello de la camisa cuando la azotó una ráfaga de viento. Volvió a prestar atención al intimidante muro metálico que no encajaba con aquellas casas tan coloridas.

Muchas de las figuras sombrías que montaban guardia en la parte superior vigilaban el desierto, dándoles la espalda. Permanecían erguidas, vigilantes, con las armas lanzando destellos amenazadores y sin quitarle ojo a la gran extensión de tierra.

Se estremeció ante la idea de que el muro fuera una protección ante cualquier amenaza o… de que lo hubiesen construido para que nadie pudiera salir.

Los seis siguieron avanzando por la vieja carretera, flanqueados por desconocidos, tanto hombres como mujeres, cuyas capas oscuras se fundían con las sombras. La pelirroja los capitaneaba.

Al adentrarse aún más en el pueblo, sintió un hormigueo en la piel y fue incapaz de librarse de la sensación de que una multitud de ojos observaban cada uno de sus movimientos.

Serene se acercó a ella, mirando con disimulo las casas y a sus escoltas.

Takeshi iba un poco por delante.

Aunque caminaba con la cabeza erguida y con paso firme y calculado, observaba con el rabillo del ojo las armas afiladas de sus captores y la fortaleza que los encerraba.

Al cabo de un rato, cuando llegaron al final de la carretera, la mujer pelirroja se detuvo ante dos casas amarillas idénticas. A diferencia de las otras, en las vallas faltaban algunos postes, nadie había cortado el césped y unos balancines destartalados se mecían y crujían con el viento.

—Os quedaréis aquí —anunció la mujer—. Hay dos dormitorios en cada casa. Dividíos como prefiráis…

—No vamos a separarnos —la interrumpió Takeshi con tono tajante.

Sorprendida, la mujer ladeó la cabeza.

—Tenemos suficiente espacio en Oasis como para ofreceros alojamiento a todos y daros una cama en la que dormir. ¿Vais a despreciar nuestra generosa hospitalidad?

—Nos habéis traído hasta aquí en estado inconsciente y no dejáis que nos vayamos. Yo no llamaría a eso «hospitalidad» —soltó Brock.

Uno de los hombres dio un paso adelante y le apuntó al cuello con una lanza.

—Vigila ese tono, habitante del subsuelo. No se le habla así a la jefa.

Brock hizo oídos sordos y miró la lanza con desdén, como si fuera un juguete.

—Es tu jefa, no la nuestra.

Las figuras que los rodeaban se enderezaron y Khalani advirtió que alzaban las armas, preparándose para atacar, pero la jefa los detuvo con un ademán.

—Calmaos. —La mujer habló con una voz tan alegre que resultó inquietante—. No hará nada, y menos cuando sabe que mataremos a su preciosa tribu si lo intenta.

Aunque el desprecio y la hostilidad que se reflejaron en los ojos de Brock podrían haber derretido el acero, guardó silencio.

—Bien, podéis dormir todos en el suelo si os apetece.

O sobre el césped. No nos importa lo cómodos que estéis, sino lo que podéis hacer por nosotros.

Sin embargo, hay unas reglas que debéis seguir.

Ni se os ocurra escalar el muro. No os acerquéis a la puerta.

Y no salgáis de casa después del anochecer.

Si necesitáis algo, encontraréis a Ferren y Jared montando guardia ante la puerta.

—No necesitamos guardaespaldas —declaró Adan.

—No os protegen a vosotros, sino a nosotros —zanjó. Dio media vuelta y se dispuso a marcharse.

—¡Espera! —Khalani dio un paso hacia ella, incapaz de controlar el temblor de las manos—. ¿Y qué hay de nuestra amiga? ¿Cuándo podremos verla? ¿Cómo sabemos que está bien?

Le daba la sensación de que, con cada segundo que pasaba alejada de Winnie, otro fragmento de su pasado se rompía, al igual que lo había hecho la fotografía de sus padres en Braderhelm a manos de Dana. La mujer se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Mañana la veréis. En cuanto a su estado… —Alzó la vista al cielo—. La diosa de la luna decidirá si vive o muere.

—¿Y qué demonios significa eso?

La jefa ignoró la pregunta y echó a andar con la capa ondeando tras ella. Todas las figuras la imitaron, excepto dos.

—¡Espera! ¡Solo dime si está bien!

Aunque el eco de sus palabras atravesó la fresca noche, no recibieron respuesta. Khalani estuvo a punto de romper a llorar.

«La diosa de la luna decidirá si vive o muere».

Si vive.

O…

Ni hablar.

Khalani no iba a permitir que una fuerza mística decidiera el destino de Winnie. Resuelta a hacer todo lo posible para dar con ella, avanzó con determinación, pero una corpulenta figura le bloqueó el paso.

—Takeshi, no. Por favor, no. —Khalani odiaba suplicar, pero estaba desesperada—. Tengo que encontrarla.

Sin embargo, Takeshi no se movió ni un centímetro.

—La encontraremos, Kanes. Si mañana no te llevan con ella, sabes que los mataré a todos hasta que volváis a encontraros.

Hablaba de la muerte como si fuera una carga que tuviera que soportar y un regalo que ofrecía a aquel que lo deseaba.

—Pero a Winnie no le gusta la violencia… —objetó ella, casi tambaleándose.

Apenas podía mantenerse en pie. Estaba exhausta.

