Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo extra
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Capítulo extra

CAPITULO EXTRA

Otro día en este cuchitril.

Takeshi Steele

T akeshi Steele abrió los ojos y contempló el techo rocoso de su habitación. Reconoció el profundo silencio, un silencio que se experimentaba más que se oía.

Por mucho que se dejara llevar por el sueño deseando que llegara la mañana en que su servidumbre en la prisión de Braderhelm por fin terminara, ese día prometido nunca llegaba.

Y nunca llegaría.

Vivir de esperanzas y rezar a Dios por la salvación era algo que, en el subsuelo, debajo de la superficie de la tierra, solo hacían los imbéciles sumidos en la desesperación.

Y Takeshi no era ningún imbécil.

Puede que no fuera un asesino de nacimiento, pero Apolo lo había entrenado para aplacar a rebeldes y castigar sin discusión a criminales. Ese era su trabajo.

«Es para lo único que vales», le habían repetido una y otra vez sus instructores. Solía dudar de la veracidad de sus palabras, pero Apolo había logrado borrar esa rebeldía infantil.

Takeshi apenas recordaba cómo era su vida antes de Braderhelm. Y, siendo sincero, casi lo prefería.

El dolor habitaba en esos susurros amables. En los amigos ya olvidados.

En la pintura en sus manos. En su madre cantando…

«No. No pienses en eso».

Takeshi se puso en pie en la habitación apenas iluminada, el único lugar de Braderhelm donde encontraba un resquicio de paz, y se preparó para empezar con la rutina.

Se puso el uniforme negro, se ajustó el cinturón, sujetó la Glock bajo el chaleco, envainó los cuchillos y se ató los cordones de las botas. Sin embargo, había algo diferente.

Takeshi se detuvo, prestando atención a sus hombros, al ligero temblor provocado por su dedo índice. Soltó una maldición al reconocer las señales.

Necesitaba pelear. Los entrenamientos en la sala de culto no eran suficientes para saciar aquella creciente violencia.

Quizá Barron —esa rata llorica— se presentaría voluntario para que Takeshi se mojara los puños con su sangre en el foso. De haber sido por él, el guardia insubordinado ya habría muerto tiempo atrás.

Pero el alcaide ya lo había reprendido con dureza por haber matado a dos de sus compañeros hacía un par de semanas. Takeshi los había encontrado agrediendo a una joven prisionera.

No había reflexionado. Tampoco había dudado. Se había limitado a sacar su cuchillo favorito y les había grabado la justicia en la piel. Para cuando había terminado la carnicería, sus gritos hacía mucho que se habían extinguido.

Si tuviera oportunidad, le encantaría oír esos sonidos de nuevo. Matar era, al fin y al cabo, para lo único que servía.

Por desgracia, las voces letales que le susurraban que matara a cualquiera que se cruzara en su camino solo se habían intensificado desde que había terminado su entrenamiento en Génesis.

Sentía que perdía el control, como si un monstruo habitara en su interior, afilando las garras, sediento de sangre.

Una vez se lo había dicho a sus superiores, que se habían limitado a sonreír.

—Aprovéchalo —habían señalado.

Takeshi no cuestionaba sus métodos.

Los soldados obedecían.

Y los soldados… no llegaban tarde, joder.

«Mierda».

Metió otro cuchillo en la bota por si las moscas y salió a los largos pasillos de Braderhelm.

Estaba acostumbrado al olor persistente de la muerte que flotaba en el aire, a las sombras danzarinas en los muros que susurraban actos crueles y terribles detrás de las puertas cerradas.

Ese era su hogar.

Y, aunque todos lo ignoraban, él también era un prisionero.

Sin prestar atención al tic nervioso que notaba en el ojo y a las manos inquietas, entró en el ascensor. Pulsó el botón del nivel siete y el aparato empezó a subir. Hizo crujir el cuello, revisó los cuchillos y se aseguró de que el arma estuviera cargada.

Sin embargo, las distracciones no funcionaban.

Quizá combatir en el foso no le bastaba. Habría demasiados testigos.

Debería invitar a Barron a la sala de culto y divertirse de lo lindo con él allí.

Takeshi se pasó la lengua por los dientes, sintiéndose algo mejor ante la idea de romper una pierna… y también unos pocos dedos. Pensó que cualquiera podría trabajar con una pierna buena y varios dedos.

La puerta del ascensor se abrió justo cuando la señal del cambio de turno aguijoneaba el aire. Raymond, su ayudante, estaba allí esperando. El robusto guardia se cuadró, enderezándose todo lo alto que era, al mismo tiempo que Takeshi salía del ascensor como si fuera la personificación de la muerte.

—Buenos días, señor. ¿Ha dormido bien?

—¿Has acabado el recuento? —preguntó Takeshi, ignorando la pregunta mundana.

No estaba allí para hacer amigos. Tenía trabajo. Cuanto antes lo hiciera, antes podría volver a su habitación a esperar el día en que todo terminara.

—Casi, señor. Solo falta su bloque.

Takeshi asintió y le arrebató la pantalla táctil a Raymond, pero la voz grave del guardia lo siguió.

—Un momento, señor. Hay una nueva interna en su bloque. La número 317.

Takeshi enarcó una ceja y abrió rápidamente el expediente de la nueva prisionera para comprobarlo por sí mismo.

