Us deadly few (Los oscuros 2) 7. Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada. #3
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7. Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada. #3

Khalani sintió que la miraba, esperando que retirara lo dicho. Pero solo el silencio y los latidos de sus corazones llenaron el espacio entre ambos.

Además, no estaba segura de querer retractarse.

Khalani medio esperaba que Takeshi hiciera caso omiso de su sugerencia y la dejara allí, en la oscuridad.

Pero, en un abrir y cerrar de ojos, pasó de estar tumbada a su lado a estar a horcajadas sobre él mientras Takeshi la agarraba de las caderas.

El movimiento fue tan rápido que lo único que pudo hacer Khalani fue ahogar un grito.

Sin pronunciar palabra, Takeshi entornó los ojos y le lanzó una mirada desafiante, como si su único objetivo fuera intimidarla hasta hacerla retroceder, como si confiara en que ella pondría fin a la farsa y se apartaría.

Pero estaban perdidos si confiaba en que ella fuera la racional.

Estaba desesperada por sentir algo que no fuera dolor y no le importaba que la venganza por sus acciones llegara de forma fulminante con el amanecer.

Ya se ocuparía la luna de contarle al sol todas sus malas decisiones.

Se movió ligeramente sobre él y notó la firme entrepierna de Takeshi bajo su cuerpo. Como todo en él, no se quedaba corto en esa parte.

Llena de coraje, avanzó otro centímetro, provocando una deliciosa oleada de fricción, y Takeshi soltó un suspiro, aferrándose a sus caderas. En lugar de apartarla, la atrajo más hacia sí.

Khalani sintió que le ardían las entrañas, reaccionando a su erección.

Apenas un centímetro los separaba, solo la ropa que aún no se habían quitado. Se sentía desnuda, expuesta, y, por cómo la miraba Takeshi, la última mujer sobre la superficie.

El corazón le latía desbocado, y estaba convencida de que él podía oír cada palpitación.

Takeshi la miraba desde abajo como si se dispusiera a cortarle la garganta en un abrir y cerrar de ojos, para después echarla hacia atrás y devorarla como un hombre hambriento.

Khalani no era virgen.

El primer hombre con el que había mantenido relaciones sexuales era un compañero del Centro de Distribución de Alimentos de Apolo, un tipo bastante atractivo que siempre coqueteaba con ella.

Por aquel entonces, se sentía tan miserable que había accedido a sus intenciones, confiando en experimentar algo distinto para variar.

La primera vez dolió. Mucho. Mucho más de lo que había imaginado. Pero ya lo sabía: la vida tampoco era lo que había imaginado.

Se acostaron unas cuantas veces, pero cada encuentro la dejaba más y más indiferente. Con él, la llama del deseo nunca prendió en ella. Nunca sintió que le prestaba atención, que la valoraba. Nunca sintió que podría derretirse ante la pura posesión salvaje que veía reflejada en su mirada.

Takeshi deslizó los dedos desde las caderas de Khalani a su abdomen y empezó a desabrocharle los botones de la camisa. Observándola, registrando todas sus reacciones. Khalani se humedeció los labios, y su mirada siguió el movimiento como un depredador.

Solo quedaba un botón. Khalani cerró los ojos, lista para exponerse. Sin embargo, Takeshi se detuvo.

—Desabróchate el último botón —ordenó.

Con la respiración agitada, Khalani volvió a abrirlos.

—¿Por qué te has parado?

—Porque puedo quitar muchas cosas, Kanes, pero la elección es tuya. Si quieres entregarte a mí esta noche, desabróchate el último botón. Si no, deberías levantarte y regresar con los demás.

Ese hombre iba a ser su perdición.

Con esos sedosos mechones negros que le caían sobre el rostro y esas pupilas sombrías que brillaban a la luz de la luna, nunca había parecido más hermoso ni más devastador.

Takeshi nunca ocultaba su oscuridad. La acogía con los brazos abiertos.

Para él, el infierno no era un lugar que evitar, sino un territorio que conquistar.

Takeshi esperó pacientemente a que ella tomara la decisión, aún aferrado a sus caderas. Al ver su vacilación, arqueó una ceja, como si supiera que aquello terminaba allí.

Pero Khalani ya no era la misma chica que había conocido en prisión. Takeshi podía muy bien ser su perdición. Y, en cierto modo, quería que la destruyeran.

Tomó aliento y, muy despacio, se desabrochó el último botón.

La tela aún le cubría los pechos, pero una ráfaga de aire frío hizo ondear la camisa y los pezones reaccionaron y se endurecieron.

Se estaba dejando llevar, y una sensación de libertad la embargó. Se detuvo un instante, asimilándolo todo, sintiéndose poderosa.

—No has acabado. Continúa —ordenó él con la voz grave cargada de una intensidad casi primitiva.

No bajó la mirada hacia sus pechos; permanecía con los ojos fijos en los de Khalani, lo que, de algún modo, era aún más excitante.

Khalani cogió aire, apartó despacio la tela a ambos lados y descubrió sus pechos desnudos con las entrañas ardiendo de deseo.

Takeshi siguió mirándola, como si el hecho de ver cómo se dejaba llevar lo estimulara e inflamara su pasión.

Apenas la tocó. No tenía que hacerlo.

Estaba por todas partes. Bajo su piel. En sus pensamientos. Cada vez que respiraba.

—Pensaba que la luna era lo más hermoso de la superficie —susurró él, aún con la mirada clavada en sus ojos.

Khalani sintió que flotaba, incluso por encima de esos puntitos blancos que salpicaban el cielo.

Nunca nadie la había mirado así. Como si quisiera grabarla en la memoria.

Se movió sutilmente hacia atrás, provocando una fricción deliciosa.

Takeshi entornó los ojos y, de pronto, invirtió sus posiciones.

Estaba sobre ella, con su amplio pecho a pocos centímetros del suyo. Sus pupilas sombrías devoraban las de Khalani y había empezado a respirar más rápido.

Khalani observó cada uno de sus gestos, cada cambio que se producía en su cuerpo, del mismo modo que él la había examinado a ella.

Con una sola mano, Takeshi sujetó con firmeza las muñecas de Khalani y las llevó por encima de su cabeza.