5. Vivieron juntos y murieron del mismo modo. #2
Serene había regresado a buscarla y había estado a punto de morir.
Todos habían estado a punto de morir. Aunque quería gritarle y zarandearla, se limitó a inclinar la cabeza y posarla en el pliegue de su cuello, sintiendo que el enorme peso que notaba en el pecho se expandía y ocupaba todos los rincones de su frágil corazón.
Casi había olvidado lo que era sentir que a alguien le importara si vivía o moría.
—¿Estás bien, Khalani?
Adan se acuclilló junto a ellas y paseó una mirada preocupada por su rostro cubierto de arena.
—Sobreviviré —respondió ella con voz rasposa.
Aunque, si Serene seguía estrujándola, no lo tenía tan claro.
—No te permito que mueras sin mí —gruñó Serene, aún aferrándose a ella—. ¿Y muerte por arena? Habría sido patético.
—La próxima vez lo tendré en cuenta.
Después de un minuto, Serene por fin la soltó. Brock se alejó de un Takeshi iracundo y se acercó a ellos.
—La tormenta aún durará horas. Pasaremos la noche aquí.
—¿Estás seguro de que este edificio es seguro? —preguntó Derek.
—Completamente.
Como si hubiese estado esperando el momento propicio, una fuerte ráfaga de viento golpeó la ruinosa construcción, y las paredes, cuya estabilidad era cuestionable, temblaron. Del techo, un polvillo gris les cayó sobre la cabeza. Todos miraron a Brock con incredulidad, y él levantó las manos.
—Si preferís tentar a la suerte ahí fuera, adelante.
El viento respondió con un aullido y todos suspiraron, dando su brazo a torcer.
—¿Muerte por aplastamiento de un edificio es mejor? —bromeó Khalani con un hilo de voz mientras se recogía el cabello lleno de arena en una caótica coleta.
Los mechones enredados parecían un nido de pájaros.
Serene alzó la vista, pensativa.
—Sería a manos de un objeto inanimado, lo que también es una forma bastante miserable de morir. Pero conseguiríamos puntos extra de respeto si nuestros cuerpos quedaran irreconocibles.
—Tú no estás bien de la cabeza —soltó Brock.
—Me parece que es la primera vez que me haces un cumplido.
—No era un cumplido.
—Aún mejor.
Khalani se apresuró a devolverle el arma que el incursor le había dado antes de la pelea y los ignoró. Fue a ver a la anciana, que parecía exhausta: estaba sentada en el suelo, recostada contra una columna con las piernas estiradas.
—¿Estás bien, Winnie?
Khalani se inclinó hacia ella.
—Mejor que nunca, querida —respondió Winnie con una sonrisa amarga.
Se llevó el puño hacia los labios y tosió, una tos ronca, húmeda y más cargada que antes.
De repente, una enorme mano puso una cantimplora frente al rostro de la anciana.
—Bebe.
Khalani miró de reojo a Takeshi, que se cernía sobre ellas como un muro insalvable. Su cercanía la incomodaba; había arriesgado mucho para salvarla.
—No deberías desperdiciar el agua en Winnie, Kesh —lo reprendió la anciana con voz débil al tiempo que apartaba la cantimplora.
«¿Kesh?».
—No esperarás que me rinda tan fácilmente. Vamos, Win, bebe —ordenó Takeshi con firmeza, pero mirándola con ternura y obligándola a coger la cantimplora.
«¿Win?».
¿Por qué todo aquello le parecía una traición?
Winnie era su amiga. Su familia. Se suponía que la familia odiaba a quienes tú odiabas.
Khalani se mordió el labio inferior mientras Winnie obedecía y tomaba un sorbo de la cantimplora. En cuanto lo hubo hecho, Takeshi asintió con la cabeza y se dirigió a la mochila. Sacó la pistola y empezó a revisar la munición.
Khalani carraspeó y se puso en pie, observando de reojo su imponente figura. La tela negra se le ceñía al torso mientras manipulaba el arma como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
Sin pensarlo, fue hacia allí. Sin embargo, la palabra «gracias» se le atragantó cuando él se volvió para mirarla. La ternura que había mostrado con Winnie había desaparecido.
