6. Hay algo que a los humanos les encanta cometer el mismo error dos veces.
Hay algo que a los humanos les encanta:
cometer el mismo error dos veces.
C uando tenía seis años, Khalani le preguntó a su padre qué era la lluvia.
—¿Has aprendido esa palabra hoy en el colegio? —le respondió encendiendo la lamparita de su mesita de noche.
—El señor Sanders nos lo ha dicho en la clase de agricultura. Nos ha asegurado que el agua caía del cielo y que, gracias a eso, todas las plantas y los árboles crecían. ¿Es eso verdad, papá?
—Así es, florecilla. —Sonrió—. En el cielo hay un grifo enorme. Cuando las flores están tristes, alguien lo abre. La lluvia pone contentas a las flores y así crecen fuertes y sanas. Como tú.
Le pellizcó cariñosamente la nariz.
Khalani frunció el ceño y bajó la mirada.
—¿Qué ocurre? —preguntó su padre con aire preocupado.
—Ojalá lloviera aquí abajo —dijo a punto de llorar—. Como nunca lo hace, las flores no están contentas.
Su padre esbozó una tierna sonrisa y la arropó.
—No te preocupes. Esta noche verás llover.
—¿Dónde?
—Aquí dentro. —Le señaló la frente—. Tu cabecita es tan creativa y poderosa que lo único que tienes que hacer es imaginar que quieres ir a un sitio y, cuando te duermas, tus sueños te llevarán hasta allí.
—¿De verdad?
—Sí. —Le dio un beso—. Descansa, mi pequeña soñadora.
Se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, pero Khalani lo detuvo.
—Papá, ¿volveremos algún día a la superficie?
Él la miró por encima del hombro y su sonrisa se desvaneció, como si supiera que sus siguientes palabras eran una mentira. Sin embargo, quería darle esperanzas.
La esperanza era lo único que tenían.
—Sí. Algún día.
Khalani abrió los ojos de golpe y la calidez de los de su padre se desvaneció al recordar que estaba en ese edificio frío y abandonado en la superficie.
Raras veces soñaba con sus padres. ¿Era real aquel recuerdo?
Se restregó los ojos legañosos y se incorporó. Unos suaves ronquidos procedían de la izquierda, donde Adan dormía plácidamente. Al igual que los demás.
Sin hacer ruido, se puso en pie y estiró los brazos, ignorando la incesante tensión en el cuello. Cada mañana, sus músculos doloridos parecían susurrarle: «Disfruta de este momento, porque, de ahora en adelante, todo irá a peor».
De puntillas, sorteó los cuerpos de sus compañeros. Los aullidos habían cesado y el viento ya no azotaba el edificio, y Khalani se encaminó hacia las ventanas tapiadas.
Al acercarse a los pupitres apilados contra la pared, los rayos de sol se filtraron entre el polvo suspendido en el aire. Arrugó la nariz ante el olor de madera podrida, moho y metal oxidado.
El papel rosa de la pared le llamó la atención. Un letrero desgarrado en el que se leía «Clase del 2040» colgaba en el centro y, justo debajo, había una pizarra polvorienta con el alfabeto.
Al comprender dónde estaba, abrió los ojos de par en par.
«Una escuela del Gran Colapso».
Se arrodilló ante la hilera de taquillas sin puerta empotradas en la pared y acarició unas mochilas deshilachadas. Animada, empezó a abrirlas por si contenían provisiones. Pero estaban todas vacías.
Con un suspiro de derrota, se dejó caer hacia atrás, abatida, y se sentó en el suelo con la última mochila que aún no había revisado. No estaba vacía. En su interior había un pequeño cuaderno negro.
Propiedad de Ana Blackwood
Khalani miró la cubierta, sorprendida por esas palabras tan contundentes.
Echó un vistazo a su alrededor, como si estuviese haciendo algo que no debería, pero los demás seguían durmiendo, incluido Takeshi.
Era la primera vez en mucho tiempo que lo veía desconectar mentalmente por voluntad propia y disfrutar de ello.