—Vamos, Khalani —dijo Serene con dulzura, pero con tono firme, agarrándola del codo—. Te estás cayendo de sueño. Necesitas descansar. Ya lo resolveremos todo mañana. No vamos a abandonar a Winnie. Te lo prometo. Estamos todos contigo.

Casi rompió a llorar cuando Derek, Adan, Takeshi e incluso Brock se acercaron. En los ojos de todos se reflejaba el mismo pesar, como si su propia angustia se hubiese entretejido con la de los demás. Como ella, también consideraban a Winnie parte de su familia.

Los dos hombres que estaban detrás de ellos dieron un paso al frente.

Uno llevaba el pelo castaño recogido en una tirante coleta, mientras que el otro tenía una melena negra que le caía por la espalda.

Ambos eran altos, estaban muy bronceados y, por su físico, se diría que eran luchadores experimentados.

—Ha llegado el momento de entrar —dijo el de la melena.

Tenía una voz grave y áspera, como si se hubiera quemado las cuerdas vocales.

—¿Necesitáis ayuda, chicas? —preguntó el de la coleta, acercándose.

Khalani reparó en que las miraba con descaro.

—No, gracias —casi gruñó Brock—. Vamos.

Con un movimiento rápido, Takeshi se colocó entre ella y los guardianes, protegiéndola con su cuerpo hasta que franquearon el umbral de la puerta.

El aire estaba viciado.

Como si nadie lo hubiera respirado en años.

En el interior, la inquietante casa amarilla estaba cubierta de polvo y solo la luz de la luna que se filtraba por la ventana permitía ver algo.

Un descolorido papel rosa con estampado de lunares revestía las paredes, aunque se despegaba en algunas zonas, y una alfombra marrón sucia cubría el suelo.

Se veían algunos muebles aquí y allá, todos cubiertos con sábanas blancas.

Serene pasó un brazo por los hombros de Khalani y la condujo hasta el dormitorio más cercano.

Lo primero que vio fue una cama con sábanas blancas.

Khalani se desplomó de inmediato sobre el colchón, lanzando un sonoro suspiro cuando las suaves sábanas la acariciaron y se amoldaron a su cuerpo como si las hubieran hecho a medida para ella.

—¿Quién va a dormir en la otra habitación? —preguntó Adan rompiendo el tenso silencio.

—Solo hay dos camas. Lo mejor será que las chicas compartan una. Dos de nosotros podemos dormir en la otra y los otros dos en el sofá —sugirió Derek.

De no ser por el cansancio, no habría dudado en levantarse para ver las caras de Takeshi y Brock ante la idea de tener que acurrucarse juntos.

Cada día que pasaban sin pelearse era un milagro.

Brock resopló, y sus fuertes pisadas retumbaron en el suelo de madera.

—Lo mejor sería hacer parejas de chico y chica, por si a alguien se le ocurre entrar y matarnos —propuso en el umbral de la puerta del dormitorio.

—Ni de broma. Nuestras tetas no nos hacen incompetentes o débiles —siseó Serene.

—No he dado a entender que seáis débi…

—Déjame una de tus armas —lo interrumpió Serene.

—No puedo. No sé si lo recuerdas, pero nos las han quitado.

—Entonces, lo que quieres decir es que no sirves de nada.

—Pensándolo mejor, eres tan irritante que igual ni te hacen falta —gruñó Brock.

—Toma. —Takeshi apareció y puso fin a la discusión.

Khalani oyó un roce apenas audible y, después, un silencio.

—¿Un cuchillo? ¿Por qué no te lo han quitado? —preguntó Serene.

—Sé esconder mis armas —respondió Takeshi de forma críptica—. Clávaselo en la garganta a cualquiera que trate de entrar por esa puerta y no sea uno de nosotros. Hasta el fondo.

La letalidad que desprendía su tono resultaba perturbadora. Serene desconfiaba de Takeshi, pero, sorprendentemente, le dio las gracias.

Khalani sintió que los párpados se le cerraban cada vez más mientras Serene entornaba la puerta y corría las cortinas, sumiendo la habitación en una oscuridad total. A continuación, se desplomó bocabajo sobre el colchón y dejó escapar el mayor suspiro de satisfacción del mundo.

—Se me había olvidado lo que era una cama —gruñó con el rostro hundido en la almohada.

Ante la promesa del mañana, y sus inminentes amenazas, Khalani tomó aliento y se acurrucó, rindiéndose al consuelo del sueño. Justo antes de caer en un agradable sopor, oyó que Serene la llamaba en voz baja.

—¿Khalani?

—¿Hum…?

—¿Y si esta gente es buena?

Khalani se movió un poco y apenas abrió los ojos.

—¿A qué te refieres?

—Pues a que tienen un montón de casas y todo es precioso. Quizá, cuando hayamos encontrado la manera de llegar a Hermes y les hayamos traído las provisiones, nos permiten quedarnos —murmuró Serene esperanzada.

—No sé. Algo en este lugar me da mala espina. Aunque quizá me equivoco y, si todo sale bien y nos dejan seguir nuestro camino, puede que así sea. Tal vez podamos volver y quedarnos.

Tal vez. Sin embargo, sus palabras le sonaron falsas.

Antes de sucumbir al sueño, una voz fantasmal atravesó el aire frío y le susurró que lo único que les ofrecía ese pueblo era su perdición.