Us deadly few (Los oscuros 2) 1. Háblame de la vida, porque de la muerte ya lo sé todo. #2
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1. Háblame de la vida, porque de la muerte ya lo sé todo. #2

Khalani torció el gesto, pues sentía que el abismo entre ellos se hacía más y más grande con cada día que pasaba. Desde que Takeshi había matado al gobernador, la trataba como a una paria. Decir que se mostraba físicamente distante y emocionalmente inaccesible era quedarse corta.

Cuando trataba de entablar conversación, él le respondía con un monosílabo o la ignoraba sin miramientos. Cuando se ofrecía a acompañarlo en la guardia nocturna, se negaba de inmediato. Y, al llegar la noche, Takeshi se acostaba lo más lejos posible de ella.

Ese cambio repentino la desconcertaba.

Cuando todos se dormían, Khalani fantaseaba reviviendo las suaves caricias de Takeshi en prisión. Aún tenía pegada a la piel la ternura de la noche que habían compartido en su habitáculo y se negaba a olvidar la verdad que le había confesado.

Sin embargo, algo la atormentaba sin cesar: su silencio ante los rostros de desamparo y desesperación de los prisioneros de Braderhelm asesinados.

Tras ese aciago día, Khalani había juzgado conveniente enterrar sus sentimientos en el abismo más profundo de su alma y guardar las distancias con Takeshi Steele. Pero era como si el capitán lo hubiera intuido y le dijera: «¿Así que quieres espacio? Pues prepárate para sentirte como una apestada».

A veces, Khalani se preguntaba si había imaginado sus besos prohibidos en Braderhelm. Tal vez había fantaseado con que los labios de Takeshi le recorrían la piel, marcándola para siempre. O con la forma en que sus ojos de obsidiana la habían mirado tras los barrotes.

Pese a que le hacía el vacío, Khalani solía pillar a Takeshi mirándola por las noches. Y aunque su expresión glacial no revelaba nada, cuando Brock les decía que estuvieran alerta, había advertido que Takeshi se acercaba más a ella, escudriñando el horizonte en busca de amenazas.

Pero si eso era lo que deseaba, si el estoico capitán solo tenía planeado reconocer su existencia ante un peligro, Khalani iba a tratarlo con el mismo desdén.

Siguió caminando bajo el sol abrasador. Su mente era un hervidero, pero notaba la mirada de Takeshi clavada en su nuca, como si un cuchillo la acariciara.

—Pasaremos aquí la noche —anunció Brock justo cuando el peso de la mochila que llevaba a cuestas empezaba a resultarle insoportable.

Estaban en medio de la autopista, con el sol a punto de ponerse y rodeados de coches oxidados.

Tras un breve instante en silencio, una mochila voluminosa cayó a su lado.

—Gracias a Dios —exhaló Serene con un suspiro profundo—. Tengo la impresión de que voy a quedarme sin talones.

—Sabes que faltan otros diez días de caminata, ¿verdad? Eso si no nos retrasas aún más —dijo Brock con desgana, aflojando las correas de su mochila de hidratación.

Serene se volvió hacia Khalani.

—¿Puedo apuñalarlo?

—No. Igual hasta le gustaría —respondió ella, dejando caer la mochila junto a un oxidado vehículo verde de mayores dimensiones.

—Está en lo cierto. Pero no te preocupes, eres demasiado inocente para mis preliminares —respondió él.

—O te callas o seré yo el que le pida que te apuñale —la defendió Adan mientras estiraba los brazos y juntaba las escápulas—. ¿Quién va a hacer la primera guardia esta noche?

Nadie se sorprendió al ver que Takeshi daba un paso al frente y golpeaba la pistola contra la palma de la mano.

—Yo me encargo.

Al oír su timbre grave, Khalani sintió que un estremecimiento le recorría la columna. Takeshi pasó junto a ella, se dirigió hacia un gran vehículo negro unos pocos coches más adelante y, tras cruzarse de brazos, se recostó en el metal con la mirada perdida en el horizonte.

—Eso de ahí se llama camión —indicó Winnie, dejándose caer despacio en el cemento junto a ella con la ayuda de Derek.

—¿Cómo? —Khalani desvió rápidamente la mirada de Takeshi.

Winnie soltó una carcajada.

—El vehículo en el que está apoyado. Se llama camión. Winnie pensó que debería decírtelo al ver la atención que le prestas —se mofó, mirándola con complicidad.

