Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Estoy convencida de que se convertirá en una noche para el recuerdo.

El gobernador se acercó un poco más, y ella tragó saliva.

—Sin duda —dijo, sonriendo lentamente.

Su penetrante mirada azul le provocó un escalofrío.

Con el corazón encogido, observó al gobernador mientras este se sentaba con gestos gráciles y todos los invitados retomaban sus conversaciones. Apenas podía respirar ante su presencia.

—Creo que empezaré con una botella de vino tinto. Damas, ¿les apetece vino o champán? —preguntó Alexander, esbozando una sonrisa encantadora.

La chica pelirroja se humedeció los labios con coquetería.

—Beberé lo que usted beba, Gran Gobernador.

—Yo también —respondió la otra mujer, desnudando al gobernador con la mirada.

Si la noche seguía así, Khalani acabaría por estrellarse la botella de vino contra la cabeza antes de que terminara.

Alexander rio entre dientes y se volvió hacia ella. Khalani advirtió que la sonrisa no se reflejaba en sus ojos, que estaban visiblemente vacíos.

—Pues que sean dos botellas de vino tinto, entonces. Y lo que deseen mis compañeros del Consejo —añadió, al tiempo que los señalaba con desdén.

Khalani asintió y escapó lo más rápido que pudo. La energía del gobernador se le adhería a la piel como pegamento. Al poner el pie en la cocina, soltó el aire que había estado conteniendo.

—Hemos encontrado un lugar desde donde enviar el mensaje —le susurró Serene por encima del hombro.

Khalani se volvió de golpe y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie las oía.

—¿Dónde?

—Adan ha encontrado un almacén donde hay señal. Después de la cena, cuando estén distraídos bailando, reúnete conmigo y nos escabulliremos…

—¡Eh, vosotras dos! ¡Volved al salón! —gritó Arthur.

Sobresaltada, Khalani se puso en marcha enseguida y llevó a toda prisa las bebidas a la mesa del gobernador mientras trataba de controlar su respiración errática.

Le llegó el aroma a bistec y pollo artificiales y se esforzó por no mirar la comida, apostándose a unos pasos de la mesa con el estómago atenazado por el hambre.

Al oír un alboroto, Khalani giró la cabeza.

—¡Maldita imbécil! ¡Lo he pedido bien hecho! —le gritaba a una de las prisioneras una anciana con un maquillaje estridente y un voluminoso vestido morado.

—Lo siento, señora. Ahora le traigo otro —se disculpó la prisionera, extendiendo la mano hacia el plato.

—¡No quiero que toques mi plato con tus manos repugnantes! Que venga otra persona. Alguien competente.

La arrugada anciana agitó la mano con asco, como si la chica fuera una mosca a la que aplastar.

—Pues vaya a buscarlo usted misma —soltó la prisionera.

Dos guardias aparecieron de repente detrás de ella y le dieron una descarga de táser en el cuello. La chica empezó a convulsionar y se desplomó. Aún temblaba y gemía en voz baja cuando los guardias la sacaron a rastras del salón.

Los músicos tocaron más fuerte y los invitados apartaron la mirada de la chica torturada, volviendo a sus charlas y riendo como si no hubiera ocurrido nada.

Los odiaba. A todos.

—El baile está muy bien organizado, Borris. Tanto esfuerzo merece un elogio —dijo uno de los consejeros, dando un bocado a un trozo de pollo anormalmente grande.

Borris inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

—Gracias. Hemos trabajado mucho para que reflejara la importancia que tiene para nuestra amada ciudad.

—Es difícil imaginar la vida antes de Génesis —comentó la mujer pelirroja, estremeciéndose—. ¿Cómo podíamos vivir en el subsuelo, con esa gente asquerosa? Si hasta se alzaron en contra de la construcción de la gran cúpula… Qué repugnante.

La rubia asintió con la cabeza para mostrar su acuerdo y agitó la copa vacía hacia Khalani, que aferró la botella y se dispuso a llenársela.

—Si hubieran ayudado a construir la cúpula, las patéticas vidas de esos manifestantes al menos habrían tenido algún sentido. Recibieron su merecido.

Khalani se sintió presa de un instinto asesino. Las manos le temblaron visiblemente al imaginar que le estrellaba la botella en el rostro.

Disfrutaría viendo cómo la sangre le salpicaba las manos y cubría el suelo dorado en una cantidad suficiente como para pintar un mural.

Con toda la autodisciplina que pudo reunir, llenó la copa sin lastimarla, aunque no le resultó nada fácil.

—¿Y qué opina usted de eso, señorita Kanes?

Alexander Huxley se cubrió los labios con los dedos para ocultar una sonrisa astuta al tiempo que la escrutaba, como si supiera de sus violentas fantasías y le parecieran encantadoras.

—Las opiniones de una prisionera no tienen ninguna importancia en Génesis, señor —respondió mientras dejaba la botella de vino sobre la mesa con un golpe seco.

—¡Es adorable! ¡Piensa que sus opiniones importan en algún otro lugar! —se burló la mujer del vestido amarillo.

—Cállate, Francine.

El tono afilado del gobernador cortó el aire, y Francine se encogió en el asiento, boquiabierta.

El silencio se cernió sobre la mesa.

La mirada del gobernador no se apartó de la de Khalani.

