Us deadly few (Los oscuros 2) 1. Háblame de la vida, porque de la muerte ya lo sé todo.
1%
Us deadly few (Los oscuros 2)

Us deadly few (Los oscuros 2)

Por Alexis Patton

© inepub.com

1. Háblame de la vida, porque de la muerte ya lo sé todo.

Háblame de la vida, porque de la muerte ya lo sé todo.

K halani Kanes dejó que toda esa destrucción la invadiera. Se extendía ante ella en todas sus formas, más allá de lo que alcanzaba la vista.

La devastación encerraba una belleza letal.

La mayoría de la gente era incapaz de verla y solo apreciaba las líneas duras, los olores acres y los contornos deformados. Ese daño persistente despertaba en ellos un instinto innato de seguir adelante sin fijarse en las ruinas.

Sin embargo, si se observaban los escombros con atención, se podía ver algún atisbo de lo que había sido. Algo hermoso, algo que la mayoría ignoraba de manera deliberada.

Porque era una belleza que solo se podía apreciar cuando todo lo que dabas por sentado desaparecía.

Hacía poco más de una hora que habían escapado de Apolo, y Khalani lanzó el uniforme gris de prisionera al interior de un…

¿Coche?

Sí. Así lo había llamado Winnie.

Cientos y cientos de vehículos oxidados salpicaban la carretera dibujando un enrevesado laberinto.

El calor sofocante del desierto se colaba debajo de la ligera camisa beis y de los holgados pantalones, que ondeaban con las rachas de viento.

No podía sino agradecer las prendas de ropa limpia que había encontrado en la mochila.

Unas gotas de sudor le resbalaban por la espalda. Su primera intención había sido quitarse la ropa, pero Brock le había advertido que la manga larga le protegería la piel, demasiado pálida, del sol.

Khalani se había pasado la vida en una oscuridad completa; jamás habría imaginado que alzaría la mirada al cielo y vería el sol, y mucho menos que caminaría por la superficie bajo su poder inclemente.

Aferrándose a las asas de la mochila negra, siguió avanzando mientras la arena le arañaba las mejillas.

En la carretera desolada que se extendía ante ellos no se veía ni un atisbo de vegetación. Ninguna señal de vida. Sobre los restos olvidados de la civilización solo reinaba una calma espeluznante.

Le llamó la atención una señal blanca y negra, oxidada, que a duras penas se mantenía colgada de un palo metálico que salía del suelo.

Arizona, ruta 66.

No tenía ni idea de qué significaban esas palabras.

En la superficie, muchas cosas le resultaban incomprensibles. Como esos troncos altos que emergían de la arena y de los que colgaban unos anchos cables. O esas placas con números y letras en la parte trasera de los vehículos. O esa larga carretera en medio de un desierto interminable.

Y lo más extraño era que casi todos los coches destartalados que dejaban atrás tenían las puertas abiertas de par en par, como si los ocupantes los hubiesen abandonado a toda prisa.

Khalani se preguntaba a menudo cómo había sido ese fatídico día. Presenciar cómo las bombas y las llamaradas cruzaban el cielo, sin poder hacer nada para detener la fatalidad inminente.

Aunque los pocos que llegaron a sobrevivir a la explosión nuclear que había devastado la superficie —en especial, lo que antes había sido Estados Unidos— seguramente sucumbieron al envenenamiento de las aguas subterráneas o al hambre provocada por el acaparamiento masivo de alimentos.

Además, en el momento en que destruyeron los reactores, la fusión nuclear desató el caos radiactivo en todo el mundo.

Cuando la gente se dio cuenta de que la superficie era inhabitable, las pocas ciudades del subsuelo ya habían alcanzado la capacidad máxima y habían cerrado las puertas.

La idea de sentarse a esperar a que llegara tu hora mientras tu familia y tus seres queridos se desintegraban ante tus ojos la hizo estremecer.

Hasta hacía pocos días, Khalani había creído que la superficie seguía siendo inhabitable. Les habían enseñado, a ella y al resto de los ciudadanos de Apolo, que cualquiera que se aventurara a pisarla solo encontraría altos niveles de radiactividad y una muerte segura.

Pero llevaban varios días caminando por la Zona Muerta, y Khalani no había experimentado nada raro.

Quizá fuera un engaño. Quizá, en unas pocas horas, acabaría fundiéndose sobre el cemento, convertida en un montón de gelatina radiactiva.

Al menos, las vistas no estaban mal.

Lo único que sabía era que Hermes, la ciudad del subsuelo más cercana, estaba a poco más de cuatrocientos kilómetros.

—¿Cuánto falta? Me duelen los pies —se lamentó Serene, la elocuente ladrona que vivía en la celda contigua a la de Khalani.

Se había peinado la melena de un intenso color azul en una coleta polvorienta y llena de arena, y la pálida cicatriz en el rostro destacaba aún más a la luz del sol. Sin embargo, en lugar de atenuar su belleza singular, la acentuaba.

Serene era más que una amiga. Era la risa que tratabas de reprimir y la voz en tu interior que te animaba a seguir adelante cuando flaqueabas.

Era lo más cercano a una hermana que había tenido Khalani.

Brock, que iba unos pasos por delante, volvió la cabeza y la fulminó con la mirada.

—Hoy ya lo has preguntado diez veces.

