2. Trata de arreglarlo todo y solo acabarás destrozándote a ti misma.
Trata de arreglarlo todo y solo acabarás destrozándote a ti misma.
–H um… ¿qué?
—Humphreys, pico Humphreys —corrigió Brock, plantándose ante la desgastada señal amarilla a un lado de la carretera—. Creo que es esa cosa de ahí.
Señaló con el dedo hacia el horizonte, donde un montículo imponente se alzaba sobre el paisaje agreste lleno de peñascos arenosos.
—Es enorme… ¿Por qué es tan grande? —preguntó Adan boquiabierto.
—Porque es una… montaña. Eso es, así lo definieron los viejos académicos del Gran Colapso. Winnie ha leído que en la superficie hay algunas el doble de altas que esta —apuntó la anciana, igual de boquiabierta que él.
Un murmullo de incredulidad se extendió por el grupo.
Khalani dio un paso adelante con el corazón acelerado ante la magnitud de la montaña que tenían ante sí.
De no ser porque estaba viéndolo con sus propios ojos, jamás habría creído que algo tan inmenso y sobrecogedor pudiera existir en la superficie.
—¿Y qué es esa cosa blanca arriba del todo? —preguntó Serene, apuntando a la cima con el dedo índice.
—Ni idea.
—¡Oh, Winnie cree que lo sabe! —Chasqueó los dedos—. Recuerda haber leído algo en un libro. Era algo que empezaba… ¿con una ene?
Winnie se masajeó la sien, murmurando entre dientes palabras al azar.
Brock puso los ojos en blanco.
—Sigamos —ordenó, y reanudó la marcha.
Khalani tomó otro sorbo de agua de la cantimplora y continuaron a regañadientes con paso constante.
De aquella magnífica civilización solo quedaban pequeños vestigios: señales que sugerían ciudades misteriosas, vehículos abandonados que sorteaban con cuidado…
Khalani se sintió bastante aliviada cuando no encontraron cadáveres en ninguno de los coches.
Solo de imaginarlo se le revolvían las entrañas.
—¿Qué os parece si jugamos a algo para pasar el rato? —sugirió Serene.
—No —gruñó Brock.
—Para que lo sepas, no hablaba contigo.
—¡A Winnie le encantan los juegos! —exclamó la anciana esbozando una sonrisa tan radiante que rivalizaba con el sol abrasador.
—¡Genial! —Serene dio una palmada—. Podríamos probar con el juego de los colores.
Derek soltó una risita, pero Serene lo fulminó con la mirada.
—Y, ejem…, ¿de qué va el juego? —disimuló.
—Es muy fácil. Yo digo el color de un objeto y vosotros adivináis qué es. Fácil, ¿no?
—Suena aburrido —intervino Adan.
Serene le dio un puntapié a una piedra y la lanzó hacia él.
—Si te parece tan aburrido, entonces lo resolverás enseguida. El primer color es el amarillo.
—Ese coche.
Adan señaló un vehículo de un amarillo desteñido un poco más adelante en la interminable carretera: le habían arrancado todas las puertas.
—No.
—¿Quieres que te diga algo de color amarillo? Los dientes de Derek.
—Gracias, gilipollas.
—No.
Serene juntó las manos a la espalda.
Adan gruñó y alzó la mirada.
—Entonces tiene que ser el sol.
—Debes de estar ciego perdido. El sol es naranja —soltó Brock desde la parte delantera.
—¿Tú no eras el que no quería jugar? —replicó Serene, mirándolo enojada.
—Si vais a jugar a un juego estúpido, al menos, hacedlo bien.
Brock se sacudió una mota de polvo del hombro, como si no se encontraran en medio de una tierra baldía y peligrosa.
—Menudo ca…
—Blanca —interrumpió Winnie—. La luz que viene del sol no es naranja ni amarilla, es blanca.
—Eso no tiene senti…
¡BANG!
Khalani alzó de golpe la cabeza al oír un disparo y abrió rápidamente la mochila en busca del arma. Se volvió y, justo cuando iba a gritar a los demás que se agacharan, reparó en que el grupo seguía avanzando como si no hubiesen oído la detonación.
Se quedó inmóvil y escudriñó el horizonte en busca de la causa mientras el sudor le resbalaba por la frente.
—¿Cómo va a ser blanco el sol? Una bola de fuego no es blanca —objetó Adan.
Una figura apareció ante ella, primero borrosa y titubeante; después, de carne y hueso.
El corazón le dio un vuelco y retumbó como si fuera un gong.
Era el gobernador, Alexander Huxley, y la miraba fijamente. Su rostro perfecto y su cabello rubio ceniza eran inconfundibles.
Con la respiración entrecortada, Khalani sintió que se quedaba clavada en la brillante arena. Las voces de los demás se desvanecieron hasta convertirse en un zumbido monótono y lejano.
En los labios del gobernador se dibujó una sonrisa espeluznante, y ella retrocedió al ver la sangre roja que le goteaba entre los dientes.
—Kanes.
En el pecho, justo donde le había disparado, el gobernador tenía un agujero que no dejaba de expandirse y del que borboteaba sangre. Alexander Huxley bajó la mirada hacia allí y, a continuación, volvió a clavarla en ella mientras se lamía despacio los dientes ensangrentados.
Khalani era incapaz de tragar. De respirar. Sentía como si una cuerda le atenazara el cuello.
—Eso no ha estado nada bien —susurró él.
Le temblaron las piernas al ver que el gobernador ladeaba la cabeza y la piel del cuello comenzaba a desprenderse como si fuera cinta adhesiva. Debajo se veía un amasijo de cables eléctricos que se movían y se desenrollaban.
