Us deadly few (Los oscuros 2) 7. Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada. #4
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7. Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada. #4

—Así está mejor —murmuró con una voz ronca que hizo que un calor se expandiera por sus entrañas.

Un destello desafiante le cruzó la mirada. Khalani trató de zafarse, pero él la agarró con determinación.

Era inevitable, como el amanecer.

—¿Qué voy a hacer contigo ahora? —susurró.

—¿Qué quieres hacer?

Takeshi soltó una risa oscura.

—La noche no tiene suficientes horas para demostrártelo.

«Oh, cielos…».

Tenía una mirada ardiente y Khalani apenas podía soportar lo irresistiblemente atractivo que era. Sentía que todo su cuerpo estaba a punto de estallar.

—Creo que… —Khalani tragó saliva y, lanzándose, añadió—: Creo que quiero que me beses.

Los labios de Takeshi se curvaron en una lenta sonrisa, cargada de intención. Los posó en el cuello y fue bajando hasta detenerse en la garganta.

—¿Aquí?

—Más abajo.

Takeshi dejó un rastro de besos hasta la clavícula. No eran dulces. La mordía suavemente. La desarmaba.

La acarició con la nariz, como si deseara aspirar cada centímetro de su piel. De vez en cuando, se detenía para saborearla con la lengua y los labios, recordándole quién estaba al mando.

—¿Aquí?

—Si necesitas un mapa, será mejor que despierte a Brock —lo provocó ella.

Takeshi se detuvo y la miró, tensando la mandíbula.

—¿Quieres que te ate desnuda a este coche, Kanes? Porque lo estás suplicando. —Un destello le cruzó los ojos, como si la idea le resultara demasiado tentadora—. Y te aseguro que no lo encontrarías nada divertido.

—¿Toda la noche?

—Ajá…

Con el corazón desbocado, Khalani contuvo el aliento.

—¿Y mañana?

—No te preocupes. Mañana volveremos a odiarnos. Eso era lo que querías, ¿no?

—Eh… —Estaba hecha un lío—. ¿Sí?

—Así me gusta.

Takeshi no dijo nada más. Se inclinó y posó los labios en su pezón. Movió la lengua en la punta y Khalani arqueó la espalda, acercando el pecho hacia él.

Seguía inmovilizándole las muñecas sobre la cabeza con la mano derecha y la acarició con la izquierda, subiendo por la pierna, la cadera, la cintura.

Khalani sintió una descarga eléctrica allá donde él la tocaba.

Takeshi soltó un gemido y le chupó el pezón, mordiéndolo ligeramente mientras acariciaba su otro pecho con la mano izquierda.

La atrajo hacia él, como si no pudiera saciarse. No se trataba de simples caricias. Era posesión.

Khalani dejó caer la cabeza hacia atrás y se topó con la luna y los puntitos en el firmamento, que brillaban y titilaban, testigos silenciosos de cómo se entregaba por completo. Anhelándolo con cada fibra de su cuerpo.

Si ahora mismo su alma se rompiera en pedazos, salpicaría trozos de Takeshi por doquier.

No solo ocupaba un rincón de su mente; la llenaba por completo.

Khalani quería hundir los dedos en su suave cabello negro, quería sentirlo en todas partes, memorizarlo por completo antes de que el amanecer borrara sus oscuros pecados.

Se le erizó la piel de los brazos y la nuca cuando Takeshi se concentró en el otro pecho, asegurándose de prestar atención a cada centímetro de su piel.

Era lo más erótico que había experimentado en la vida, y ni siquiera se había quitado los pantalones.

—Takeshi… —gimió.

Era una sensación completamente placentera. Tan buena que iba a perder el control en cualquier momento.

—¿Quieres que pare? —preguntó levantando la cabeza, con los labios humedecidos y una expresión que dejaba claro lo mucho que deseaba continuar.

Pese a que respiraba agitadamente, Khalani negó con la cabeza.

—No. Es solo que es… mucho.

—Pues no es ni de lejos suficiente —le pareció oír que murmuraba.

Takeshi clavó unos ojos feroces en ella, y un extraño alivio la embargó al verlo contener su instinto salvaje.

No era la única a punto de perder el control, solo que Takeshi lo disimulaba mejor.

Khalani intentó zafarse de nuevo, pero él la agarró con más firmeza para impedírselo.

—Va a ser que no, Kanes. Te tengo justo donde quiero.

—Capullo —gruñó ella.

Arqueó las caderas, deseando más.

Deseándolo en todas partes.

De repente, Takeshi se puso rígido y observó la oscuridad que los rodeaba con los ojos entornados. Alerta.

—¿Qué ocurre? —susurró Khalani, impaciente por continuar.

Takeshi contrajo los músculos y, de un salto, se apartó y se acuclilló junto a ella. De inmediato, una pistola apareció en su mano derecha y un cuchillo de quince centímetros en la izquierda.

—Takeshi, ¿qué ocurre? —preguntó ella incorporándose.

—No te muevas de aquí —la apremió en voz baja.

Sin hacer ruido, saltó del camión y se adentró en las sombras.

Khalani sintió que se le helaba la sangre.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, se abotonó la camisa a toda prisa y buscó a Takeshi con la mirada.

El silencio de la noche era oprimente, tanto que casi no podía respirar.

De repente, un gruñido lo rompió.

Khalani se volvió hacia el lugar de donde provenía el sonido esperando ver a Takeshi, pero no fue así.

Algo iba mal. Muy mal.

Ignorando la orden que le había dado, bajó del camión y avanzó hacia el ruido.

De pronto, una mano áspera le cubrió la boca y un afilado cuchillo le presionó la garganta.