Capítulo 28
Inhala obediencia. Exhala disidencia.
— B rock, ¿me recibes?
Todos se volvieron, sorprendidos, al oír la voz que salía del aparato.
—Sí, ¡¿hola?! Contactamos desde Apolo —dijo Adan, agarrando entusiasmado el walkie-talkie .
Los nervios hicieron mella en Khalani ante la larga pausa que siguió.
—¿Qué cobra vida en la sombra de la noche? —preguntó el hombre enigmático.
Confundido, Adan dio un respingo.
—¿Cómo?
—¿Qué cobra vida en la sombra de la noche? —repitió la voz masculina, esta vez con tono más grave.
—Yo… Yo… no sé a qué se refiere.
—No estás con Brock. Voy a cortar la comunicación.
—¡No, no! —Khalani le arrebató el walkie a Adan—.
Aquí Khalani Kanes, de Apolo. Necesitamos vuestra ayuda.
Los cultivos se están muriendo, y nuestros líderes no están haciendo nada para revertir la situación.
Ya han empezado a matar gente. Necesitamos que la ciudad de Hermes nos ayude o todos moriremos —suplicó pegándose el walkie a los labios.
Como una espada de Damocles, un silencio prolongado invadió la diminuta estancia en la que se encontraban. Incluso Takeshi se inclinó hacia delante aguardando la respuesta.
—Si no formáis parte del gobierno, ¿cómo habéis conseguido esta línea segura de Brock?
—Nos mantienen prisioneros en Apolo, al igual que a Brock. Han confiscado todas sus pertenencias, pero hemos logrado robar el walkie . Os estamos diciendo la verdad. Por favor, necesitamos vuestra ayuda —rogó ella.
El hombre desconocido no respondió.
Con dedos temblorosos, Khalani se aferró a aquella última esperanza, rezando para que todos sus esfuerzos y sufrimiento no hubieran sido en vano.
—Lo siento. Hermes no puede ayudaros —dijo finalmente la voz desconocida.
—¿Es que no has oído lo que acabo de decir?
—Lo he oído perfectamente. Pero, si lo que dices es cierto, Hermes no enviará ayuda. Y menos cuando aquí está ocurriendo lo mismo.
Derek abrió los ojos de par en par y la miró.
—¿Cómo has dicho?
—Los asesinatos no solo se dan en vuestra ciudad. Los líderes de Hermes han empezado a enviar a indigentes y marginados a campos de trabajo. Y, una vez que entras, ya no sales. Así que, si esperáis que Hermes envíe recursos o personal a Apolo, estáis malgastando saliva.
Adan se apartó con evidente disgusto y Khalani dejó caer los hombros. Llegaban demasiado tarde. Iban a perderlo todo.
Todo.
—Pero quizá vosotros aún podáis lograrlo.
La voz del hombre llegó a través de la estática como un soplo de aire fresco.
Ella se aferró aún más al dispositivo.
—¿A qué te refieres?
—Hay un grupo de resistencia en Hermes que podría ayudaros. El incursor Brock era uno de ellos. Se encargaba de traer provisiones esenciales desde Apolo. Será mejor que vengáis a Hermes si queréis sobrevivir.
Junto a ella, Takeshi tensó todo el cuerpo. De repente, su energía se volvió opresiva y llenó la estancia entera con su presencia, como un depredador silencioso listo para atacar.
Y, por cómo la miraba, parecía que ella era la presa.
—No podemos escapar —susurró Khalani hacia el walkie —. Guardan los trajes antirradiación bajo llave y no sabemos el camino.
—Si queréis escapar, Brock es vuestra única oportunidad. Él os guiará hasta aquí, pero debéis hacerlo pronto, mientras dure el buen tiempo. Contactad conmigo cuando lleguéis al Gran Arco, y os introduciré en Hermes. Repito, es vuestra única oportunidad, así que aceptadla o morid. Adiós.
La comunicación se cortó.
Todos guardaron un silencio sepulcral e intercambiaron miradas de incredulidad.
—Mierda —susurró alguien.
—¿Creéis lo que ha dicho? —preguntó Khalani.
Adan alzó las cejas, confundido.
—No me ha parecido que estuviera mintiendo.
—¿Qué probabilidades hay de que Apolo y Hermes estén sufriendo el mismo fallo en los cultivos?
—Astronómicamente bajas —murmuró Derek.
Khalani se restregó la cara con una mano. La idea de hacer el trayecto hasta Hermes, de pisar la superficie… Era una locura.
—Dame el walkie —ordenó Takeshi, extendiendo la mano.
Ella vaciló, incapaz de interpretar su expresión imperturbable.
Incluso ante las noticias más extraordinarias, Takeshi siempre guardaba la compostura; era imposible leer su expresión.
En aquel momento, estaba fulminándola con una mirada impasible, y lo único que pudo hacer Khalani fue entregarle el aparato.