—Responde, nos tienes en ascuas —insistió.

Khalani tragó saliva. Le habían tendido una cuidadosa trampa, claramente visible, para la que no encontraba salida.

—Es demasiado estúpida —se mofó la pelirroja.

Khalani entornó los ojos y se permitió dejar escapar un ápice de emoción.

—Creo que esos manifestantes asesinados valían más que todas las personas de Génesis juntas —soltó, como si sus palabras fueran veneno.

El hecho de decirlo en voz alta le sentó mejor de lo que había imaginado. Se preparó mentalmente para el castigo que, sin duda, no tardaría en llegar. Todos se quedaron boquiabiertos, excepto Alexander Huxley.

Él sonreía con suficiencia, como si Khalani fuera su juguete y estuviera divirtiéndose de lo lindo.

—¡Cómo te atreves! —El rostro de la mujer pelirroja casi igualó el color de su pelo mientras se volvía hacia el gobernador—. Exijo que esta prisionera sea ejecutada por su falta de respeto.

—¿Exiges? —preguntó con extrañeza y una voz peligrosamente baja el gobernador.

El miedo se adueñó de la mujer.

—No… no. Per… perdóneme —balbuceó—. No exijo nada. Solo lo solicito humildemente. No merece seguir viva después de semejante falta de respeto —se apresuró a explicar.

Por su parte, Francine mantuvo la boca cerrada con astucia y se encogió aún más en el asiento.

Alexander tamborileó con un dedo sobre la mesa, como si estuviera reflexionando. Nadie se atrevió a moverse; la incomodidad se palpaba, igual de densa que el suelo bajo sus pies.

—Merecer… —repitió, saboreando la palabra—. Qué interesante… Dime, Nora, ¿qué has hecho tú para merecer vivir en la superficie?

Nora se echó hacia atrás ante la mirada glacial del gobernador.

—Mi padre es dueño de muchas tiendas en Apolo —respondió con voz temblorosa—. Soy una ciudadana de clase alta.

Alexander se rio por la nariz, aunque sus ojos afilados no reflejaban humor alguno.

—Estúpida chiquilla… No te mereces respeto alguno. Los de tu clase jamás habéis apreciado la tierra en la que vivís ni a quienes trabajan para preservarla. Si vuelvo a oírte esta noche, le enviaré a tu patético padre esa bonita lengua envuelta en papel de regalo.

Aterrorizada, Nora palideció y abrió los ojos de par en par.

—En cuanto a ti… —añadió Alexander mientras se volvía hacia Khalani—. Puede que tus comentarios me diviertan, pero no olvides a quién sirves. De lo contrario, tendré que recordártelo, y me parece que mis lecciones no te resultarán tan agradables como otras.

Entornó sus gélidos ojos azules en una mirada críptica.

Las palabras del gobernador le provocaron una oleada de paranoia.

Al igual que el resto de los comensales, se puso a temblar.

—¡Bien! —exclamó el gobernador, sobresaltando al grupo—. ¡Basta ya de conversaciones serias! Ha llegado el momento de que empiece la fiesta.

Se levantó y caminó hacia el centro del salón de baile.

Un sirviente le entregó un micrófono y los fuertes murmullos fueron apagándose junto con la música.

Khalani se alejó de la mesa, igual de conmocionada que los comensales y con la sangre helada tras las inquietantes palabras del gobernador, que no dejaban de resonar en su cabeza.

—¡Mis queridísimas y queridísimos súbditos! Debo decir que estáis todos radiantes esta noche, especialmente las damas.

Aunque varias mujeres soltaron una risita, Nora y Francine miraban en silencio hacia el suelo con expresión hermética, como si estuvieran en medio de una pesadilla.

—Años atrás, nadie habría creído que hoy pisaríamos esta tierra sagrada. Pero aquí estamos, en la superficie, protegidos por la cúpula de Génesis. Han pasado diez años, y Génesis sigue siendo un faro de luz y esperanza para todo Apolo.

Varios hurras resonaron por el salón, pero el gobernador alzó las manos y silenció a la multitud.

—Antes del Colapso, nuestros antepasados eran codiciosos, egoístas e ignorantes. Por desgracia, esas cualidades siguen presentes en nuestras ciudades. Por supuesto, y como era de esperar, los cambios siempre son lentos.

Alexander soltó una risita, y la gente lo imitó, sin percatarse de que los estaba insultando.

—Pese a ello, Génesis sigue siendo una ciudad maravillosa, y este es un día trascendental. No os aburriré más. Bailemos, pues sabio es el hombre que agradece cada día sabiendo que podría ser el último.

Khalani frunció el ceño, intuyendo que en cada una de las palabras del gobernador se ocultaba un propósito, un mensaje que no lograba descifrar.

Posó en ella sus ojos glaciales y Khalani apartó la mirada, notando un hormigueo en la piel, como si unos insectos la recorrieran.

Para el resto de la gente, él era un salvador divino. Sin embargo, ella veía la verdad que se ocultaba bajo aquella superficie seductora; veía hasta sus cimientos traicioneros.

Irritada, oyó cómo las sillas arañaban el suelo mientras la gente se ponía en pie elogiando insustancialmente la generosidad y hospitalidad del gobernador. Los invitados, en parejas, se dirigieron a la pista de baile y la orquesta tocó las primeras notas de un vals.