Capítulo 27
Mi furia se extiende sin necesidad de viento ni latigazos. Silenciosa y perversa, te hará sangrar igual.
N erviosa, Khalani tamborileó con los dedos sobre el muslo, cubierto por ese irritante tejido negro. Se inclinó ligeramente hacia un lado mientras el ascensor de Génesis los subía a ella y al resto de los prisioneros hacia el techo cavernoso de Apolo.
La tensión era palpable, como si una soga les rodeara el cuello. Irrompible. Implacable.
Observó a sus compañeros, ataviados con el mismo vestido negro y provocativo o con pantalones negros y camisa a juego. El miedo no les permitía cerrar los ojos.
Se puso tensa cuando el hermoso prado de Génesis apareció ante ellos. La cascada rugía a lo lejos y el sol brillaba con intensidad. Todos los prisioneros, e incluso un puñado de guardias, se quedaron boquiabiertos, maravillados ante la ciudad reluciente y la enorme cúpula que lo cubría todo.
Sin embargo, a ella esa forma pura de belleza ya no la hechizaba. La crueldad podía ocultarse bajo agradables tonos pastel. Ahora Khalani lo comprendía; veía la podredumbre del núcleo.
Esperaron sobre el césped de Génesis a que llegaran el resto de los prisioneros supervivientes, unos cien en total. Casi todos los guardias de Braderhelm estaban allí; no les quitaban ojo de encima e iban armados hasta los dientes, listos para disparar al mínimo intento de fuga.
Takeshi se encontraba al frente, con su presencia intimidante y una mirada atenta en la que se intuía el peligro.
Khalani se situó lo más lejos posible de él. A juzgar por la forma en que tensó la mandíbula y la fulminó con la mirada, su movimiento no le había pasado desapercibido.
—Vamos.
La imponente figura de Takeshi avanzó con autoridad, como si hasta las piedras se apartaran de su camino.
A su paso, los ciudadanos de Génesis susurraban y los evitaban como si fueran una marea negra dispuesta a engullirlos.
Ya casi atardecía; unas lucecitas parpadeantes colgaban de las farolas y adornaban las ventanas en señal de celebración, mientras el cielo abovedado se teñía de rosa y púrpura sobre la ciudad.
En el centro de Génesis estaba el Ayuntamiento, una construcción grandiosa a la que se accedía por una escalinata blanca como el marfil con cientos de peldaños. Khalani alzó el cuello para mirar la colosal estatua de mármol que se alzaba frente al edificio.
Era de un hombre completamente desnudo, con un cuerpo cincelado que no dejaba nada a la imaginación. Sus músculos estaban esculpidos a la perfección y se erguía sobre la ciudad, contemplándola como un valiente conquistador.
En un letrero dorado frente a la imponente figura se leía: «Estatua de David».
Khalani abrió los ojos de par en par al entrar en el Ayuntamiento: ante ellos se extendía un exquisito salón de baile que destilaba riqueza y poder.
El interior era enorme, con altos techos abovedados adornados con luces centelleantes y paredes decoradas con magníficas flores.
Incluso el suelo parecía estar revestido de oro.
Se habían dispuesto cientos de mesas ornamentadas a ambos lados de la sala y se había dejado el área central despejada como pista de baile. Los sirvientes corrían de un lado a otro, colocando enormes centros de mesa florales y alisando los manteles dorados.
El aire estaba impregnado de dulces fragancias y ofrendas divinas que exhibían sin pudor prestigio y autoridad, como si no fueran más que aperitivos.
Takeshi se volvió hacia los prisioneros, con el rostro tan liso como el granito y los labios apretados, al parecer indiferente ante aquella descarada ostentación de riqueza.
—Ahora iréis a la cocina para que Arthur os diga qué tenéis que hacer.
Pidió a un grupo de guardias que los acompañaran, mientras que los demás se quedaron para recibir nuevas órdenes.
A pesar de la furia y el resentimiento que sentía, Khalani no pudo evitar intercambiar una mirada con él, y, al hacerlo, el rencor creció entre ambos. Ella era la escarcha amarga, y él, las llamas hostiles; estaban continuamente enfrentados, condenados a un combate eterno.
Khalani apretó los puños a los costados del cuerpo, tratando de enterrar sus sentimientos hacia Takeshi en el abismo más profundo de su ser.
La cocina era cinco veces más grande que la de la mansión del gobernador. Se le hizo la boca agua ante el olor a especias y platos deliciosos que impregnaba el aire. Los estómagos vacíos de los prisioneros rugieron audiblemente.
Arthur, el mayordomo del gobernador, entró en la sala como un torbellino, impecablemente ataviado con un esmoquin negro, sin una sola zona opaca en su brillante cabeza calva. Iba tan rápido que la cola del frac ondeaba tras él.
—¡Muy bien, vamos a ver! —exclamó, dando unas palmadas—. ¡Tenemos mucho que hacer y apenas hay tiempo! Los invitados llegarán dentro de una hora y hay que preparar los platos, la comida, la decoración y las bebidas.
Tomó una lista y los llamó por su número para asignarlos a una tarea en concreto. Khalani esperó a que dijeran el suyo, pero Arthur dobló el papel con gesto teatral.