Una chica enclenque con un pelo castaño andrajoso que le cubría gran parte del rostro apareció en la pantalla.

O no se había dado cuenta de que le estaban tomando una foto o, simplemente, le daba igual.

Echó un rápido vistazo a las notas.

Khalani Kanes

Edad: 18

Ocupación: Repartidora de comida

Delito: Robo a pobres y hambrientos

Título: Ladrona

Estatus: Traidora de Apolo

Condena: Cadena perpetua

Número asignado: 317

«Robo a pobres y hambrientos». Esa era la línea que más le llamaba la atención. Takeshi no pondría la mano en el fuego por la honestidad del juez supremo con respecto al delito.

A veces, sospechaba que los crímenes de los prisioneros se exageraban con el fin de asegurar que los guardias no les tuvieran simpatía a los malhechores.

Pero no le correspondía a él cuestionar nada.

Si esa muchacha había robado a los más necesitados y esperaba una vida tranquila en la prisión, estaba a punto de llevarse una sorpresa muy desagradable.

—Ya me ocupo yo —dijo, pasando ante Raymond sin tan siquiera mirarlo.

Al doblar la esquina, se encontró con los internos del bloque 7 en pie sobre la línea amarilla, exactamente donde se suponía que tenían que estar.

Takeshi hizo rechinar los dientes y empezó el recuento. Ninguno de aquellos delincuentes lo miró al pasar.

Eran inteligentes.

Mantenían la cabeza baja, como si pudiesen sentir la oscuridad que había en su interior, verla reflejada en sus ojos.

Examinó a cada hombre y a cada mujer, el cambio más mínimo de postura o la más mínima llama de determinación tras sus expresiones serias. Cualquier cosa que indicara un posible ataque.

Pero nadie se atrevió a mover un músculo. Qué lástima.

Con el humor que tenía hoy, a Takeshi no le habría importado mostrarle a la nueva presa lo que pasaba de verdad en las profundidades de Braderhelm.

Y, como si fuera un faro en medio de la tormenta, la vio.

Khalani Kanes era mucho más bajita de lo que había esperado.

Su cabeza apenas le llegaba al pecho. Aminoró la marcha y se detuvo ante ella.

A diferencia del resto, no tenía la vista clavada en el suelo.

Miraba al frente con sus sorprendentes ojos verdes, tratando de proyectar confianza.

Pero se dio cuenta del ligero temblor en sus manos, de la manera en que el pecho le subía y le bajaba rápidamente con cada respiración, de los ojos demasiado abiertos.

La muchacha parecía que fuera a desplomarse con un pequeño empujón, y tenía los ojos hinchados. Seguramente había estado llorando toda la noche.

Él lo veía todo.

Y la dio por muerta en una semana.

Sin embargo, no pasó de inmediato a la siguiente interna, de pelo azul.

Su perspicaz atención permaneció en ella por algún extraño motivo. La fotografía en el expediente no le hacía justicia.

El cabello castaño le caía en suaves ondas hasta la cintura, como si los mechones pidieran a gritos que los acariciaran. La palidez de su rostro no estaba fuera de lugar en el subsuelo, pero el rubor de sus mejillas y la curva elegante que formaban sus labios sí.

Khalani Kanes era hermosa, de una belleza natural. Pero no era solo una cara bonita. Esas esferas verdes albergaban un mundo entero, un millón de ideas que él no llegaba a interpretar.

Sin duda, entre ellas, había una fuga.

Las fosas nasales de Takeshi se dilataron cuando el hedor que desprendía su uniforme impregnó el aire, recordándole que tenía ante él a una sucia ladrona.

—Repugnante —murmuró, anotando su número en el dispositivo electrónico.

De pronto sintió que ella lo recorría con ojos curiosos. Probablemente buscaba alguna debilidad o un atisbo de bondad bajo el uniforme para explotarlo.

Por desgracia para ella, no encontraría ninguno.

—Mira al frente, Kanes —le ordenó sin alzar la mirada.

Takeshi frunció el ceño al darse cuenta de que no había llamado a la interna por el número que le habían asignado. No sabía decir por qué. En la banda metálica que llevaba incrustada en la muñeca se leía con claridad.

Se dijo que quizá lo había hecho para causarle más dolor. Para recordarle con toda la crueldad del mundo lo que había perdido por sus actos egoístas.

Cuando la prisionera obedeció y clavó la vista al frente, Takeshi miró de reojo a las otras dos internas a su izquierda y dio por terminado el recuento. Los dedos le temblaban de nuevo.

«Mierda».

Necesitaba machacar a alguien. Y si no terminaba pronto sus obligaciones, le acabaría tocando a esa chica patética que tenía delante. No tenía ningún problema en castigar a los internos, pero era más reacio con las mujeres.

El único rasgo que sus superiores no habían conseguido arrancarle a golpes.

—¡Todo el mundo a sus tareas! —rugió Takeshi.

Los prisioneros comenzaron a moverse, agradecidos. Todos, excepto la chica bajita.

Nerviosa, observaba el pasillo con los ojos verdes muy abiertos, pero sus pies permanecían clavados al suelo y evitaba su mirada. Quizá no fuera tan estúpida, al fin y al cabo.