Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—¿Estás bien, Khalani? —preguntó Serene, observándola con la preocupación grabada en sus brillantes ojos azules.

Con los labios temblorosos, negó con la cabeza mientras luchaba desesperadamente por mantener la compostura.

—¿Por qué nos llevan al foso?

—No lo sé. —Serene frunció el ceño—. Pero será mejor que vayamos antes de que ese guardia regrese. Me pregunto qué le habrá pasado a Steele.

Khalani se estremeció al oír su nombre. Quizá no había pasado nada y el guardia solo estaba sustituyendo a Takeshi. Igual había una explicación simple. Pero el corazón le latía desbocado al seguir a los demás prisioneros de Braderhelm hacia el foso.

Khalani entornó los ojos al entrar en la vasta caverna. En el centro del foso de combate había una plataforma elevada de madera, de unos quince metros de largo por otros tantos de ancho.

El alcaide, con un polvoriento uniforme negro, se encontraba sobre ella. Tenía los brazos cruzados y una mirada fría y calculadora.

Echó un vistazo a su alrededor y, por un momento, detuvo su mirada penetrante en Khalani antes de proseguir. Todos los guardias parecían estar en el foso: rodeaban en posición de firmes a los prisioneros, con gesto agresivo y armados con fusiles negros.

Todos los guardias, excepto Takeshi.

Se puso de puntillas y miró a su alrededor con la esperanza de equivocarse. Dio un respingo al notar el roce de una mano cálida.

—¿Qué crees que está pasando?

Derek le dio un apretón, gesticulando hacia la plataforma de madera con aire inquieto.

—No lo sé. Pero no me gusta nada —susurró.

Adan apareció junto a Serene, y los hermanos intercambiaron una mirada de preocupación. Los murmullos de los prisioneros, confusos y nerviosos, iban en aumento.

—¡Silencio! —gritó uno de los guardias, apuntando con el cañón a la multitud.

Todos enmudecieron al instante, y el alcaide chasqueó los labios antes de alzar las manos a modo de saludo.

—Estoy seguro de que os estaréis preguntando por qué estáis aquí.

—Paseó la mirada calculadora por todos los presentes—.

Bien, no os tendré más en ascuas. Pese a los lamentables errores que habéis cometido, Braderhelm os ha dado una segunda oportunidad.

Algunos habéis ayudado con la limpieza de las calles.

Otros incluso habéis tenido el placer de servir al propio gobernador en Génesis.

—El alcaide intercambió una mirada con Khalani, que, con un nudo en la garganta, se sintió presa de la inquietud—.

El Consejo y el gobernador han decidido recompensar vuestro arduo trabajo otorgando a casi la mitad de los prisioneros la oportunidad de servir en el baile de Génesis, en el que celebraremos el décimo aniversario de la Gran Ciudad de la Cúpula.

Entre la multitud sorprendida se oyeron gritos ahogados. Ellos cuatro fueron la excepción. Derek le apretó la mano con más fuerza. Su plan para colar el walkie en Génesis y ponerse en contacto con Hermes empezaba a tomar forma poco a poco.

El alcaide continuó:

—Nuestro capitán, Takeshi Steele, se ha encargado diligentemente de planear las medidas de seguridad necesarias y ha confeccionado una lista de… los presos que merecen dar ese servicio.

Khalani sintió que el peso que tenía en el corazón desaparecía al ver que Takeshi entraba en el foso. Nadie sabía nada de su beso prohibido. Takeshi estaba vivo.

Derek se quejó al notar que las uñas de Khalani se le clavaban en la palma de la mano.

El corazón le latía desbocado mientras Takeshi subía a la plataforma de madera para entregarle una hoja de papel al alcaide. Este lo despachó con un asentimiento de la cabeza, y Takeshi bajó y se situó con el resto de los guardias.

Su expresión era férrea; en ella no se reflejaba emoción alguna, y mantenía los ojos despiadados fijos al frente.

—Bien, estos son los prisioneros que servirán en el baile de Génesis.

El alcaide comenzó a leer la lista que Takeshi le había entregado, mencionando un número tras otro. Pese a la austeridad del momento, parecía una ceremonia de graduación, excepto que no había diplomas ni felicitaciones y sí armas que apuntaban a la multitud.

Aunque la voz potente del alcaide resonaba por la cueva, Khalani solo tenía ojos para Takeshi. No tenía ni idea de lo mucho que significaba para ella hasta que el temido clamor de su mente le había sugerido su posible muerte.

Y, de haber ocurrido, habría sido por su culpa. La muerte, que siempre la acechaba, lista para eliminar a sus seres más queridos.

La rapidez con la que Takeshi había pasado de no ser nada a impregnarlo todo, a consumirlo todo, la aterraba.

Sintió un escalofrío al oír que el alcaide decía su número. Con el corazón en vilo, esperó a que también incluyeran a Adan, Serene y Derek. Y así fue: la suerte estaba de su lado. El peligroso plan para ponerse en contacto con Hermes seguía siendo viable, factible.

«Puede que el día acabe bien».

