Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Sola, me derrumbo. Juntos, nos elevamos.

D esde la ejecución masiva de los presos, una oleada de ira silenciosa y solemne impregnaba el ambiente. Khalani recorrió el foso con la tensión adherida a la piel y un picor en las palmas de las manos.

Posó la mirada en la zona manchada de sangre y sintió un escalofrío espantoso, como si las almas de los muertos aún estuvieran allí. Observando.

Juzgando a las pocas criaturas del subsuelo que habían quedado con vida.

Todo el mundo parecía inquieto, incluso los guardias, cuyo número se había incrementado en las últimas semanas.

Se estaban preparando. Quizá para un motín…

o para algo peor. La idea la inquietó y aceleró el paso hacia el rincón del fondo, donde estaba Brock.

Serene, Derek y Adan fueron tras ella, pisándole los talones.

A ninguno de ellos le hacía mucha gracia contar con la ayuda de Takeshi, pero habían acordado seguir con el plan sencillamente porque no tenían alternativa.

Brock estaba apoyado en el muro de piedra, observando a los prisioneros con atención mientras fumaba tan tranquilo.

¿Quién le había dado un cigarrillo?

—Vaya, qué pronto habéis vuelto. ¿No habéis encontrado la ayuda de ningún guardia y venís a suplicarme? —dijo Brock al ver que se acercaban.

El incursor exhaló una bocanada de humo.

—No, de hecho, venimos a decirte que hay uno dispuesto a ayudarnos.

Khalani se cruzó de brazos. Brock ladeó la cabeza y tiró el cigarrillo al suelo, apagándolo con un pisotón.

—¿Quién?

—Yo.

Khalani se quedó paralizada y se estremeció al oír esa voz tan grave y familiar.

Brock alzó las cejas casi hasta el nacimiento del pelo cuando vio que Takeshi se acercaba al grupo apiñado en el rincón.

Khalani intercambió una mirada con él y sus ojos profundos le aceleraron el pulso, como si la hubieran abierto en canal con unas afiladas cuchillas negras. Recorrió de arriba abajo su cuerpo atlético y su mirada se detuvo en la pistola que llevaba en la cadera; no era habitual.

Serene, Derek y Adan se pusieron tensos.

Tenía a Takeshi muy cerca, lo suficiente como para que sus dedos se rozaran, y no volvió a respirar hasta que él apartó sus penetrantes ojos de ella. El peso de su presencia la envolvía y le agudizaba todos los sentidos.

Brock dejó escapar un silbido bajo mientras escrutaba a Takeshi.

—¿Has conseguido que el capitán se ponga de nuestro lado? —dijo, volviéndose hacia Khalani—. No sabía que los favores sexuales se pagaban tan caro.

—Te sugiero que no digas ni una palabra más —le espetó Takeshi con voz aún más grave—. Para que el plan funcione, tienes que estar vivo.

Lo amenazó con sus ojos de obsidiana, como si estuviera a punto de hacer pedazos a Brock.

Khalani intuyó que disfrutaría haciéndolo.

—Un momento… Puede que Khalani confíe en que nos ayudarás, pero yo no estoy tan segura. ¿Qué ganas tú con esto? —le preguntó Serene, observándolo con ojos incisivos y recelosos.

—No espero que confíes en mí. De hecho, te aconsejo que no lo hagas. —Takeshi desvió su intensa mirada hacia ella—. Pero, si quisiera verte muerta, ya no estarías aquí. Y puesto que soy tu única oportunidad de salir con vida, tendrás que conformarte.

Sobre ellos se cernía un ambiente hostil, como si llevaran unas cadenas de metal sobre los hombros. Serene tensó la mandíbula, resentida, pero acabó por ceder.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Derek con voz vacilante.

Takeshi lo escrutó.

—Dentro de dos días, unas horas antes del primer turno, desactivaré las cámaras y las alarmas. Esa es la parte fácil. Los túneles de Braderhelm son sumamente complejos, diseñados para que nadie que intente escapar encuentre la salida.

—Y supongo que tú conoces el camino —indicó Serene con el ceño fruncido, evidenciando la clara enemistad y desconfianza que le provocaba el capitán.

—Por supuesto —zanjó él—. A veces, liberamos un gas en las celdas para dormir a los presos y así poder transportarlos.

Activaré las rejillas de ventilación y dejaré inconscientes al resto de los internos.

No queremos interrupciones. Después, abriré vuestras celdas de forma manual y os quitaré los brazaletes para que no os rastreen.

Una vez hecho eso, os guiaré hasta las puertas de Braderhelm.

—¿Y qué pasa con el resto de los guardias?

—La mayoría están dormidos a esa hora, así que no nos toparemos con muchos.

Si sabemos la ronda que hacen, evitarlos nos resultará fácil.

Sin embargo, en las puertas de Braderhelm hay dos centinelas.

Cuentan con un sistema propio para dar la voz de alarma.

Si lo activan, se nos echarán encima cientos de guardias en cuestión de minutos.

Todos tragaron saliva con un nudo en la garganta.

