Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

No te enfrentes al mañana con dulzura. Tómalo con toda tu pasión y fuerza.

K halani no dejaba de pasearse por la fría celda, dándose palmadas en el muslo. Después de tantas horas de esperar en la oscuridad, ya casi no le quedaban uñas.

Las luces de la prisión pronto se encenderían. ¿Dónde estaban Takeshi y el resto?

De repente, le llegó una tos apenas audible de la celda a su derecha y aguzó el oído. Un cuerpo se desplomó en el suelo.

Takeshi debía de haber abierto el gas.

Al cabo de unos minutos, el sonido amortiguado de unas pisadas activó todos sus sentidos y la puso en alerta.

Miró rápidamente hacia los barrotes metálicos.

Takeshi emergió como un asesino letal en la noche.

Sin apenas hacer ruido, la puerta se abrió y el capitán entró, acelerando el pulso de Khalani con su imponente presencia.

Aunque su rostro quedaba oculto en la oscuridad, su característica voz grave atravesó las sombras.

—¿Lista, Kanes?

Khalani trató de calmar la respiración, pero sus pies parecían clavados al suelo. En cuanto cruzara esa puerta, ya no habría vuelta atrás.

—Ya pensaba que no vendrías —le reprochó Khalani.

—Como si eso fuera a detenerte.

Takeshi avanzó despacio hacia ella y sacó del bolsillo una especie de bolígrafo metálico.

Khalani retrocedió instintivamente al ver que de la punta salía un brillante láser rojo.

El capitán se detuvo y la miró sin pronunciar palabra, guardando silencio, como si quisiera recordarle que era libre de echarse atrás.

Si lo deseaba, podía dejar correr ese plan insensato.

Sin embargo, Khalani tomó aliento, ahuyentó el miedo que sentía y levantó la mano.

Quitar el brazalete resultó mucho menos doloroso que ponérselo.

Tras un leve clic, Takeshi desabrochó la fina banda metálica, revelando las púas ensangrentadas que antes se le incrustaban en la piel.

Los diminutos agujeros le revolvieron las entrañas, pero él se apresuró a envolverle concienzudamente la muñeca con un paño beis para cerrar la herida.

Ambos guardaron silencio mientras Takeshi le rozaba la piel con gestos seguros. No tenía que mirarlo a los ojos para saber que estaban fijos en ella. Ante su aura embriagadora, le resultaba imposible pensar. Incluso respirar. Cuando terminó, Khalani carraspeó y se dispuso a salir de la celda.

—Espera. Toma —dijo Takeshi mientras sacaba una pistola negra del bolsillo y se la tendía.

Khalani la cogió frunciendo el ceño. El peso del arma en las manos y la sensación letal le provocaron un hormigueo en las palmas y un nudo en el estómago.

—No la necesito.

Trató de devolverle el arma, pero Takeshi la rechazó.

—Sí que la necesitas. No voy a permitir que vayas desarmada. Aquí está el seguro. Lo único que tienes que hacer es apuntar a tu objetivo, ¿de acuerdo?

Por su tono, Takeshi no admitía discusión. No la dejaría marchar sin aceptarla.

Después de abrir la celda de Serene, el capitán las condujo a toda prisa hasta el final del pasillo, donde esperaban Derek, Adan, Brock y Winnie, con las muñecas vendadas de forma similar.

En las otras celdas no había movimiento alguno y, en completo silencio, empezaron a recorrer los oscuros túneles.

Excepto Takeshi y Brock, todos iban ligeramente encorvados, lanzando miradas de soslayo, como si esperaran ver a un guardia apuntándolos en cualquier momento. Todos llevaban mochilas y Khalani se doblaba bajo el peso de la suya.

Al ver que iba armada, Brock miró con sorpresa a Takeshi, pero no dijo nada.

—En marcha —ordenó Takeshi.

Lo siguieron en silencio. Winnie le apretó la mano a Khalani.

Tal y como había prometido Takeshi, no se toparon con ningún guardia ni sonó ninguna alarma de camino al ascensor.

—Poneos todos detrás de mí —les ordenó el capitán cuando la cabina empezó a ascender.

El corazón de Khalani amenazaba con salírsele del pecho, y nadie se atrevía a pronunciar palabra. Como si unos demonios les pisaran los talones, el miedo se condensaba de forma tan abrumadora en el ambiente que resultaba difícil respirar.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Takeshi los guio a toda prisa a través de un laberinto de túneles. De vez en cuando, levantaba el puño y se detenía, comprobando el reloj y esperando durante minutos que se hacían infinitos a que pasara un guardia, para después continuar con la huida.

Recorrieron la maraña de pasadizos durante lo que pareció una eternidad, hasta que llegaron a una pequeña abertura. A lo lejos, Khalani distinguió algo que no había visto desde que habían regresado de Génesis.

La entrada de Braderhelm.

Las enormes puertas de acero parecían aún más imponentes e intimidantes que la primera vez que las había visto. Dos corpulentos centinelas, con aspecto de ser capaces de partirla en dos en un abrir y cerrar de ojos, se apostaban en posición de firmes junto a ellas con los fusiles al hombro.

Con un ademán, Takeshi les ordenó que se agacharan y se ocultaran.

—¿Veis ese pilar rocoso de ahí? Bloquea su campo de visión, por eso hemos venido por este túnel. Brock y yo iremos hasta allí y dispararemos a los guardias. No salgáis hasta que yo dé la señal.