Prestando atención de nuevo al cuaderno, lo abrió.
15/03/2040
Querido diario:
¡Papá me ha regalado un perrito! Voy a llamarlo Trébol porque mamá ha dicho que nos traerá suerte. Espero que así sea.
Quizá Trébol consiga que mis padres sonrían de nuevo.
Se pasan las noches pegados a la tele y no me dejan ver dibujos animados y me mandan a jugar con las muñecas a mi habitación.
Pero no saben que me asomo por la escalera para ver qué miran.
Ese hombre tan feo de la tele dice palabras extrañas, como «guerra nuclear» y «lotería del subsuelo».
No sé qué significan. Pero, mientras papá y mamá estén aquí conmigo, todo irá bien.
03/05/2040
Querido diario:
Siento no haber escrito antes. Han pasado tantas cosas…
Hemos dejado nuestra casa en Las Vegas y nos hemos trasladado varias horas al sudeste.
Papá dice que es solo por un tiempo, hasta que todo se calme un poco.
Ahora voy a una nueva escuela y tenemos simulacros de bomba todos los días.
A veces nos pasamos horas escondidos debajo de los pupitres.
Echo de menos mi vida anterior. Echo de menos a mis amigas. Quiero volver a casa.
11/09/2040
Querido diario:
Le he preguntado a mamá cuándo vamos a volver y me ha dicho que cuando termine la guerra.
Odio la guerra. La guerra no habría pasado nunca si los responsables se dijeran lo que sienten.
El otro día lo comenté en la escuela y todos se rieron de mí.
Ahora ya no quedan muchos niños en clase.
Mi mejor amiga, Mary, me dijo que se marchaba a Apolo con su madre, su padre y su canguro.
No sé dónde está eso. Le pregunté a mamá si nosotros también íbamos a ir y empezó a llorar.
Esa noche, oí que mamá y papá se peleaban.
Mamá no dejaba de gritar que deberían habernos aceptado.
Pero papá gritaba que no había suficiente sitio.
No quiero verlos llorar otra vez. Tengo un plan.
Hoy les he hecho un dibujo. Es de los tres, en el jardín, con Trébol.
No he dibujado nuestra antigua casa porque quiero que sepan que todo irá bien mientras estemos juntos.
Mejor que bien. ¡Quizá mamá volverá a llevarme al parque! No hemos ido en…
Khalani frunció las cejas y se apresuró a hojear el diario, pero era la última entrada que había escrito Ana Blackwood.
Un papel arrugado cayó del interior. Era un dibujo muy simple a lápiz de tres figuras humanas, sonrientes y agarradas de las manos ante una casa amarilla con lo que parecía un perrito marrón a sus pies.
Con una punzada en el pecho, dejó caer el cuaderno sobre el regazo. Algo le decía que los padres de Ana no habían llegado a ver el dibujo.
Khalani jugueteó con el papel, trazando con la yema de los dedos la silueta que representaba a la niña, cuyos sueños habían llegado hasta ella gracias a ese diario.
Guardó el dibujo y el diario en la mochila con cuidado. También cogió el lápiz que había en el suelo.
—¿Qué estás haciendo?
Khalani se volvió de repente y vio a Brock junto a las taquillas, con las manos enguantadas apoyadas en las caderas, unas botas militares y una capa de color marrón oscuro que realzaba su cuerpo musculoso.
—Solo estaba curioseando.
Se sonrojó y se apresuró a cerrar la mochila.
—¿Y has encontrado algo interesante?
—No —replicó ella de inmediato. Fue a ponerse en pie, pero vaciló ante su mirada inquisitiva—. Bueno, la verdad es que sí. Es solo un viejo diario. Y, antes de que empieces con eso de que tenemos que viajar ligeros, que sepas que ya lo sé. Pensarás que es una tontería, pero no quiero dejarlo aquí.
Brock la observó inexpresivo durante unos instantes, sin revelar lo que pensaba. A continuación, con un gesto brusco, pasó junto a ella y se plantó con dos zancadas ante las ventanas tapiadas.
