Capítulo extra #2
Casi sintió la tentación de esperar y ver qué hacía. ¿Cuánto tardaría en pedir ayuda?
Sin embargo, no pensaba desperdiciar ni un segundo en eso.
—Escucha con atención.
Se acercó a ella para asegurarse de que comprendiera lo poco que tenía.
La muchacha contuvo el aliento y lo miró con unos ojos aterrados.
Bien.
La curiosidad inicial que había despertado en él solo hizo que se materializara aún más la necesidad de doblegarla. Si no se pasaba de la raya y hacía exactamente lo que se le decía, no tendría que dirigirle de nuevo la palabra.
—El bloque 7 es ahora tu hogar. Estás aquí para pagar por lo que has hecho, y si no quieres que tu vida se convierta en un infierno, harás lo que yo te diga. ¿Entendido?
La observó atentamente, asegurándose de que captaba la amenaza que ni siquiera se molestó en disimular.
—S… Sí —balbuceó.
—Cada mañana te presentarás ante Marcela en los túneles del extremo norte.
Trabajarás medio día allí y luego irás a la cantina, como el resto de los prisioneros.
Esa será la única comida del día, nada de holgazanear.
Después, te presentarás ante George en el Ala Sur A. Él te asignará la tarea de la tarde.
La muchacha asintió, repitiéndose las palabras en silencio, como si las memorizara. Ni siquiera se molestó en decirle que no servía de nada. Estaría muerta en un periquete. Y él retomaría su monótona existencia.
Por extraño que pudiera parecer, la idea intensificó la rigidez que sentía en los hombros, pero apretó los puños para ocultarla.
—Después del turno de la tarde hay un descanso de una hora en el foso —continuó con evidente fastidio—. Luego, regresa a la celda para el recuento nocturno. Y no llegues tarde, porque lo sabré, y te aseguro que pagarás las consecuencias.
La muchacha tragó saliva; evidentemente, se estaba dando cuenta de que, de todos los guardias que podrían haberle asignado para vigilarla, le había tocado el peor.
—¿Entendido, Kanes? —preguntó al ver que no respondía.
—Sí.
—Bien. Nada de peleas entre prisioneros. Si tienes un problema con otro interno, lo resuelves en el foso. Y no me vengas con historias porque no tengo tiempo para lidiar con tus problemas personales.
Aunque la muchacha frunció aún más el ceño, él prosiguió con voz indiferente:
—Obtendrás una ficha para ducharte dos veces por semana si cumples bien con tus tareas. Si fallas, tu hedor no será lo único que se esparza por esta prisión.
Takeshi paseó la mirada por su figura lamentable, desde los brazos esqueléticos y los hombros caídos hasta los tobillos delgados, que nadaban en unas zapatillas dos tallas más grandes.
Pese a ello, la patética criatura que tenía delante mantenía la cabeza alta.
—No esperes simpatía ni piedad porque no las recibirás. Ni de mí ni de nadie más aquí abajo. ¿Queda claro? —añadió por si acaso.
Advirtió que respiraba de forma entrecortada y que el terror glacial que había visto antes en sus ojos empezaba a cambiar. Takeshi, que estaba familiarizado con la furia en todas sus formas, reconoció un destello de ira apenas disimulada.
—Muy claro —soltó la prisionera, cruzándose de brazos.
A Kanes le gustaba jugar con fuego.
Pues le quitaría la rebeldía con fuego.
Takeshi se acercó hasta que apenas los separaba un centímetro. La prisionera retrocedió sutilmente, pero él avanzó, respirando su aire, devorando su espacio vital.
El monstruo que habitaba en él la tenía en el punto de mira y no pensaba dejarla escapar.
—Si crees que tolero a las listillas, estás muy equivocada. Sigue las reglas o me ocuparé personalmente de que lo pagues caro —le susurró al oído, disfrutando al ver que se le erizaba el vello de la nuca.
Cuanto antes aprendiera cuál era su lugar, mejor para ambos.
Ni siquiera él deseaba matar algo tan hermoso.
Al ver que asentía, se relajó un poco. Dejó que la advertencia cuajara unos instantes, que calara y se le incrustara bajo la piel.
Sin embargo, cuando vio que se humedecía los labios resecos, tuvo que volverse de golpe.
Ya le había prestado demasiada atención.
—Vamos.
Recorrió el pasillo a grandes zancadas y en tiempo récord. Podía oírla, tratando de seguirle el ritmo, pero no disminuyó la marcha.
El mayor problema era el ascensor.
Pulsó rápidamente el botón que los llevaría a los túneles de trabajo.
Con un gruñido, el aparato empezó a bajar, aunque no lo suficientemente rápido.
Kanes se mantuvo lo más alejada posible, y Takeshi trató de concentrarse en otra cosa. En enfrentarse a Barron en el ring. En el satisfactorio crujido de los huesos y las salpicaduras de sangre que brotarían del cuerpo de aquel cobarde.
Pero, entonces, la chica movió los pies. Jugueteó con el pelo.
Y captó su atención como ningún preso lo había hecho en el pasado.
Eso lo irritó en gran medida e hizo que la despreciara aún más.
Salió del ascensor antes de que las puertas se abrieran por completo.
Solo unos minutos más y podría librarse de la chica de una vez por todas.
Quizá incluso muriera durante el primer turno.
Para un capitán como él, solo quedaba la esperanza.
El nudo que sentía en la garganta se hizo aún más grande cuando ella se empeñó en seguirle el ritmo en los túneles. Al avanzar, la observaba con el rabillo del ojo.
Khalani Kanes estaba demasiado delgada, más de lo que debería.
