Us deadly few (Los oscuros 2) 8. Reza para que te perdonen. Prepárate para el castigo.
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8. Reza para que te perdonen. Prepárate para el castigo.

Reza para que te perdonen. Prepárate para el castigo.

K halani trató de zafarse de la figura desconocida que le presionaba un cuchillo enorme en la yugular, con tanta fuerza que le había rasgado la piel y la había hecho sangrar.

—Ni se te ocurra. Si haces otro movimiento, te rajo el cuello —la advirtió una voz áspera detrás de ella.

Empezó a respirar agitadamente, pero una mano tosca se posó sobre su boca para acallarla.

El estallido de un disparo rasgó la noche de repente, retumbando de forma inquietante. Aguzó la vista, tratando de distinguir alguna forma en la densa oscuridad y rezando con todas sus fuerzas para que Takeshi no estuviera herido.

Si le ocurría algo…

De repente, un bulto enorme voló por encima de un coche y se desplomó a sus pies hecho un ovillo.

—¿Varo? —dijo el hombre que la retenía, sobresaltándose.

En ese preciso momento, Khalani sintió que la presión se aflojaba lo suficiente para que ella pudiera actuar.

Mordió la mano que le cubría la boca. El hombre soltó un grito y la apartó enseguida, dejando un sabor a sangre en sus labios.

Aprovechando la ocasión, Khalani lo golpeó con el codo en el abdomen. Su captor jadeó, casi sin aliento, y se tambaleó. Desesperada, trató de huir, pero el hombre la agarró del brazo y tiró de ella.

Pum.

Dirigió el puño hacia la mandíbula del hombre y la cabeza se le fue hacia un lado por el impacto. Khalani se fijó en él por primera vez y advirtió que el desconocido rondaba los cincuenta años, estaba muy bronceado e iba bien afeitado.

Sin embargo, antes de que pudiera enorgullecerse del sólido derechazo que acababa de propinarle, él contraatacó, asestándole un brutal revés en la mejilla derecha.

La fuerza del golpe hizo que Khalani cayera al suelo. Apretando los dientes, se incorporó enseguida y se preparó para atacarlo de nuevo. Justo en ese momento, el desconocido soltó un grito de dolor. Acababa de recibir una puñalada en el hombro izquierdo.

Trató de arrancarse el cuchillo, pero una figura más grande se abalanzó sobre él y descargó el puño en su mandíbula.

Reconocería esa silueta colosal en cualquier situación.

El extraño retrocedió, con los ojos abiertos de par en par y muerto de miedo. Takeshi, en cambio, miraba fijamente a Khalani, y una furia casi palpable le encendió el rostro al reparar en la marca de su mejilla.

—¿Te ha golpeado?

Takeshi parecía petrificado. Aunque hablaba con una serenidad peligrosa, le temblaban las manos.

Con el corazón desbocado, Khalani fue incapaz de encontrar las palabras, así que se limitó a asentir. Takeshi se volvió hacia el hombre herido, que trataba de ponerse en pie con una respiración lenta y ruidosa.

El desconocido palideció al ver el rostro, fuera el que fuese, que tenía delante.

Con un gesto rápido y violento, Takeshi lanzó al hombre desorientado contra el lateral de un coche oxidado como si fuera una muñeca de trapo. El metal crujió con el impacto y el hombre se desplomó en el suelo.

Takeshi se apresuró a abrir la portezuela, que emitió un fuerte chirrido, y, agarrando el brazo del hombre, lo metió dentro del vehículo. Sujetándolo, cerró bruscamente la puerta contra el codo.

Desde donde estaba, Khalani oyó un sonido estremecedor y un escalofrío le recorrió el cuerpo ante el grito de dolor.

Takeshi arrancó el cuchillo del otro hombro del adversario mientras este lanzaba unos gemidos lastimeros, pero, haciendo caso omiso, presionó el filo ensangrentado contra su garganta, tal como aquel tipo había hecho con ella.

De pronto, una silueta oscura surgió de las sombras, blandiendo una porra considerable.

—¡Cuidado! —gritó Khalani.

Sin embargo, su advertencia llegó demasiado tarde. Con un horrible golpe sordo, la porra impactó contra la cabeza de Takeshi y este cayó al suelo junto al coche, al igual que el cuchillo, que se estrelló contra el suelo con un tintineo metálico.

—¡Takeshi!

El grito de Khalani atravesó la noche.

Corrió hacia él, pero una mano a su espalda le cubrió la boca con un paño áspero. Un olor químico y penetrante le invadió las fosas nasales.

Forcejeó para librarse del brazo que le rodeaba el cuello, pero se le comenzó a nublar la vista.

«No».

«Lucha».

«Tienes que… luchar…».

Todo se atenuó y se desenfocó.

Lo último que vio antes de que su cabeza golpeara contra el cemento y que todo se volviera negro fue la fría luna, que, desde el firmamento, seguía contemplando y juzgando la violencia de la humanidad.

«Khalani».

Un zumbido estático le llenó los oídos.

Notó los brazos y las piernas entumecidos. Sentía que le pesaba todo el cuerpo, incluso los mechones despeinados que le caían sobre los hombros.

«Khalani».

Un ligero crujido.

Un susurro que atravesaba la densa niebla. Poco a poco, volvió en sí.

Los hombros le palpitaban de dolor, y se dio cuenta de que tenía las manos a la espalda, atadas con una áspera cuerda.