Takeshi la observó como si fuera una espina persistente clavada en su costado, como si no deseara otra cosa que arrancársela y quemarla.
—¿Puedo preguntarte algo? —logró decir Khalani finalmente.
Él arqueó una ceja y le hizo un gesto para que hablara.
—¿Por qué has vuelto a buscarme?
—¿Preferirías que no lo hubiera hecho?
Esa voz grave y profunda retumbó por todo su ser, empequeñeciéndola. Pero estaba exhausta y demasiado cansada como para no ser honesta.
—Preferiría no estar en deuda contigo.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que te lo reclame?
Takeshi guardó el arma en el bolsillo y se apoyó en la columna. Cruzó los brazos, y un mechón de cabello negro le cayó sobre la frente.
—Exacto. —Khalani alzó la cabeza—. Ya nos conocemos. Y siempre quieres tener el control.
—Te equivocas.
La miró de arriba abajo con sus ojos oscuros. Medio metro los separaba, pero el aire entre ellos estaba cargado de electricidad.
—¿Me harías el favor de aclararme en qué?
—No. No conciliarás el sueño si te lo digo.
—Lo dudo. No me asusto fácilmente.
Una mentira más que se llevaría a la tumba.
—Ah, ¿sí? —Se inclinó hacia delante, con un brillo ardiente y salvaje en la mirada—. Entonces, ¿por qué te sudan las manos y por qué cambias el peso de un pie a otro como si estuvieras a punto de salir corriendo por la misma puerta por la que te he entrado a rastras?
—Eso no es cierto. —Empezó a retorcerse las manos y, al advertirlo, las pegó inmediatamente a los costados del cuerpo—. No he venido con intención de discutir.
—Entonces, ¿con qué intención has venido?
«Dilo, Khalani. Solo dilo y vete».
Pese al odio que se profesaban, Takeshi había arriesgado la vida por ella. Solo tenía que pronunciar una sencilla palabra y, después, podría volver a ignorarlo con toda la tranquilidad del mundo, como él había hecho durante la mayor parte del trayecto.
Tomó aliento.
—Con la intención de darte las gracias.
Takeshi dio un respingo, como si le hubiera asestado un puñetazo. Frunció el ceño, casi sin saber qué decir, pero recobró rápidamente la compostura y asintió con la cabeza.
—No hay de qué.
—Pero me sigues cayendo igual de mal —añadió Khalani, más bien para recordárselo a sí misma.
Él resopló y puso los ojos en blanco.
—El sentimiento es mutuo, Kanes.
Y, por extraño que pareciera, se sintió más liviana.
Takeshi también parecía estar más relajado. Las líneas en su frente se habían suavizado y los hombros no estaban tan tensos.
Como si ambos hubiesen hallado consuelo en el intercambio de comentarios despectivos.
Guardaron silencio unos segundos.
—Deberías descansar —le aconsejó Takeshi en voz baja a modo de despedida.
Aunque sus labios hubiesen dicho eso, sus ojos revelaban otra cosa, una atracción, como si deseara algo más.
Khalani vaciló un instante, clavada en el suelo. Sin embargo, al cabo de un momento, asintió y se obligó a girar sobre los talones y huir, haciendo caso a su cerebro por una vez.
Un viento furioso seguía azotando el edificio, y Khalani se acurrucó contra la pared junto a Serene y Winnie, con las mochilas como incómodas almohadas. Adan y Derek las flanqueaban, mientras Brock hacía guardia junto a la puerta.
Takeshi estaba en el rincón más alejado de la habitación, fundiéndose con las sombras. En su elemento.
Espalda contra espalda con Serene, Khalani no le quitaba ojo a Winnie. Había advertido que el apetito de la anciana había ido disminuyendo de forma constante.
Cada vez tenía los ojos más vidriosos y la voz más débil.
Winnie no iba a mejor. Más bien al contrario: no cabía duda de que estaba empeorando.
Se le encogió el corazón ante la idea y tuvo que controlar la respiración, que se le había acelerado de pronto.
Esa noche, Khalani no pegó ojo.
En cierto modo, algo en su interior, algo extraño, anhelaba salir a la tormenta y dejar que la arena le cubriera el cuerpo como un manto.
No porque deseara la muerte.
Sino porque echaba de menos encontrar paz en la soledad.