7. Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada. #2
Takeshi se detuvo junto a un maltrecho vehículo negro, algo más grande que el resto. Cuando se habían cruzado con uno parecido, Winnie lo había llamado «camión».
Sin embargo, las dimensiones de este eran menores y la parte de atrás estaba completamente descubierta. Khalani pensó que en el pasado debía de haberse usado para transportar mercancías.
Se sorprendió al ver que Takeshi se apoyaba en uno de los lados y subía con un movimiento ágil. Se irguió por completo, un par de metros por encima del entorno, como si fuera el conquistador de un mundo extraño.
Unos suaves mechones negros le caían sobre la frente, y en sus ojos asomaba un brillo siniestro y malicioso que Khalani prefirió ignorar.
—¿Qué haces? ¡Baja de ahí! —susurró mirando a su alrededor con inquietud.
—¿No te apetece ver las vistas?
—Desde aquí lo veo todo perfectamente.
Él ladeó la cabeza.
—¿Estás nerviosa, Kanes?
—En absoluto —soltó ella apretando los puños—. Deberíamos regre…
Takeshi se inclinó y, agarrándola del brazo, la aupó a la parte trasera del camión.
Khalani ahogó un grito y extendió las manos para no perder el equilibro. Takeshi la soltó.
Aún tambaleándose, se volvió hacia él, que le tendía una mano, pero ella se la apartó con un movimiento brusco.
—¿Te has vuelto loco? —farfulló.
—Tu mente y la mía están igual de jodidas, Kanes.
—Uf, espero que no.
Takeshi puso los ojos en blanco. Khalani se sorprendió al ver que se sentaba.
Fingiendo que la desafiaba, arqueó la ceja y se tumbó de espaldas pese a que era tan alto que apenas cabía en la parte trasera del camión.
Khalani permaneció en pie, con los brazos en jarras y el ceño claramente fruncido.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
—¿A ti qué te parece? —replicó él en tono calmado.
—¡Yo qué sé! Igual quieres dormir… aquí.
Torciendo el gesto, agitó las manos y señaló a su alrededor.
—Lo último que quiero es dormir —respondió.
Colocó los brazos en la nuca y apoyó en ellos la cabeza.
Inconscientemente, Khalani desvió la mirada hacia los músculos definidos de sus antebrazos y tuvo que reprimir el impulso de golpearse la cabeza contra la ventanilla trasera para alejar esa imagen y lo que suscitaba en ella.
—Esto es ridículo. —Khalani se peinó el pelo rebelde con los dedos—. Ni siquiera sé qué hago aquí —murmuró para sus adentros.
Pero Takeshi la oyó.
—Estás aquí porque necesitas distraerte. Y no me gusta verte triste —musitó, adoptando un tono de voz más grave.
Khalani lo miró con incredulidad. No esperaba esas palabras tan amables.
—No me creo que hayas dicho eso. Pero si te encanta hacerme llorar…
—Digámoslo de otro modo: quiero hacerte llorar de otras maneras, pero nunca de tristeza.
Khalani frunció el ceño.
—Supongo que es mejor que no te pregunte a qué «otras maneras» te refieres…
—Es mejor.
El aire frío se volvió más denso y Khalani tragó saliva.
Takeshi la observaba con una expresión indescifrable, sin moverse, esperando que se decidiera a tumbarse junto a él.
Sabía a ciencia cierta que Takeshi jamás la obligaría a quedarse allí si no lo deseaba.
Dejaría que se marchara, sin más.
Y seguirían lanzándose miradas asesinas mientras recorrían esa larga y estéril carretera.
Por alguna razón, la idea no le gustó. Se le quedó incrustada en el corazón, carcomiéndola como si fuera una úlcera necrótica.
Quizá era fruto del agotamiento, que le jugaba malas pasadas, pero, sin decir nada, Khalani se tumbó bocarriba junto a él en la parte trasera del vehículo.
Allí arriba no había mucho espacio y, pese a sus esfuerzos por pegarse al lateral de metal, el enorme cuerpo de Takeshi solo dejaba entre ellos unos pocos centímetros.
—¿Y ahora qué? —preguntó volviéndose hacia él.
—Mira hacia arriba.
Khalani soltó un suspiro exasperado y, con la cabeza apoyada en el suelo metálico del camión, levantó la mirada hacia el cielo nocturno.
Durante la mayor parte del trayecto, las nubes se habían cernido sobre sus cabezas como un velo protector. Pero, en ese momento, la luna llena asomaba entre ellas. Khalani contuvo la respiración.
Solo había visto la luna en las ventanas virtuales de Apolo, y comprendió que no era más que una pálida imitación que no lograba capturar el magnífico espectáculo que ahora flotaba en el cielo.
El sol siempre había sido el blanco de sus anhelos, pero la luna era algo totalmente distinto.
Se identificaba con ella, por completo.
Un poco fría. Siempre rodeada de oscuridad. A menudo ignorada y subestimada.
Se quedó admirando la criatura celestial con los ojos muy abiertos. Pero entonces, desconcertada, advirtió unos puntitos blancos que brillaban en el firmamento nocturno. No tenía ni idea de qué eran. Si Winnie no hubiera estado luchando por su vida, Khalani habría ido corriendo a preguntárselo.
Apretó los puños con un temblor en los labios.
—Deja de pensar, Kanes. —La voz de Takeshi penetró en sus pensamientos fracturados como si pudiese percibir con claridad sus vagabundeos mentales—. Deja de alimentar el dolor. Solo quédate aquí tumbada y respira conmigo.