—¿Ya te has acostumbrado? —preguntó, mirando al exterior a través de ellas.
—¿A qué?
—A toda la destrucción.
Khalani se acercó a él y lo imitó.
La peligrosa tormenta de arena parecía haberse esfumado sin dejar rastro. Restos de vehículos destrozados salpicaban la calzada, pero no se veía ni un alma, excepto las siete que se escondían en el edificio en ruinas.
Reflexionó sobre la pregunta que acababa de hacerle el incursor, imaginando cómo debía de haber sido el mundo de Ana Blackwood, antes del Gran Colapso.
Despertarse y ver hermosos paisajes, calles concurridas y bulliciosas y árboles verdes alineándose en cada esquina.
Montones de jóvenes familias riendo bajo el sol, completamente ajenas al hecho de que todo aquello desaparecería para siempre.
—Creo que una se acostumbra a todo —afirmó en voz baja.
La mirada atenta de Brock se volvió hacia ella.
—Es triste, ¿verdad? El mundo no es bueno en ningún lugar, ni arriba ni abajo.
—Yo no diría eso —objetó frunciendo el ceño—. Lo que nosotros tenemos no está nada mal.
—Solo somos unos pocos convictos que se han dado a la fuga. No tiene mucho valor.
—Tiene todo el valor del mundo —afirmó con vehemencia, mirando hacia el lugar donde dormían el resto de sus compañeros.
Winnie y Serene estaban acurrucadas la una junto a la otra. Derek y Adan roncaban a su lado. Takeshi seguía en el rincón más alejado, de cara a todos, vigilándolos, incluso en sueños.
—Quizá nada ha cambiado porque nadie ha dado el primer paso.
La cruda afirmación se le escapó de los labios en un susurro. Sin embargo, en su interior, sintió la fuerza de la promesa que encerraba.
Brock ladeó la cabeza y la miró extrañado, como si fuera la primera vez que la veía.
—¿En serio crees eso? ¿En serio aún tienes la esperanza de que esto mejore algún día? —preguntó, gesticulando hacia el destartalado edificio con expresión incrédula.
Ahí estaba de nuevo esa palabra: «Esperanza».
La esperanza era un sorbo de agua en el desierto. Embriagadora. Necesaria.
Siempre volvías a por más. Pero incluso las cosas más buenas podían convertirse en tóxicas.
A menudo, consideraba que la esperanza era el enemigo, pero, en Braderhelm, Winnie le había mostrado la importancia de luchar por algo más que por ella misma; la había ayudado a comprender que una persona que encendía una vela en una habitación oscura podía marcar la diferencia.
—No sé si las cosas cambiarán. —Se volvió hacia Brock—. Pero, si alguien cuenta mi historia en el futuro, quiero que pueda decir que hice todo lo que estaba en mis manos para mejorar la situación.
El incursor rio entre dientes.
—Que me aspen. Encima eres visionista .
—¿Que soy qué?
—Una visionaria realista. —Brock apoyó el hombro en el marco de la ventana—. Sabes que no tenemos las de ganar. Es muy probable que todos muramos aquí arriba. Así que… ¿por qué seguir adelante?
—¿Porque no podemos olvidar nuestros sueños?
—Quizá. O porque eres demasiado terca como para dar la espalda a los que dejamos en Apolo —dijo con un brillo en los ojos.
La responsabilidad y la situación que habían evitado en la ciudad cayeron sobre Khalani.
De ellos, Brock era el que más tiempo había pasado en la superficie. La ciudad en la que ella había crecido era la misma que la había encadenado. Pero Apolo seguía siendo su hogar.
—¿Qué me estás diciendo, que nos olvidemos de Apolo y dejemos que sus ciudadanos mueran? —preguntó Khalani frunciendo el ceño.
—Yo nunca he dicho eso. Desde un punto de vista realista, quizá sería lo más conveniente, pero eso no significa que yo no sueñe también con salvarlos.
Dio un respingo ante la inesperada dulzura que percibió en la voz del incursor.
—Nunca habría dicho que eras un visionario soñador.
