Capítulo 27 #3
Con cierta brusquedad, Khalani se apresuró a apilar los platos de la mesa vacía. Era hora de ponerse en contacto con Hermes.
De repente, se le erizó el vello, como si le pasaran un dedo por cada una de las vértebras de la espina dorsal. Alguien la observaba. Miró por encima del hombro y se quedó atónita.
Allí estaba Takeshi Steele, entre las sombras, con la oscura mirada fija en ella. Los rasgos afilados se le marcaban con dureza, y Khalani tuvo que reprimir el impulso de ir hacia él y gritarle que moviera el culo y se fuera a espiar a otra parte.
Takeshi frunció aún más el ceño y su mirada se volvió más intensa y aterradora a medida que transcurrían los segundos. Khalani vio que, con un movimiento lento, acercaba la mano al lugar donde sabía que escondía el arma, como si se preparara.
¿Para qué?
—Una noche bastante interesante hasta ahora —dijo una voz dulce como la miel por encima de su hombro.
Khalani se tensó al instante. A regañadientes, se dio la vuelta y se encontró cara a cara con Alexander Huxley, que se cernía sobre ella. De cerca, su presencia era aún más cautivadora y hechizante. Peligrosa.
—Mucho —respondió ella con tono cortante.
El gobernador alzó una de las comisuras de los labios.
—Me odia, ¿verdad, señorita Kanes?
Khalani se concentró de nuevo en la mesa con manos temblorosas y apiló los platos con furia, dispuesta a marcharse de allí cuanto antes.
—Eso no es cierto, gobernador Huxley.
No existía una palabra lo bastante despiadada que abarcara el odio que le profesaba.
Alexander rio entre dientes.
—Deje ya de fingir. No tengo paciencia para esas frivolidades.
—¿Qué quiere de mí? ¿Torturarme lentamente, pese a que va a acabar matándome de todos modos?
La impetuosa pregunta le salió de los labios entre respiraciones entrecortadas.
—Todo lo contrario. —El gobernador se acercó un poco más a ella—. He vivido mucho tiempo, señorita Kanes. ¿Y sabe qué es lo que nunca he dejado de buscar?
—¿Moralidad?
Huxley entornó los ojos de manera imperceptible ante su respuesta. Al parecer, había dado en un punto débil.
—Imprevisibilidad. La variedad es lo que anhelo en esta representación monótona. Y tú, Khalani, me ofreces mucha más que cualquiera de estos balbuceantes, miopes y estúpidos habitantes de Génesis.
Se estremeció al oír que esos labios traicioneros pronunciaban su nombre de pila.
—No debería hablar así de su pueblo.
—Nunca los he considerado mi pueblo.
Una sombra le cruzó el rostro.
Khalani retrocedió y se quedó inmóvil, como si estuviera atrapada en una telaraña venenosa.
Él se cernió sobre ella, escrutándola con la resolución de un depredador.
—Tú y yo no tenemos muchas cosas en común, Khalani. Menos de las que crees. Pero sí compartimos nuestro odio por esta ciudad.
No deseaba compartir nada con él.
—Se… Se equivoca.
El gobernador esbozó una sonrisa.
—Ah, ahí está. La negación. Un rasgo distintivo constante de la emoción. Dime, ¿qué ha hecho Apolo por ti, aparte de sembrar la destrucción en tu vida?
Las mejillas de Khalani se tiñeron de rojo, y el odio que había guardado en su interior durante tanto tiempo emergió de repente.
—Una destrucción que sembró usted, gobernador. Bajo su mandato, mis padres murieron, y yo he acabado en la prisión de Braderhelm. Usted me lo ha quitado todo.
—La muerte forma parte de la vida —replicó Alexander mientras hacía un gesto con la mano—.
Se nace para morir; esa es la maldición humana.
Pero no he sido yo el que te ha arrebatado la vida, como tampoco les arrebaté la suya a tus padres.
Fueron las personas que te precedieron. La paz nunca será el resultado si en la ecuación se incluye la destrucción.
Quienes vivían en la superficie creían lo contrario, se equivocaron y con su comportamiento egoísta destruyeron sus vidas y las de las generaciones futuras.
Fueron tus ancestros los que te destrozaron la vida.
Yo solo soy el catalizador de un cambio necesario.
—¿Y qué cambio es ese?
Alexander Huxley se inclinó hacia ella con un destello de antipatía en los ojos.
—Evitar que la destrucción forme parte de la ecuación —le susurró al oído. El gobernador se enderezó, dejando a Khalani confundida—. Y, ahora, debería volver a sus obligaciones, señorita Kanes —añadió, colocándose de nuevo la máscara perfecta en el rostro.