—¿Vas a denunciarnos? —le preguntó Khalani, paralizada por el miedo, al ver que guardaba el dispositivo en el bolsillo trasero.
Advirtió un ligero temblor en un músculo de la mandíbula de Takeshi.
—Escuchadme con atención. No habléis de esto con nadie, ¿de acuerdo? —ordenó mientras los miraba con severidad uno a uno, hasta que todos asintieron—. Y nada de hacer planes o tramar una fuga hasta que obtenga más información. ¿Entendido, Kanes?
Cerró los labios al ver que Takeshi la miraba con ferocidad. Era la última persona de la que deseaba recibir órdenes, pero no tenían alternativa.
—Entendido.
—Bien. Ahora, salid por esa puerta y no miréis atrás.
Su voz grave reverberó en el cuartito con tal autoridad que todos obedecieron enseguida y salieron de allí.
Notó la calidez que emanaba el cuerpo de Takeshi, y el recuerdo de su lengua lamiéndole el cuello hizo que se escabullera torpemente hasta la puerta a toda prisa.
Ya en el exterior, se alisó el vestido, trató de calmar su respiración agitada y se apresuró a regresar a la cocina, temerosa de lo que podría pasar si volvía la vista atrás.
De vuelta a Braderhelm, continuó trabajando en piloto automático: físicamente estaba allí, pero tenía la cabeza en otra parte. No dejaba de darle vueltas a lo que había sugerido el hombre misterioso.
Escapar.
Dejar atrás Apolo y huir a Hermes en busca de refugio. Atravesar la letal superficie de la Tierra.
La opresión que sentía en el pecho se intensificó, no por miedo, sino porque la idea se le estaba enroscando en el corazón como si fuera una bocanada de aire fresco después de haber estado ahogándose en un mar de grava áspera.
Todo le indicaba que debía salir de Apolo, y las voces que siempre la habían exhortado a encontrar la verdad ahora se lo pedían a gritos. Las respuestas estaban ahí, ante ella. Hasta ahora, había cedido el control de su vida, pero no pensaba permitir que otro decidiera su final.
—Mira —susurró Serene—. Brock.
Khalani, Serene, Derek y Adan se encontraban en el rincón al fondo del foso. No tardaron mucho en convencerse de que esperar al capitán Steele o confiar en él no era una opción viable.
Necesitaban escapar de Braderhelm.
Por ellos. Por los demás. Incluso si eso significaba poner en riesgo sus vidas.
La suerte y la gracia divina nunca habían sido habituales en la vida de Khalani. De hecho, siempre había pensado que tenía a Dios en contra. Sin embargo, ahora, rodeada como estaba de personas dispuestas a sacrificar lo que les quedaba de vida por los demás, se sentía más afortunada que nunca.
Khalani se volvió hacia donde señalaba Serene y entornó los ojos. Ahí estaba Brock, al otro lado del foso. Solo.
—Vamos.
Los músculos de los hombros de Brock se marcaban con cada una de las flexiones que estaba haciendo en el suelo.
Tenía la espalda perlada de brillantes gotas de sudor.
Clavaba los ojos con tanta intensidad en el suelo que Khalani, al recordar la rápida muerte que le había dado a su contrincante en el foso, pensó que tal vez no era buena idea interrumpirlo.
—Perdona que te moleste, Brock —titubeó—. ¿Podemos hablar unos minutos?
—No —gruñó Brock, bajando de nuevo hasta casi tocar el suelo.
Khalani miró a los otros con recelo, y Serene le dio un empujón poco sutil hacia delante.
—Es muy importante, y creo que te interesará.
—Lárgate, mocosa.
Khalani lo fulminó con la mirada y se agachó a su altura.
—Creo que tú y yo no nos llevamos más que unos pocos años, así que no me llames mocosa. Hemos logrado contactar con uno de los miembros de la resistencia en Hermes.
Dijo esta última frase apenas en un susurro.
Brock se detuvo a mitad de una flexión y se puso en pie de golpe. Se encaró a ella con aire enfadado, fulminándola con una mirada de ojos grises que la hizo estremecer.
—¿Cómo habéis contactado con Hermes?
Brock escuchó con atención mientras ella le relataba lo ocurrido en Génesis, echando un vistazo a su alrededor de vez en cuando para asegurarse de que nadie se acercaba lo suficiente como para oírlos. Cuando terminó, Brock apretaba la mandíbula.
—Sé lo que habéis venido a pedirme, y la respuesta es no. No puedo llevaros a Hermes.
Se cruzó de brazos.
—¿Cómo que no? —Adan se acercó a él—. ¿No puedes conseguirnos los trajes antirradiación?
Brock rio entre dientes.
—No tenéis ni idea de en qué os estáis metiendo. Los trajes antirradiación no son un problema porque ni siquiera son importantes.
Khalani dio un respingo.
