Us deadly few (Los oscuros 2) 5. Vivieron juntos y murieron del mismo modo.
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5. Vivieron juntos y murieron del mismo modo.

Vivieron juntos y murieron del mismo modo.

K halani hundía los pies en el suelo con todas sus fuerzas mientras sus desgastadas zapatillas negras levantaban una nube de polvo.

Corrieron por la arena como si la mismísima muerte les pisara los talones.

La tormenta iba tras ellos, cada vez más cerca.

Junto a ella, Winnie jadeaba y hacía muecas de dolor cada vez que se le movía el hombro herido. Sin embargo, no podían detenerse.

Si lo hacían, morirían.

Khalani volvió la vista atrás durante un instante y fue testigo de cómo la tormenta parecía engullirlo todo a su paso. Recorría kilómetros en cuestión de segundos.

—¡Rápido! ¡A ese edificio! —gritó la voz atronadora de Brock.

Señaló una estructura de varios pisos, al menos a medio kilómetro de distancia.

—Vamos, Winnie —la animó Khalani, tirando de ella con más fuerza.

Como una avalancha, la arena las fustigaba: les azotaba la ropa y se les metía en los ojos.

—Winnie no puede, Khalani —se lamentó la anciana avanzando con dificultad.

—Sí puedes.

Siguió rodeando la cintura de Winnie, y los antebrazos empezaron a arderle a causa del esfuerzo.

De repente, la anciana gritó y cayó al suelo con la boca abierta y una mano en el tobillo. Presa del pánico, Khalani la cogió de las axilas y trató de incorporarla con toda la energía que le quedaba.

—¡Vamos, Winnie, levántate!

La cortina de arena ocultó el sol y una neblina oscura se cernió sobre ellas. Khalani se atrevió a mirar atrás, y se le cayó el alma a los pies. La colosal tormenta estaba cada vez más cerca.

Con brazos temblorosos, se esforzó por poner a Winnie en pie, pero pesaba demasiado para ella y se le doblaron las piernas.

—Vete, Khalani —suplicó la anciana al ver que se quedaban rezagadas—. Winnie ya no puede correr.

—Ni lo sueñes. No pienso abandonarte —le susurró con fiereza al oído.

Si hacía falta, la llevaría a rastras por todo el desierto.

Al ver que la anciana respiraba entrecortadamente, Khalani gritó y tiró de ella con todas sus fuerzas.

La tormenta arremetía con mayor intensidad. Las ásperas partículas de arena le arañaron el rostro y se vio obligada a cerrar los ojos, pero siguió arrastrando el cuerpo de Winnie y avanzando agónicamente, un centímetro tras otro.

—¡Khalani!

La voz de Serene atravesó los aullidos del viento. En cuanto la oyó, Khalani se giró hacia ella y, boquiabierta, vio que los demás abandonaban la carrera hacia el refugio y regresaban corriendo hacia ellas.

Takeshi fue el primero en llegar.

Cruzó el desierto a una velocidad que desafiaba cualquier lógica y las alcanzó en menos de un minuto. Sin decir una palabra, aupó en brazos a Winnie con una facilidad pasmosa y le dirigió a Khalani una mirada letal.

—¡La tengo, Kanes! ¡Corre!

En sus ojos, oscuros como pozos, bullía una clara y violenta determinación. Khalani vaciló apenas un instante, pero obedeció.

Por mucho resentimiento que se tuvieran, él era el fuerte allí.

Y la única posibilidad que Winnie tenía de sobrevivir.

—¡Vamos, Khalani! —la apremió Serene.

—¡Lárgate, encanto! —tronó Brock, acercándose a ella con el rostro desencajado por la furia.

Serene lo ignoró y tendió la mano hacia Khalani, que, pese a que le ardían los muslos y sentía una punzada de flato, siguió avanzando. Cuando la alcanzó, Brock tiró prácticamente de Serene.

Derek y Adan corrían varios metros por delante, pero resultaba difícil verlos con el torbellino de arena que los envolvía. Miró por encima del hombro izquierdo y comprobó que la monumental tormenta se les venía encima.

—No mires.

Takeshi apareció por el flanco derecho. Aunque cargaba con la anciana, era capaz de seguirle el ritmo.

Le dolía todo: la pesada mochila que le golpeaba la zona lumbar, las pantorrillas, que imploraban alivio…

Aquella espesa arena que casi parecía barro estaba a punto de engullirlos.

Sin embargo, en medio de la nube de polvo, se distinguía un edificio gris y destartalado cada vez más cerca.

Serene estuvo a punto de rendirse y desplomarse, pero Brock apoyó la mano en su mochila y la empujó hacia delante.

Adan y Derek fueron los primeros en llegar a la construcción.

Sostuvieron la puerta mientras les hacían señas con las manos.

—¡Rápido! —le pareció oír que gritaba Derek.

Trató de acelerar, pero el corazón parecía querer salírsele del pecho. Su frágil cuerpo apenas se mantenía firme con ese viento inclemente y la arena la azotaba desde todas las direcciones. Le golpeaba la piel. El cabello. Los ojos irritados.

Lo único que veía era un mar de nada y apenas distinguía sus propias manos. Khalani abrió la boca para gritar, pero la áspera arena se le introdujo en la garganta y le provocó una arcada.

