7. Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada.
Prefiero desaparecer con una ardiente llamarada que extinguirme en la nada.
L os días iban pasando en la superficie bochornosa. El paisaje hacía tiempo que se había convertido en una vieja autopista monótona y sin fin, con colinas pedregosas y áridas como telón de fondo.
El dolor siempre la acompañaba.
Las ampollas cicatrizaban encima de otras ampollas y no dejaba de experimentar calambres en las costillas. Khalani había olvidado lo que era vivir sin molestias.
Para disgusto de Brock, habían aminorado la marcha de forma drástica. Winnie aún no se había recuperado de la herida en el hombro provocada por la bala perdida durante la arriesgada fuga de la prisión y apenas podía apoyar el tobillo.
Hecha un manojo de nervios, Khalani se mordió las uñas al ver que la anciana tenía el rostro desencajado a causa del dolor, pese a contar con la ayuda de Derek y Takeshi.
Sin detenerse, se recordó que Winnie era tenaz. Resiliente. Una de las personas más fuertes que conocía.
Sin embargo, el traicionero camino hacia Hermes era todo un desafío, incluso para los incursores en mejor forma, y la edad de Winnie jugaba en su contra.
—Toma, Winnie.
Cuando se detuvieron en otro pozo, Khalani acercó una cantimplora a los labios de la anciana, pero el agua le resbaló por la barbilla y vio que tenía los ojos vidriosos, como si un fantasma se hubiese apoderado de ella.
—¿Winnie? —Le zarandeó suavemente el hombro. Sin previo aviso, la anciana cayó al suelo—. ¡Winnie!
Khalani se arrodilló junto a ella, presa del pánico; los demás se acercaron a toda prisa.
—¿Qué ha ocurrido?
—¿Qué le pasa?
—¡No lo sé! —gritó Khalani.
—Túmbala bocarriba —ordenó Derek.
Winnie tenía los ojos cerrados y la piel tan pálida que casi era azul. Khalani solo había visto ese color una vez, en el pasado.
Le vino a la mente la imagen de sus padres muertos sobre una camilla de metal y se llevó las manos a la cabeza, deseando poder arrancársela.
Cuando Takeshi sacó un cuchillo, Khalani estuvo a punto de gritar, pero el capitán se limitó a cortar la camisa blanca de Winnie desde el cuello hasta el hombro. Cuando le quitó las vendas ensangrentadas, todos ahogaron un grito.
La costrosa herida supuraba un pus amarillo verdoso y la piel a su alrededor estaba roja e inflamada.
—Se le ha infectado —señaló Brock, con el miedo quebrándole la voz.
Derek se inclinó y puso la oreja sobre el pecho de Winnie y la palma de la mano sobre su frente.
—Respira, pero está ardiendo. Si la infección se está extendiendo por el torrente sanguíneo, podría sufrir un choque séptico.
«Choque séptico». Khalani no entendió del todo el término, pero el evidente terror en el rostro de Derek lo decía todo.
—¿Qué hacemos? —preguntó con un hilillo de voz y los hombros caídos.
—Necesita antibióticos —respondió Derek con tono lúgubre.
—¿Y dónde podemos conseguirlos? —intervino Serene.
—En Hermes —gruñó Brock.
—¿A cuánto estamos?
—A tres días.
Derek se puso pálido como la cera.
—Si no los toma antes, no saldrá de esta.
Brock maldijo entre dientes y se puso en pie.
—No podemos hacer nada.
De haberle dado un puñetazo en el estómago, habría resultado menos doloroso.
—¡Tiene que haber algo que podamos hacer! ¿No hay ningún edificio por aquí cerca en el que podamos encontrar medicinas?
—¡Mira a tu alrededor! —Brock hizo un gesto con las manos—. No podemos hacer nada por ella.
—Pues claro que podemos —siseó Khalani.
Con determinación, agarró a Winnie por las axilas y trató de ponerla en pie. La anciana estaba inconsciente, y la cabeza se le fue de un lado a otro. Khalani apretó los dientes y cargó con ella.
El agotamiento la oprimió como una mortaja, pero no le importó.
Buscaría en cada una de aquellas montañas, en cada grieta, y soportaría todo el dolor que hiciera falta con tal de mantener a Winnie con vida.
Incluso si eso significaba arrastrarse hasta Hermes con la anciana sobre los hombros. De repente, notó que el peso se aligeraba.
Khalani iba a gritar, pero se detuvo al ver a Takeshi. Su enorme cuerpo bloqueaba el sol y unos rayos de luz lo envolvieron mientras aupaba a Winnie en brazos.
—¿Has perdido el juicio? —exclamó Brock cortándole el paso—. No puedes cargar tres días con ella, y menos por la Zona Muerta. Yo tampoco quiero que la vieja muera, pero no tenemos alternativa.
—¡Apártate! —ordenó Takeshi con una voz que parecía provenir de lo más profundo de la Tierra.
Sin esperar a que lo hiciera, pasó junto a él, le lanzó una mirada amenazadora por encima del hombro y clavó los ojos en Khalani, que se había puesto a llorar.
Al verla, frunció el ceño y Khalani tuvo la sensación de que estrechaba a la anciana contra sí.
—Moveos. Nos vamos.
Todos apuraban el paso, casi corriendo por el cemento agrietado.
Nadie sonreía.
Nadie hablaba.
El único sonido que rompía el opresivo silencio eran sus jadeos.
