Us deadly few (Los oscuros 2) 8. Reza para que te perdonen. Prepárate para el castigo. #3
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8. Reza para que te perdonen. Prepárate para el castigo. #3

—Quizá podamos sacarle partido a la situación —sugirió el otro hombre—. Que se unan a las filas de Oasis. Que se conviertan en nuestros proveedores y nos vendan más armas.

—Es demasiado arriesgado —objetó el otro—. Yo digo que los matemos a todos.

La mujer guardó un inquietante silencio mientras los hombres discutían sin pudor sobre el asesinato inminente de sus prisioneros.

Khalani escudriñó con los ojos entornados la estancia apenas iluminada y buscó frenéticamente alguna pista o atisbo de esperanza que pudiera ofrecerles una salida.

Entonces se le ocurrió una idea audaz.

—¿Por qué no nos ayudamos los unos a los otros?

La mujer resopló y se volvió hacia ella.

—¿Y qué te hace pensar que necesitamos vuestra ayuda?

—Si estáis buscando armas, nosotros os las podemos conseguir —insistió.

La mujer se enderezó. Las palabras de Khalani parecían haber causado efecto. Sin embargo, se cruzó de brazos con expresión inescrutable.

—Bueno, ahora, gracias a vosotros, ya tenemos más armas.

—La munición no os durará mucho.

La estancia se sumió en un profundo silencio, solo interrumpido por el parpadeo errático de la bombilla del techo. Todas las miradas estaban fijas en Khalani, que se obligó a mantener la calma.

—¿Qué estás sugiriendo exactamente? —preguntó la mujer con brusquedad.

—Si nos soltáis… —dijo Khalani, tragando saliva—, os traeremos todas las armas que necesitéis de Hermes. Pero hay algo más. Nos acompañaba otra mujer. Estaba herida. —El pulso se le aceleró—. ¿Dónde la tenéis?

—A diferencia de los Pecadores, en Oasis no matamos a ancianas indefensas.

—Entonces, ¿está bien? —preguntó Khalani con voz temblorosa.

Pese a que la cuerda le arañó las muñecas, trató de inclinarse hacia delante.

—Por el momento, sí —respondió la mujer con prudencia.

A Khalani le rechinaron los dientes y reprimió el impulso de gritar para exigir que le dijeran dónde tenían a Winnie. Tomó aliento, tratando de no perder el control.

—Y bien, ¿aceptas nuestro trato? —insistió Khalani.

—No.

—¿No? —se sorprendió.

La mujer se giró hacia ella.

—Exacto. Quizá seáis quienes decís ser, pero no tenemos ninguna garantía de que cumpláis vuestra parte del trato y regreséis de Hermes.

—Te equivocas —protestó Khalani—. Somos buenas personas.

—¡Ja! Las buenas personas también mienten.

Khalani dejó caer los hombros al comprender que sus posibilidades de escapar se desvanecían como el sol al atardecer.

—¿Qué podemos hacer para demostrarlo?

—Nada.

—Por favor. Haremos lo que sea.

La mujer vaciló y miró a los otros prisioneros. Posó los ojos en Takeshi, que miraba a Khalani con una mezcla de frustración y otra emoción que no logró descifrar: quizá fuera ira o… algo completamente distinto.

Después de una larga pausa, la mujer retomó la palabra.

—No podemos permitir que abandonéis Oasis, pero puede que tengáis razón. Quizá sí podamos encontrar la manera de que nos seáis útiles.

Hizo un gesto con la barbilla hacia uno de los hombres, que se volvió de golpe y empezó a subir la escalera.

—¿Estás segura de esto, jefa? —preguntó el otro hombre con tono hostil al tiempo que fulminaba con la mirada a Brock.

—¿Pones en entredicho mi autoridad? —le espetó la mujer.

Él dio un respingo y se revolvió con incomodidad.

—No, jefa… —balbuceó—. Pero ¿cómo podemos fiarnos de ellos?

—No podemos —dijo escuetamente la mujer para zanjar la discusión.

Justo cuando pronunció esas palabras, unos pasos resonaron escaleras abajo.

Khalani se echó hacia atrás, sorprendida, y se topó con el poste metálico.

Aparecieron diez figuras más, que enseguida abarrotaron el pequeño espacio.

Algunos de los recién llegados iban armados y sostenían unas pistolas que le resultaban demasiado familiares, mientras que otros empuñaban lanzas o cuchillos.

—Cortad las cuerdas —ordenó la mujer.

Obedecieron con movimientos rápidos.

En cuanto lo hubieron hecho, Khalani se frotó las muñecas con delicadeza; le dolían los brazos y las piernas. Brock se acercó a Serene y fulminó a la mujer con la mirada.

Y Takeshi permaneció en silencio en las sombras, observándolo todo.

Khalani no tenía dudas: si él fuera el único prisionero, ya habría atacado y encontrado una forma de escapar. Pero lo acompañaban Khalani y el resto, y Winnie seguía desaparecida, así que lo único que podía hacer era acatar las órdenes de aquella líder desconocida.

Cuando todos estuvieron libres, la mujer asintió y su voz autoritaria e incuestionable resonó por toda la estancia.

—Ahora pertenecéis a Oasis. Las diosas del sol y de la luna decidirán si sois dignos de quedaros entre nuestros muros.

Pero más os vale tener esto en cuenta: si detectamos el más leve indicio de traición, no solo sellaréis vuestro propio destino, sino que condenaréis a toda vuestra tribu.

Y ya no enterramos a nuestros enemigos. Los empalamos, desde la garganta a la ingle, y los exhibimos a las puertas para que se los lleve el desierto.

Khalani y Serene abrieron los ojos como platos e intercambiaron una mirada: ambas se dijeron lo mismo sin necesidad de palabras.

Estaban bien jodidas.