Sintió que se le entumecía todo el cuerpo y trató de respirar, aunque fuera un ápice de oxígeno. Tanteando, avanzó a ciegas hacia el edificio.

¿O quizá estaba avanzando en dirección contraria?

Las partículas rugosas la golpearon como si fueran esquirlas de vidrio y cayó de rodillas, completamente desorientada.

«No. No. No».

Se suponía que no debía morir así.

Luchar. Tenía que seguir luchando.

Khalani apretó los dientes y avanzó a rastras, como una cucaracha negándose a morir.

La tormenta despiadada la embistió y los aullidos del viento le perforaron los oídos, como si la propia Tierra estuviera rechazándola.

Quizá el gobernador tenía razón.

Quizá no estaban destinados a regresar a la superficie.

Khalani cerró los ojos al sentir que la arena la envolvía, ahogándola con ese abrazo final.

De pronto, en medio de la avalancha, una mano fuerte le agarró el brazo, la levantó de un tirón y la arrastró en dirección contraria.

Pese a que avanzaba angustiosamente a trompicones, cuando bajaba el ritmo, aquella mano firme y constante tiraba de ella con más fuerza.

De repente, justo cuando estaba a punto de desplomarse, sintió que alguien más la sujetaba y que cruzaba el umbral.

Oyó un portazo a sus espaldas. Cayó de rodillas y apoyó las manos en el suelo blanco y embaldosado.

Jadeando, vomitó arena, comida y agua. Unos hilillos de saliva le bajaban por las comisuras de los labios y las lágrimas le nublaban la vista.

Notó que una mano más pequeña le frotaba la espalda y le daba unas palmadas reconfortantes.

—Aseguraos de que lo saque todo —ordenó Takeshi desde lejos.

—Ya me encargo yo —respondió Derek, apartándole el cabello castaño y enredado del rostro—. Tranquila, estoy aquí.

Khalani fue a decir algo, pero solo consiguió balbucear. Cuando al cabo de un rato pudo volver a respirar, entre arcadas, había vaciado por completo el contenido de su estómago en el suelo.

Mientras trataba de controlar la respiración entrecortada, contempló el desastre. Un ruido le llamó la atención y alzó la cabeza.

Brock había sacado de la mochila una barra solar que ahora bañaba el lugar de un suave resplandor amarillo.

Se encontraban en una sala en la que se distinguían unos pequeños pupitres de madera apilados contra la pared del fondo.

Una capa de polvo flotaba sobre el espacio vacío.

Khalani se estremeció cuando una fuerte ráfaga golpeó el edificio y los pupitres arenosos repiquetearon en una sinfonía repetitiva.

Serene tosía con fuerza, doblada y con las manos apoyadas en las rodillas, mientras Adan se ocupaba de ella. Brock permanecía en un rincón, mirándolos a todos de soslayo.

Takeshi se arrodilló junto a Winnie, que descansaba apoyada en una columna, y le vendó el tobillo con un trozo de tela. Frunció el ceño ante el gemido de dolor de la anciana, pero tensó el nudo con una determinación férrea grabada en la mandíbula.

Khalani se humedeció los labios resecos; sentía la garganta irritada y rasposa, y Derek le pasó una cantimplora, que puso en su pecho.

—Bebe.

Casi soltó un gemido cuando el frío líquido le rozó los labios y la lengua y se le deslizó por la garganta reseca. Tragó el agua y jadeó mientras se llevaba una mano temblorosa al torso. Con cada exhalación, podía oír los erráticos latidos del corazón bajo su palma.

—Por un momento, he creído que te habíamos perdido —dijo Derek, mirándola con preocupación.

Ella se recostó, aún temblando, y se peinó el pelo con los dedos.

—Por un momento, yo también lo he creído. Gracias por volver a por mí.

—No he sido yo el que te ha salvado.

Khalani siguió su mirada tensa, que se había posado en Takeshi, y se quedó atónita.

No daba crédito. Se necesitaba una fuerza inmensa para arrastrar a alguien a través de aquella tormenta de arena sin ayuda de nadie, pero llevar a una persona a cuestas y arrastrarla a ella con el otro brazo era toda una hazaña.

Takeshi le hablaba a Winnie en voz baja y con dulzura, justo lo opuesto a como miraba a Khalani.

Cada vez que Takeshi posaba sus ojos negros en ella, sentía que le ardía la piel, como si estuviera marcándola con un hierro al rojo vivo. Estaban cargados de indiferencia, frialdad o una emoción inexplicable que no lograba descifrar.

Le dio un vuelco el estómago al comprender que había sucedido lo que parecía imposible.

Takeshi la había salvado.

Había regresado a buscarla sin dudarlo, arriesgando su propia vida. ¿Por qué?

Quizá por despecho. Para hacerla sufrir un poco más en vida.

Esa explicación la tranquilizó.

Cuando terminó de vendar el tobillo de Winnie, Takeshi se puso en pie y se encaminó hacia Brock, engullendo la distancia que los separaba con pasos largos y decididos. Ambos hombres, aún con las marcas de la reciente pelea en mejillas y labios, intercambiaron unos susurros acalorados.

De pronto, una figura pequeña se abalanzó sobre Khalani.

—Ni se te ocurra estar tan cerca de morir otra vez —exclamó Serene.

Khalani la rodeó con los brazos y la estrechó contra sí, un tanto emocionada.