—Nada de holgazanear. ¡A vuestros puestos!
Ella frunció el ceño y se acercó.
—Ejem… Disculpe, señor. No me ha encargado ninguna tarea.
Arthur se la quedó mirando.
—¿Qué número tienes?
—317. Mi nombre es Khalani Kanes. Serví en la mansión del gobernador hace poco.
—Ah, sí… Te recuerdo. —Arthur hojeó el papel—. Aquí estás. El gobernador te ha seleccionado para que esta noche sirvas su mesa.
Khalani retrocedió un paso.
—¿Cómo?
—Servirás la mesa principal, la redonda en el centro.
Es un honor enorme, pero conlleva una gran responsabilidad.
De momento, ayuda a preparar las bebidas, pero, cuando lleguen los invitados, debes estar pendiente de cualquier requerimiento del gobernador.
Si no lo haces bien, es probable que mueras.
Con ese encantador mensaje de despedida, Arthur se alejó regañando a alguien a gritos por haber quemado el pan.
Khalani se quedó paralizada, boquiabierta.
¿Por qué el universo la empujaba constantemente hacia el único hombre al que detestaba con todas sus fuerzas? ¿Qué quería él de ella?
Aunque sintió que se le formaba un nudo en el estómago, no podía permitir que las emociones la dominaran ni que la presencia del gobernador la distrajera del plan. Esa noche se pondrían en contacto con Hermes y encontrarían una salida del infierno.
Los guardias enmarcaban las paredes como si fueran parte del decorado, y Khalani sintió que la observaban con sus miradas despiadadas. De Takeshi, sin embargo, no había ni rastro.
La siguiente hora pasó volando y, cuando quiso darse cuenta, ya estaba apostada junto a la mesa principal, esperando la entrada de los invitados.
Una orquesta formada solo por hombres, todos con trajes impolutos, entró en el salón con gran porte y elegancia. Se sentaron en el rincón más alejado y empezaron a preparar los instrumentos. Al cabo de unos segundos, una suave y etérea melodía se extendió por el salón.
Una oleada de personas ataviadas con lujosos vestidos y esmóquines comenzó a inundar el espacio. Los mayordomos acompañaban a los invitados hasta los asientos mientras el salón se llenaba de murmullos emocionados y risas estruendosas.
Nerviosa, Khalani guardó silencio, esperando la llegada del gobernador. Pasaron diez minutos, y todos los asientos estaban ocupados, excepto los de su mesa.
De repente, las conversaciones cesaron y una atronadora ola de aplausos estalló entre los invitados cuando Alexander Huxley entró en el salón de baile.
Con un impecable traje dorado y el cabello engominado hacia atrás, destilaba fuerza y confianza.
Resultaba difícil no mirarlo. Incluso Khalani no pudo apartar los ojos de sus hermosos rasgos y su sonrisa perfecta, capaces de volver loco de amor a cualquiera con un mínimo de cordura. Lo flanqueaban dos hermosas mujeres, que se aferraban a sus brazos con una sonrisa maravillada.
Detrás de él venían tres consejeros. Pese a que iban saludando con inclinaciones de cabeza a los invitados, nadie se fijaba en ellos. Toda la atención estaba puesta única y exclusivamente en el gobernador: la gente lo miraba con una mezcla de adoración, lujuria y devoción.
Khalani apretó los labios al ver que se acercaba.
Los invitados ignoraban que, apenas unos días atrás, había asesinado a incontables prisioneros, aunque, de haberlo sabido, tampoco les habría importado. El gobernador hacía tiempo que había sometido a su pueblo, y, para sus ciudadanos, no cometía errores.
Si algo no les parecía bien, se empeñaban en negarlo. Y, si se descubría la verdad, insistían en que el gobernador tenía todo el derecho a actuar como quisiera.
Eran unos cobardes, todos.
Alexander Huxley se acercó a la mesa lentamente, como una víbora preparándose para el ataque.
—Ah, señorita Kanes. Un placer verla de nuevo.
Ella tragó con fuerza y se obligó a sonreír.
—Gracias, señor. Es un honor servir aquí esta noche.
Las dos hermosas mujeres que flanqueaban al gobernador llevaban un atuendo magnífico.
Una lucía una sedosa melena rubio platino e iba ataviada con un vestido amarillo de lentejuelas con un pronunciado escote.
La otra llevaba un vestido de gala verde esmeralda; sobre los pechos le caían unos impresionantes rizos pelirrojos.
—¿Es que no piensas ofrecernos las sillas para que nos sentemos? —exigió la mujer del vestido amarillo.
Khalani apretó la mandíbula, pero logró reprimirse y se limitó a asentir con brusquedad. A regañadientes, sacó las sillas y ofreció asiento a los invitados, pero, cuando iba a hacer lo propio con el gobernador, él hizo un ademán, rechazándola.
—Creo que me sobro y me basto para sacarme la silla, señorita Kanes. Es una bonita noche de celebración, ¿no cree?
En los ojos de Alexander apareció un destello al mirarla y sonrió con complicidad.
El gobernador era muy inteligente, y el odio que Khalani sentía por Génesis no le era ajeno. Seguro que disfrutaba obligando a la gente a responder a preguntas incómodas. Le encantaba ese tipo de control.