—¿Qué demonios significa eso?
—Esta información supondría vuestro fin. Pero como, según dices, estaremos todos muertos dentro de un año… —Endureció la expresión—. Cuando regresaba a Apolo después de entregar las provisiones, me atacaron.
—¿Quién? ¿Otros incursores? —preguntó Derek.
—No. No sé quiénes eran. Probablemente, ciudadanos de Hermes que se las habían arreglado para escapar a la superficie.
Me siguieron durante unos pocos días. Podéis imaginaros mi sorpresa al ver que no llevaban trajes antirradiación y que no presentaban signos de envenenamiento —admitió Brock con la mirada perdida.
—¿Estás seguro de eso? No es posible… —dijo Khalani boquiabierta.
Brock resopló.
—Estoy seguro, cariño. Conseguí dispararles antes de que me abatieran.
Cuando regresé a Apolo, solicité ver al gobernador en privado.
Le informé de todo lo que había visto y, una hora después, me metieron en Braderhelm sin tan siquiera juzgarme.
El gobernador me salvó la vida porque no quería que mi muerte llamara la atención, y sabía que mis palabras no significarían nada aquí abajo.
Khalani miró al suelo, atónita. Todo lo que Winnie le había dicho era cierto. ¿Y si Timothy Talbot había existido realmente?
—¿Nos estás diciendo que la superficie es habitable? —exclamó Derek casi sin aliento, preso de la incredulidad.
—¿Ahora atas cabos? —soltó Brock.
—Pero eso no tiene sentido. Si es cierto, ¿por qué seguimos aquí abajo?
Brock ladeó la cabeza.
—Esa es la gran pregunta, ¿no creéis?
El ambiente se cargó de tensión ante lo que eso implicaba.
¿Los obligaban a vivir bajo tierra, privándoles de pisar la superficie de la Tierra, y todo por una mentira?
Le sobrevino una arcada, y Khalani se apartó un poco.
—Pero, si la superficie ya no está contaminada por la radiación, ¿por qué no quieres ayudarnos? —intervino Adan.
—¿Es que no has echado un vistazo a tu alrededor últimamente?
Han doblado la seguridad. Existe una entrada secreta a la superficie, no muy lejos de Braderhelm.
Es la que utilizamos los incursores, pero nos dispararían nada más vernos.
Para que un plan de fuga fuera factible, necesitaríamos la colaboración de un guardia, y, por si no lo habéis notado, no hay muchos dispuestos.
—Brock puso los ojos en blanco—. Se ha acabado. Aceptadlo. Yo ya lo he hecho.
Khalani se retorció las manos. Tenía la respuesta a sus problemas en la punta de la lengua, pero le daba miedo verbalizarla. Temía lo que eso supondría.
—Si encontramos a un guardia que colabore, ¿nos ayudarás?
Los otros se volvieron hacia ella sorprendidos, y Brock arqueó una ceja.
—¿Quién?
—De eso ya me encargo yo. Tú responde a mi pregunta —ordenó con un brillo de determinación en los ojos—. Sé que odias Apolo casi tanto como nosotros. Puedes quedarte aquí y pudrirte, o luchar con nosotros y escapar.
—Ningún hombre ha conseguido fugarse de Braderhelm —señaló Brock, cruzándose de brazos—. No tenéis ninguna posibilidad de sobrevivir.
—Ah, ¿sí? —Se acercó a él, y Brock entornó los ojos febriles—. Eso es porque no lo ha intentado una mujer.
Brock la observó durante unos instantes y esbozó una ligera sonrisa.
—Te haces la valiente, pero podría matarte ahora mismo. Sin embargo, te daré la oportunidad de desafiar a la muerte. O más bien de intentarlo. Solo os ayudaré si lográis que un guardia nos ayude a escapar. De lo contrario, olvidaos de mí. No volváis a hablarme hasta que tengáis alguna novedad.
Brock se alejó.
Serene lo miró boquiabierta y luego se volvió hacia Khalani, incrédula.
—No te atreverás a decir lo que creo que vas a decir.
—Tiene que ser Takeshi —respondió ella con tono cortante, odiando las palabras que acababan de salir de su boca.
Todos se lo discutieron.
—Es el capitán. Y es un suicidio.
—Puede que no nos delatara, pero colaboró en la matanza de los prisioneros.
Ella alzó las manos.
—Créeme, sé exactamente lo que estáis pensando. Pero es el único al que podemos pedírselo. Si dice que no, nos veremos obligados a seguir el plan sin Brock. Tenemos que intentarlo.
Aunque todos se mostraron en desacuerdo, finalmente dieron su brazo a torcer.
Khalani tomó aliento, preparándose para enfrentarse a la única persona capaz de desarmarla por completo.
El que había hecho que su corazón latiera de nuevo solo para hacerlo añicos con sus propias manos.
Era hora de encararse con Takeshi.