Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Brock se abalanzó sobre él con todas sus fuerzas y le lanzó un puñetazo a la cabeza, pero Alexander sujetó la muñeca de Brock como si no pesara más que una pluma.

Con una sonrisa siniestra, le agarró el brazo y se lo dobló igual que un pretzel .

Brock soltó un grito desgarrador. Takeshi, rápido como el rayo, cargó contra el gobernador, lo arrolló y ambos cayeron al suelo.

Takeshi le golpeó el rostro de inmediato, pero el gobernador consiguió liberar un brazo y le dio un puñetazo en el mentón.

La cabeza de Takeshi salió impulsada hacia atrás y Alexander lo aprovechó para tumbarlo en el suelo y ponerse a horcajadas sobre él.

Como si fuera un siniestro confeti, la sangre de Takeshi salpicó la arena ante la sucesión de puñetazos que le propinó Alexander en la cara. Khalani se sintió ella misma mutilada, golpeada, desgarrada por el terror.

No reflexionó. Arremetió contra el gobernador con una concentración digna de un láser.

—¡Suéltalo! —gritó brutalmente.

En un abrir y cerrar de ojos, Alexander Huxley le aprisionó la garganta con la mano que tenía libre.

La violencia y la rabia invadieron sus gélidos ojos azules al apretar los dedos y comenzar a aplastarle la tráquea.

Khalani sintió que su garganta quedaba reducida al tamaño de una pajita.

De repente, se le nubló la vista y trató desesperadamente de inhalar un poco de oxígeno.

Pero no lo consiguió.

Como si fuera un animal salvaje que había caído en una trampa, arañó la mano que la sujetaba, pero los dedos oprimieron aún más. Sus movimientos se volvieron lentos, pesados. Un gorgoteo se le escapó de los labios y se le quedaron los ojos en blanco.

Y Khalani supo que era el final.

Por mucho que luchara, la muerte siempre volvía a por ella.

Un rugido agudo y desgarrador interrumpió ese amargo momento de aceptación, y la mano letal que la agarraba se soltó de cuajo.

Khalani cayó al suelo, tosiendo y jadeando como si tuviera la garganta llena de la abrasadora arena que los rodeaba.

Un hilillo de saliva le cayó de la boca mientras unas manos suaves la abrazaban.

—Ya está, ya está. Ahora respira —dijo Derek con voz temblorosa.

Aunque apenas podía distinguirlo debido a la visión borrosa, reparó en que Derek no la miraba a ella.

Khalani se volvió hacia el lugar que había captado su atención.

El tiempo se detuvo por completo cuando vio a Takeshi junto al cuerpo sin vida de Alexander Huxley; sin vida en el sentido más literal y brutal, porque la cabeza del gobernador ya no estaba unida al torso.

Los ojos obsidiana de Takeshi no miraban al gobernador, sino a la figura encorvada de Khalani, hacia la que se dirigía corriendo y jadeando.

—¿Estás bien, Kanes?

Se arrodilló junto a ella, con una crudeza extrema grabada en el rostro ensangrentado y una determinación abrumadora.

—Sí.

Tosió y trató de moverse, pero fue en vano. Los fuertes brazos de Takeshi la sostuvieron y se incorporó, tambaleándose.

—Le has arrancado la cabeza —susurró Serene, alarmada, mirándolo boquiabierta.

—Chicos… —dijo Adan desde lejos.

Takeshi miró a Khalani y tensó la mandíbula al ver todas sus heridas. Acto seguido, se volvió hacia Serene.

—Y lo haría de nuevo —afirmó, apretando los labios y sin un ápice de arrepentimiento.

—Pero tú… Acabas de arrancarle la cabeza —repitió Serene, incrédula.

—¡Chicos! —gritó Adan—. Venid a ver esto.

Al oír la voz alterada de Adan, que estaba junto al cuerpo decapitado de Alexander Huxley, se acercaron.

Derek ayudó a Winnie. Brock se tambaleó hasta allí, sujetándose el codo dislocado, y se quedó boquiabierto al llegar.

Del cuello desgarrado del gobernador sobresalían unos bordes irregulares de metal y cables.

Y de su cuerpo, que aún se sacudía, saltaban chispas eléctricas.

Khalani se volvió y miró la cabeza del gobernador.

Seguía observándola fijamente con esos ojos azules, sin vida. De no ser porque Takeshi aún la sostenía, se habría desvanecido.

—No es humano —murmuró Derek, atónito.

—Era una máquina.

Adan palideció.

En silencio, todos contemplaron el cuerpo sin vida del gobernador.

Lo imposible yacía ante ellos, sacudiendo los cimientos de su realidad.

Derribando todo lo que creían saber. El hombre al que ella había odiado con toda el alma, el que había controlado por completo sus vidas, nunca había sido una persona real, sino un retorcido amasijo de cables.

Ficción y realidad se fundieron, y Khalani se clavó las uñas en la palma de la mano con una fuerza brutal, como si quisiera comprobar si aún podía sangrar, si ella era real…

—Esto es una locura. Una auténtica locura. —Serene se pasó los dedos temblorosos por el pelo despeinado y, volviéndose hacia Takeshi, añadió—: ¿Tú lo sabías?

—No —negó rotundamente Takeshi—. Si lo hubiera sabido, lo habría matado a las primeras de cambio.

Habló con tanta intensidad y aversión que Khalani no dudó de que decía la verdad.

—Pero, entonces, ¿qué significa esto?

—¿Y qué más da? —gruñó Brock, y todos lo miraron sorprendidos—. No podemos volver a Apolo. Eso está claro. El camino a Hermes no ha cambiado y solo tenemos víveres para dos semanas. Tenemos que seguir adelante.

Todos guardaron silencio y ninguno de ellos se movió. Al cabo de un rato, Adan tomó la mochila y rodeó con un brazo protector a Serene, que, con la mirada perdida, empezó a caminar junto a su hermano. Khalani no pasó por alto la mirada llena de desconfianza que Adan le había lanzado a Takeshi.

Los demás recogieron sus cosas lentamente, aturdidos. Derek tomó a Winnie por la cintura y la ayudó. Sus amigos se movían como si no tuvieran alternativa.

Ahora las pesadillas vivían en la realidad, y la verdad habitaba en las fábulas. Y no se podía retroceder en el tiempo.

—No consigo entenderlo.

Khalani seguía con la mirada fija en la cabeza del gobernador, de cuyo cuello salían cables desgarrados.

—Yo tampoco. Pero esta… máquina nos ha estado impidiendo descubrir la verdad sobre la superficie. Y vamos a averiguar por qué —afirmó Takeshi.

Una sombra le cruzó el rostro al clavar sus ojos intensos en el gobernador y, después, en Khalani. Al posarlos en las marcas que tenía en el cuello, brilló en ellos un espeluznante destello de locura.

—¡Tenemos que irnos ya! —gritó Brock tras ellos, justo cuando Takeshi abría la boca para decir algo.

La cerró de golpe, negando con la cabeza. Aun así, esos ojos oscuros transmitían mucho más, como si ella fuera el sol abrasador y él, la fría luna: intensos y distantes, destinados a estar separados para siempre.

Khalani se debatía ante la imposibilidad de lo que estaba ocurriendo.

Pese a que ante ellos solo había miseria, muerte y destrucción, en su mente bullían millones de preguntas.

Sin embargo, no había alternativa: tenía que dejar Apolo atrás y, como si fueran unos versos aún no escritos, abrazar la tierra ante ella.

Y por cada obstáculo, fuera cosa o persona, que se atreviera a interponerse en su camino, dejaría su poema grabado en sangre.