Extendiéndose hacia ella.
—Kanes.
Alguien la agarró por los hombros y le dio la vuelta.
Khalani ahogó un grito y, por instinto, levantó los puños. Sin embargo, se encontró con la imponente figura de Takeshi cerniéndose sobre ella y frunciendo aún más el ceño al ver lo sorprendida que estaba.
—¿Qué ha ocurrido?
—Takeshi… Yo… Él…
Khalani miró hacia donde había estado el gobernador, pero su cuerpo destartalado había desaparecido. Todavía le temblaban las piernas y se llevó las manos a la cabeza con la sensación de que estaba perdiendo el juicio.
Khalani apenas se dio cuenta de que lo hacía con tanta intensidad que se estaba arañando el cuero cabelludo.
—Dime qué está pasando.
Takeshi escudriñó los alrededores en busca del origen de su horror.
—El gobernador… —dijo Khalani con un hilillo de voz—. Lo he visto.
Takeshi se puso tenso y la miró fijamente.
—Eso es imposible, Kanes.
—Pero ¡lo he visto! Estaba ahí. Quizá no esté muerto. Podría habernos seguido. Yo no… no… —titubeó, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
Takeshi entornó los ojos con recelo y la miró como si estuviese loca.
¿Había sido todo producto de su imaginación? ¿No estaría desvariando?
El vacío la rodeó, gritando y riendo. Sintió que su piel la constreñía. Como si llevara un disfraz de sí misma.
El calor del desierto la estaba abrasando, y el silencio ensordecedor arrancaba los últimos vestigios de cordura que le quedaban. Se acuclilló y se apretó la frente.
—¿Está bien? —oyó que preguntaba Serene, preocupada, a sus espaldas.
Una mano fuerte le rodeó la nuca.
—Pon la cabeza entre las piernas —ordenó la voz grave de Takeshi—. Eso es. Y ahora, respira.
Khalani trató de levantar la cabeza, pero él se la sujetó con firmeza, buscando las partes tensas en su cuello. Cuando empezó a masajearlas, Khalani se rindió y relajó la cabeza entre las piernas.
Observó los granos de arena casi babeando mientras Takeshi le presionaba los músculos con firmeza.
¿Quién iba a pensar que unas manos tan letales podrían arrancar tanta paz?
—¿Qué le pasa? —preguntó Brock con cierto tono de fastidio.
—Seguid adelante. Ya os alcanzaremos —ordenó Takeshi, concentrándose de nuevo en Khalani y presionándole la nuca deliciosamente.
—Hay que seguir avanzando, Steele. Si no la ayudas tú, yo cargaré con ella.
—No te metas —gruñó Takeshi—. No puedes hacer nada con ese cabestrillo. Si necesita que la lleven en brazos, ya lo haré yo.
—Creo que ya me siento mejor —susurró ella.
Sin embargo, tenía la mirada clavada en un guijarro deformado en la arena.
¿Cuánto tiempo debía de llevar allí esa piedra solitaria? ¿Era la primera persona que reparaba en ella, que le prestaba toda su atención? Quizá eso fuera lo único que todos anhelaban: que los vieran de verdad y no ser un mero objeto borroso en el decorado.
—Ya os alcanzaremos. Marchaos —ordenó Takeshi.
Sus palabras no admitían discusión.
Khalani oyó cómo los murmullos de los demás se iban perdiendo a medida que se alejaban.
Se quedaron solos.
Y se percató de que llevaban días sin estar tan cerca el uno del otro.
—Estás conteniendo la respiración —observó Takeshi.
—No es fácil respirar mientras haces eso.
Hizo una mueca de dolor cuando él le hundió aún más los dedos en la piel y deshizo el enorme nudo que se le había formado después de cargar con la mochila durante tantos kilómetros.
—Lo soportarás —afirmó Takeshi.
Khalani tragó saliva; sus palabras y sus movimientos constantes le alteraban el pulso, ya de por sí errático.
—Ya estoy bien.
—¿Seguro?
«No».
Le costaba respirar y le dolían las sienes, como si alguien estuviera estrujándole el cerebro, pero si continuaba allí sentada, con Takeshi masajeándole la nuca, quizá ya no volvería a ponerse en pie.
—Sí.
Takeshi apartó la mano y dio un paso atrás. Ella se incorporó y tomó aliento mientras una gota de sudor se le deslizaba desde la nariz hasta el suelo. Durante un instante, miró de reojo hacia el lugar donde había estado el gobernador.
Una completa nada se burló de ella. Lo único que le devolvió la mirada fueron kilómetros de arena y montañas lejanas.
Quizá el sol abrasador sí le estaba afectando el cerebro.
Justo el día anterior, Khalani había señalado un charco de agua que brillaba sobre el cemento. Humedeciéndose los labios resecos, había avanzado con determinación hacia allí, pero Brock la había sujetado bruscamente del hombro para impedírselo.
—No. Es un espejismo. No es real —había afirmado.
«No es real. No es real».
Sin embargo, aquella sonrisa ensangrentada era clara, vívida, como si el gobernador se encontrara justo frente a ella.
«No es real», se dijo una y otra vez. Si no dejaba de repetírselo, seguramente las visiones acabarían desapareciendo.
Tenía que ser así.
Decidida a dejar atrás sus pesadillas, se volvió hacia la carretera, se colocó la mochila sobre los hombros y se obligó a avanzar.
Takeshi se situó junto a ella. Aunque Khalani tenía la vista clavada al frente, percibía su energía explosiva, una especie de electricidad estática que la obligaba a acelerar el paso.