Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

De repente, le faltó el aire, como si las balas le hubiesen perforado los pulmones a ella.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, se le nubló la vista y empezó a mecerse mientras los prisioneros a su alrededor echaban a andar por la fría caverna entre sollozos desgarradores.

Dana tenía los ojos abiertos. Khalani sintió que la atravesaba con la mirada, como si le gritara: «¿No era esto lo que querías? ».

Cerró los ojos, cubriéndose el rostro con las manos con el fin de borrar para siempre lo que acababa de presenciar, pero fue en vano. Nada haría desaparecer esas imágenes.

La violencia absoluta y el flagrante desprecio por la vida humana la aterraban mucho más que si le apuntaran un arma a la frente.

¿Por qué la habían perdonado a ella y habían elegido a Dana, una de las prisioneras más fuertes de Braderhelm? ¿Por qué la habían incluido en esa lista?

De repente, clavó los ojos en Takeshi.

Una vena le palpitaba en el cuello y tenía los puños apretados a los costados mientras taladraba al alcaide con mirada asesina.

Sin embargo, permanecía inmóvil.

Nada de protestar. Nada de discutir las decisiones y el comportamiento del alcaide.

Takeshi le había entregado la lista de nombres: a ella la había salvado, pero había condenado al resto.

Él sabía lo que iba a ocurrir.

Como si fueran fragmentos metálicos, el horror, la culpa y la traición se le clavaron en el pecho y aplastaron todas sus esperanzas, casi haciéndola caer de rodillas al suelo.

Creía que Takeshi era diferente, pero, en realidad, había sido moldeado por la misma violencia de la que se alimentaban los demás guardias. En su estúpida fascinación por él, había olvidado quién era realmente.

El corazón se le hizo añicos.

Los ojos sin vida de los prisioneros la observaban, multiplicando la vergüenza que sentía y sus pecados. Cientos de voces gritaban en su mente que todo era culpa suya, y la que más alto y claro lo decía era la suya propia.

Debería haber matado al gobernador cuando se le había presentado la oportunidad. Debería haber protegido más su corazón.

Era ella la que debería haber subido a esa tarima.

—Ya has oído al alcaide. —Uno de los guardias le golpeó el hombro con la culata del arma para que avanzara—. ¡Vuelve a tu celda!

—Yo me encargo de ella.

A través de la neblina, oyó la voz grave de Takeshi. Se cernía sobre el guardia, mirándolo con ojos amenazadores.

—Sí, ca… capitán —balbuceó el guardia, apresurándose a desaparecer.

Apesadumbrada, Khalani se negó a mirarlo. Se negó a desmoronarse ante él. No merecía su dolor. Ni su ira. Ni sus lágrimas. Había renunciado a ese derecho al sentenciar a todos esos prisioneros a morir como animales.

Khalani se encaminó hacia la salida, ignorándolo por completo. Unos pasos firmes la siguieron y sintió que Takeshi le clavaba la mirada en la espalda con amargura.

La furia y la desesperación se habían materializado en su interior.

Deseaba clavar un puñal en el pecho de los responsables por cada prisionero muerto. Deseaba que doliera. Enterrar la hoja hasta el fondo. Deseaba que esos cabrones la miraran a los ojos mientras les arrebataba la vida, sabiendo que, al otro lado, solo les esperaba el infierno.

Recordó los ojos tiernos de Takeshi. Se llevó la mano al pecho y empezó a arañarse para contener las lágrimas que le humedecían los ojos. No lo comprendía. ¿Cómo había permitido que esto sucediera? ¿Por qué no había hecho nada para impedirlo?

Le temblaron los labios y soltó un suspiro pesaroso, apenas audible. Takeshi, sin embargo, sí lo oyó. La cogió del codo y la condujo a un pasillo vacío.

—Kanes.

Ella negó levemente con la cabeza, clavando la mirada en el amplio pecho de Takeshi y deseando poder hundirse en las sombras.

