Capítulo 31 #2
Pero no ocurrió nada.
—¿Dónde está la entrada secreta, Brock? —preguntó Khalani.
Brock frunció el ceño e introdujo los números de nuevo. Ni un movimiento. Ni siquiera un susurro.
—¡Mierda! —exclamó, golpeando el teclado—. Deben de haber cambiado la contraseña.
Takeshi renegó. El plan empezaba a hacer aguas y hundirse. No tenían refuerzos ni apoyo. No había forma de escapar ni lugar donde refugiarse.
—Aparta.
Adan hizo a Brock a un lado y empezó a manipular la parte trasera del panel, sacando cables y conectándolos entre sí.
El característico zumbido de unos vehículos de transporte que se desplazaban sobre imanes resonó en la cueva. Aterrorizados y con el alma en vilo, todos volvieron la cabeza en la dirección de donde procedía el sonido.
—¡Date prisa, Adan! —exclamó Serene.
—Un segundo —respondió él, completamente concentrado en los cables.
¡Pum!
Un disparo rebotó en las paredes y todos se agacharon al suelo, cubriéndose la cabeza. Los vehículos aparecieron a toda velocidad y los enfocaron con los faros.
No había lugar donde esconderse.
Unos cuantos disparos más resonaron a su alrededor, y Khalani oyó un gemido.
—¡Ya está! —exclamó Adan.
Una pequeña sección de la pared se abrió y, tras ella, apareció un ascensor.
Entraron a empujones, y Brock pulsó la letra S con brusquedad. Las puertas se cerraron justo ante los vehículos y, con una sacudida, la cabina comenzó a subir.
Khalani se apoyó contra la pared y soltó un enorme suspiro de alivio.
Lo habían conseguido.
—Khalani… —gimió Winnie.
Al volverse hacia ella, vio que tenía una mano temblorosa sobre la clavícula y el pecho manchado de sangre.
Khalani se quedó de piedra. Sin apenas poder respirar, se acercó a la anciana a toda prisa. La sangre seguía empapando el mono de Winnie y en el aire se percibía un intenso olor metálico.
—No, Winnie. No, no. Aguanta, por… por favor —balbuceó.
El terror la desgarró, como si le abrieran las entrañas con un cuchillo. No podía creerlo. Eso no podía pasar. No a Winnie.
El ascensor seguía ascendiendo a toda velocidad. Takeshi apareció de inmediato a su lado y sacó un trozo de tela de la mochila.
—¿Dónde le han dado?
—¡No lo sé! —chilló Khalani, presa del pánico—. En el hombro, quizá. Hay mucha sangre.
—Distráela, Kanes. Va a ser doloroso —le dijo, mirándola con intensidad.
Temblando, Khalani guardó el arma en el bolsillo y sostuvo el rostro de la anciana con ambas manos.
—Escúchame, Winnie. Soy yo. Todo va a salir bien.
Estaba pálida y, cuando Takeshi empezó a vendarle rápidamente el hombro ensangrentado con la tela, le tembló el labio inferior.
—Winnie, mírame. Aquí. —Khalani se señaló los ojos—. Eso es. Estaba pensando en tu música, ¿sabes? En Grease . Cuando lleguemos a la superficie, tú y yo nos pondremos a cantar como Danny Zuko.
Winnie esbozó una sonrisa, que desapareció en el instante en que Takeshi tiró con firmeza del nudo.
Su grito coincidió con la aguda campanita que indicaba que habían llegado.
Las puertas del ascensor se abrieron. Un resplandor lejano iluminó sus rostros sorprendidos.
Ante ellos había una puerta de cristal transparente.
Detrás de ella, un túnel conducía a una abertura de la que emanaba la luz más radiante e intensa que jamás habían visto.
La superficie estaba al otro lado.
—Vamos, Winnie. Quédate conmigo —añadió Khalani al ver que la anciana se tambaleaba mientras unas gotas de sudor le perlaban el pálido semblante.
Khalani le rodeó la cintura con un brazo y la ayudó a salir del ascensor. En cuanto lo hubieron hecho, las puertas se cerraron y el aparato volvió al subsuelo.
—Hay que abrir esa puerta —dijo Brock, dirigiéndose a toda prisa hacia un panel de mandos que había en el muro.
Adan se apresuró a ayudarlo.
—¿Lo ves, Winnie? Ya casi estamos —le susurró a la anciana, que se apoyaba en el muro de piedra.
Tenía las mejillas cada vez más pálidas y Khalani se volvió hacia Takeshi, desesperada.
—¿Se pondrá bien? —preguntó con voz temblorosa y conteniendo las ganas de llorar.
No aceptaría un «no» por respuesta.
Unos profundos pliegues se marcaron en la frente de Takeshi.
—Eso espero, Kanes.
—¡Allá vamos! —exclamó Brock al tiempo que las dos hojas de la puerta de cristal se separaban.
Takeshi se colocó al otro lado de Winnie y la ayudó a avanzar mientras el resto del grupo recorría el túnel a toda prisa.
