4. Las dudas significan que no crees en ti misma. #2
—Detente un momento. Mira a Winnie. —La anciana la observó con sus amables ojos de color marrón tierra—. Tus miedos no te definen. ¿Lo comprendes?
Una única lágrima resbaló por la mejilla de Khalani.
—Khalani… —Winnie le posó una mano fría en el rostro—.
Hasta los que más se emocionan llegan a sentirse vacíos en algún momento.
¿Quieres saber qué significa estar viva?
No es perfección. No es estar bien todo el tiempo.
Es tener miedo, sentir que no das la talla, tratar de ser mejor cada día.
Tus lágrimas reflejan lo magníficamente imperfecta que eres. ¿Qué podría ser más humano que eso?
Esas mismas lágrimas empaparon los dedos de Winnie. Como gotas de esperanza en un desierto vacío.
—Por favor, no me abandones nunca —susurró Khalani.
—Winnie está aquí. —La anciana posó la mano sobre el pecho de la muchacha—. Por siempre jamás.
Khalani le dio un sentido abrazo que la trasladó a la biblioteca de Braderhelm, donde las historias que la rodeaban le desbocaban el corazón. Sus preocupaciones se disiparon y sus angustiosos pensamientos se calmaron por primera vez en semanas.
De repente, como un cañonazo, unos brazos delgados se abalanzaron sobre ellas.
—Yo también quiero mimitos —dijo Serene con un hilillo de voz.
Khalani reprimió una carcajada al ver que Derek también se unía a ellas y las envolvía en un abrazo, estrujándolas a todas.
—No sé qué está pasando, pero he venido a ofrecer apoyo emocional.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Adan, deteniéndose y mirándolos como si hubieran perdido el juicio.
—No hagas preguntas y ven aquí —replicó Serene.
Khalani no quiso ni imaginar cómo debía de ser verlos desde fuera, abrazados como si fueran osos amorosos en medio de una carretera apocalíptica.
Aunque no le importaba.
Siempre había creído que los amigos eran aquellas personas con las que te sentías cómoda. Ahora sabía que eran aquellos que acallaban tus dudas.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Qué hacéis todos abrazados como si fuerais unos peluches? —exclamó Brock.
—Dice el que nunca ha tenido juguetes —replicó Serene.
—Este no es ni el momento ni el lugar. Dejad de manosearos y empezad a caminar.
—Vamos a tomarnos un pequeño descanso —anunció Winnie poniendo fin al abrazo y con una firmeza que sorprendió a Khalani.
La anciana le dio una palmadita en la mejilla y sonrió, asegurándole que todo saldría bien. Mejor que bien.
—Ni hablar. Seguiremos avanzando —gruñó Brock.
—No. Vamos a descansar —lo desafió Winnie.
Brock abrió la boca para replicar, pero una voz más fuerte resonó en medio del desierto.
—Ya las has oído, incursor. Necesitan un descanso —ordenó Takeshi.
Con un tic nervioso en el párpado, Brock fulminó al capitán. Finalmente, alzó las manos con resignación y se alejó refunfuñando algo sobre lo tercas que eran las mujeres.
Khalani soltó un profundo suspiro y sorbió por la nariz mientras dejaba la pesada mochila sobre la arena, junto a las de los demás. Estiró los brazos hacia atrás y cerró los ojos, deleitándose con la brisa que le acariciaba la piel.
Sentía una gran conexión con el viento. Como él, también deseaba estar en todas partes.
Invisible. Esencial.
Se le erizó la piel de los brazos y percibió que alguien la miraba. No necesitaba comprobar quién estaba estudiando las grietas de esa armadura que había construido con tanto esmero. Se restregó la nariz de inmediato, tratando de borrar cualquier señal de que había estado llorando.
—Deberías sentarte si no te encuentras bien.
Sin hacer ruido, Takeshi se había acercado y su enorme figura bloqueó el sol de la tarde, proyectando una sombra oscura sobre ella.
Khalani dio un paso atrás, manteniéndose a una distancia prudente.
—Estoy bien.
—Entonces, ¿por qué estás llorando?
—Me ha entrado arena en los ojos.
—Te encanta mentir, ¿eh?
Khalani resopló y le lanzó una mirada cargada de veneno.
Las tajantes palabras que Takeshi había pronunciado unos días atrás regresaron para atormentarla y avergonzarla, avivando el fuego de su humor ya volátil.
—¿No tienes nada mejor que hacer que acosarme?
Él miró a su alrededor, hacia la carretera desierta.
—Pues… no.
—¿Ves esa colina de allá? Me parece que hace tiempo que nadie la fulmina con la mirada.
—Sigues enfadada —señaló él, ladeando la cabeza.
—Vaya, qué observador.
—Si no vas a descansar, ¿por qué no haces algo para calmar la rabia que sientes?
—Si ese algo va a hacer que desaparezca, soy toda oídos.
Imitando su postura, Khalani se cuadró y cruzó los brazos sobre el pecho con actitud desafiante.
—Pelea conmigo y no volveré a dirigirte la palabra en todo el camino hasta Hermes.
Su voz grave viajó con el viento, y unos escalofríos le recorrieron la columna.
Khalani tragó saliva e intuyó que se estaba adentrando poco a poco en una trampa que le habían tendido cuidadosamente.
—¿Y por qué iba a hacer eso? La última vez que hablamos dijiste que todo había terminado entre nosotros.
—Eso fue antes de que me golpearas.
—¡Te lo merecías!
—Y fue un mal golpe —añadió Takeshi, ignorando su comentario—. Iba con intención, pero la técnica era mediocre, por decir algo. Tengo la sensación de que has olvidado todo lo que te enseñé.
Khalani apretó los dientes.
—Sé lo que te propones.
—Ah, ¿sí? —dijo con actitud retadora.
—Me estás provocando para que pelee porque, por alguna razón enfermiza, disfrutas viéndome sufrir. Pues, para que lo sepas, esta vez no te saldrás con la tuya.
Khalani se acercó y alzó la barbilla, encarándose a él a escasos centímetros.
Takeshi bajó la mirada y analizó cada leve cambio en su expresión.
Y un destello de decepción brilló en sus ojos.
—Qué curioso. Jamás habría dicho que eras de las que retroceden ante un desafío.
Takeshi dio media vuelta y la dejó allí, como si no tuviera la menor trascendencia.
Khalani sintió que un fuego le empezaba a arder en la planta de los pies y que las llamas le subían serpenteando hasta los tobillos, le abrasaban las piernas, le calentaban las entrañas y se inyectaban directamente en su corazón.
—Ahora que lo mencionas… —Lo siguió y Takeshi se detuvo, mirándola por encima del hombro—. Darte otro puñetazo me parece una idea magnífica.
Lo vio curvar una de las comisuras de los labios y captó en sus ojos una emoción indescifrable, pero Takeshi contrajo enseguida el rostro y retomó la marcha. Khalani lo siguió sin decir palabra.
Khalani se sorprendió al ver que se detenía a solo unos pasos de los demás.
Winnie, Serene, Derek y Adan estaban sentados en una zona de arena suave junto a la autopista desierta. Brock se había encaramado al capó de un coche negro cercano y revisaba la munición de la pistola con una pierna doblada y la otra estirada.
—¿Lista, Kanes? Pareces distraída —preguntó Takeshi.
—¿Aquí? ¿Delante de todos?
Se le aceleró el pulso al sentir que todos los miraban.