Brock esbozó una sonrisa maliciosa.
—No lo soy. Mejor visionista , ¿no crees?
Tengo mis propios objetivos y, en el fondo, deseo un mundo mejor.
Por eso me he unido a los rebeldes de Hermes.
—Brock hizo una pausa y desvió la mirada.
Parecía azotado por un torrente de emociones, lo cual, comparado con la indiferencia a la que los tenía acostumbrados, le confería una imagen totalmente distinta—.
Pero no me sacrificaré por una causa perdida, eso seguro —continuó—.
Soy de los que abandonan el barco antes de que se hunda.
Es importante reconocer cuándo estás ante un caso perdido.
En especial con las personas. —Brock la miró con expresión grave—. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?
Clavó los ojos en ella y Khalani tuvo que esforzarse para no apartar la mirada. El único caso perdido que conocía era ella misma.
—Os habéis despertado pronto.
La voz de Takeshi sonó a sus espaldas, muy grave y con cierta aspereza matinal.
Khalani sintió que dejaba de respirar. Incluso con el pelo negro un tanto revuelto por culpa del sueño, Takeshi tenía el aspecto de haber salido de una de esas revistas que habían encontrado en la antigua gasolinera.
—Nos hemos quedado despiertos toda la noche, ¿verdad, Khalani? —dijo Brock, sonriendo maliciosamente y con un tono sugerente imposible de pasar por alto.
Khalani lo fulminó con la mirada, pero no refutó sus palabras de inmediato porque su lado sádico deseaba ver qué ocurría.
Takeshi los observó en silencio, y un destello de violencia desatada asomó a sus ojos negros como la noche.
Khalani contuvo el aliento, preguntándose si quizá iban a terminar la pelea que habían empezado el día anterior, pero Takeshi simplemente se enderezó, con su habitual actitud estoica y serena.
—Qué curioso. No me ha parecido oír ningún grito.
—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó ella.
—Si supieras lo que hacen los incursores, sabrías que te habría dejado con las cuerdas vocales destrozadas. —Clavó sus oscuros ojos en los de ella—. Así que, o bien él miente, o bien ha sido el polvo más aburrido de tu vida.
Con eso, Takeshi les dio la espalda y se alejó. Y, de alguna manera, intuyó que el capitán había ganado una batalla invisible que ella ni siquiera sabía que estaba teniendo lugar.
Frunciendo el ceño, se pellizcó el puente de la nariz.
Era demasiado temprano para eso.
Brock resopló y siguió los pasos de Takeshi, no sin antes mirarla por encima del hombro.
—Como te he dicho, si fuera tú, no tardaría en aceptar que ciertas personas son un caso perdido.
Khalani apretó los puños, deseosa de estamparlos contra la pared más cercana. Una y otra vez. Brock no se equivocaba, y el hecho de comprenderlo solo hacía que quisiera dirigir esos golpes hacia sí misma.
Fue hacia el rincón más alejado de la estancia y hojeó de nuevo el diario de Ana.
Aunque no podía controlar el caos y el terror que depararían los amaneceres futuros, sí podía grabar en su memoria la historia de una niña que una vez estuvo viva.
Después de haberla leído cinco veces, buscó con dedos temblorosos una página en blanco del diario y tomó el lápiz gastado.
Estuviera donde estuviese, Khalani le suplicó a Ana que no se enfadara por el caos que iba a derramar sobre sus páginas.
El silencio anhela que lo escuchen.
Esas briznas de pérdida susurran al viento.
Grita tu historia y ensordece,
aunque nadie esté presente.
La oscuridad exige que la vean.
Espacios antes ocupados ahora son vacío.
Vidas idealizamos y juzgamos
colmando sueños por siempre dormidos.
La mente necesita tener voz,
con una cacofonía en la lengua.
Firme es el paso de los que a ella se abren,
el caos espera a los que la rehúyen.
El corazón suspira para que lo elijan.
Sentimientos olvidados se atreven a salir
y, si tu mano extendida me hace pedazos,
me corto la mía y me libro de ti.