—Es imposible enfrentarse a ellos sin alertar a los demás —continuó Takeshi—. El riesgo es demasiado alto. Uno de vosotros tendrá que ayudarme a eliminarlos. Supongo que sabes usar un arma y que tienes puntería.

Con una tensión palpable en el ambiente, Takeshi se volvió hacia Brock.

—Supones bien —respondió el incursor, esbozando media sonrisa.

A Khalani se le erizó el vello de los brazos.

—Bien —asintió Takeshi—. Ambas armas llevarán silenciadores. Tenemos que acabar con ellos al mismo tiempo. Una vez que los guardias estén muertos, abriré las puertas y escaparemos en uno de los vehículos de transporte. ¿A qué distancia está esa entrada secreta que nos llevará a la superficie?

—No muy lejos. A menos de un kilómetro. Solo tardaremos unos minutos si vamos en uno de esos vehículos. En el túnel, hay un ascensor oculto que lleva a la superficie.

Takeshi guardó silencio durante unos instantes, escrutando a Brock con mirada recelosa.

—Bien, pues eso es todo. El viaje a Hermes es de dos semanas, así que conseguiré algunos víveres. Espero que estéis todos listos.

Lo dijo con una autoridad tan serena y una confianza tan firme que hasta Khalani creyó que el plan podría salir bien.

Brock se cruzó de brazos.

—Casi todo depende de ti, capitán. Espero que seas tú el que está listo, o acabaremos formando parte de la larga lista de gente que has matado.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Takeshi.

—¿Y tú estás seguro de que los trajes antirradiación no son necesarios?

—No me cuestiones. Estoy seguro.

—Eso espero. —Takeshi se humedeció los labios y, con expresión maliciosa, añadió—: Si mientes, te arrancaré los intestinos y te los haré tragar.

—Ya me gustaría ver cómo lo intentas —siseó Brock, apretando los enormes puños a los costados de su cuerpo.

La cantidad de testosterona en el aire era asfixiante. Ambos hombres se fulminaban con la mirada, llenos de hostilidad, como si en cualquier momento fueran a enzarzarse en una pelea en toda regla.

Si tuviera que apostar, se inclinaría por Takeshi.

—Bueno, y ahora que ya habéis terminado de comparar el tamaño de vuestros penes, podemos volver al plan —se mofó Khalani.

Takeshi siguió mirando a Brock con expresión implacable y los músculos muy quietos, en esa calma silenciosa que precede al momento de apretar el gatillo.

Khalani tuvo que sacarlo de esa fijación colérica gritando su nombre.

Takeshi desvió la mirada del incursor y se volvió hacia ella con unos ojos tormentosos que la sobresaltaron.

¿Qué demonios le pasaba?

Sin embargo, Takeshi la ignoró y prestó atención al resto del grupo.

—Dentro de tres días habrá una inspección, y los guardias estarán atentos. Por eso lo haremos antes, dentro de dos días. Tenéis que estar los cinco listos.

—Los seis —puntualizó Khalani.

Takeshi se volvió de golpe hacia ella.

—¿A qué te refieres con «seis»?

—Voy a pedirle a Winifred que nos acompañe —replicó en un tono que no admitía discusión.

No pensaba abandonar a Winnie.

—¿La bibliotecaria loca? —preguntó Brock, frunciendo el ceño.

—¿Por qué? —preguntó Takeshi, furioso.

—Sé que no lo entenderéis, pero es como si formara parte de mi familia. No supondrá una carga. Es lista. Y quiere irse —insistió Khalani.

Brock negó con la cabeza.

—Es una vieja. Nos hará ir más despacio.

Khalani endureció el semblante.

—Está fuera de toda discusión.

—De acuerdo. Pero nadie más —gruñó Takeshi. Volvió la cabeza hacia un par de guardias que se dirigían hacia ellos y añadió—: Basta de cháchara. Estad listos dentro de dos días.

Takeshi se encaminó hacia los guardias y se puso a hablar con ellos; el grupo tomó la dirección opuesta.

—Esto está ocurriendo de verdad —susurró Serene, como si hasta entonces no hubiera comprendido las implicaciones y el peligro que entrañaba el plan.

Al cabo de unos pocos días, o estarían de pie sobre la superficie de la Tierra respirando al aire libre o estarían enterrados bajo ella. No habría segundas oportunidades. Solo posibles comienzos y un final asegurado.

Subió a toda prisa las escaleras de la biblioteca con los nervios a flor de piel. No había hablado con Winnie desde la última vez que habían discutido, y, con cada paso que daba, se le encogía más y más el corazón. Ni siquiera se molestó en llamar.

El familiar sonido de la música resonaba por la estancia, y Khalani inhaló profundamente. El cálido aroma de libros viejos y un tenue toque de perfume a rosas la envolvieron.

Una pequeña sonrisa se le formó en los labios, como si, por fin, pudiera volver a respirar.

Khalani recorrió despacio el pasillo que formaban las estanterías entre las notas de una melodía delicada e inquietantemente hermosa.

Al doblar la esquina, vio a Winnie sentada con los ojos cerrados, meciéndose y cantando.

