Us deadly few (Los oscuros 2) 2. Trata de arreglarlo todo y solo acabarás destrozándote a ti misma. #2
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2. Trata de arreglarlo todo y solo acabarás destrozándote a ti misma. #2

—Ya sabes que no tienes por qué mentir —dijo con voz grave, rompiendo el silencio.

Sorprendida, Khalani se volvió hacia él de golpe. A esas alturas, ya debería estar ignorándola de nuevo.

—¿Sobre qué?

—Sobre estar bien.

—En primer lugar, no he mentido. Y, en segundo lugar, te importa un bledo.

Takeshi guardó silencio durante unos instantes, considerando lo que Khalani acababa de decir mientras apretaba la mandíbula con fuerza.

—Voy a dejarlo pasar porque estás cansada. Pensar que no me importa no tiene ninguna lógica, ni siquiera viniendo de ti.

Khalani se detuvo en seco.

—Estás de broma, ¿verdad?

Takeshi también dejó de caminar y le lanzó una mirada de reproche.

—¿Desde cuándo bromeo?

—¡Pues debes de estar haciéndolo ahora! Eso o hemos entrado en una realidad alternativa donde las verdades y las mentiras son lo mismo.

—Suena como el mundo real.

Khalani rechinó los dientes.

—Oh, lo siento. Según tú, ¿preocuparte equivale al desinterés absoluto y a fingir que no me ves?

—Eres demasiado terca como para no verte, Kanes.

—Vaya, me siento de lo más halagada. Por favor, dime cómo te sientes de verdad, Takeshi.

—Mejor que no. Tienes por costumbre empezar a dar puñetazos sin ton ni son cuando te enfadas.

Khalani quería arrancarle a zarpazos ese rostro cincelado. No. Quería protestar y gritar hasta desgarrarse las cuerdas vocales por tener como compañero de viaje al hombre más exasperante y complicado del mundo.

—¿Sabes qué? Da igual —dijo encarándolo—. Es mejor que no hablemos porque siempre terminamos peleándonos. Así que lo nuestro… —Señaló a Takeshi y a sí misma—. Lo que sea que hayamos tenido… se acabó.

Khalani advirtió que al capitán le palpitaba un músculo del cuello y que tragaba saliva. Una virulenta tempestad se formó en sus ojos, como si todas las emociones hubieran despertado y pugnaran por salir.

Vaciló. Por un momento, deseó borrar el último minuto y empezar de nuevo, pero la máscara de la indiferencia cayó de nuevo sobre las facciones de Takeshi.

—Ya lo suponía. Lo que me sorprende es que hayas tardado tanto —dijo.

Durante un instante, todo se detuvo.

Como si la Tierra hubiese dejado de girar para presenciar cómo se derrumbaban.

Había demasiada serenidad en su comentario. Demasiada contundencia. Demasiada certeza.

Khalani había pronunciado aquellas palabras confiando en que no las aceptaría. Que lucharía por ella. Que demostraría que lo suyo valía la pena.

Solía pensar que, algún día, en algún futuro lejano, se mirarían a los ojos y acortarían la distancia que los separaba. Que los problemas del mundo no los abrumarían constantemente y que encontrarían un lugar en el que solo se centrarían en el presente.

Khalani se imaginaba persiguiendo ese sueño para siempre.

Porque estaba más dispuesta a perder la razón junto a él que a tener sentido común sola.

Sin embargo, Takeshi no retiró sus devastadoras palabras.

Apretó los puños ante el corazón roto de Khalani con tanta fuerza que se sorprendió de que la piel no se le desgarrara. Ella deseó poder arrancarse el corazón del pecho.

Si odias a alguien, significa que te importa.

Y ya no quería que le importara nada.

Quería ser como aquella piedra solitaria del camino. Resistente. Firme. Capaz.

Impasible.

Así que Khalani lo expresó todo de la única manera que sabía: apretó la mano y le lanzó un puñetazo en la cara.

La cabeza de Takeshi salió disparada hacia un lado. Ensanchó las fosas nasales y tomó una bocanada de aire. Se irguió y clavó los ojos en ella, sin parpadear, decidido, como si le hubiera permitido el golpe pese a que habría podido bloquearlo sin dificultad.

Algo que a Khalani tampoco le gustó.

Apretó la mano, lista para lanzar otro puñetazo.

—He dejado pasar el primero… —dijo Takeshi, y, bajando una octava la voz, añadió—: no sucederá lo mismo con el segundo.

Pero, por desgracia para él, Khalani ignoró su comentario. Llevó el brazo hacia atrás, lista para asestarle un nuevo golpe.