Khalani sintió que se ruborizaba. Disimuló arrodillándose y haciendo estiramientos de piernas mientras trataba de rehuir esos molestos pensamientos que no dejaban de asaltarla.

—¿En serio va a encargarse otra noche de hacer la guardia?

Derek miró a Takeshi con cautela.

—Pregúntaselo. La última vez que se me ocurrió hacerlo, se limitó a fulminarme con la mirada —replicó Adan, encogiéndose de hombros y dando un mordisquito a una barra proteica.

Pese a que llevaban suficientes víveres, Brock había insistido en racionar las provisiones, en especial el agua, ya que solo había unos pocos pozos que los incursores utilizaban de camino a Hermes.

—¿Creéis que en algún momento se siente cansado? —inquirió Serene.

—Qué pregunta más estúpida. Todo el mundo se cansa —soltó Brock, haciendo girar su navaja entre los dedos y empuñándola de nuevo.

En el otro brazo, a causa de la herida infligida por el gobernador, llevaba un cabestrillo improvisado.

—Eso lo dirás por los humanos.

Un silencio incómodo se cernió sobre el grupo.

En la mente de Khalani se dibujó el rostro perfecto de Alexander Huxley, el gobernador. Su sonrisa taimada se transformó de pronto en una boca abierta de la que salía un grito silencioso al tiempo que la cabeza se desgajaba lentamente del torso.

Su cuerpo se estremecía de forma inquietante en el suelo y unos cables desgarrados le asomaban del cuello. Takeshi se cernía sobre él, con una mirada glacial y sedienta de venganza.

Pese al calor, Khalani experimentó un escalofrío y advirtió que los demás reaccionaban de manera similar. Rara vez mencionaban a Alexander Huxley, como si lo que habían vivido fuera imposible de aceptar.

El gobernador nunca había sido real. Era una máquina que gobernaba todos los aspectos de sus vidas.

Y, en la quietud de la noche, Khalani no dejaba de ver esos ojos azules y desalmados.

Esas esferas vacías que reflejaban una curiosa indiferencia.

Los ojos de Takeshi eran justo lo contrario.

Su mirada lo consumía todo. A veces, cuando lo observaba, sentía como si albergara todo un mundo, como si el cuerpo del capitán no pudiera contener las profundidades de su alma salvaje.

—Takeshi no es como el gobernador —manifestó Khalani.

—¿Cómo estás tan segura? —preguntó Serene, ladeando la cabeza.

«Encontraré flores para ti».

Recordó las palabras que le había susurrado en prisión. Los rincones más oscuros de su alma habían reconocido a Takeshi. Cuando habló de su madre fallecida, el dolor en sus ojos reflejaba el de Khalani. Y eso no se podía fingir.

Si Khalani aún sabía algo con certeza, era eso.

—Porque lo estoy —respondió.

La firmeza y la confianza en su tono aflojaron un poco la tensión. Serene torció el gesto, pero acabó cediendo. La confianza que tenía en Khalani superaba cualquier duda que pudiese albergar.

Cuando se hizo de noche, Khalani alzó los ojos hacia el cielo nocturno, un espectáculo hipnotizante que, hasta entonces, solo había visto en su imaginación. Tal vez, si se pasaba un buen rato contemplándolo, la inmensidad acabaría por dar respuesta a las preguntas que la angustiaban.

¿Qué otras mentiras les había dicho Apolo?

¿Por qué el gobernador había mantenido a todo el mundo alejado de la superficie durante tanto tiempo?

¿Era él la única máquina?

Al oír los suaves ronquidos de Winnie, que se mantenía pegada a ella y la abrazaba, se escabulló con sigilo, tomó la mochila y se alejó de puntillas, procurando no despertar a nadie ni llamar la atención de Takeshi.

Se ocultó tras un pequeño vehículo destartalado y sacó un cuchillo de la mochila. La brillante hoja destelló en sus ojos verdes. Sin pensarlo dos veces, deslizó el filo por la palma de la mano.

La sangre empezó a brotar de la piel como si fueran lágrimas.

Khalani esperó.

Y esperó.

Alzó la mano ensangrentada a la altura del rostro y la examinó, buscando algún cable escondido en el interior.

Pero allí solo había piel desgarrada y sangre.

Cogió aire, se dejó caer hacia atrás y se apoyó en la puerta del coche, ignorando el molesto escozor.

Atraída por el dolor, volvió a mirarse la palma de la mano, aguardando a que algo terrible ocurriera.

Pero, al igual que la noche anterior, no pasó nada.

Y aquella sangre significaba que era de carne y hueso, ¿verdad?