Se acercó a ella, haciendo crujir el suelo de madera.

Winnie abrió los ojos de golpe y se volvió hacia ella, sorprendida.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

Boquiabierta, se apresuró a ponerse en pie y a apagar el tocadiscos.

La mirada recelosa en los ojos de la anciana le llegó a lo más hondo del corazón.

—Hola —la saludó Khalani retorciendo las manos—. Me alegro de verte. Hacía unos días que no me pasaba por aquí.

Winnie asintió, y la soledad se hizo evidente en su mirada.

—Sí, así es.

Un silencio incómodo las engulló como harían las fauces de un monstruo hambriento.

Khalani se mordió el labio, sintiendo un vacío aún más grande en el estómago.

—Winnie, he venido a decirte que lo siento. Lo siento muchísimo. Tenías razón. Sobre Apolo, sobre la superficie, sobre el gobernador. Sobre todo. Y ahora empiezo a creer que Timothy Talbot también estaba en lo cierto.

La anciana guardó silencio, impávida. La persona más radiante y llena de vida que había conocido parecía como anestesiada. Tenía los ojos hundidos y se la veía mucho más frágil que la última vez.

¿No estaba comiendo?

—Winnie ha esperado mucho tiempo a que lo dijeras. Pero tenías razón. No podemos hacer nada. Nunca podremos marcharnos —lamentó la anciana, cabizbaja.

—¡Eso no es cierto, Winnie! Tenemos un plan. Vamos a escaparnos mañana por la mañana. Brock conoce una entrada secreta a la superficie, y el capitán Steele va a ayudarnos. Y tú también vienes.

—¿Un plan? —preguntó, alzando la cabeza.

—Sí. —Khalani esbozó una sonrisa—. Vamos a abandonar este sitio para siempre.

Un leve destello de esperanza apareció en los ojos de Winnie, pero enseguida se esfumó. La anciana negó con la cabeza y bajó la mirada hacia sus manos.

—No hay ningún plan para Winnie, Khalani. Winnie se hace vieja. Sería una carga.

Khalani se abalanzó sobre ella y la agarró por los hombros.

—Ni se te ocurra decir eso. Ni se te ocurra pensarlo, porque ¡nunca serías una carga! Contigo lo he aprendido todo sobre el amor, el arte y la pasión. ¡Y son las cosas por las que vale la pena luchar, como dijo Timothy! No puedes rendirte ahora. Te quiero demasiado como para permitirlo.

A Winnie se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Winnie ya no recordaba qué era que alguien te dijera que te quiere.

Khalani no pensó en otra cosa más que en abrazar a la anciana.

—Winnie, ya lo sabes. Te quiero.

La prisión había hecho mella en Khalani, casi hasta destrozarla, pero sus muchas cicatrices habían empezado a sanar cuando había conocido a Winnie. Y no porque hubiera olvidado el pasado. Sanar nunca era tan sencillo.

Era el perdón el que te confería la libertad.

La niña que se había quedado tumbada en el suelo tantos años atrás necesitaba saber que no había sido culpa suya. No había sido culpa suya que sus padres se marcharan. Y no había sido culpa suya recomponer los pedazos rotos de su existencia de la única manera que sabía.

—Winnie nunca podría reemplazar a tu madre, Khalani. —La anciana le sostuvo el rostro entre las manos, mirándola con dulzura—. Pero, igual que el de ella, su amor por ti no conoce límites. Si Sarah hubiese vivido hasta alcanzar tu edad, a Winnie le habría encantado que fuera como tú.

Con la barbilla temblorosa, Khalani reprimió todo el dolor que contenía en su interior y que en ese momento amenazaba con desbordarse.

—Por eso nos iremos de este lugar, Winnie. Juntas. El capitán Steele vendrá a buscarte mañana por la mañana y por fin seremos libres.

—Winnie no puede llevarse la máquina de escribir, ¿verdad?

A Khalani se le encogió el corazón.

—No. Pero, cuando la situación haya cambiado a mejor, volveremos a buscar tu historia y la terminaremos.

—¿Lo prometes? —preguntó.

—Lo prometo.

Permanecieron un buen rato abrazadas, llorando por lo que habían perdido y lo que habían ganado en Braderhelm.

Esa noche, Khalani fue incapaz de conciliar el sueño y no dejó de dar vueltas en la cama. Tras unas horas, se rindió. Salió de la cama y se sentó en el frío suelo, invadida por una expectación e inquietud crecientes.

Tomó aliento y escribió su último poema en Braderhelm.

Himnos de rendición

Las paredes de esta prisión me susurran,

anulando mi sopor, himnos de rendición.

Estos barrotes son el miedo que perdura,

y la música me llama a componer mi canción.

Es difícil dejarse ir, renunciar,

aferrarse al tiempo como si tuviera sentido.

Ahora sé la verdad y abro mis alas:

tras las barreras, el cuerpo con el que he nacido,

y en el cielo, mis sentimientos en libertad.

Cuando el alma se ahoga en mentiras dulces

y las dudas te atenazan,

no esperes a que las campanas repiquen.

Álzate y rompe las cadenas que te atan.