Las puertas se cerraron a sus espaldas, y Khalani y Takeshi avanzaron lo más rápido posible con Winnie, que apenas podía caminar, a cuestas. Sin embargo, al ver cómo la luz del túnel se intensificaba, la anciana sintió que la esperanza la llenaba de energía y la impulsaba a seguir adelante.
Les llegaron unos gritos desde el otro lado del cristal. Khalani se volvió y vio al gobernador, al alcaide y a varios guardias que entraban en la cueva.
—¡Abre la puerta! —ordenó el gobernador a un guardia.
—¡No podemos hacerlo, señor! ¡La radiación nos matará! —objetó el guardia.
—Vamos, rápido —gruñó Takeshi.
Echaron a correr, casi llevando a la anciana en volandas.
—¡Estúpidos! ¡Quitaos de en medio! —gritó Alexander Huxley.
Las puertas de cristal se abrieron de golpe, y la adrenalina se extendió por los músculos de Khalani, impulsándola a correr más rápido.
Con el corazón desbocado, salió del túnel a una superficie arenosa y entornó los ojos.
Una claridad cegadora los tragó por completo.
El calor le acarició la piel y la envolvió como un manto.
La luz del sol la deslumbró, y Khalani hizo visera con la mano derecha.
—La superficie —murmuró Winnie con un hilillo de voz junto a ella.
Khalani bajó la mano y se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
No había ninguna cúpula gigantesca sobre ellos. La oscuridad no la envolvía. En la superficie de la Tierra, los cielos eran de un azul cristalino y el resplandor del sol casi la cegaba.
Miró a su alrededor, asombrada. Parecían estar en un desierto completamente llano, en el que se divisaban edificios derrumbados y escombros aquí y allá. También distinguió unos extraños vehículos oxidados, con el metal desgarrado y retorcido. Todo estaba abandonado y desolado.
Nunca había visto unas ruinas tan hermosas.
Khalani tomó aliento. Incluso el aire olía y sabía diferente. Libres. Eran libres.
—¡No deis ni un paso más! —gritó la voz de Alexander Huxley.
Se dieron la vuelta. El gobernador estaba frente a ellos, solo. Sin soltar a Winnie, Takeshi sacó el arma y lo apuntó.
Alexander levantó las manos con aire inocente.
—Estoy desarmado. He venido en son de paz. ¿Por qué no regresamos y tratamos de encontrar una solución? Puedo garantizaros vuestra libertad. A todos. No tendréis que volver a Braderhelm.
Sus mentiras le arañaron la piel. Khalani sacó la pistola del bolsillo y dio un paso al frente.
—Lo único que haces es mentir. ¿Ha habido en algún momento radiación en la superficie?
Alexander curvó la comisura de los labios en una sonrisa torcida.
—Oh, te aseguro que una vez la hubo. Justo en el suelo que pisas, se libraron batallas. Apolo salvó incontables vidas, y esos instintos destructores solo pueden controlarse en el subsuelo. Como puedes ver, aquí fuera no hay nada, excepto la muerte.
—Es en Apolo donde no hay nada excepto la muerte. Fuiste tú, ¿verdad? Tú eres el único responsable de destruir los cultivos —soltó Khalani, sin poder contener la verdad.
El gobernador enarcó una ceja.
—Revelador. Casi… poético, ¿no te parece? Me ven como su salvador cuando lo único que he hecho es esperar el momento oportuno, el día de devolver el golpe.
—¿Por qué? —exclamó ella, aferrando el arma con manos temblorosas—. ¿Por qué lo has hecho?
—Ignoras muchas cosas, muchas más de las que imaginas —declaró Alexander con tono aburrido, como si estuvieran hablando de formaciones geológicas—. Puede que ahora no lo veas, pero lo que hago es por el bien de todos. Solo tienes que confiar en mí.
Khalani soltó una risa sarcástica.
—Solo un estúpido o un chiflado confiaría en ti.
Llevamos décadas encerrados por culpa de tus mentiras.
Pero esto termina hoy. Nos vamos, y proclamaremos a los cuatro vientos la verdad sobre la superficie y las atrocidades que has cometido en Apolo —siseó Khalani, aferrándose aún con más fuerza al arma.
La sonrisa glacial del gobernador se transformó en una expresión furiosa.
—Nada cambiará lo que está por llegar. Nada. Morirás igual que todo el mundo, igual que tus padres.
La imagen de los rostros de sus padres le vino a la mente y la locura hirvió en su interior, empujándola a atacar y destrozar.
Ya no estaba vacía ni llena de huecos. El dolor y el sufrimiento que había soportado llenaban todas las grietas y recovecos, y la necesidad de violencia anulaba cualquier atisbo de compasión que aún existiera en su alma.
La Khalani del pasado habría sucumbido bajo el peso de la rabia, pero ya no estaba sometida a las reglas del subsuelo.
En la superficie de la Tierra, el mayor triunfo y la carga más pesada de la humanidad siempre había sido el libre albedrío.
Levantó la pistola y le disparó a Alexander Huxley en el pecho. El gobernador no se movió. No se desplomó al suelo.
Alexander bajó la mirada hacia su pecho y… esbozó una sonrisa.
—Eso no ha estado nada bien —dijo, sonriendo con suficiencia.
Con los ojos desorbitados, Khalani empezó a temblar.