Khalani frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—¿Por qué de repente eres tan simpático conmigo?
—He pensado que igual no pasaba nada por probar. Ver qué tiene de especial.
—¿Y?
—Está sobrevalorado.
Khalani no pudo reprimir una carcajada.
Takeshi apretó los labios, conteniendo una sonrisa.
Pese a la inquietud y a la tristeza que sentía, agradeció el momento.
Takeshi era una de las pocas personas que la devolvían a la realidad. Que le recordaban que solo tenía que estar presente.
Él nunca se alteraba, por mucha presión que sintiera. Como si fuera agua, se deslizaba entre el caos. Donde otros flaqueaban, él fluía, dominando la confusión que lo rodeaba.
—¿No te preocupa que acabe contagiándote mis penas y miserias? —preguntó ella, mirando de nuevo hacia el firmamento con una extraña presión en el pecho.
Junto a ella, Takeshi permanecía por completo inmóvil. Al principio no respondió y, por un momento, Khalani creyó que se levantaría y se iría. Pero entonces habló.
—¿Y si te dijese que prefiero compartir tu dolor para que no cargues con él sola?
El cielo nocturno engulló su respiración entrecortada. No sabía qué decir.
No sabía cómo reaccionar a su amabilidad.
En ocasiones, Khalani veía a Takeshi con la mirada perdida en el horizonte, el cabello al viento y esa determinación vehemente en los ojos, y algo se encendía en su interior.
El ardiente impulso de empujarlo contra uno de esos vehículos destartalados y besarlo con pasión, aunque solo fuera para purgar aquel deseo de una vez por todas.
El silencio ensordecedor se prolongó. No podía darle una respuesta. Temía quedar expuesta del todo si expresaba mínimamente lo que sentía.
—Winnie me contó que, hace cientos de años, los humanos llegaron a pisar la Luna. ¿Crees que es cierto? —preguntó, cambiando de tema a la desesperada.
—Pues no veo cómo pudieron saltar tan alto —respondió él tragando saliva, como si también agradeciera el cambio.
Khalani soltó una risita.
—Me contó que construyeron unas naves y que volaron hasta allí.
—Y seguro que por eso murieron todos.
—¿No te habría gustado ir?
Takeshi desvió la mirada, perdido en sus pensamientos.
—Hay cosas que están hechas para ser observadas solo desde lejos.
—O quizá es que te dan miedo las alturas —bromeó ella.
—¿Y si fuera eso? —respondió ladeando la cabeza.
—Entonces, la próxima vez que me hagas enfadar, buscaré el acantilado más cercano y te empujaré.
Takeshi no pudo contener una sincera carcajada, y Khalani casi soltó un suspiro al oír ese sonido tan poco habitual en él. Él volvió a prestar atención a la luna, que se reflejó en sus ojos de obsidiana.
—¿De qué tienes miedo, Kanes?
—¿De mí misma?
Él asintió.
Khalani volvió a dirigir la vista al firmamento, pero eso no calmó los escalofríos que le recorrían el cuerpo.
—Creía que tenía miedo del dolor físico. Pero, después de lo que he pasado, me he vuelto insensible… —Hizo una pausa—. Ahora creo que mi mayor miedo es también lo mismo que antes ansiaba.
Takeshi se puso rígido.
—¿El qué?
—Estar sola.
Al pronunciarlo en voz alta, al exponer esa verdad tan cruda, Khalani se sintió como si la hubieran abierto en canal.
Esa era precisamente la razón por la que había que ser prudente al decidir a quién entregabas tu corazón, en quién confiabas. Cuando amabas a alguien, le regalabas una parte de ti. Y, si esa persona se iba, jamás recuperabas esos pedazos.
Sin embargo, Winnie, Serene, Derek, Adan…, incluso de algún modo Takeshi, se habían abierto paso hasta su corazón. Y, cuando se había dado cuenta de ello, ya era demasiado tarde.
Si la abandonaban ahora, la destrozarían.
—Prefiero no hablar de eso —se apresuró a decir, frotándose el pecho con la esperanza de disipar el dolor—. Me conformo con quedarme aquí y olvidar mi miedo al abandono.
—Nadie te está abandonando —respondió Takeshi con una voz tan grave que hizo que Khalani se estremeciera.
—Yo no estaría tan segura.
—Kanes.
Sintió que la fulminaba con la mirada.
—No piensas dejar el tema, ¿verdad? —se lamentó ella.
—No.
—¿Por qué?
—Porque veo cómo te miran tus amigos. Les importas. No van a traicionarte. Y si tuviera la más mínima sospecha de lo contrario, los habría matado en la carretera haciendo que pareciera un accidente —aseveró Takeshi con total serenidad.
A cualquier persona sensata le habría aterrorizado la brutal determinación con que había pronunciado esas palabras. En cambio, Khalani sintió que una sensación cálida la embargaba y le atenazaba las entrañas.
La letalidad de Takeshi no debería resultarle atractiva; eso sería una auténtica locura.
—Ya estás devanándote los sesos otra vez —observó él.
Su mente en conflicto era una peligrosa zona de guerra que debería estudiarse como ejemplo a no seguir en una situación así. Porque las siguientes palabras que salieron de sus labios fueron:
—Pues ayúdame a no pensar en absoluto.
Inesperadamente, Takeshi permaneció inmóvil, como si cualquier movimiento, cualquier respiración, fuera a romper el frágil instante.