No se atrevía a mirarlo. Si percibía la traición en sus ojos, sus temores se confirmarían.

—Khalani… —susurró con aspereza, como si su nombre fuera una oración olvidada.

Le rozó la mejilla con un dedo, atrapando una lágrima fugitiva, y ella dio un respingo, como si la caricia la hubiese quemado.

—No me toques —siseó.

En el rostro de Takeshi se dibujó una mueca de agonía.

—No tenía alternativa, Khalani.

—Basta. No quiero oír nada de eso.

Estaba perdiendo el control.

—O era yo el que escribía esos números o lo hacía el alcaide, de modo que podrías haber acabado en esa lista. Y eso no lo habría permitido. Lo he hecho para protegerte —insistió, buscando en su mirada algún indicio de que lo comprendía, algo de luz.

—¡No soy la única que merece tu protección! Todos somos algo para alguien. Los prisioneros de esa plataforma eran hijos, hermanos, hermanas, madres o esposos.

Las lágrimas le resbalaban ahora sin control por las mejillas ante la horrible imagen que no podía quitarse de la cabeza.

Takeshi se puso rígido, y la amargura y la resignación se reflejaron en su rostro.

—No se puede salvar a todo el mundo.

Khalani apretó los dientes y encontró el valor para clavar la mirada en los ojos ardientes de él, en esas esferas de carbón que parecían contener toda la pasión del mundo.

—¿Por qué elegiste ser guardia?

—Para defender a mi madre y a los que no tienen protección —respondió sin dudar.

—Entonces, ¿nos ayudarás a luchar contra el gobernador y a escapar de Braderhelm?

Sorprendido, Takeshi se enderezó y arrugó aún más la frente.

Su silencio le sirvió como respuesta. Entornó los ojos y se encaró a él.

—Creo que tu madre se revolvería en la tumba si viera en qué te has convertido.

Ante sus palabras, Takeshi se estremeció visiblemente, pero ella no titubeó y siguió hablando:

—La persona que se queda mirando sin hacer nada es igual de culpable que la que aprieta el gatillo.

Los muertos no necesitan tus disculpas ni tus plegarias.

Necesitan acción. Pero tú sigues aferrado a la idea de que el gobernador no permitirá que esto ocurra de nuevo.

Y te equivocas. Quizá incluyan mi nombre en la próxima lista y, entonces, ¿qué harás para evitarlo?

Hasta que puedas mirarme a los ojos y decirme que estás listo para luchar contra tus superiores, contra Apolo, no tengo nada más que decirte.

Atónito, Takeshi no consiguió articular palabra. Aunque era la persona más fuerte y segura de sí misma que había conocido, en ese momento, parecía inseguro, temeroso.

Khalani dio media vuelta y se alejó. La conversación había terminado. Había terminado con él. Y él dejó que se marchara.

Cuando los barrotes de su celda se cerraron de golpe, se desplomó sobre el catre y mordió la delgada manta.

Y gritó.

Gritó hasta que se quedó afónica y le castañetearon los dientes. Gritó hasta que de su garganta no salieron más sonidos.

Miró hacia el techo, como pidiéndole ayuda a Dios, pero nadie respondió. Estaba sola. Abandonada en medio de toda aquella destrucción.

A veces, era preferible que algunas cosas siguieran rotas, porque de ese modo su fuerza no destrozaba el mundo.

Grabó un poema para recordar esa noche. Era una lección. Una advertencia. Una promesa.

Sueños rotos

Cuando los corazones ya no latan

y los pulmones no respiren,

¿qué ocurrirá con los sueños que se apagan?

¿La luz los arrastrará?

¿Se hundirán en la oscuridad?

¿O permanecerán con los que ya no vemos?

Cierra los ojos y aférrate a ese miedo,

pues el destino llegará entre frío y llamas.

Cuidado con la chica de sueños rotos,

cuya venganza desgarrará el alma.