El alcaide dobló lentamente la hoja; al parecer, había terminado.

—Todos aquellos a los que no he nombrado, subid aquí arriba y os daremos una nueva tarea.

A su alrededor, los prisioneros refunfuñaron, pero empezaron a avanzar poco a poco. Menos de la mitad permanecieron inmóviles mientras el resto —cerca de doscientas personas— subían a la tarima de madera, aturdidos y recelosos.

El alcaide bajó del estrado de un salto, y los prisioneros se quedaron allí arriba, codo con codo, sucios y demacrados. Khalani reparó en que la mayoría de los hombres y mujeres que se había quedado en el suelo eran los más fuertes y jóvenes del grupo.

—Magnífico. Ahora leeré unas palabras del gran gobernador Huxley —exclamó el alcaide, sacando otro papel del bolsillo.

Tras aclararse la garganta, añadió—: «A mis internos de la prisión de Braderhelm: pese a los lamentables crímenes que habéis cometido, por los que deberíais avergonzaros, reconocemos vuestros esfuerzos para compensar esas atrocidades.

Todos somos hijos de Apolo y es nuestro deber respetar ese precioso equilibrio que es la vida.

»Sin embargo, a la luz de los recientes cambios en la distribución de los recursos, nos vemos obligados a tomar una difícil decisión para preservar ese equilibrio.

Nos enorgullece saber que en Braderhelm hay prisioneros dispuestos a sacrificarse por el bien común.

Os aseguro que vuestra heroica hazaña será reconocida como es debido y que las generaciones futuras hablarán de ella».

Khalani sintió que un escalofrío le recorría la espalda y desvió la mirada hacia Takeshi, que observaba con dureza al alcaide. Vio cómo le subía y le bajaba la nuez de Adán al tragar saliva.

La tensión y el silencio se adueñaron del ambiente cuando el alcaide hizo una señal a los diez guardias que había ante el estrado.

Como si fueran una sola persona, levantaron los fusiles y apuntaron hacia los prisioneros, los cuales, boquiabiertos y horrorizados, abrieron los ojos de par en par y levantaron las manos en señal de rendición. Sin embargo, era demasiado tarde.

Los guardias apretaron el gatillo al mismo tiempo. Los disparos retumbaron en el foso.

PUM. PUM. PUM.

Una bala fulminante tras otra.

Los gritos rebotaron a mayor velocidad que la munición.

Los cuerpos empezaron a caer, unos encima de otros, como la lluvia con la que ella soñaba de niña.

Como si fueran una ola carmesí, los prisioneros se desplomaron sobre el suelo de la tarima, convulsionándose entre una sinfonía de aullidos agónicos.

La siguiente ráfaga de balas apagó los gritos.

Khalani estaba atónita. Le temblaba todo el cuerpo como si hubiera un terremoto. No podía hablar. Ni siquiera pensar.

Los prisioneros que seguían en pie empezaron a llorar, horrorizados, y se cubrieron las orejas con sus manos ásperas para bloquear aquellos horribles alaridos. Algunos se desplomaron de rodillas, negando con la cabeza, incapaces de mirar hacia la tarima.

Entre gritos de terror, los pocos prisioneros que seguían con vida saltaron del estrado en un último y frenético intento por escapar de la masacre, pero fueron abatidos sin piedad y cayeron al suelo, bocabajo.

El destello de los disparos no se apagó hasta que sobre la tarima no quedó ningún signo de movimiento.

Montañas de prisioneros muertos, hombres y mujeres, yacían unos sobre otros; en sus ojos aún abiertos se reflejaba el pánico y el terror.

La sangre encharcaba el suelo de la plataforma como si fuera una manta encarnada y goteaba por el borde.

—¡¿Qué demonios está pasando?! —gritó Brock, avanzando como si fuera a subir al escenario.

—¡Atrás, incursor! —le gritaron los guardias, apuntándolo.

El pútrido hedor a muerte invadió el aire mientras los prisioneros gritaban y se retorcían, conmocionados. Algunos empezaron a vomitar, pero nadie se atrevió a dar ni un paso.

Visiblemente incómodo, el alcaide carraspeó.

—Por desgracia, nos hemos visto obligados a hacerlo —dijo, volviéndose hacia los supervivientes—.

Obedecemos la voluntad del gobernador Huxley y de la ciudad de Apolo.

Los turnos de esta tarde quedan cancelados.

Regresad inmediatamente a vuestras celdas.

Cualquier intento de rebelión encontrará el mismo destino que el de estos prisioneros.

Sus palabras rebotaron contra los muros de piedra como si fuera el ritmo de un tambor lejano que no transmitía nada.

Las pesadillas se enroscaban y entretejían hasta alcanzar el plano de la realidad.

Khalani reconoció a uno de los prisioneros muertos y entornó los ojos. La muchacha estaba encorvada en lo más alto de la pila y un hilillo de sangre le goteaba de los labios. Distinguió la cabeza medio rapada y los piercings en el rostro ligeramente vuelto hacia la luz.

Era Dana.