Las pesadas mochilas les golpeaban rítmicamente la espalda al avanzar mientras Winnie murmuraba de forma incoherente en los brazos de Takeshi.
Un nuevo calambre le recorrió las costillas, pero Khalani apretó los dientes y siguió adelante. Cuando el sol se ocultó en el horizonte y la oscuridad cubrió el cielo, tenía todo el cuerpo entumecido.
El tiempo dejó de tener importancia y siguieron corriendo entre unas sombras cada vez más intensas.
Cuando finalmente llegaron a un puente, todos se detuvieron jadeando y tratando de recuperar el aliento.
Adan se inclinó y vomitó el contenido de su estómago. Serene se apresuró a ir a su lado para ayudarlo.
—Descansaremos aquí unas horas —anunció Brock secándose el sudor de la frente.
—No podemos hacer eso —objetó Khalani—. A Winnie no le queda tanto tiempo.
—Moriremos todos si no descansamos.
Abrió la boca para replicarle.
—Tiene razón, Kanes —interrumpió Takeshi, depositando cuidadosamente a Winnie en el suelo y apoyándole la espalda en un neumático—. Seguir a este ritmo sin parar es contraproducente.
Khalani deseó alzar los ojos al cielo nocturno y gritar de frustración. Sin embargo, echó un vistazo a su alrededor. Al ver la palidez en las caras de sus compañeros de viaje y oír sus resuellos, comprendió que Takeshi estaba en lo cierto.
Derek colocó una mochila para que Winnie apoyara la cabeza y Takeshi la cubrió con una camisa negra de manga larga para que no tuviera frío.
—Yo haré la guardia —anunció con firmeza Takeshi.
Nadie se atrevió a discutírselo. Instalaron el campamento bajo el puente, colocándose en círculo alrededor de Winnie para protegerla. En un abrir y cerrar de ojos, el cansancio los venció.
Sin embargo, Khalani era incapaz de conciliar el sueño.
Se abrazó las rodillas, nerviosa, y tamborileó con los dedos en la parte superior del arma. Tenía el corazón en un puño, como si se lo estuvieran apretando con una mordaza. Vigilaba con una atención obsesiva el torso de la anciana, que subía y bajaba con una respiración superficial.
Contó las veces que tomaba aliento: largas y un tanto descompensadas, sin llenar por completo los pulmones.
Khalani echó atrás la cabeza, golpeando el coche en el que estaba apoyada.
Su lado más oscuro deseaba golpearla otra vez, más fuerte.
Quería hacer caso a ese instinto desquiciado y perderse en los recovecos de su retorcida mente.
Winnie era la única madre que tenía ahora, y no podía hacer otra cosa más que quedarse allí y verla desaparecer, como todos los que la habían amado alguna vez en el pasado.
Una única lágrima le resbaló por la mejilla, y se la secó con gesto furioso.
Incapaz de seguir soportando ese amargo silencio, Khalani se puso en pie, esquivó los cuerpos dormidos y abandonó el cobijo que le ofrecía el puente.
Dirigió la mirada hacia los coches, buscándolo de manera inconsciente, como si un imán invisible la atrajera.
Lo vio bajo la luz de la luna.
Takeshi estaba sentado con una pierna estirada y la otra doblada, sosteniendo un afilado cuchillo. Apoyaba la espalda en el parachoques delantero de un gran vehículo oxidado, a unos pocos metros del puente.
—¿Te importa si me siento aquí contigo?
Él alzó la mirada, y Khalani vio en sus ojos profundos una energía serena y contenida que la devolvió al presente.
—Adelante.
Khalani se sentó a poca distancia de él. Apoyó la espalda contra el coche oxidado y se abrazó las piernas. Sintió la piel tensa, como si fuera una goma elástica a punto de romperse.
—¿Estás bien? —preguntó Takeshi.
Khalani abrió la boca para pronunciar un «sí» mecánico, pero se dio cuenta de que no servía de nada mentir. Apretó los labios y, a punto de llorar, negó en silencio con la cabeza.
Takeshi la miró contrariado. Khalani supuso que en cualquier momento le diría que dejara de ser tan débil y aceptara las consecuencias de haber convencido a Winnie para que se uniera a una misión tan peligrosa.
Seguía con la mirada perdida, torturándose mentalmente, cuando advirtió que él se movía.
—Levántate.
Aturdida, vio que Takeshi se cernía sobre ella con expresión seria, envuelto en un halo de luz de luna.
—¿Por qué?
—¿Confías en mí?
—No —respondió por instinto Khalani.
—Bien. —Asintió con la cabeza—. Por un instante, creí que te había perdido. Levántate, Kanes.
—¿Qué preten…?
Takeshi se volvió sin añadir palabra y se alejó.
El silencio la envolvió. La oscuridad solía traerle paz, pero algo en la noche la obligó a mirar con nerviosismo a un lado y a otro. Esa calma intensa le erizó el vello.
Era como si las sombras la observaran; casi oía sus susurros desquiciados. Se tensó, notando unas manos invisibles que se extendían hacia ella.
Khalani se levantó enseguida y entornó los ojos en la oscuridad buscando a Takeshi. Inquieta, se puso en marcha esquivando los vehículos. Al distinguirlo a unos pocos coches de distancia, soltó un profundo suspiro. Él la miro y la esperó en silencio.
Su parte lógica y racional le dio un cachete metafórico, instándola a regresar con los demás, a la seguridad del grupo.
Sin embargo, fue hacia él, sabiendo que, en la superficie, no existía un lugar realmente seguro.