3. La valía de una mujer no reside en su belleza, sino en su resiliencia.
La valía de una mujer no reside en su belleza, sino en su resiliencia.
E l calor del sol abrasador era implacable.
A medida que pasaban las horas, el sudor perlaba el cuello de Khalani y le resbalaba hasta las pantorrillas doloridas. Miró a Winnie con el corazón encogido por la preocupación.
La pálida piel de la anciana estaba empezando a tener mal color, y su paso se había ralentizado. Derek le había cambiado otra vez el vendaje y se habían turnado para ayudarla a caminar.
—¿Qué es eso?
Serene señaló al frente, hacia un edificio gris junto a la calzada con un enorme letrero en el que se leía: 8,12 $/litro.
Khalani se fijó en los tablones de madera que cubrían las ventanas. Tenían un mensaje escrito con espray: «No hay gasolina». Las letras mayúsculas rojas apenas eran comprensibles, como si alguien las hubiera garabateado ebrio y a toda prisa.
Unos extraños pilares negros yacían en el suelo ante el edificio. Y lo más extraño: había un diminuto coche aplastado y deformado como si fuera origami, con uno de los pilares empotrado en el parabrisas delantero.
De la fachada del edificio colgaba un cartel rojo que decía: «Estación de vicio».
—¿Estación de vicio? —preguntó Adan alargando las palabras.
—De servicio —lo corrigió Brock mientras avanzaba con andares felinos apartando los escombros a patadas—.
Me he detenido en este lugar en mis viajes anteriores por la Zona Muerta.
La estructura es bastante sólida. Descansaremos aquí diez minutos.
Pero solo diez —recalcó, lanzando una mirada de fastidio hacia Serene.
—Vale, vale.
Serene hizo un gesto de desdén con la mano y entró por la puerta, pisoteando esquirlas de vidrio que crujieron bajo sus botas. Khalani tragó saliva y la siguió.
El interior era un campo de batalla.
Habían derribado las estanterías. Todo estaba lleno de cristales. Los rayos de sol que se filtraban a través de un agujero de proporciones descomunales en el techo iluminaban las motas de polvo que flotaban en el aire.
En el fondo, ni siquiera quería saber qué había ocurrido allí.
—No queda nada —apuntó Derek, con un tono en el que se combinaban el asombro y el desconsuelo, al pisar el lúgubre espacio.
Khalani dio un respingo al ver que una solitaria cucaracha trepaba por la pared del fondo y desaparecía debajo de una caja de cartón vacía.
—Es así por todas partes —declaró Brock en voz baja—. Saquearon casi todas las tiendas de la carretera. Aunque olvidaron algunas cosas.
Esbozando media sonrisa y completamente relajado, más de lo que Khalani lo había visto nunca, se dirigió hacia el rincón del fondo.
Extrañada, lo vio empujar unos estantes polvorientos en el suelo, revelando una pila de revistas con unas portadas de lo más coloridas.
—¿Qué es eso?
Con expresión depravada, Brock empezó a hojear los ejemplares.
Una hermosa rubia de pechos exuberantes ocupaba la portada, ataviada tan solo con unas botas marrones, un extraño sombrero de ala y unas braguitas blancas.
Les devolvía la mirada con una sonrisa seductora y exhibía los pechos y los pezones.
Khalani se ruborizó, boquiabierta. Brock continuó hojeando las imágenes lascivas, que se volvían más descaradas a medida que pasaba páginas.
Adan se apresuró a acercarse a él con un brillo en los ojos.
—¿Es lo que creo que es?
Brock sonrió.
—Por lo que sé, solían venderlas en todas las tiendas del Gran Colapso.
Cuando en la siguiente página apareció una imagen de dos mujeres con unos extraños trajes tirándose barro, el rostro de Adan se transformó en la viva imagen del asombro.
—Pues yo creo que no hay para tanto —espetó Serene, acercándose y arrebatándole la revista a Brock de las manos—. Esas tetas ni siquiera son reales. Parecen globos.
—¿Estás celosa? —preguntó Brock con socarronería.
—¿Por qué iba a estar celosa de unas tías buenas tontorronas del pasado?
—Haz el favor de comportarte, Serene —le reprochó Winnie al tiempo que Derek la ayudaba a sentarse sobre el suelo embaldosado—. Las mujeres se apoyan, no se critican.
—Winnie, por favor, ¡ni siquiera están vivas! —Serene suspiró.
—Aun así, deberíamos respetarlas.
—Totalmente de acuerdo —dijo Adan sonriendo.
Serene miró de reojo a su hermano, le dio una colleja y le devolvió la revista a Brock, empujándosela contra el pecho.
Khalani seguía mirando las imágenes.
Por lo general, no solía pensar en su aspecto ni en su cuerpo. Nunca había tenido motivo para hacerlo. En Apolo, el estatus dependía de la riqueza, y ella siempre había estado en lo más bajo de la jerarquía. Sin embargo, al observar las fotos, no pudo evitar compararse.
Tenía un trasero firme y estaba tonificada por la falta de calorías y las despiadadas sesiones de entrenamiento con Takeshi en Braderhelm.
Pero su pecho, comparado con el de aquellas chicas, era casi inexistente, y, a juzgar por sus sonrisas y miradas seductoras, desprendían una energía que atraía a la gente como un día soleado.
Khalani era oscura y deprimente. Como una nube de lluvia.
Nunca había visto una nube de lluvia, pero, por lo que había leído en la biblioteca de Winnie, no traían alegría, sino más bien frío. Eran sombrías, se desahogaban llorando y lanzaban rayos y truenos cuando se enfadaban.