En un abrir y cerrar de ojos, se encontró tumbada bocarriba en el suelo. Al intentar incorporarse, Takeshi le sujetó ambas muñecas y le bloqueó los brazos al lado de la cabeza. Se sentó a horcajadas sobre ella y la inmovilizó por completo con su peso.

—Quítate de encima —soltó ella.

—Es por tu propio bien, Kanes.

Khalani le lanzó una mirada feroz de ojos desquiciados.

—Ya no tienes derecho a llamarme así. Ahora suéltame.

Arqueó las piernas, pero Takeshi se inclinó hacia delante.

—Si no dejas de forcejear, te harás daño. Y entonces me veré obligado a atarte las muñecas y llevarte a rastras.

—No serás capaz.

Como si fuera un depredador, clavó los ojos negros en ella.

—Desde el día en que te conocí, he pensado en un millón de formas de atarte. ¿Quieres ver cómo lo hago?

Khalani se tensó. La presión del cuerpo de Takeshi contra el suyo amplificaba la tensión entre ambos. Ardía en deseos de cortarle la garganta con un cuchillo y silenciarlo para siempre, de borrar el peso que tenían sus palabras.

Takeshi debió de intuir lo que pensaba porque le apretó aún más las muñecas.

Khalani carraspeó, preparándose para gritar o escupirle en la cara de pura rabia. Pero, conociéndolo, Takeshi acabaría por cumplir su amenaza y la amordazaría por pura diversión.

Era un cabrón sádico.

Dejó de moverse y cerró los ojos.

Inhaló.

Exhaló.

Inhaló.

Exhaló.

Aún con la mandíbula rígida, se concentró en respirar, pese a que apenas le quedaba paciencia.

—Si te lo pido con amabilidad, ¿te apartarás? —dijo entre dientes.

—Tal vez.

—Por favor, quítate de encima o… te dispararé mientras duermes —añadió por si acaso.

Abrió los ojos y vio que Takeshi la miraba fijamente y que ladeaba la cabeza como si buscara algo, algo distinto a esa profunda rabia y resentimiento. Sin embargo, acababa de destruir cualquier esperanza de amistad entre ambos.

Lo trataría como si fuera una de esas cucarachas que se arrastraban por la autopista.

Con un desprecio total.

Sin añadir palabra, Takeshi se levantó.

Khalani se puso en pie de inmediato y se sacudió la arena de la ropa con gestos bruscos, decidida a borrar también los vestigios de la chica débil e ingenua que había sido.

Miró a lo lejos y distinguió al resto del grupo, aún visible. Sin embargo, para alcanzarlos tendría que apresurarse, caminar como si una mullida cama la esperara en el horizonte.

Refunfuñando entre dientes, comenzó la larga y temida marcha. Por desgracia, Takeshi la siguió, negándose a transformarse en una piedra a la que pudiera dar un puntapié.

El silencio entre ellos era tan desagradable como el sonido de unas uñas arañando un cristal.

Para distraerse, Khalani se concentró en otra misión, una que Winnie consideraba incluso más importante que llegar a Hermes: el Proyecto Hélix.

Había leído ese nombre por primera vez en el diario de Timothy Talbot, el cual le había mostrado en secreto Winnie, descendiente directa de Timothy.

Por lo que decía el diario, Timothy había sido un científico brillante durante el Gran Colapso y mencionaba un proyecto oculto que podría salvarlos a todos.

Ni Khalani ni Winnie sabían qué significaba, pero Winnie estaba convencida de que el Proyecto Hélix era fundamental para proteger el futuro de la humanidad.

Sin embargo, al contemplar los montones de ruinas que la rodeaban, Khalani comprendió que, fuera lo que fuese el Proyecto Hélix, no había servido de nada.

El sol ya se ocultaba y Khalani, que empezaba a tener jaqueca, avanzó entre los coches desperdigados como si de un circuito de obstáculos se tratara.

—¿Sigues planeando dispararme en cuanto se haga de noche?

La voz profunda de Takeshi rompió el silencio y le hizo dar un respingo. No se había dado cuenta de que la seguía, a tan solo unos metros. Una ráfaga de viento le alborotó los mechones morenos.

—Me estoy planteando dejar que te pudras esperando —respondió, fulminándolo con la mirada.

—O puede que, en el fondo, sepas que no serías capaz de apretar el gatillo.

—Eso es absurdo. —Alzó la barbilla, permitiéndole ver la locura en sus ojos—. Yo que tú dormiría con un ojo abierto.

—De acuerdo. No te quitaré ojo mientras duermas.

Se encogió de hombros como si estuvieran hablando del tiempo y no de su inminente asesinato.

—Eso parece poco saludable —respondió ella con frialdad.

—Puede ser.

—Y suena a perturbado.

—Creo que son suficientes halagos por hoy.