Us deadly few (Los oscuros 2) 4. Las dudas significan que no crees en ti misma.
10%

4. Las dudas significan que no crees en ti misma.

Las dudas significan que no crees en ti misma.

K halani se humedeció los labios agrietados por el sol. Hacía horas que se le había terminado la poca agua caliente que le quedaba, de modo que la cantimplora estaba igual de árida que el desierto por el que caminaban.

Unos espejismos de charcos de agua salpicaban el cemento, martirizándola mientras arrastraba los pies de manera mecánica y cada vez con menos ganas.

Brock avivó el paso, alegando que un poco más adelante había un pozo de agua, y les pidió que aceleraran la marcha.

Khalani hizo todo lo posible por seguirle el ritmo, aunque lo que más le apetecía era tumbarse en medio de la calzada. A fin de cuentas, ¿quién iba a protestar?

—Vamos, Khalani —la apremió Derek, sujetándola de la espalda con una mano—. Ya casi estamos.

Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. Nadie hablaba. El entusiasmo había desaparecido.

Solo se oía su respiración y el sonido de las pesadas botas arrastrándose por el suelo.

Miró hacia la derecha. Takeshi tenía agarrada a Winnie de la cintura y cargaba con la mayor parte de su peso. El rostro de la anciana mostraba una palidez poco natural y arrastraba los pies como si llevara una bola de hierro atada a los tobillos.

Khalani advirtió que ya ni siquiera sudaba, ni siquiera bajo aquel sol de justicia, y sintió un nudo en el estómago.

—Es ahí —dijo Brock rompiendo el opresivo silencio.

Khalani casi se dejó caer de rodillas cuando vio que señalaba al frente. Escrutó el horizonte en busca del anhelado pozo, su única esperanza de sobrevivir en la Zona Muerta.

Sin embargo, no vio nada, excepto la árida calzada, unos peñascos abruptos y desprovistos de vegetación y extensiones interminables de arena.

—Brock, ¿dónde está el pozo? —preguntó Khalani con la garganta seca y la voz áspera.

Ignorando la pregunta, Brock se encaminó hacia un delgado tallo verde que despuntaba en la arena. Se arrodilló y examinó el suelo meticulosamente entre maldiciones.

—Si estás planeando que comamos arena, te aseguro que no dudaré en matarte —soltó Serene, que resollaba con las manos apoyadas en las rodillas.

—Cierra el pico —gruñó Brock, poniéndose a cavar frenéticamente.

Khalani se tambaleó y notó que se le cerraban los párpados.

—¡Aquí está! —gritó Brock de repente.

Enterrada en la arena, apareció una escotilla de color beis con un austero teclado numérico. Sin dilación, Brock introdujo un código de diez dígitos.

La escotilla se levantó con un agradable sonido y reveló un agujero en el suelo y una larga cuerda que desaparecía en sus lúgubres profundidades.

Aún tambaleándose, Khalani se acercó mientras Brock, con los labios apretados, comenzaba a tirar de la cuerda valiéndose de sus musculosos antebrazos.

Le temblaban las piernas y ya no aguantaría mucho más, pero, en ese preciso momento, Brock levantó un cubo grande lleno de agua y todos se abalanzaron hacia él, con la sed clavándoles las garras como si fuera una bestia hambrienta.

—Bebed poco a poco —ordenó Brock al tiempo que llenaba las cantimploras.

Volvió a bajar y subir el cubo un par de veces más.

El líquido estaba tibio, pero a Khalani no le importó.

Aquella agua podría haber estado contaminada o llena de insectos y, aun así, se la habría bebido sin pestañear.

Era lo mejor que había probado en la vida, y cuando, entre sorbos, se asomó al profundo agujero, sintió la peligrosa tentación de lanzarse al interior para que el agua se llevara todos sus problemas.

—¿Quién lo construyó? ¿De dónde viene el agua? —preguntó Adan, mojándose el rostro con el preciado líquido.

—Cuando levantaron Apolo y Hermes, construyeron estos pozos por toda la Zona Muerta para las misiones de intercambio de suministros. Existen unos siete en total. Son muy profundos y conectan con un gran río cerca de Hermes. Colodaro o Colorda… No recuerdo el nombre.

Brock se encogió de hombros y le dio un trago enorme a la cantimplora.

—¿Y no temían que el agua estuviera contaminada? —preguntó Derek frunciendo el ceño y mirando su taza con recelo.

—Claro que lo temían. —Brock se limpió los labios—. Por eso incluyeron un filtro especial para purificar el agua en los trajes antirradiación de los incursores.

Khalani notó un leve cambio en el ambiente.

Ninguno de ellos llevaba un traje antirradiación.

Si el agua estaba contaminada, acababan de beberse su sentencia de muerte.

Pero Brock forzó una sonrisa y, con aire desafiante, tomó otro trago.

—Pero, como seguimos vivos y sin síntomas de envenenamiento por radiación, yo correré el riesgo.

Nadie discutió su razonamiento.

Khalani no apartó los labios de la cantimplora hasta que le entró una arcada por beber demasiado rápido. Se sentó en la arena y notó que el pulso recuperaba su ritmo normal, que se le relajaban los músculos y que la energía regresaba poco a poco a sus extremidades.

Alzó el brazo y se lo puso ante los ojos. Al cabo de un momento, lo apartó y se atrevió a mirar directamente al sol…, pero los rayos la cegaron.

