8. Reza para que te perdonen. Prepárate para el castigo. #2
Con una tranquilidad perturbadora, la mujer sacó una pistola del bolsillo. El clic metálico del gatillo resonó por la lóbrega estancia.
—Quiero saber de cuántos soldados dispone Ansel, es decir, con cuántas defensas cuentan los Pecadores, y cualquier debilidad que pueda haber en sus muros.
O me lo decís o le pediré a Belken que os descuartice a pedacitos y se os coma —amenazó, señalando a uno de los hombres corpulentos que la acompañaban.
—Genial. Más pirados —gruñó Brock, lo que hizo que uno de los hombres le diera un derechazo brutal en el rostro.
La cabeza de Brock salió disparada hacia atrás, pero el incursor soltó una carcajada mientras de su nariz brotaba un torrente de sangre.
—¿Eso es todo? Mi madre pega más fuerte.
El hombre apretó el puño y sacó el cuchillo.
—¡Esperad! ¡Un momento! —gritó Khalani—. ¡No somos quienes pensáis! No conocemos a ninguno de esos Pecadores ni a ese tal Ansel.
La mujer soltó una carcajada fría y burlona y se volvió hacia Khalani.
—Te crees muy graciosa, ¿verdad? A este lado del río solo hay dos tribus: los Oasis y los Pecadores. Y todos sabemos que no venís de los Oasis, así que debéis de estar con ellos.
Escupió la última palabra y avanzó un paso, acercándose a Khalani.
—Te aconsejo que apuntes eso a otra parte —soltó Takeshi al ver que levantaba el arma.
La mujer se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—¿Y por qué debería hacerlo?
—Porque si le hacéis otro rasguño, por pequeño que sea, vais a necesitar un arma más grande para salir con vida —la amenazó Takeshi con una mirada oscura y asesina.
La mujer pelirroja soltó una risita, pero Khalani notó que se tensaba de nuevo.
—Qué conmovedor. Eres el único que tiene pinta de espía de Ansel. Varo era uno de mis mejores soldados. Nadie antes había logrado vencerlo en un combate cuerpo a cuerpo, y tú lo has hecho casi sin despeinarte.
El silencio que siguió fue opresivo. Todos contuvieron la respiración. Takeshi observaba a la mujer con una calma escalofriante, como si estuviera esperando el momento adecuado para asegurarse de que sus captores corrieran la misma suerte que su compañero.
Sin embargo, por mucha fuerza que tuviera Takeshi, estaba maniatado como los demás y le habían quitado las armas.
—¡Tienes que creernos! —Khalani trató de llamar de nuevo la atención de la mujer, y su voz retumbó en la lúgubre estancia—. No somos de aquí. Venimos de Apolo, una de las ciudades del subsuelo. Nos dirigimos a Hermes.
Al oír el nombre de la ciudad, la mujer se volvió de inmediato con los ojos abiertos de par en par.
—¿A Hermes? —repitió con incredulidad.
—Sí. ¿Has estado allí? ¿Sabes dónde está? —preguntó Khalani con el corazón en un puño.
Los dos hombres que acompañaban a la mujer se revolvieron, incómodos.
—Habitantes del subsuelo —escupió uno de ellos.
Levantando una mano y entornando los ojos, la mujer exigió silencio.
—Los habitantes del subsuelo nunca abandonan sus preciados búnkeres —afirmó, ladeando la cabeza—. ¿Cómo conocéis el camino a Hermes?
Sin querer, Khalani desvió la mirada hacia Brock. La mujer lo advirtió y se dirigió hacia él con pasos calculados.
Brock la observó. Un hilillo de sangre le bajaba por la nariz y se lo lamió como si fuera un animal salvaje.
—¿Y tú quién eres? —le preguntó la mujer.
—Tu asesino —respondió Brock con toda la calma del mundo y una mirada envenenada.
—¿Sabes cuántos hombres insignificantes han acabado destripados bajo mi acero por lanzarme la misma amenaza? —replicó ella con frialdad.
—Genial. Me divertiré de lo lindo desfigurándote antes de hacer lo mismo contigo.
Los dos hombres dieron un paso al frente, pero la mujer levantó una mano y los detuvo. Tras un minuto que se hizo eterno, alzó una ceja y dijo:
—Considerando la situación en la que te encuentras, muestras un exceso de confianza ridículo. Lo preguntaré una última vez: ¿cómo conocéis el camino a Hermes?
Brock levantó la barbilla con aire desafiante.
Se hizo un denso silencio, más opresivo que las cuerdas que les sujetaban las muñecas.
La mujer lo observó un momento y, acto seguido, se incorporó.
—Qué lástima. Veamos… ¿Con quién me divertiré en primer lugar?
Lanzó una mirada a Khalani y Takeshi, luego se acercó despacio hacia Derek y Adan al tiempo que sacaba un afilado cuchillo de debajo de la capa.
Con los nervios a flor de piel, Khalani se tensó al ver que la mujer examinaba con atención la reacción de Brock.
Él permaneció impasible, sin reflejar emoción alguna, pero, cuando la recién llegada se aproximó a Serene, pareció que el aire se electrizaba alrededor del incursor, a quien se le empezó a contraer un músculo del cuello.
—Eres una chica bonita —susurró con dulzura la mujer. Se agachó ante Serene y le apartó un mechón que le caía en el rostro—. Qué poco me gusta tener que sacrificar las cosas bonitas.
Se inclinó un poco más hacia ella.
—¡Basta! —gritó Brock casi sin aliento y con los ojos clavados en Serene, que permanecía con la espalda recta, una actitud altiva y una mirada impetuosa, como si desafiara a la mujer.
Khalani casi pudo sentir la sonrisa fría y calculadora de la mujer cuando se incorporó. Con la atención puesta de nuevo en Brock, acarició delicadamente el filo del cuchillo.
—Soy un incursor —siseó Brock—. He hecho muchas veces el trayecto de Apolo a Hermes para transportar provisiones.
—Ah, ¿sí? —La mujer se acercó a él, claramente interesada—. ¿Qué tipo de provisiones?
—Medicamentos. Comida. Armas.
La mujer se quedó inmóvil al oír esta última palabra, y los dos hombres que la acompañaban se tensaron e intercambiaron una mirada confusa.
Aprovechando la distracción, Khalani movió las manos con disimulo, tratando de liberarse de sus ataduras.
—Está mintiendo, jefa —soltó uno de los hombres—. Seguro que es uno de esos que vende armas a los Pecadores.