Takeshi los miró a todos con severidad y clavó los ojos en Khalani, que experimentó un cosquilleo nervioso.

Brock se colocó al frente y Takeshi le entregó una pistola con silenciador al tiempo que lo miraba con aire intimidante.

—Un paso en falso y acabaré contigo, incursor.

—No me des ideas, Steele. Terminemos con esto —siseó Brock, aceptando el arma con cara de pocos amigos.

Pese a sus recelos, Takeshi volvió a prestar atención a la puerta. Justo cuando se disponía a escabullirse hacia el pilar, levantó de forma abrupta el puño para indicarle a Brock que se detuviera. Un recién llegado se acercaba a los dos guardias desde el lado opuesto.

Los centinelas se cuadraron cuando el desconocido, ataviado con un traje impecable, se dirigió a ellos.

—¿Quién es ese? —susurró Brock.

Takeshi negó con la cabeza.

—Es el alcaide. ¿Qué está haciendo aquí? —murmuró para sí mismo.

Todos se sobresaltaron cuando un estruendo se propagó por el túnel. Las puertas de Braderhelm se estaban abriendo lentamente. Pálida y boquiabierta, Khalani reconoció a la persona que las atravesaba: era Alexander Huxley.

—¿Qué demonios está pasando? —murmuró Brock, furioso.

Escoltado por dos guardaespaldas, el gobernador fue al encuentro del alcaide y le estrechó la mano.

Tras unos minutos, el alcaide les indicó al gobernador y a los escoltas que lo siguieran con un gesto, de modo que se acercaron peligrosamente a su escondite.

Khalani y los demás se pegaron a la pared, casi tratando de mimetizarse con ella.

Khalani cerró los ojos y suplicó para sus adentros que no los descubrieran.

—Gracias por recibirnos, alcaide. —La voz inconfundible de Alexander Huxley resonó en la cueva—. Sé que no nos esperaba hasta mañana, pero, en vista de los recientes acontecimientos, tenemos mucho que discutir con el fin de encontrar otros usos para este espacio.

—Tiene toda la razón, gobernador Huxley. Ya sabe que sería un honor para mí servir como consejero y eliminar a los traidores —dijo el alcaide, riendo entre dientes.

Las pisadas se alejaron por una galería distinta, y la voz del gobernador se fue apagando poco a poco. Khalani soltó un suspiro de alivio. Takeshi seguía observando a los dos centinelas, aún apostados frente a las puertas.

—Ahora —le indicó Takeshi a Brock.

Ambos se escabulleron y se ocultaron tras el pilar rocoso.

Intercambiaron una mirada, asintieron y apuntaron a los guardias. Tras un segundo, dos zumbidos amortiguados salieron de las pistolas. Ambos hombres se desplomaron en el suelo con un golpe seco.

Con los ojos abiertos de par en par, Khalani advirtió que Takeshi les estaba haciendo gestos.

—Moveos —los apremió.

Como si fueran las balas de un cañón, salieron disparados hacia la puerta abierta. Khalani corría a la máxima velocidad que le permitían las piernas, pero tropezó, perdió el equilibrio y cayó de bruces. Un brazo fuerte la levantó de inmediato.

—Muévete, Kanes —le dijo Takeshi, frunciendo el ceño y mirándola con expresión preocupada.

Ella se sacudió el polvo y siguió adelante. De repente, el ruido de unas pisadas amortiguadas resonó a sus espaldas.

Al volverse, vieron horrorizados a un guardia que salía de una de las galerías y contemplaba con ojos desorbitados la escena que tenía delante. El joven guardia divisó a sus compañeros muertos en el suelo y se apresuró a sacar un walkie del bolsillo.

—¡Código rojo! ¡Código rojo! Tenemos una fu…

Takeshi alzó el arma y le disparó en la cabeza. El muchacho se desplomó con una expresión de puro terror grabada en los ojos aún abiertos.

—¡Vamos!

Tomó del brazo a Khalani, que trataba de recomponerse del asombro, y se apresuraron hacia la puerta. La atravesaron a toda prisa y vieron cinco vehículos de transporte aparcados justo al otro lado, frente la entrada. Brock, Derek, Serene y Adan se subieron a uno; Winnie los esperaba en otro.

—Daos prisa —les urgió Winnie, haciéndoles señas.

Khalani y Takeshi fueron hacia el vehículo. Takeshi ocupó el asiento del conductor y, en cuanto ella se hubo sentado, arrancó.

El capitán pisó el acelerador y Khalani sintió el aire azotándole el rostro. Los latidos desbocados de su corazón se convirtieron en uno solo mientras se alejaban de Braderhelm por un largo y oscuro túnel.

Unos minutos después, Brock frenó de golpe. Takeshi lo imitó, y Khalani se vio obligada a sujetarse. Todos se apearon de un salto de los vehículos y el incursor empezó a palpar las paredes.

—Maldita sea, ¿dónde estás? —refunfuñó Brock.

Paralizada por la ansiedad, Khalani no dejaba de mirar atrás, en dirección a Braderhelm. Si algún guardia había llegado a oír el mensaje de alerta, aparecerían en cualquier momento.

—¡Aquí! —exclamó Brock.

Apretó un botón y se abrió una portezuela que reveló un teclado numérico. Rápidamente, introdujo una secuencia de cifras y retrocedió un par de pasos.