Siguió intentándolo una y otra vez, pese a la molestia.

Había pasado toda la vida sin ver el sol y tenerlo ahora flotando justo encima de la cabeza y no poder mirarlo directamente le resultaba exasperante.

Solo se rindió cuando vio unas manchas blancas y temió quedarse ciega.

—Bueno… Ya tenemos suficiente agua y todos habéis descansado. En marcha —dijo Brock media hora después.

A Khalani le temblaba el brazo sudoroso al sostener la frágil espalda de Winnie. Recorrieron un kilómetro tras otro rodeados de vestigios de coches rotos, edificios derrumbados y señales arrancadas.

Khalani trataba de imaginar cómo debía de haber sido esa carretera apocalíptica antes del Gran Colapso.

Winnie le había contado historias de edificios de hierro que se alzaban hasta las nubes. De gente que se movía sin cesar para no perderse nada porque había cambios constantes, casi a cada momento, y, si te detenías un instante para tomar aliento, el mundo te dejaba atrás y te olvidaba.

Un día tenías una vida prometedora en las manos y, al siguiente, todo se desvanecía, como si fuera arena que se escurría entre los dedos.

¿Y si en su viaje encontraban el mismo final que sus ancestros?

—¿Estás bien, querida? —le preguntó Winnie mirándola con dulzura.

—Sí —respondió con aire ausente, mientras observaba el rastro de huellas que dejaba Brock al pasar.

—¿Estás segura?

—Sí, estoy bien.

La anciana ladeó la cabeza y frunció el ceño ante el tono brusco con el que había respondido Khalani.

—Ya sabes que a Winnie puedes decirle la verdad, ¿no?

Khalani suspiró, arrepentida de haberle hablado mal a la persona que más quería en el mundo.

—Lo siento, Winnie. Solo estoy preocupada. ¿Y si llegamos a Hermes y el hombre del walkie no aparece? ¿O nos quedamos atrapados para siempre en la superficie? ¿Y si cometimos un error al marcharnos?

Pronunció las palabras de forma atropellada y el pulso se le aceleró ante las terribles opciones que evocaba su mente.

Nadie les había garantizado que su misión tendría éxito. De hecho, la derrota se volvía más probable a medida que pasaban los días. Sin embargo, esta vez no era solo su vida la que estaba en juego. Había logrado convencer a seis personas para que se fugaran de Apolo con ella.

Si algo salía mal y morían, sería la única responsable.

—No cometimos ningún error. Gracias a ti, hemos descubierto la verdad sobre la superficie. ¿A que es preciosa?

Winnie miró a su alrededor con los ojos abiertos de par en par, como si un caleidoscopio de colores intensos y vibrantes se desplegara por el desierto arenoso.

Khalani alzó la vista. El polvo flotaba en el aire de esa tierra baldía y, a lo lejos, se veían varios edificios abandonados en ruinas.

—No es exactamente la palabra que emplearía —respondió con cautela.

—¿No oyes la hierba?

—¿Qué hierba, Winnie?

Winnie levantó un dedo tembloroso y señaló hacia delante.

—Justo ahí, Khalani. ¿No oyes las suaves briznas de hierba que se mecen con el viento? ¿No ves los robles y los pinos a nuestro alrededor?

Perpleja, Khalani examinó los montones de escombros que los rodeaban.

—Yo no veo nada, Winnie.

—Inténtalo, Khalani. Obsérvalo todo con la imaginación, al igual que solíamos hacer en Braderhelm. ¿Lo recuerdas? Imagínalo.

Khalani entreabrió los labios. En prisión, se quedaba mirando el techo de la celda por las noches, recordando lo que los viejos libros de Winnie decían sobre la superficie.

Imaginaba plantas que crecían entre las piedras, el sol y la luna que se asomaban por las grietas, las olas del océano que rompían contra las rocas.

Nunca había sido testigo de esas fuerzas de la naturaleza, pero su mente conseguía evocar esas imágenes, como si los recuerdos de los que la habían precedido le corrieran por las venas.

Sin embargo, en el preciso instante en que había descubierto que el gobernador no era más que una máquina, las imágenes se habían desvanecido.

Como si la verdad hubiera arrasado con todo y solo la hubiese dejado con un odio implacable, un odio que le bullía en la sangre y que la carcomía con unas preguntas demasiado peligrosas.

¿Acaso el gobernador le había hablado tan a menudo en Apolo porque la consideraba un reflejo de sí mismo?

¿Tan parecida a él era, tan… inhumana?

—Ya no puedo ver nada, Winnie. Lo he intentado cada noche, pero no hay más que oscuridad —dijo, a punto de romper a llorar—. ¿Qué me pasa?

—No te pasa nada.

Khalani negó con la cabeza, con un nudo en la garganta.

—En Apolo, el gobernador siempre quería tenerme cerca. Me miraba como si reconociera algo en mí. —Hizo una pausa, y esa idea que intentaba apartar de su mente a cualquier precio irrumpió con toda su fuerza—. ¿Y si soy igual que él?

Winnie se detuvo en seco, y Khalani siguió hablando, pues temía que le faltara el coraje para hacerlo.

—Todas las noches me corto la palma de la mano. Sale sangre, una sangre igual de roja que la de todos. Pero no siento nada. No hay dolor. Solo un curioso desapego. Como si estuviera presente físicamente, pero no de verdad —confesó con los ojos llenos de lágrimas.