Ella asintió con torpeza, tomó los platos y se dirigió a toda prisa a la cocina. Sintió la mirada de Takeshi sobre ella todo el tiempo, pero siguió adelante. No podía hacer otra cosa.
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. De algún modo, todo estaba conectado: los fallos en los cultivos, Génesis, los asesinatos, el gobernador… Sin embargo, no llegaba a atar cabos. La verdad estaba ahí, pero se le escurría entre los dedos.
La cocina estaba abarrotada de prisioneros. Estiró el cuello y divisó a Serene, Derek y Adan al fondo, en un rincón. Se apresuró a reunirse con ellos.
—Hola.
—¿Dónde demonios te habías metido? —preguntó Serene.
Adan negó con la cabeza.
—Dejad las explicaciones para después. No tenemos mucho tiempo.
Asintieron y salieron por una puerta lateral. Se alejaron del salón de baile por un pasillo apenas iluminado, y Adan abrió una discreta puerta de madera.
—Rápido, entrad.
Obedecieron y Derek cerró la puerta, por lo que quedaron sumidos en una oscuridad total. Alguien encendió una luz, revelando un cuarto diminuto y con el techo tan bajo que casi lo tocaban con la cabeza. Un enorme cubo de basura ocupaba la mayor parte del espacio.
—¿El cuarto de la fregona? —dijo Serene, arrugando la nariz.
—Oh, vaya, cuánto lo lamento, ¿prefería su majestad la sala del trono?
—Es perfecto. Venga, rápido —apremió Khalani, pasándose una mano temblorosa por el pelo.
Adan sacó el walkie del bolsillo trasero. Subió la antena y respiró hondo.
—Allá vamos.
Pulsó un botón y se encendió una luz verde. Entonces, el aparato empezó a emitir un extraño zumbido.
Con un nudo en la garganta, Khalani se balanceó de un lado a otro en el espacio reducido.
Esperaron.
Dos minutos. Cinco minutos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Derek.
—Ya os lo dije. La señal tarda un poco en llegar a Hermes. Es una distancia larga. Deberían recibirla en cualquier momento.
Adan se aferró al walkie con los nervios a flor de piel.
De repente, alguien golpeó la puerta.
Todos se quedaron inmóviles, muertos de miedo. Khalani se llevó el dedo índice a los labios en señal de silencio mientras apagaba la lámpara y quedaban sumidos en la más absoluta oscuridad.
«No abras la puerta. No abras la puerta. No abras la puerta».
El pomo empezó a girar lentamente y el pánico la embargó. Sin hacer ruido, se acuclillaron, rezando para que la oscuridad los ocultara y no los descubrieran. La puerta se abrió con un chirrido y en el umbral apareció una figura alta cuyo rostro permanecía oculto.
El desconocido encendió la lámpara. La luz inundó la estancia y pudieron ver que era Takeshi.
—¿Qué haces aquí? —susurró Khalani al tiempo que se ponía en pie.
Takeshi los fulminó a los cuatro con la mirada y cerró la puerta. Su enorme cuerpo llenaba el poco espacio que había en la estancia.
—Eso debería preguntaros yo.
Se cruzó de brazos, esperando una explicación.
Desesperadamente, trató de inventar una mentira convincente, pero nada justificaba que estuvieran escondidos en el cuartito de la fregona, con un walkie-talkie en la mano y el miedo grabado en los ojos. Solo podían decirle la verdad.
—Apolo está en problemas, Takeshi. Estamos tratando de salvarlo.
—Ah, ¿sí? Os doy aproximadamente dos segundos para que me lo contéis.
Pese a que Takeshi la miraba con furia, Khalani encontró el valor para enfrentarse a aquella mirada que la desarmaba.
—Derek trabajaba en los Laboratorios de Investigación y Recursos. Los cultivos se están muriendo. Por eso mataron a los prisioneros. Y seguirán haciéndolo hasta que todos estemos muertos. Así que estamos tratando de ponernos en contacto con Hermes para pedir ayuda.
Takeshi entornó los ojos, como si estuviera considerando lo que Khalani acababa de decir.
—Eso no es cierto. Jamás permitirían que el suministro de alimentos se destruyera.
—Te han estado mintiendo. Necesito que confíes en mí.
—Lo que dices es imposible, Kanes. Debéis regresar antes de que adviertan vuestra ausencia.
—¡No, Takeshi! ¡Tienes que hacerme caso! —exclamó, con un nudo en el estómago.
Takeshi abrió la boca para discutir.
Pero, justo entonces, una voz emergió del walkie .