Apenas podía abrir los ojos, como si sus párpados se negaran a moverse. La oscuridad la atraía de nuevo, arrastrándola, ofreciéndole una vía de escape que casi parecía preferible.

Quizá, si se perdía en ella, la muerte vendría a buscarla y pondría fin a lo que debería haber terminado tiempo atrás.

«Despierta. Despierta».

—¡Despierta!

Khalani abrió los ojos de repente.

Reparó en que estaba sentada sobre unos fríos azulejos con las piernas estiradas y los brazos atados a un poste de metal oxidado que salía del suelo.

Serene, Derek, Adan, Takeshi y Brock estaban junto a ella, también atados a unos postes repartidos por toda la estancia vacía.

Echó un vistazo. La única iluminación procedía de una bombilla que parpadeaba y colgaba del techo de forma precaria. El débil resplandor proyectaba sombras espeluznantes en las paredes de cemento.

El miedo se adueñó de Khalani, que, con un nudo en el estómago, distinguió una oscura y desvencijada escalera que ascendía hacia un destino desconocido.

—¿Estás bien? —preguntó Serene casi sin aliento y con tono de preocupación.

Khalani se volvió hacia ella, torciendo el gesto ante la punzada de dolor que experimentó en la sien.

—¿Dónde demonios estamos?

Notó que tenía la voz ronca, áspera.

—No lo sé —respondió Serene mientras escudriñaba la estancia con mirada asustada—. Solo recuerdo que me desperté al oír un disparo, y que luego alguien me cubrió la boca con un trapo raro.

Khalani tragó saliva, con las fosas nasales dilatadas.

El aire estaba cargado de un desagradable hedor a humedad. Se filtraba por las paredes y se le adhería a la piel. Casi podía saborear la desesperación, como si la pestilencia de la muerte rondara por la estancia.

Miró a los otros. Derek y Adan estaban sentados a su derecha. Derek tenía ojeras y miraba a todas partes hecho un manojo de nervios, con la mandíbula tensa.

Adan subía y bajaba los hombros, tratando de liberar las manos.

Brock estaba atado a una tubería en un rincón, junto a la escalera, y también intentaba zafarse, pero, a juzgar por cómo refunfuñaba, no lo estaba consiguiendo.

Takeshi estaba sentado justo frente a ella. Aunque también lo habían inmovilizado, irradiaba una serenidad peligrosa.

Estudiaba hasta el más mínimo detalle de la estancia. La escalera. Los postes a los que estaban atados. Las cuerdas.

Y Winnie…

Un terror absoluto se adueñó de Khalani y empezó a buscar frenéticamente a la anciana.

—¿Dónde está Winnie? —casi gritó.

—He visto que se la llevaban —anunció Derek con voz temblorosa—. No sabemos dónde está.

Todo se volvió negro, las paredes empezaron a cernirse sobre ella y una imagen apareció ante ella: el cadáver de Winnie junto a los de sus padres, sobre una de esas frías camillas.

No.

No.

No.

Khalani empezó a tirar de las cuerdas, desesperada por liberarse.

Tenía que encontrarla. Tenía que salvarla.

—Es culpa tuya. ¡Se suponía que estabas de guardia! —siseó Brock furioso, fulminando a Takeshi con la mirada.

Una vena palpitó en la sien de Takeshi.

Sus ojos, en lugar de albergar puro fuego, eran fríos como el hielo, igual que la gélida temperatura de la estancia. Guardó silencio, sin tan siquiera mirarla.

Entonces lo comprendió.

Si no hubiera distraído a Takeshi…

Si se hubiera quedado junto a Winnie, nada de eso habría ocurrido.

Un repentino portazo la arrancó del remolino de sus pensamientos. Acto seguido, unas pesadas botas hicieron crujir los peldaños de madera. Todos contuvieron el aliento.

Tres figuras imponentes bajaron por la escalera. Dos eran hombres, ambos de constitución robusta y tan altos como Takeshi, morenos y peinados con un moño. Fruncieron el ceño, torcieron el gesto y miraron al grupo que estaba atado en el suelo.

Iban ataviados con holgados pantalones de color beis en los que se apreciaba un estampado de patrones geométricos y varios bolsillos. Llevaban, además, ajustadas camisas de color arena que se ceñían a sus cuerpos musculosos y largas capas negras que ondeaban tras ellos.

En el centro de la lúgubre comitiva había una figura más pequeña y esbelta, vestida con un atuendo beis similar y una capa granate.

Era de una belleza notable, quizá de unos treinta y tantos años, con el rostro pálido en forma de corazón, pómulos marcados y el cabello de un rojo tan intenso que rivalizaría con las abrasadoras llamas de una hoguera.

Sin embargo, tenía unos ojos verdes más afilados que los cuchillos que siempre llevaba Takeshi.

Los tres extraños se detuvieron en el centro de la estancia, imponentes y orgullosos, y los observaron uno por uno a conciencia.

Khalani sintió que se le erizaba el vello, como si fueran a diseccionarla.

—Esperaba más de Ansel.

La mujer fue la primera en hablar, observando a sus cautivos con mirada inclemente. La posó durante un instante de más en Takeshi, que se la devolvió con tal intensidad que los dos hombres que la acompañaban se tensaron y llevaron la mano a los puñales que sobresalían de sus bolsillos.

—Creía que los Pecadores tenían mejores espías, pero sin duda los hemos sobrevalorado. La diosa de la luna nos ha conducido directamente a vuestro campamento. Y ahora vais a responder a nuestras preguntas.