—¿Y qué? Sigue siendo igual de pertinente que la primera vez que lo he preguntado.

—Seguiremos caminando hasta el atardecer —insistió Brock—. No vamos a parar porque estés cansada y ya no puedas más.

—¿Sabes? Me caías mucho mejor cuando no hablabas —contraatacó Serene.

—Pues tú nunca me has caído bien.

Serene maldijo a Brock entre dientes y él prosiguió la marcha con la mirada al frente.

El incursor parecía sentirse como en casa en medio de toda aquella destrucción. No era la primera vez que pisaba la superficie, y por eso lo habían elegido como guía. Khalani rezaba para que fuera capaz de conducir al grupo hasta Hermes.

Siempre había pensado que ninguno de sus compañeros merecía su condena en Braderhelm. Pero ahora, pese a que no hubieran cometido ningún delito en el pasado, eran criminales.

Una cosa era fugarse de la prisión.

Y otra muy distinta, asesinar al gobernador.

Aunque ¿se consideraba igualmente asesinato si la persona que habían matado no era humana?

Se acercó a Serene, tratando de rehuir la pregunta antes de que la enterrara en un vacío interminable de interrogantes sin respuesta.

—Si quieres, puedo llevarte la mochila un rato —propuso Khalani.

—Ni hablar. —Serene rechazó el ofrecimiento con un ademán—. Además, para esa tarea deberían postularse nuestros compañeros masculinos.

Serene posó los ojos en Derek, cuya piel bronceada estaba perlada de gotas de sudor. Más reservado que el resto, era un científico de talento de Apolo y el primer amigo que Khalani había hecho en Braderhelm.

—Yo tengo las manos ocupadas —respondió Derek, abrazando aún con más fuerza la cintura de Winnie.

Winnie era la guardiana de las Directrices en Braderhelm, una ávida amante de la historia y, prácticamente, la segunda madre de Khalani.

Durante la fuga, Winnie había recibido un disparo en el hombro, una visión horrible que Khalani jamás olvidaría.

Le cambiaban el vendaje a menudo, pero la sangre no dejaba de empaparlo.

Khalani se negaba a creer que la anciana no fuera a salir de esta.

Sin embargo, la inquietud la embargaba cada vez que veía la constante palidez de sus mejillas pese a aquel sol de justicia.

Le ofreció un poco de agua, pero la anciana la rechazó con amabilidad.

«No te preocupes, querida Khalani —había insistido la noche anterior—. Hace falta mucho más que una bala perdida para acabar con la vieja Winnie».

La anciana era de lo más testaruda y, para Khalani, eso era una buena señal: solo los testarudos y los peligrosos sobrevivían en la despiadada superficie.

—¿Y tú, tornillitos, qué excusa tienes? —preguntó Serene, volviéndose hacia su hermano mayor.

Adan, uno de los mejores ingenieros de Apolo, se apartó unos mechones cobrizos de la frente y esbozó media sonrisa.

—Ah, hermanita… Nunca osaría encargarme de una tarea que puede hacer una mujer por sí sola.

—¿Mamá no te educó para ser un caballero?

—¿Aún existen?

—Vaya, y yo que pensaba que eran los cerdos los que se habían extinguido… —refunfuñó Serene.

Alguien carraspeó a sus espaldas. Todos se volvieron a la vez y se encontraron con la máscara fría e impertérrita que era el fascinante rostro de Takeshi Steele.

Khalani recorrió la dura línea de la mandíbula con los ojos, deteniéndose en su mirada insondable y en su sedoso pelo de color ónix, que parecía despeinado a propósito.

Takeshi no tenía que esforzarse por resultar atractivo.

Lo era, sin más. Poseía esa clase de atractivo que todo artista anhelaría capturar en sus obras.

Y no en el sentido de bonito, suave o calmado, sino en el de intenso, con aristas.

Como la fina hoja de una espada cuando atrapa la luz.

Y, si se dignaba a mirarte, te fulminaba de tal manera que experimentabas la fascinación de la vida y la ferocidad de la muerte justo antes de que llegara tu hora.

—¿Tienes algo que decir? —le preguntó Serene con cierta hostilidad.

Takeshi la observó con aire indolente, enarcando una gruesa ceja. El silencio se cernió sobre las ruinas y la arena.

Takeshi siempre había sido un hombre de pocas palabras, más amigo de las sombras oscuras que de la gente. Sin embargo, cuando hablaba, todos le prestaban atención y, pese al temor que les infundía, lo respetaban a regañadientes.

Serene enseguida comprendió que esperar su respuesta era como esperar que los huesos se descompusieran.

—Pues nada, los hombres son un caso perdido —resopló, dándose la vuelta.

Sin inmutarse, Takeshi miró a Khalani, que tomó aliento bruscamente cuando sus pupilas negras le atravesaron la piel, como si pudiera penetrar en su mente fragmentada y sacar a la luz todas sus debilidades.

La hora de sueño que había perdido. El ligero cojeo provocado por una lesión en la rodilla nueve años atrás. Su fascinación por la muerte… Las veía todas.

Con la capa negra ondeando a su espalda, Takeshi la observó con descaro durante unos pocos segundos fugaces que a ella le parecieron una eternidad.

El corazón de Khalani la traicionó y empezó a latir desbocado, esperando algo.

Pero Takeshi desvió la mirada y la clavó en el paisaje desolado, ignorándola una vez más.