Si realmente era una repartidora de comida que robaba a los pobres, ¿por qué no había comido más? Bajo el remendado uniforme gris se le marcaban las costillas.
Pero, pese a la ansiedad y el miedo que acompañaban ese escuálido cuerpo como una sombra, albergaba en los ojos una fuerza silenciosa. Una voluntad obstinada de seguir adelante, sin importar el dolor que le deparara el mañana.
La muchacha se mordió el labio y lo examinó con la misma intensidad.
—¿Tengo monos en la cara, Kanes? —soltó.
—No.
Miró enseguida al frente, y Takeshi reparó en que un rubor le subía por el cuello. La nuez se le movió al tragar saliva. Advirtió que volvía a darle vueltas a algo, pero ¿qué más daba lo que pensara? Todos eran un medio para alcanzar un fin.
—El túnel del extremo norte está por allí —dijo, señalando hacia el largo pasillo—. ¿Alguna duda? Si quieres hacer alguna pregunta, ahora es el momento —añadió para poner fin a la inútil pantomima.
Ella vaciló durante un instante.
—¿Tienes nombre? —preguntó al fin.
Frunció el ceño. Eso no se lo esperaba. La pregunta lo había dejado tan sorprendido que le dijo la verdad.
—Soy el capitán de Braderhelm.
La prisionera soltó un bufido.
—¿Los capitanes no reciben un nombre?
—No necesitas saber nada más. No vivirás lo suficiente para pronunciarlo.
Se quedó boquiabierta, y un fuego caótico empezó a formarse en sus ojos. Takeshi advirtió que apretaba los puños a los costados y, sutilmente, cambió de postura, preparándose para abatirla ante un simple gesto.
Pero ella se limitó a observarlo como si fuera barro en sus botas.
—Claro, qué tonta. Aquí abajo numeran a los humanos y dan nombre a los monstruos.
Cada una de aquellas palabras iba cargada de veneno.
Durante un momento, Takeshi se quedó asombrado ante su audacia.
Aunque no le faltaba razón. En cualquier caso, tendría que castigarla. Y si Kanes quería un monstruo que la atormentara por la noche, eso era exactamente lo que obtendría.
Le agarró el brazo y lo rodeó con los dedos, como una mordaza.
Ella intentó zafarse, pero él le apretó con más fuerza la banda metálica que llevaba incrustada en la muñeca. Estrujó aún más, deseando hacerle daño.
Kanes no se daba cuenta de la suerte que tenía. Si le hubiera dicho eso a cualquier otro guardia, habría recibido un puñetazo en la cara. O algo peor.
—Repite eso —ordenó.
Le torció la muñeca y la muchacha se estremeció, pero se negó a soltarla. Takeshi no toleraba la falta de respeto. Y no importaba lo encantadora que fuera. Sin duda, utilizaría esos grandes ojos verdes a su favor llenándolos de lágrimas y suplicándole que la soltara.
Se recordó a sí mismo que era una delincuente. Y si alguna vez quería salir de Braderhelm, necesitaba mantener a todos los prisioneros a raya.
Solo se permitió aflojar un poco cuando vio que a la chica le temblaba la barbilla.
—¿Ahora ya no dices nada? La única razón por la que no te rompo la muñeca es porque la necesitas para el próximo turno y porque no soportaría tus patéticos gritos.
No tengo paciencia para eso. Así que, a menos que estés lista para las consecuencias, mantén la boca cerrada o me aseguraré de que un hueso roto sea el menor de tus problemas.
La soltó y retrocedió un paso mientras ella se agarraba la mano ahogando un grito de dolor.
—Hay algo que debes aprender, Kanes: Braderhelm no perdona, y a nadie le importan tus problemas. Obedece o encontrarás una muerte cruel y despiadada.
Esa advertencia era la última muestra de piedad que iba a tener con ella.
—¿Y por qué no me matas ahora? —soltó la muchacha con voz ronca alzando la mirada, en la que se percibía el destello de la muerte.
Él ladeó la cabeza, reconociendo un atisbo de verdad, de deseo, en sus palabras. Kanes quería morir. Y quería morir a sus manos.
Se quedó helado.
¿Esa chica testaruda con ganas de morir ya se estaba rindiendo?
Por principios, debería matarla. Podría hacerlo de forma rápida y sin dolor. Incluso podría considerarse más humano matarla ahora.
Pero, a pesar de sus pensamientos anteriores, descubrió que aún no estaba listo para dejar que su nueva prisionera muriera. Como mínimo, tenía que sufrir unas cuantas noches por sus crímenes.
—Buen intento —dijo entre dientes—, aunque confío en que antes completes unos cuantos turnos de trabajo. Pero, si sigues así, tus deseos serán concedidos. —«Quizá»—. Ahora, desaparece de mi vista.
El silencio se cernió sobre ellos e hizo que se le erizara el vello. La hermosa chica que había suplicado su muerte clavaba la mirada en sus ojos desalmados, como si pudiera ver todos los horrores que en ellos se escondían.
Apretó los puños y sintió que la oscuridad se adueñaba de su voluntad de nuevo. Por suerte, la chica retrocedió y echó a andar por el túnel.
Takeshi se dio la vuelta y tomó la dirección contraria, avanzando a zancadas por el pasillo hacia la sala de culto.
Lucharía para acallar las voces. Se destrozaría para sobrevivir un día más en Braderhelm.
Y si Khalani Kanes tenía algo de sentido común, se mantendría lejos de él. Porque, si no lo hacía, Takeshi también la destrozaría.
Y puede que incluso lo disfrutara.