Una descripción que encajaba con ella a la perfección.
—¿Quieres echar un vistazo? —le propuso Brock ladeando la cabeza en un gesto de complicidad mientras le tendía la revista.
Khalani salió de su estupor y negó vehementemente con la cabeza.
El incursor soltó una carcajada y siguió pasando páginas.
—Pues habría dicho lo contrario por cómo te has sonrojado. No tienes por qué avergonzarte si te excita.
—Si la excita ¿el qué?
Khalani sintió que se le helaba la sangre y cerró los ojos, esperando, más bien suplicando, que ese tono grave hubiese sido producto de su imaginación y que el hombre que había pronunciado aquellas palabras no se encontrara en pie justo detrás de ella.
—Nada, es solo una lectura ligera —respondió Brock con picardía.
Para su consternación, vio que Brock lanzaba la revista a sus espaldas.
Cuando se atrevió a echar un vistazo por encima del hombro, se le cayó el alma a los pies al ver a Takeshi hojeándola, impávido.
Dejó transcurrir unos segundos, esperando una reacción similar a la de Adan, pero Takeshi parecía aburrido, como si estuviera revisando un informe sin importancia sobre la composición química de la piedra caliza.
—¿Ya has elegido tu favorita, Kanes?
Takeshi alzó los ojos hacia ella.
—¿Cómo que mi favorita?
—Tu imagen favorita.
«Tierra trágame».
—O tu posición favorita. Hay algunas muy buenas ahí dentro —canturreó Brock con una sonrisa sarcástica.
Takeshi clavó los ojos en el incursor.
La brutalidad que desprendía su mirada habría hecho que incluso el hombre más fuerte se amilanara. Takeshi, sin embargo, guardó silencio, claramente más interesado en oír su respuesta que en despellejar vivo a Brock.
Khalani alzó la mirada hacia el agujero del techo y calculó lo mucho que tardaría en desaparecer por allí.
—¿Y bien? —insistió Brock.
—No tengo ninguna favorita —se apresuró a responder ella.
—¿Estás segura? Pues en la página sesenta y nueve hay una muy interesante que puede que…
—Brock, si sigues hablando, te meteré un tiro en la entrepierna —lo interrumpió Khalani, mirándolo con fiereza y decidida a empuñar el arma y cumplir la amenaza.
Brock soltó una risita, pero Takeshi añadió:
—Venga, incursor, atrévete a preguntarlo otra vez. Me muero de ganas de ver cómo acaba esto.
En su voz se palpaba una oscuridad inquietante. Brock guardó silencio, y todos se pusieron tensos ante la posibilidad de una pelea…
Sin embargo, el incursor optó por encogerse de hombros.
—Vaya, Steele, pensaba que tú serías el más interesado en escuchar la respuesta. Aunque supongo que será más divertido ver cómo fracasas. Y no voy a dejar que me prive de mi mayor activo.
—¡Ja! Ya te gustaría —replicó Serene.
Brock sonrió con suficiencia, pero pasó por alto el comentario y se encaminó con aire despreocupado hacia el rincón contrario.
Khalani sintió que sus rígidos músculos se relajaban un poco, aunque la tensión, con Takeshi a tan solo unos centímetros, no había desaparecido. Su cuerpo irradiaba tal calidez que era como estar junto a un fuego cuidadosamente vigilado que te atraía antes de reducirte a cenizas.
—¿Y tú, tienes una favorita? —le preguntó Adan a Takeshi.
Khalani alzó enseguida la mirada, revelando su impaciencia por oír la respuesta. Solo por cuestiones meramente académicas.
Takeshi resopló y le devolvió la revista a Adan.
—No son mi tipo —dijo con el tono más indiferente que podría adoptar un ser humano.
—¿En serio? —Adan se quedó boquiabierto—. ¿Eres gay o qué?
La pregunta hizo que Khalani se atragantara y tuviera que darse unos torpes golpes en el pecho.
—Bueno, tampoco es que sea asunto nuestro… —Adan levantó las manos de inmediato—. Nos da igual que te guste la carne o el pescado, ¿verdad, Derek?
—Por favor, cállate —intervino Derek desde el rincón.
Khalani no se atrevió a mirar a Takeshi. Temía que la respuesta se le reflejara en el rostro y la delatara.
—No, no lo soy —respondió tajante—. ¿Tienes alguna otra pregunta estúpida o podemos continuar?
—No… Es decir, sí… Podemos continuar —titubeó Adan sonrojándose.
De inmediato, Takeshi se puso en marcha, dejando al resto atrás, y alcanzó la salida con tan solo unas pocas zancadas.
—Buen trabajo, Adan —murmuró Serene.
Adan soltó una carcajada.
—¿Qué pasa? Solo intentaba entablar conversación. No esperaba que reaccionara como si fuera a apuñalarme.
—Me parece que no es en tu corazón en el que quiere calar hondo —dijo Brock, ajustándose las correas de la mochila.
Khalani suspiró exasperada, comprendiendo que, con ese comentario, se refería a ella.
Sin embargo, ignoraban que lo único que pretendía Takeshi era sacarla de quicio.
Todos se apresuraron a recoger sus cosas, y Adan metió la revista a escondidas en la mochila.
—¿Seguro que eso es esencial? —preguntó Khalani enarcando una ceja.
Adan sonrió con picardía y se inclinó hacia ella.
—Pues sí, a menos que tengas pensado desnudarte por el camino para que no tenga que recurrir al trasero de Brock en busca de inspiración.
—¿Qué estáis diciendo de mi trasero? —soltó Brock fulminándolos con la mirada.
—Nada —respondieron al unísono.